Todo lo que te diga tres veces es verdad
Sobre la irracionalidad cotidiana y los sesgos
cognitivos en la toma de decisiones
La frase provocadora atribuida a
Lewis Carroll —«todo lo que te diga tres veces es verdad»— funciona como
un espejo incómodo de nuestra manera de pensar. Esta reflexión no surge solo
del interés teórico, sino también de conversaciones concretas: como aquella
llamada de Oscar, preocupado por los sesgos que cometemos a diario al opinar y
decidir, consciente de la carga subjetiva que inevitablemente llevamos a cada
juicio.
No porque la repetición
convierta automáticamente lo falso en verdadero, sino porque revela una
debilidad profunda de la mente humana: la tendencia a confundir
familiaridad con verdad. En un mundo saturado de información, opiniones
y estímulos constantes, comprender cómo pensamos y por qué erramos se vuelve no
solo un ejercicio intelectual, sino una necesidad práctica.
Durante
décadas, la tradición filosófica sostuvo que el ser humano es, ante todo, un
agente racional. Para Stuart Sutherland, la irracionalidad humana no es un
accidente ocasional.
La imagen clásica del ser humano como un
agente racional —que evalúa evidencia, sopesa alternativas y elige lógicamente—
es más un ideal normativo que una descripción realista. En la práctica, pensar es un proceso híbrido, atravesado por emociones,
hábitos, intuiciones rápidas y atajos mentales que rara vez pasan por un
control consciente riguroso.
Lo crucial
es que los
errores cognitivos no son aleatorios. No fallamos “de cualquier manera”, sino
siguiendo patrones
estables y repetibles:
sesgos de confirmación, ilusiones de control, razonamientos motivados, falsas
correlaciones, heurísticas que simplifican el mundo a costa de distorsionarlo.
Estos mecanismos existen porque, en muchos contextos cotidianos, ser rápido y suficientemente
bueno fue evolutivamente más útil que ser lento y exacto. El problema surge cuando esos
mismos atajos se aplican a situaciones complejas, abstractas o moralmente
cargadas.
Aquí aparece
el punto más inquietante de Sutherland: la peligrosidad de estos errores reside en su
invisibilidad. Como
solemos experimentar nuestras conclusiones como “obvias” o “naturales”, no las
vivimos como el resultado de un razonamiento defectuoso, sino como simples
descripciones de la realidad. El pensamiento se siente correcto incluso cuando
está mal. Por eso los sesgos no se corrigen solos: refuerzan la ilusión de
comprensión, no la
duda.
Además, la
mezcla de razón y emoción no implica que la emoción sea un “ruido” externo. Muy
al contrario: la
emoción guía qué información atendemos, qué descartamos y qué consideramos
relevante. La razón,
muchas veces, entra después, no para descubrir la verdad, sino para justificar
una conclusión ya adoptada intuitivamente. En este sentido, pensar no es tanto
buscar la verdad como construir coherencia interna.
Sutherland
no sostiene que el pensamiento racional sea imposible, pero sí que es frágil, costoso y poco
espontáneo. Requiere
entrenamiento, instituciones que lo sostengan (como la ciencia o ciertos
procedimientos legales) y, sobre todo, una disposición a aceptar que nuestra
mente nos engaña con facilidad. Sin ese reconocimiento, la irracionalidad opera
en piloto automático.
Daniel Kahneman y Amos Tversky
demostraron que gran parte de nuestros juicios se apoyan en heurísticas, atajos
mentales que simplifican la realidad para permitirnos decidir con rapidez.
Estas heurísticas no son, en sí mismas, negativas; de hecho, son indispensables
para la supervivencia en contextos de incertidumbre.
El problema
surge cuando estos atajos sustituyen al análisis, generando sesgos cognitivos
que distorsionan la percepción de probabilidades, riesgos y evidencias.
Como la mayoría de nuestros errores ocurren en el
Sistema 1 (rápido, intuitivo), la única
defensa es forzar el Sistema 2 (lento, analítico) ante decisiones críticas.
Uno de los aportes centrales de
esta línea de investigación fue mostrar que no evaluamos los hechos de manera
objetiva, sino relativa. La teoría de las perspectivas explica que
reaccionamos con mayor intensidad ante las pérdidas que ante las ganancias
equivalentes. Me ocurrió cuando me regalaron algo que al caerse casi en minutos
se rompió,
No juzgamos los resultados por
su valor absoluto, sino en relación con un punto de referencia. Esta
aversión a la pérdida influye en decisiones económicas, políticas y
personales, empujándonos a conservar lo que tenemos incluso cuando el cambio
sería racionalmente conveniente.
La revisión
de los juicios fue el primer paso:
comprender cómo asignamos probabilidades, cómo inferimos causas y cómo
construimos explicaciones. Pero el análisis no podía detenerse ahí. Revisar las
decisiones implicó estudiar qué hacemos cuando hay riesgo real, cuando las
consecuencias importan y cuando la información es incompleta. En estos
escenarios, los sesgos no solo afectan lo que pensamos, sino lo que hacemos.
Un sesgo cognitivo puede
definirse como una desviación sistemática en el procesamiento de la información
que conduce a interpretaciones ilógicas o inexactas. No se trata de simple
ignorancia, sino de un funcionamiento normal de la mente. Incluso cuando disponemos
de datos adecuados, podemos ignorarlos, reinterpretarlos o seleccionarlos de
manera conveniente para sostener creencias previas. De este modo, la
subjetividad se disfraza de objetividad.
Reconocer esta fragilidad
cognitiva no implica caer en el relativismo ni renunciar a la razón. Por el
contrario, es una invitación a la humildad intelectual. Saber que estamos
sesgados nos permite diseñar mejores métodos, contrastar opiniones, buscar evidencia
contraria y desacelerar decisiones importantes. La racionalidad no desaparece;
se vuelve un esfuerzo consciente, no un supuesto automático.
En última instancia, el valor de estas reflexiones no radica en
demostrar que el ser humano se equivoca, sino en mostrar que puede aprender a
equivocarse mejor.
Epílogo
La inquietud que plantea
Oscar no es menor: ¿Qué ocurre cuando
creemos pensar por cuenta propia, pero en realidad repetimos ideas, intuiciones
y narrativas que nunca examinamos? Tal vez el verdadero riesgo no sea
equivocarse, sino no saber que se está equivocado.
Vivimos convencidos de que
decidimos, cuando muchas veces solo reaccionamos; de que razonamos, cuando en
realidad justificamos. La repetición, la autoridad percibida y la comodidad
cognitiva hacen el resto. Así, la mentira reiterada puede parecer verdad, y la
verdad incómoda puede ser descartada sin defensa. Aceptar nuestra
irracionalidad no es una derrota intelectual, sino un acto de lucidez. Nos
obliga a frenar, a desconfiar de la certeza inmediata y a asumir que pensar
bien exige esfuerzo, incomodidad y, sobre todo, humildad. Quizá no podamos
escapar de los sesgos, pero sí podemos aprender a vigilarlos.