viernes, enero 02, 2026

 

La historia no fracasa: la hacemos fracasar

La historia es una de las materias más desprestigiadas del sistema educativo, casi tan mal enseñada como las matemáticas o la física, aunque sea esta última la que tradicionalmente ha generado mayor preocupación. Sin embargo, ese descrédito no proviene de la historia en sí, sino del modo en que suele reducirse: a una sucesión de datos, fechas y personajes, despojada de su verdadera dimensión.

Comprendida en profundidad, la historia no es un archivo de acontecimientos más o menos relevantes, sino un proceso totalizador: una expresión inseparable del ser humano, de sus creaciones, de sus preguntas y de sus intentos por comprender el mundo, siempre situados en un tiempo y un entorno determinados. No es información; es sentido en movimiento.

Carl Friedrich Gauss, uno de los grandes matemáticos de la historia, lo expresó con admirable lucidez al afirmar: “Ahora que conozco la solución, me gustaría saber cuál fue el proceso que me condujo hasta ella”. En esa frase se condensa una pedagogía completa. Aprender no consiste en llegar a una respuesta, sino en comprender el camino que hizo posible esa respuesta.

Aprender desde la motivación, desde la historia que conduce a un descubrimiento —y no desde el dato desnudo— es un recorrido fértil, lleno de sorpresas. Es una lección que muchos han olvidado. Por eso, comenzar por nuestros antecedentes históricos, entendidos como una red de relaciones desplegadas en el tiempo, constituye una vía privilegiada para iniciar cualquier proceso genuino de comprensión.

Si bien los primeros pasos de lo que hoy llamamos civilización se dieron en Oriente —India, China— muchos siglos antes de Cristo, las preguntas fundacionales de la civilización occidental surgieron en Grecia. Y no fue casual. A una singular disposición intelectual se sumó una situación geopolítica excepcional: Grecia no era solo el territorio que hoy conocemos, sino un entramado de islas, el Asia Menor y el sur de Italia, un paso obligado entre Oriente y Occidente, un cruce de caminos, mercancías e ideas.

Resulta notable comprobar que aquellas preguntas formuladas hacen más de dos mil años conservan plena vigencia. Los grandes interrogantes sobre el universo, el ser humano y lo divino siguen abiertos. Los griegos comprendieron, además, algo fundamental para el pensamiento: la necesidad del ocio, entendido no como pasividad, sino como tiempo liberado para pensar. Ese ocio estaba íntimamente ligado a la libertad de expresión, favorecida por una concepción de lo religioso en la que el culto tenía más peso que el dogma.

Esta actitud evitó la sanción mística del pensamiento y abrió un espacio privilegiado para la búsqueda de explicaciones racionales. Ese clima cultural fue un verdadero caldo de cultivo para la creatividad y, con ella, para la evolución de las ideas.

Definir qué es la creatividad no es sencillo. El lenguaje suele quedarse corto frente a lo que intuimos. Pero podemos aproximarnos mediante una analogía: cuando al observar cómo el vapor levanta la tapa de una tetera somos capaces de intuir el movimiento circular y, a partir de él, imaginar la rueda, estamos ejerciendo la creatividad en una de sus formas más potentes.

Durante siglos, la filosofía contuvo la totalidad del saber. No hay un momento preciso en el que pueda afirmarse que comienza el pensamiento filosófico, pero sí es posible señalar un límite difuso: el abandono progresivo del mito como respuesta última, en favor del logos, del razonamiento.

Este tránsito fue facilitado por la particular naturaleza de los dioses griegos, profundamente humanizados, sometidos a pasiones, conflictos y desgracias. Eran dioses domésticos, presentes en la vida cotidiana, lo que paradójicamente los hacía menos intimidantes y más compatibles con la interrogación racional.

Sería un error, sin embargo, despreciar la magia de aquella época. La magia sigue siendo necesaria hoy, incluso en las ciencias llamadas “duras”, aunque muchas veces se presente bajo el ropaje del formalismo. Sir Isaac Newton, considerado uno de los mayores genios de la humanidad, no dudó en recurrir a una forma de magia conceptual al introducir la “atracción a distancia”, un cierre necesario —aunque incómodo— para su universo mecanicista.

También la medicina, como señalara Jores, requiere de cierta magia para su ejercicio. No como engaño, sino como reconocimiento de los límites del saber estrictamente técnico.

En este escenario emerge Sócrates como un punto de inflexión decisivo para Occidente. Con él puede hablarse de un antes y un después. Los pensadores presocráticos se habían ocupado fundamentalmente de la physis, de la naturaleza de las cosas, preguntándose por su principio —el arché—, único o múltiple.

Para Tales de Mileto, ese principio era el agua; para Anaximandro, lo indeterminado; para Anaxímenes, el aire. Pitágoras desplazó radicalmente el eje al afirmar que el fundamento de la realidad eran los números, introduciendo un principio formal. Su legado atraviesa siglos, desde la matemática hasta la música, donde por primera vez se estableció una relación precisa entre cantidad y cualidad.

Heráclito introdujo la idea del devenir constante y de la unidad de los contrarios: todo fluye. Parménides, en cambio, sostuvo la unicidad y permanencia del ser. Zenón, su discípulo, elaboró las célebres aporías no para negar el movimiento, sino para mostrar la dificultad de explicarlo racionalmente. Las paradojas de la dicotomía, Aquiles y la tortuga o la flecha siguen recordándonos la importancia de interrogar lo aparentemente obvio.

Mucho antes de la física moderna, Demócrito imaginó un mundo compuesto por átomos y vacío. Sin instrumentos, solo con pensamiento e imaginación, dio pasos decisivos hacia una concepción que, con múltiples transformaciones, aún nos acompaña. Hoy sabemos que el átomo no es indivisible, pero seguimos pensando la realidad en términos de materia, vacío y movimiento.

Sin embargo, es necesario introducir aquí una advertencia fundamental: gran parte de lo que sabemos sobre estos pensadores no nos ha llegado de manera directa. Accedemos a ellos a través de fragmentos, citas y reconstrucciones realizadas por autores posteriores.

 

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En este punto resulta clave distinguir entre doxología, doxografía y filosofía propiamente dicha.

La doxa, la opinión, constituye el primer nivel del pensamiento. La doxología remite al conjunto de opiniones sostenidas por un autor; la doxografía, en cambio, es la tarea de recopilar, ordenar y transmitir esas opiniones. Aristóteles, Teofrasto, Diógenes Laercio o Simplicio fueron, en gran medida, doxógrafos. Gracias a ellos conocemos a los presocráticos, pero ese conocimiento está mediado, filtrado, interpretado.

Esto no invalida su legado, pero nos obliga a reconocer que la historia del pensamiento es también una historia de pérdidas, selecciones y reconstrucciones. No heredamos ideas puras, sino relatos sobre ideas. La historia, incluso cuando pretende conservar, transforma.

Lejos de ser una debilidad, esta condición refuerza su valor formativo. Comprender que el pensamiento nos llega incompleto y mediado nos educa en la cautela crítica. Nos enseña que no existen verdades sin contexto y que toda transmisión es, al mismo tiempo, una recreación.

Desde entonces hasta hoy, los modelos cambian vertiginosamente. Como suelen decir con ironía los físicos teóricos, lo maravilloso es que lo que aprendimos ayer ya es pasado. Cada vez resulta más plausible la idea de que el universo se asemeja más a un gran pensamiento que a un conjunto de objetos materiales.

Estos pensadores no nos legaron respuestas definitivas, sino algo más valioso: la actitud de preguntar. Admirarlos no implica repetirlos, sino aprender de su modo de pensar. Tal vez allí resida la verdadera función de la historia: no conservar el pasado, sino mantener viva la capacidad humana de comprender.

Vivimos en una época paradójica: nunca dispusimos de tantas respuestas y, sin embargo, formulamos cada vez menos preguntas. La información circula a una velocidad inédita, los datos se acumulan sin fricción y los sistemas inteligentes prometen resolver problemas antes incluso de que logremos comprenderlos. En este contexto, la historia corre el riesgo de quedar relegada a un archivo decorativo, cuando en realidad es más necesaria que nunca.

La inteligencia artificial puede ofrecernos resultados, patrones y predicciones, pero no puede reemplazar el proceso humano de comprensión: ese recorrido incierto donde la pregunta precede a la respuesta y donde el error no es un fallo, sino una condición del aprendizaje. Precisamente eso es lo que la historia enseña cuando se la comprende en su sentido profundo: cómo pensaron otros antes que nosotros, qué supuestos dieron por evidentes y qué rupturas fueron necesarias para que surgieran nuevas ideas.

Reducida a fechas y nombres, la historia es irrelevante. Entendida como reconstrucción de procesos, se convierte en una auténtica escuela de pensamiento crítico. Nos muestra que todo saber es situado, provisional y perfectible; que incluso las teorías más exitosas nacieron de intuiciones frágiles, metáforas incompletas y, en no pocas ocasiones, de genuinos actos de imaginación creadora.

En tiempos de automatización del conocimiento, la historia cumple una función insustituible: recordarnos que comprender no es acumular información, sino aprender a orientarse en la incertidumbre. Allí donde la tecnología ofrece certezas instantáneas, la historia devuelve contexto; donde los algoritmos optimizan respuestas, ella preserva el sentido de la pregunta.

Conclusión: aprender a pensar en el tiempo

Tal vez el verdadero desprestigio de la historia no sea un problema curricular, sino un síntoma cultural más profundo: la dificultad contemporánea para habitar el tiempo, para aceptar que el pensamiento no progresa por saltos mecánicos, sino a través de procesos lentos, conflictivos y creativos.

La historia no enseña qué pensar, sino cómo se ha pensado. No impone verdades, sino que ofrece perspectiva. Nos recuerda que toda idea tiene un origen, que toda teoría nace de un problema y que todo conocimiento es respuesta a una pregunta situada.

Recuperar la historia como experiencia viva no es un gesto erudito ni un acto de nostalgia. Es una forma de lucidez intelectual y una condición para la creatividad futura. Porque solo quien comprende de dónde surgen las ideas está realmente preparado para imaginar aquellas que aún no existen.

 

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