domingo, marzo 08, 2026

 

Ser  vivo, ser sistema:

Maturana y Varela

Para Maturana y Varela, un ser vivo es un sistema que se produce a sí mismo continuamente. A esto lo llamaron autopoiesis. No es que el organismo tenga una identidad fija, sino que la va generando momento a momento. Esta autoproducción necesita un límite —una membrana— que separa al sistema del entorno. Pero ese límite no es un muro: es una ¨frontera dinámica¨ que regula intercambios , en segundo año de medicina tomamos conciencia de la importancia de las membranas celulares y el intercambio a ese nivel que posibilita la vida.

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Aquí se nos aclara la aparente paradoja : necesitamos un borde para ser “alguien”, pero ese alguien sólo existe gracias a sus relaciones. Somos autónomos en nuestra operación cotidiana —nadie puede vivir por nosotros—, pero estamos constituidos por vínculos biológicos, sociales y culturales. El poder íntimo de la membrana en todos los niveles pasa desapercibido.

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Aunque no lo notemos, actuamos sistémicamente todo el tiempo. Regular la temperatura del agua en la ducha, conducir un auto o usar el celular implica: anticipar resultados, corregir errores, ajustar acciones según retroalimentación. Eso es pensamiento sistémico cibernetico en acción.

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Habitualmente pensamos de forma lineal: buscamos causas simples para fenómenos complejos. El pensamiento sistémico, desarrollado en el ámbito organizacional por Peter Senge, al que tuve la oportunidad de conocer en conferencia,  propone mirar: las interdependencias ,los bucles de retroalimentación, los efectos a largo plazo. Cuando aplicamos esta mirada a nuestra vida, descubrimos que muchos problemas no son fallas individuales, sino dinámicas de relación.

Creencias: nuestros “cristales” para ver el mundo:

Nuestras creencias nos permiten actuar, pero también nos limitan. Funcionan como lentes: hacen visible algo y ocultan otra cosa. Salir de ese encierro no significa abandonar las creencias —eso es imposible—, sino darnos cuenta de que las tenemos y explorar otras perspectivas. Ese cambio de mirada es lo que algunos autores llaman metanoia: una transformación del observador. No es un privilegio de unos pocos, sino una práctica que se puede cultivar: leyendo fuera de nuestro marco habitual, dialogando con quienes piensan distinto,observando cómo pensamos

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El “comité” que somos: Si nos miramos desde la biología y desde la teoría de sistemas, aparece una imagen provocadora: no somos un individuo simple, sino un comité coordinado de procesos. Lejos de ser un defecto —como sugiere la metáfora del “camello diseñado por una comisión”—, esa multiplicidad es nuestra fortaleza.  Los sistemas complejos son más robustos porque pueden adaptarse, reorganizarse y aprender. La evolución no busca la simplicidad, sino la viabilidad.

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La visión de Maturana y Varela tiene consecuencias prácticas:

En salud: La salud puede entenderse como equilibrio dinámico entre múltiples subsistemas: biológicos, emocionales y sociales.

En conocimiento: Siempre actuamos según teorías, aunque no sepamos cuáles. Hacerlas explícitas nos da más libertad.

En organizaciones: Los resultados dependen menos de individuos “brillantes” que de la calidad de las relaciones y de la capacidad de aprender en conjunto. En medicina es la regla.

 

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Una nueva idea de libertad:  Somos sistemas interdependientes, la libertad no consiste en ser completamente independientes —eso es imposible—, sino en: comprender los sistemas en los que participamos, reconocer nuestros propios bucles de acción, ampliar nuestros marcos de interpretación. La verdadera autonomía es relacional y reflexiva.

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La pregunta entonces deja de ser “¿quién soy?” para transformarse en: ¿qué relaciones sostienen lo que soy y cómo puedo participar conscientemente en ellas? Ahí comienza, más que una teoría, una práctica de vida

Conclusión

No somos entidades aisladas que enfrentan un mundo externo, ni tampoco meros engranajes de un todo que nos determina. Somos procesos vivos que se autoproducen en redes de relaciones. Entendernos como sistemas autopoiéticos y ecológicos no reduce nuestra individualidad; la redefine. Nos muestra que la identidad no es algo que “tenemos”, sino algo que hacemos continuamente en interacción con otros.

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