Edgardo A Marecos

viernes, febrero 20, 2026

 

 

 

La Sintaxis Invisible:

                 Cómo la Escritura Moldeó el Cerebro Científico




Del Pictograma al Píxel: La Evolución y Regresión de la Sintaxis Cognitiva

A simple vista, abrir los ojos y mirar el mundo parece un acto de conocimiento completo. Durante cientos de miles de años, la humanidad interactuó con su entorno confiando exclusivamente en la imagen. Desde las pinturas rupestres del Paleolítico hasta la simple observación de la naturaleza, nuestro primer instinto fue intentar copiar la realidad.

El poder inicial de la imagen: La Gestalt del instante Antes de señalar sus límites epistemológicos, es imperativo reconocer el poder abrumador de la percepción visual. La información no entra al intelecto gota a gota; entra como un relámpago. Evolutivamente, nuestro cerebro está diseñado para el procesamiento en paralelo: captamos formas, proporciones, texturas y, lo más importante, intenciones y peligros en fracciones de segundo.

Este es el reino absoluto de la intuición y la síntesis holística. Es el poder de la Gestalt. Pensemos en el instante en que miramos el rostro de alguien y comprendemos de inmediato su dolor, su terror o su alegría. La imagen no necesita conjugar verbos ni armar premisas lógicas para generar empatía o activar nuestros instintos de supervivencia; simplemente es. En la práctica clínica, este poder visual es el cimiento del conocimiento experto. La imagen tiene la fuerza incomparable de anclarnos en el "aquí y ahora", poseyendo una riqueza inagotable que ninguna descripción de texto podrá jamás igualar.

La trampa semántica, Sin embargo, en esa inmensa riqueza visual se esconde una trampa cognitiva fundamental: la imagen es semántica pura, pero carece de sintaxis.

Una imagen nos entrega el "qué" de forma simultánea y abrumadora, pero es completamente muda respecto al "por qué", al "y si...", o al "entonces". La imagen pura no tiene la capacidad de argumentar, de establecer causalidades ni, mucho menos, de formular una negación. No se puede dibujar un "no-ciervo", del mismo modo que la mera observación de un cuadro clínico inicial no establece por sí sola la red de probabilidades y causalidades que requiere un diagnóstico riguroso. Para pasar de la simple contemplación visual empática al razonamiento complejo, el cerebro humano necesitaba inventar el pegamento de la lógica.

El largo camino hacia la abstracción El viaje para escapar de la tiranía del instante visual comenzó en la antigua Mesopotamia, hace más de 5000 años. Empujados por necesidades administrativas, los sumerios empezaron a trazar pictogramas: dibujos esquemáticos y simplificados de objetos concretos. Habían logrado sintetizar la realidad, pero seguían atados a lo material.

El primer gran salto cognitivo ocurrió con los ideogramas. La humanidad se dio cuenta de que podía usar esos mismos dibujos para representar conceptos abstractos e invisibles. El dibujo de un sol pasó a significar "calor" o "día". El símbolo dejó de ser una fotografía del mundo para convertirse en una idea. Aún así, el intelecto seguía pesadamente lastrado: leer requería memorizar miles de símbolos y el cerebro gastaba una inmensa energía en interpretar visualmente cada uno de ellos.

El "hackeo" fonético y el nacimiento del alfabeto : La verdadera revolución tecnológica ocurrió cuando decidimos vaciar al signo de todo su significado visual. Fueron los pueblos semíticos y, posteriormente, los griegos, quienes completaron este proceso de abstracción extrema con los fonogramas y el alfabeto. Tomaron antiguos dibujos literales (como las olas del agua o la cabeza de un buey) y los despojaron de su historia gráfica para que representaran algo completamente invisible: un sonido articulado.

Al reducir todos los sonidos del habla humana a apenas veintitantas letras geométricas y abstractas, ocurrió un milagro de economía mental. Al liberarse de la carga de procesar imágenes complejas, la energía neurológica sobrante pudo redirigirse hacia la articulación de la lógica.

El suelo cognitivo de la ciencia Este salto de la imagen a la letra alfabética no es un mero dato histórico; es el suelo cognitivo sobre el que se asienta todo nuestro conocimiento estructurado. Para que la mente pueda dejar atrás la simple memorización de estructuras visuales y logre comprender redes causales complejas (como la fisiopatología humana), necesita un lenguaje que le permita relacionar variables. Necesita los conectores invisibles: "si ocurre A, entonces B", "es causa de", "a diferencia de".

El alfabeto nos permitió atrapar esa sintaxis invisible en un papel. Nos dio la capacidad de aislar una idea, exteriorizarla, observarla críticamente y refutarla. Sin esta abstracción extrema, el debate filosófico. y el rigor de la ciencia serían imposibles; el conocimiento seguiría siendo un presente congelado, atado a lo que los ojos pueden ver. Al final, para poder explicar y transformar el mundo visible, primero tuvimos que aprender a dejar de dibujarlo.

El retorno a la caverna: La regresión visual del siglo XXI, Sin embargo, tras milenios de arduo trabajo para consolidar el pensamiento abstracto, el siglo XXI ha inaugurado un movimiento pendular inesperado. A través de las pantallas, hemos regresado a un entorno dominado casi exclusivamente por la imagen. Pero este retorno no es una vuelta a la contemplación serena de la naturaleza, sino una inmersión en un ecosistema digital diseñado para explotar nuestra biología.

Las plataformas de consumo rápido —como los videos cortos y el scroll  infinito— operan exactamente bajo las reglas de esa Gestalt primordial. Entran al cerebro como un relámpago, secuestrando nuestra atención mediante estímulos hiper-saturados que apelan directamente a la intuición, la emoción y el instinto, saltándose por completo el filtro de la lógica reflexiva.

La erosión de la sintaxis lógica: El peligro epistemológico de esta era no radica en la tecnología en sí, sino en la dieta cognitiva que impone. Si, como hemos establecido, la imagen es semántica pura, pero carece de sintaxis, un mundo que se comunica primordialmente a través de destellos visuales y memes es un mundo que lentamente renuncia a la argumentación.

Cuando el cerebro humano se satura de "qués" simultáneos y abrumadores, pierde la paciencia y la capacidad neurológica para buscar el "por qué". La cultura de la inmediatez visual erosiona los conectores invisibles del alfabeto. La deducción causal es reemplazada por la mera yuxtaposición de imágenes que generan indignación, deseo o risa inmediata, pero que no soportan el escrutinio de la razón. Se pierde la capacidad de formular la negación, el matiz y la duda razonable. En el reino del hiper-estímulo visual, todo simplemente es, y por lo tanto, todo se vuelve dogmático.

La atrofia del "y si...": El cerebro frente a la pantalla Desde la neurociencia, sabemos que el cerebro es plástico y obedece a la ley de la economía: lo que no se usa, se poda. El inmenso esfuerzo neurológico que requería leer un texto complejo se está revirtiendo.

La creciente incapacidad moderna para sostener la atención en la lectura profunda no es simplemente un problema de "distracción"; es el síntoma de una atrofia en nuestras redes causales. Al no ejercitar la abstracción extrema que exige el alfabeto, la mente pierde resistencia para construir y desentrañar sistemas complejos. Volvemos a ser espectadores de un presente congelado, reaccionando empática o visceralmente a lo que ven nuestros ojos, pero perdiendo la destreza para refutarlo.

El nuevo equilibrio cognitivo: El desafío de nuestra era no consiste en destruir las imágenes ni en negar su innegable poder para transmitir información empática. La imagen sigue y seguirá siendo nuestra ancla evolutiva más fuerte. Sin embargo, para no perder el suelo cognitivo que hizo posible la ciencia, la medicina y la filosofía, debemos proteger activamente el espacio de la palabra escrita.

El conocimiento estructurado requiere fricción. Requiere tiempo, secuencialidad y el silencio abstracto que solo el texto puede proporcionar. Para poder seguir explicando y transformando el mundo, debemos recordar constantemente que mirar no es sinónimo de comprender, y que la verdad, en su forma más profunda, rara vez puede ser capturada en una fotografía.

Epílogo:

En defensa de lo invisible Al final, la historia de la cognición humana no es una línea recta, sino una tensión constante entre nuestra naturaleza biológica y las herramientas culturales que hemos forjado para trascenderla. El alfabeto nos enseñó la lección más contraintuitiva de nuestra evolución: las verdades más profundas y las estructuras más complejas del universo no tienen forma, color ni textura. Son, por definición, invisibles a los ojos.

Reivindicar hoy el espacio de la lectura profunda, del silencio reflexivo y del lenguaje estructurado no es un acto de mera nostalgia analógica, ni un rechazo reaccionario a la modernidad. Es, más bien, un imperativo cognitivo y de supervivencia intelectual. Es la decisión consciente de no desmantelar el andamiaje lógico que nos permitió pasar del asombro a la ciencia, y del mito al pensamiento crítico.

El futuro de nuestra inteligencia dependerá de nuestra capacidad para habitar ambos mundos con maestría: saber utilizar la velocidad emocional de la imagen para conectar, sentir y empatizar, pero reservar celosamente el tiempo, la fricción y la lentitud del texto para comprender, dudar y construir. Porque si olvidamos cómo articular la sintaxis de nuestros pensamientos, corremos el riesgo de volver a habitar una caverna, esta vez hiperiluminada por pantallas, donde podremos verlo absolutamente todo, pero ya no entenderemos nada.

jueves, febrero 19, 2026

 

Vivir en el panóptico sin torre

El panóptico digital: La autoridad invisible en la era de las redes

Un simple acto cotidiano —revisar el celular apenas comienza el día para ver si alguien reaccionó a una publicación— encierra una de las transformaciones históricas e institucionales más profundas de nuestra época. Hoy, el control social ya no requiere de muros ni de guardias armados; funciona a través de una expectativa silenciosa: la necesidad de ver, ser visto y estar presente.

Para comprender este fenómeno, es útil analizar cómo ha evolucionado el concepto de "vigilancia" desde las cárceles del siglo XVIII hasta las plataformas digitales del presente.

De la torre de vigilancia a la red sin centro

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A finales del siglo XVIII, el filósofo Jeremy Bentham diseñó el panóptico: un modelo de prisión circular con una torre de vigilancia en el centro. Su eficacia radicaba en que el preso nunca sabía si el guardia lo estaba mirando, por lo que terminaba asumiendo que siempre era observado y, en consecuencia, adaptaba su comportamiento. Era una máquina perfecta de disciplina mediante el miedo al castigo.

En la sociedad contemporánea, el panóptico ha sufrido una mutación radical:

  • Desapareció el centro: Ya no hay un guardia en una torre; la red es ubicua.
  • Se volvió voluntario: Las personas no son forzadas a entrar en este sistema; participan de él por voluntad propia.
  • Cambió el objetivo: Ya no se busca evitar el castigo, sino capturar la mirada del otro.

Interfaz de usuario gráfica, Aplicación

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Conceptos clave de la nueva vigilancia

Para entender cómo opera esta nueva forma de control social, podemos identificar tres dinámicas principales:

  • La economía de la atención: En este nuevo ecosistema, la atención es la moneda de cambio. Los premios materiales y los castigos físicos han sido reemplazados por recompensas simbólicas (visibilidad, likes, pertenencia) y sanciones igualmente simbólicas (el silencio, la indiferencia, la pérdida de relevancia). La invisibilidad se percibe hoy como una forma de exclusión social.
  • La vigilancia horizontal: El observador central del panóptico clásico se ha democratizado. Hoy, todos los usuarios son observadores y observados al mismo tiempo. Al revisar quién está activo, quién responde y quién desaparece, la vigilancia se vuelve recíproca y el poder se vuelve difuso, lo que hace más difícil cuestionarlo.
  • La paradoja de la libertad y la identidad performativa: Aunque existen más herramientas que nunca para expresarse libremente, esta libertad convive con la presión constante de producir contenido. La vida cotidiana adopta un carácter teatral o performativo: la identidad se construye a partir de lo que se narra, se muestra y se mide.

El cambio de paradigma en perspectiva

Característica

Panóptico Clásico (Disciplinario)

Panóptico Contemporáneo (Digital)

Estructura

Edificio físico con una torre central.

Red difusa, digital y sin centro.

Dirección de la mirada

Un guardia observa a muchos (Vertical).

Todos observan a todos (Horizontal).

Motivación humana

Miedo al castigo (Ocultarse).

Deseo de validación (Mostrarse).

Sanción principal

Castigo físico o encierro material.

Indiferencia y exclusión simbólica.

 

La realidad televisada frente a la vida cotidiana

Programas de telerrealidad como Gran Hermano funcionan como una metáfora perfecta de esta lógica: hacen evidente cómo la visibilidad es un recurso y la irrelevancia es motivo de eliminación. Sin embargo, estas representaciones mediáticas operan bajo el lenguaje de la espectacularidad y el conflicto constante. En contraste, la vida real (desconectada) se caracteriza por ser difusa y operar a un ritmo diferente:

La demora: Mientras la pantalla acelera la información para facilitar su consumo rápido, la vida real se toma su tiempo, permitiendo que se experimenten dudas, contradicciones y matices.

La complejidad: Fuera de la pantalla, los conflictos no suelen tener música de tensión ni resoluciones inmediatas. Se resuelven o se sostienen a través de silencios, tiempos muertos y gestos pequeños.

Conclusión

La autoridad contemporánea ya no prohíbe; incentiva. La vigilancia dejó de ser una estructura impuesta desde afuera para convertirse en una práctica interiorizada. Al comprender esto, es posible observar críticamente nuestro propio comportamiento y reconocer en qué medida nuestras acciones diarias están orientadas por esa mirada invisible e internalizada de los demás.

 

 

 

miércoles, febrero 18, 2026

 

Del Homo Sapiens al Homo Innovador:

Una relectura de Bergson










La obra de Henri Bergson, La Evolución Creadora, es de esos textos que, aunque no siempre complacen a todos por su densidad, invitan a volver a ellos una y otra vez. Al releer sus capítulos, uno encuentra una invitación fundamental: la de apropiarnos de aquello que resuena con nuestra propia búsqueda.

Bergson nos plantea la vida no como un estado estático, sino como el esfuerzo titánico de un organismo por arrancar "ciertas cosas" a la materia bruta. Y es en ese forcejeo vital donde emergen dos protagonistas que, aunque opuestos, comparten un origen común: la inteligencia y el instinto.

A menudo tendemos a verlos como escalones de una misma escalera, pero Bergson nos corrige con elegancia. No son grados de una misma cosa, sino tendencias divergentes que se bifurcan desde un mismo tronco vital. Como bien señala el filósofo:

“No hay inteligencia en la que no se descubran trazas de instinto, ni instinto en que no se halle rodeado de un halo de inteligencia. Solo se acompañan porque se complementan y solo se complementan porque son diferentes, lo instintivo que hay en el instinto es de sentido opuesto a lo que de inteligente hay en la inteligencia. El instinto y la inteligencia no se prestan a definiciones, por no ser cosas hechas sino tendencias.”

Es fascinante observar cómo esta dicotomía define nuestra relación con el mundo. Para Bergson, el punto de partida de la inteligencia no es la contemplación abstracta, sino la fabricación. La inteligencia es la facultad de crear objetos artificiales, utensilios para hacer otros utensilios y, lo más importante, de variar indefinidamente su fabricación.

Esto nos lleva a cuestionar nuestra propia autodefinición. Nos hemos llamado pomposamente Homo Sapiens, pero Bergson sugiere que el nombre más adecuado sería Homo Faber (el hombre que fabrica). Trayendo este concepto a nuestro siglo, donde la tecnología y la adaptación son constantes, hoy bien podríamos rebautizarnos como Homo Innovador.

Forma, Flecha

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El instrumento fabricado por la inteligencia es imperfecto al nacer: requiere un esfuerzo intelectual, conlleva dificultad para aprender a manejarlo y no cierra un ciclo de manera automática. Por cada necesidad que satisface, crea una nueva. Sin embargo, su potencia radica en su versatilidad: puede asumir cualquier forma y servir para cualquier uso. Es la herramienta de las posibilidades ilimitadas.

Por el contrario, el instinto opera bajo una lógica distinta. Es la facultad de utilizar e incluso construir "instrumentos organizados". Aquí, el instrumento es parte del cuerpo, una prolongación del trabajo de organización de la vida misma. El instinto nos dota de una herramienta especializada que se repara a sí misma, de una infinita complejidad en sus detalles, pero de una asombrosa simplicidad en su funcionamiento. El instinto hace exactamente aquello para lo que está "llamado" a hacer; no duda, ejecuta.

Imagen que contiene Diagrama

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Me agrada particularmente la afirmación bergsoniana de que "hay inteligencia dondequiera que haya inferencia". Entendemos aquí la inferencia no solo como un silogismo lógico, sino como una inflexión de la experiencia pasada sobre el presente. Es el comienzo de toda invención, un proceso mental que solo se completa cuando finalmente se materializa en un instrumento fabricado.

 

Interfaz de usuario gráfica, Texto, Aplicación, Chat o mensaje de texto

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Es vital hacer una distinción final. En muchos trabajos y discusiones, es común ver cómo se funde o confunde el instinto con la intuición. Sin embargo, la intuición es un concepto de tal magnitud en la filosofía de la vida que merece ser considerado separadamente, pues es allí donde la conciencia intenta recuperar lo que ha perdido en su especialización técnica.

Releer a Bergson es recordarnos que somos, ante todo, seres constructores, innovadores por naturaleza, que navegamos la existencia entre la certeza biológica del instinto y la aventura infinita —y a veces agotadora— de nuestra inteligencia fabricadora.

Epílogo: La herramienta y la vida

Volver a las páginas de La Evolución Creadora no es siempre una tarea sencilla; es una obra que, admitámoslo, no es del agrado de todos y cuya densidad a menudo exige pausas epistémicas. Sin embargo, quienes regresamos a ella frecuentemente —a veces solo a releer unos capítulos— lo hacemos porque Bergson toca una fibra esencial de nuestra condición: la incomodidad de nuestra propia inteligencia.

Si aceptamos que somos Homo Innovador, debemos aceptar también el precio de esa innovación. Nuestra inteligencia, volcada hacia la materia inerte, hacia la fabricación de herramientas y utensilios, nos ha dado un dominio incomparable sobre el mundo exterior.

Si la inteligencia es la herramienta para manipular la materia y el instinto es la herramienta para preservar la vida orgánica, nos queda lugar para profundizar esa otra facultad, a menudo confundida con el instinto, pero radicalmente distinta en su alcance filosófico: la intuición. Pero ese... ese es un concepto que  merece ser incorporado y considerado con más profundidad…

martes, febrero 17, 2026

 

 

Historia y aprendizaje significativo

Me llamo la atención que  un nieto me dijera que tenía que rendir historia, conversando luego con otros nietos ,todos de secundaria, les pregunte si alguna vez le hablaron de la historia del pensamiento .  No es tenida en cuenta como nos ocurrió a la mayoría ,o tal vez no se le dio la suficiente importancia .

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Creo que esto tiene que ver con que la enseñanza se centra en la transmisión de resultados, omitiendo los procesos que condujeron a ellos. Sin embargo, conocer el camino recorrido por las ideas del pensamiento permite: comprender la génesis de los conceptos, reconocer la provisionalidad del conocimiento, identificar los problemas que dieron origen a las teorías, desarrollar pensamiento crítico. La observación atribuida a Carl Friedrich Gauss —el interés por el proceso que conduce a una solución— expresa con claridad esta necesidad pedagógica.

Aprender desde la historia de los problemas transforma el conocimiento en una experiencia significativa y fomenta la motivación intelectual. El estudiante deja de ser un receptor pasivo para convertirse en un participante en la reconstrucción del saber.

Del mito al logos: el nacimiento de la actitud crítica: El pasaje del mito al logos en la Grecia antigua representa uno de los momentos fundacionales del pensamiento occidental. Este tránsito no implica la desaparición del mito, sino la aparición de un nuevo modo de explicación basado en la argumentación racional.

Las condiciones culturales de la Grecia clásica favorecieron el ejercicio del pensamiento crítico. La existencia de espacios de debate y la valoración del ocio contemplativo permitieron que la reflexión filosófica se desarrollara como una actividad autónoma.

Este proceso inauguró una actitud intelectual caracterizada por: la pregunta por lo evidente, la búsqueda de fundamentos, la discusión racional de las ideas

Estas características constituyen, aún hoy, objetivos centrales de cualquier proyecto educativo orientado a la formación crítica.

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Los presocráticos y la pedagogía de la pregunta

Los filósofos presocráticos no solo ofrecieron respuestas sobre la naturaleza de la realidad, sino que inauguraron una forma de preguntar.

  • Tales de Mileto buscó un principio unificador de la naturaleza.
  • Anaximandro introdujo la idea de lo indeterminado.
  • Anaxímenes propuso procesos de transformación de la materia.
  • Pitágoras mostró la relación entre estructura formal y realidad.

El contraste entre Heráclito y Parménides introduce el problema del cambio y la permanencia, mientras que las aporías de Zenón de Elea evidencian que incluso lo aparentemente obvio requiere análisis conceptual.

Desde el punto de vista educativo, estos planteos muestran que el conocimiento se construye a partir de preguntas, tensiones y problemas, no de certezas definitivas.

Conocimiento, modelos y pensamiento crítico

La historia de la ciencia confirma que el conocimiento humano es dinámico y revisable. Los modelos teóricos cambian, se perfeccionan o son reemplazados. Incluso en disciplinas consideradas “exactas”, la certeza absoluta es inalcanzable. El reconocimiento de esta provisoriedad tiene un valor formativo fundamental: enseña a pensar en términos de hipótesis, evidencia y argumentación, y evita la aceptación acrítica de la información.

En este sentido, la educación basada en la historia del pensamiento promueve: la comprensión del error como parte del aprendizaje, la capacidad de revisar supuestos, la tolerancia a la incertidumbre, la construcción autónoma del conocimiento.

 

Incorporar la historia del pensamiento en los procesos educativos permite:

  1. Superar la enseñanza memorística.
  2. Favorecer el aprendizaje significativo.
  3. Desarrollar habilidades de análisis y argumentación.

4.        Integrar distintos campos del saber.

  1. Formar sujetos críticos y reflexivos.

 

 

 

Este enfoque es aplicable a todas las áreas del conocimiento, ya que la comprensión histórica de los conceptos permite establecer conexiones entre disciplinas y comprender el carácter cultural del saber.

 

Conclusión

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El contenido generado por IA puede ser incorrecto. ¨La historia del pensamiento¨ constituye una herramienta educativa de primer orden, es un recurso pedagógico que permite comprender el conocimiento como proceso, desarrollar la capacidad crítica y fomentar la autonomía intelectual. La historia del pensamiento no es o no debería ser un adorno cultural. Es la columna vertebral de una ciudadanía crítica. En un contexto de fragmentación y automatización, recuperar la dimensión histórica de las ideas es la única forma de formar sujetos capaces de interpretar la realidad, y no solo de operarla. Educar desde la historia de las ideas es, en última instancia, educar para pensar, un derecho que no debería reservarse para unos pocos ni dejarse para el final del camino.

 

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