Edgardo A Marecos

jueves, marzo 12, 2026

 

Cuando la Racionalidad lleva a la Guerra

Miguel me mando un comentario acerca de que las grandes guerras muchas veces no empiezan por decisión racional ,sino por errores de cálculo ,malas señales ,accidentes, presión interna … y me llevo a una visión desde la teoría de los juegos a la Trampa del Equilibrio de Nash: La "Estupidez Racional¨.

 

Es oportuno recordar  representación muy buena  de Rusell Crowe como  John  Nash en la película ¨Mente Brillante¨ con relación a la Teoría de los Juegos.

Tendemos a pensar que la guerra es fruto de la locura, pero  la Teoría de Juegos nos dice lo contrario: la guerra es a menudo el resultado de una lógica impecable. En el Dilema del Prisionero aplicado al Estrecho de Ormuz o a cualquier conflicto geopolítico, sucede lo siguiente: Cooperar (Paz): Es el Óptimo de Pareto.  Todos estarían mejor, se ahorrarían vidas y recursos. Defeccionar (Guerra): Es el Equilibrio de Nash. Si yo coopero y tú me traicionas, yo pierdo todo. Por lo tanto, la opción "racional" para minimizar la pérdida máxima es atacar o rearmarme.

Como ambos piensan igual, terminan en un equilibrio donde ambos están peor que si hubieran cooperado, pero ninguno tiene incentivos individuales para cambiar de estrategia sin que el otro lo haga primero. Es la parálisis  matematizada.

Para romper el Equilibrio de Nash y alcanzar el Óptimo de Pareto, se necesita la Teoría de Juegos Evolutiva ,la cual sugiere que la cooperación puede surgir incluso en entornos hostiles mediante la estrategia de "Tit-for-Tat".  La historia nos enseña que la única forma de escapar de la trampa del prisionero es la iteración: jugar muchas veces para construir reputación y confianza.  Sin embargo, en la era nuclear y de la IA, a veces solo se tiene una oportunidad.  Por eso en esta era me parece imposible.

    J. Nash nos deja una lección humillante para nuestra especie: ser individualmente racionales puede ser colectivamente suicida. Para alcanzar el bienestar común, necesitamos algo que las matemáticas no pueden garantizar por sí solas: la voluntad ética de confiar.

Ejemplos por recordar

El juego de la disuasión nuclear durante la Guerra Fría funcionaba como otro juego famoso: Mutually Assured Destruction (MAD) Si atacas → ambos mueren Si no atacas → ambos sobreviven Ese sistema también es un equilibrio de Nash, pero basado en el miedo.

Como citaba Miguel muchas guerras ocurren por: información incompleta, errores de cálculo…Esto fue estudiado por James Fearon. Su conclusión famosa: Si ambos actores fueran perfectamente racionales y tuvieran información perfecta, muchas guerras no ocurrirían. Es decir, una visión distinta: la guerra muchas veces surge de fallas en la racionalidad, no de su exceso.

1|.-Crisis de los misiles de Cuba (1962) Actores: John F. Kennedy Nikita Khrushchev Cuba

Cuando la Unión Soviética instaló misiles nucleares en Cuba, Estados Unidos descubrió las bases. El juego estratégico era más o menos así:

URSS

EE. UU.

          Resultado

Retira misiles

     No invade

          Paz

No retira

      EE. UU. ataca

          Guerra nuclear posible

Ambos escalan

guerra global

Cada lado pensaba:

  • Si cedo primero → pierdo poder
  • Si el otro cede → gano

Eso es exactamente un equilibrio de Nash peligroso. La crisis duró 13 días y el mundo estuvo muy cerca de una guerra nuclear. La solución fue negociación secreta:

  • URSS retira misiles de Cuba
  • EE. UU. retira misiles de Turquía (en secreto)

Lo interesante: la solución fue cooperación oculta, no pura lógica estratégica pública.

 

2.-El submarino soviético que casi lanzó un torpedo nuclear (1962)

  • EE. UU. lanzó cargas de profundidad de advertencia
  • la tripulación creyó que la guerra nuclear ya había comenzado

El comandante quería lanzar un torpedo nuclear. Pero el lanzamiento requería aprobación de tres oficiales. Uno de ellos fue: Vasili Arkhipov , se negó a autorizarlo.

Resultado: el torpedo nuclear no fue disparado probablemente evitó una guerra mundial. Aquí vemos algo importante: la racionalidad militar del comandante era lanzar el arma. Pero una sola persona decidió no seguir la lógica de escalada.

 

3.-El falso ataque nuclear detectado por satélites (1983)

En plena Guerra Fría, el sistema soviético detectó: 5 misiles nucleares lanzados desde Estados Unidos.

El oficial de guardia era: Stanislav Petrov Según el protocolo debía: informar inmediatamente activar la respuesta nuclear soviética Pero Petrov pensó algo extraño: “Si Estados Unidos atacara, no enviaría solo cinco misiles.” Decidió ignorar la alarma. Luego se descubrió que el sistema había confundido reflejos del sol en las nubes con misiles. Su decisión probablemente evitó una guerra nuclear accidental.

 

Qué tienen en común estos tres casos

En los tres casos:

  • los sistemas estaban diseñados racionalmente
  • las doctrinas eran estratégicamente coherentes

Pero el sistema llevaba hacia escalada automática. Y la catástrofe se evitó por: intuición humana, desobediencia o negociación.

Muchos politólogos hoy creen que la clave no es la racionalidad sino la confianza. El problema central es: incertidumbre sobre las intenciones del otro. En teoría de juegos se llama: dilema de seguridad Si tu vecino compra armas: puede ser para defenderse o para atacarte, Pero tú no puedes saberlo Entonces compras más armas. El politólogo Thomas Schelling decía: “La guerra no ocurre porque la gente sea irracional, sino porque actores racionales temen lo que otros racionales podrían hacer.”

El problema del mundo no es la racionalidad. Es esta combinación: racionalidad + incertidumbre + miedo Cuando juntas esas tres cosas: los sistemas se vuelven inestables pequeñas señales se interpretan como amenazas ,todos toman decisiones defensivas que parecen agresivas.

La conclusión inquietante

La estabilidad global depende cada vez más de algo muy frágil: qué humanos mantengan el control final. Muchos expertos proponen una regla simple: nunca permitir que un sistema automático decida un lanzamiento nuclear. la inteligencia artificial podría volver más inestables estos juegos estratégicos.

 

miércoles, marzo 11, 2026

 

Estrategias para enfrentar el conflicto entre el presente y el futuro

La importancia de comprometerse de antemano a tomar decisiones que beneficien el interés propio a largo plazo, incluso cuando las tentaciones o presiones a corto plazo puedan ser poderosas.

Formas de enfrentar el conflicto entre el presente y el futuro

Uno de los problemas más persistentes del comportamiento humano es el conflicto entre lo que deseamos ahora y lo que sabemos que nos conviene a largo plazo. Este conflicto aparece en decisiones cotidianas —comer, gastar, trabajar, ahorrar— y también en decisiones colectivas. Diversas ideas provenientes de la mitología, la psicología y la economía conductual han intentado explicar y resolver este dilema.

Entre ellas destacan el contrato de Ulises narrado en La Odisea, el experimento de las golosinas de Walter Mischel, los “nudges” propuestos por Richard Thaler y el conocido ejemplo de la mosca en los mingitorios del Aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol en Ámsterdam. Aunque estos casos pertenecen a contextos distintos, todos abordan el mismo problema: cómo guiar la conducta humana cuando sabemos que la tentación inmediata puede derrotar a la razón.

El "Contrato de Ulises" es un concepto que proviene de la mitología griega y que se ha utilizado en el campo de la ética, la filosofía, la psicología y las ciencias políticas para describir un compromiso que una persona establece consigo misma para evitar tomar decisiones impulsivas o irracionales en el futuro .El término se inspira en el mito de Ulises (u Odiseo) en "La Odisea" de Homero.

Constituye quizá la forma más antigua y clara de este problema. Al aproximarse a la isla de las sirenas, cuyo canto irresistible llevaba a los marineros a la muerte, Ulises desea escucharlas, pero teme sucumbir a la tentación. Para evitarlo ordena a su tripulación que lo aten al mástil del barco y que no lo desaten, sin importar lo que él mismo pida después. Cuando Ulises se aproximaba a la isla de las sirenas, cuyas canciones irresistibles llevaban a los marineros a la muerte, él quería escucharlas, pero sin sucumbir a su tentación. Para lograrlo, ordenó a su tripulación que lo atara al mástil de su barco y que no lo desataran en ninguna circunstancia, por más que él rogara. Además, instruyó a sus marineros que se taparan los oídos con cera para no escuchar el canto de las sirenas.

Así, Ulises evitó el peligro de tomar decisiones en un momento de vulnerabilidad Aquí aparece un mecanismo fundamental: el pre-compromiso. El individuo, consciente de su futura debilidad, toma una decisión anticipada que restringe su comportamiento posterior. Es una forma deliberada de proteger el interés del “yo futuro” frente al posible descontrol del “yo presente”.

En términos modernos se refiere a la idea de que una persona, reconociendo sus futuras debilidades o la posibilidad de actuar irracionalmente, toma medidas anticipadas para evitar caer en la tentación o tomar decisiones que más tarde lamentaría. Implica usar estrategias meditadas para proteger decisiones futuras.

 

El concepto ha sido explorado en psicología como una herramienta para la autorregulación y la lucha contra los impulsos, y en política y economía para describir situaciones en las que se establecen reglas o acuerdos que limitan las decisiones futuras de un individuo o grupo ,para asegurar un comportamiento más racional.

El Test de la golosina : El experimento de las golosinas desarrollado por Walter Mischel en la década de 1960 explora el mismo conflicto, pero desde otro ángulo. En este caso se coloca a un niño frente a una golosina y se le ofrece una elección: puede comerla inmediatamente o esperar unos minutos para recibir una segunda. El experimento mide la capacidad de postergar la gratificación. A diferencia del caso de Ulises, aquí no existe una restricción externa que proteja al individuo; todo depende de la capacidad de autocontrol. El niño debe gestionar por sí mismo la tensión entre deseo inmediato y beneficio futuro. El test se convirtió en un símbolo del autocontrol, aunque investigaciones posteriores mostraron que el resultado también depende del contexto social y de la confianza en que la recompensa prometida realmente llegará.

 

Los Nudges;  la economía conductual introdujo  estrategias para abordar el mismo problema. Richard Thaler propuso que muchas decisiones humanas pueden mejorar si se modifica la arquitectura del entorno de decisión, una idea popularizada en el libro Nudge. En lugar de exigir un gran esfuerzo de voluntad o imponer prohibiciones estrictas, el entorno puede diseñarse de manera que la opción más beneficiosa resulte más fácil o más natural. Ejemplos de esto son la inscripción automática en planes de ahorro, los recordatorios para pagar impuestos o la colocación estratégica de alimentos saludables en comedores. El objetivo no es obligar, sino orientar suavemente la conducta.

El ejemplo de la mosca en los mingitorios representa una versión mínima y muy ilustrativa de este principio. En el aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol se grabó la imagen de una pequeña mosca en el interior de los mingitorios. Los usuarios, casi de forma instintiva, apuntan hacia ella, lo que reduce significativamente las salpicaduras y los costos de limpieza. No hay normas, sanciones ni decisiones conscientes complejas. Un simple detalle en el diseño del entorno produce un cambio de comportamiento. Este caso muestra de manera clara cómo pequeñas modificaciones pueden generar efectos significativos.

Si se comparan estos ejemplos, aparecen tanto similitudes como diferencias. La similitud fundamental es que todos reconocen una característica central del comportamiento humano: la racionalidad es limitada y el autocontrol es imperfecto. En cada caso se intenta resolver el conflicto entre el deseo inmediato y el interés a largo plazo. Sin embargo, el mecanismo utilizado para lograrlo es distinto.

 

Síntesis de las diferencias en la aplicación de estas estrategias

Estrategia

Fuente de Control

Mecanismo Principal

Nivel de Esfuerzo Consciente

Contrato de Ulises

Externa (autoimpuesta)

Restricción y pre-compromiso

Alto (en la fase de preparación)

Golosinas (Mischel)

Interna

Fuerza de voluntad y paciencia

Muy Alto (durante la tentación)

Nudges (Thaler)

Entorno

Arquitectura de decisión

Bajo (facilita la elección)

Mosca (Schiphol)

Entorno

Estímulo visual instintivo

Mínimo / Inconsciente

Conclusión

Estas estrategias muestran distintas maneras de enfrentar el mismo desafío humano. El mito de Ulises propone anticiparse a la debilidad futura mediante compromisos firmes; el experimento de las golosinas explora la capacidad individual de autocontrol; la economía conductual sugiere rediseñar el entorno de decisiones; y la mosca en el mingitorio demuestra cómo incluso intervenciones mínimas pueden influir en el comportamiento. Todas, desde perspectivas diferentes, revelan una misma lección: la conducta humana no depende únicamente de la voluntad, sino también de las reglas, los compromisos y el contexto en el que tomamos nuestras decisiones.

 

martes, marzo 10, 2026

 

Orden, energía y vida: el universo lejos del equilibrio

Durante mucho tiempo la termodinámica clásica condujo a una visión aparentemente pesimista del universo. Según esta perspectiva, todos los sistemas físicos evolucionan inevitablemente hacia el equilibrio térmico, un estado de máxima entropía en el que desaparecen las diferencias de temperatura, presión o energía. En ese escenario final, conocido popularmente como “muerte térmica”, el universo tendería hacia una condición homogénea y sin estructuras.

Sin embargo, durante el siglo XX esta visión comenzó a ampliarse gracias al trabajo del químico y físico Ilya Prigogine, quien introdujo el concepto de estructuras disipativas. Estas son sistemas que, lejos de aproximarse al equilibrio, mantienen su organización precisamente porque intercambian energía y materia con su entorno.

En lugar de desaparecer, el orden puede surgir y mantenerse gracias al flujo continuo de energía. Para que aparezca una estructura disipativa deben cumplirse ciertas condiciones fundamentales.

En primer lugar, el sistema debe ser abierto, es decir, capaz de recibir energía o materia del exterior y también de expulsarla en otras formas. Los organismos vivos, por ejemplo, incorporan energía química o solar y liberan calor y productos de desecho.

En segundo lugar, el sistema debe poseer una cierta complejidad interna que le permita reorganizarse y mantenerse estable dentro de un rango amplio de condiciones externas.

En tercer lugar, deben existir procesos de retroalimentación entre sus componentes. Estos bucles de interacción permiten regular el comportamiento del sistema, estabilizarlo o generar transformaciones cuando cambian las condiciones del entorno.

Cuando estas condiciones se cumplen, el flujo constante de energía a través del sistema puede generar orden espontáneo. Paradójicamente, la disipación de energía —que en principio parece asociada al desorden— se convierte en una fuente de organización.

Un ejemplo clásico de este fenómeno son las células de Bénard, patrones regulares de convección que aparecen en un fluido cuando se calienta desde abajo. Si la diferencia de temperatura es pequeña, el fluido permanece aparentemente desordenado. Pero cuando el flujo de energía supera cierto umbral, el sistema abandona el equilibrio y se organiza espontáneamente en estructuras hexágonos estables.

Estos fenómenos muestran que el orden no siempre es resultado de un diseño externo: puede surgir de manera natural cuando la energía fluye a través de sistemas suficientemente complejos.

La vida puede entenderse como un caso particularmente sofisticado de este tipo de procesos. Los organismos vivos mantienen su organización interna gracias a un flujo constante de energía que atraviesa sus sistemas metabólicos. Absorben energía del entorno —ya sea en forma de radiación solar o de energía química— y finalmente la liberan como calor y residuos.

De esta manera, los seres vivos logran mantener un bajo nivel de entropía interna, aunque al mismo tiempo contribuyen al aumento de la entropía total del universo. En otras palabras, el orden local de los sistemas vivos se sostiene porque participan activamente en procesos más amplios de transformación energética.

Esta perspectiva ha llevado a algunos investigadores a proponer una interpretación aún más amplia del papel de la vida en la naturaleza. Según el ecólogo de sistemas Eric D. Schneider y el ensayista científico Dorion Sagan, la función fundamental de los sistemas vivos podría entenderse como la reducción de gradientes energéticos en el ambiente.

En términos simples, los gradientes —diferencias de energía entre regiones— generan flujos naturales. Por ejemplo, la energía solar que llega a la Tierra establece un fuerte contraste entre el calor del Sol y el frío del espacio. Este desequilibrio impulsa múltiples procesos físicos, químicos y biológicos.

Los sistemas vivos participan activamente en esa dinámica. Las plantas capturan energía solar mediante la fotosíntesis, transformándola en energía química. Esa energía circula luego a través de las redes alimentarias de los ecosistemas, alimentando organismos, procesos metabólicos y ciclos biogeoquímicos. Finalmente, toda esa energía se disipa en forma de calor.

En este sentido, la biosfera puede entenderse como una enorme red de procesos que transforma y redistribuye energía, contribuyendo a reducir gradientes energéticos a escala planetaria. Desde esta perspectiva, la vida aparece como una manifestación particularmente compleja de los sistemas lejos del equilibrio. Allí donde existen flujos de energía, suficiente complejidad estructural y mecanismos de retroalimentación, pueden surgir procesos de autoorganización, autorregulación y evolución.

Las estructuras disipativas muestran que el universo no es únicamente un camino hacia el desorden. Bajo determinadas condiciones, el flujo de energía puede generar nuevas formas de organización, desde patrones físicos simples hasta sistemas vivos capaces de aprender, adaptarse y evolucionar.

Conclusión

La teoría de las estructuras disipativas propuesta por Ilya Prigogine transformó profundamente nuestra comprensión de la naturaleza. Reveló que el orden y la complejidad no se oponen necesariamente a las leyes de la termodinámica, sino que pueden surgir precisamente gracias al flujo continuo de energía a través de sistemas abiertos. En este marco, la vida puede interpretarse como una forma avanzada de organización termodinámica que opera lejos del equilibrio. Como sugieren Eric D. Schneider y Dorion Sagan, los sistemas vivos participan activamente en la transformación y disipación de gradientes energéticos, integrándose en una red de procesos físicos, químicos y biológicos que mantienen al planeta en una dinámica permanente.

Comprender estos procesos amplía nuestra visión del lugar que ocupamos en la naturaleza. La vida, la evolución y la complejidad que observamos en la Tierra pueden entenderse como parte de una dinámica más profunda del cosmos: la interacción continua entre energía, materia, organización y cambio, a través de la cual el universo produce estructuras capaces de transformarse, adaptarse y persistir lejos del equilibrio.