Dios , Spinoza, Einstein y,
nosotros:
Spinoza
propone una idea de Dios a través de su célebre fórmula: Deus sive Natura.
Esta concepción —tan radical como sobria— ha resonado con fuerza más allá del
siglo XVII, llegando incluso a uno de los mayores científicos del siglo XX:
Albert Einstein.
Einstein
afirmó creer en “el Dios de Spinoza”: un Dios que se manifiesta en el orden y
la armonía de las leyes universales, no en los destinos particulares de los
seres humanos; un Dios cuyo intelecto infinito es parcialmente compartido por
la mente humana.
Albert
Einstein (1879–1955) es ampliamente considerado el científico más influyente y
reconocido del siglo XX. Por eso, la pregunta acerca de si creía o no en Dios
ha generado —y sigue generando— una fascinación persistente. No se trata de una
curiosidad inocente: detrás de ella suele esconderse la búsqueda de
legitimación. Si el científico más grande del siglo creía en Dios, ello
parecería fortalecer las posiciones religiosas; si no lo hacía, confirmaría la
visión atea o materialista dominante en la ciencia contemporánea.
Lo cierto
es que la cuestión está mal planteada. Existe confusión, pero también una
afirmación clara: Einstein dijo identificarse con el Dios de Spinoza. El
problema es que la divinidad spinoziana ha sido interpretada de múltiples
maneras, muchas de ellas reductivas.
A Spinoza
se lo ha acusado de ateísmo bajo el argumento de que su panteísmo —la
afirmación de la inmanencia de Dios— no sería más que un ateísmo encubierto:
bastaría sustituir la palabra “Dios” por “Naturaleza”. Además, su concepción no
parece exigir culto, adoración ni ritos, lo que refuerza esa sospecha.
Antes de
evaluar esa acusación, conviene revisar tanto las palabras de Einstein como la
concepción de Dios elaborada por Spinoza.
Einstein y el Dios de Spinoza
Gerald
Holton, profesor de la Universidad de Harvard y curador del archivo Einstein,
sostuvo que el físico atravesó un período religioso y otro científico, y que
finalmente logró conjugar ambos:
“Definitivamente
sí [creía en Dios]. Pero debemos recordar que, así como inventó su física y su
estilo de vida, también inventó su religión… Era el Dios de Spinoza, que
introdujo la racionalidad en el mundo, de modo que la Naturaleza y Dios se
identifican”.
En una
entrevista de 1930, Einstein expresó con una metáfora memorable su actitud ante
lo divino:
“La mente humana, por muy entrenada que esté, no puede abarcar el
universo. Estamos como un niño pequeño que entra a una biblioteca inmensa llena
de libros escritos en lenguas desconocidas. El niño sabe que alguien debió
escribir esos libros, pero no sabe quién ni cómo. Percibe un orden, un plan
misterioso que no comprende, pero que intuye”.
Ese orden
—maravillosamente inteligible y, sin embargo, siempre excedente— es lo que
despierta en Einstein una religiosidad no antropomórfica. No se trata de un
Dios que interviene, castiga o premia, sino de una racionalidad profunda que se
expresa en las leyes del cosmos.
En un
famoso telegrama enviado al rabino Herbert S. Goldstein, Einstein fue aún más
explícito:
“Creo en el
Dios de Spinoza, que se revela a sí mismo en las armoniosas leyes del universo,
no en un Dios que se ocupa del destino y el castigo de la humanidad”.
Spinoza contra el dualismo
En muchos
sentidos, la filosofía de Spinoza constituye una ruptura decisiva con el
cartesianismo. Frente al dualismo entre mente y cuerpo, Spinoza propone una
ontología radicalmente monista. En su Ética, define la sustancia como
aquello “que es en sí y se concibe por sí”. De ello se sigue que solo puede
existir una sustancia verdaderamente autosuficiente: Dios. “Excepto Dios, no
existe sustancia que pueda darse o concebirse”.
Esta
sustancia es infinita e indivisible. No nace ni perece. En un sentido
sugestivo, puede compararse con la energía de la física moderna: no se crea ni
se destruye. Dios no es corpóreo, aunque todos los cuerpos existen en Dios.
Tampoco es una mente finita, aunque el pensamiento sea uno de sus atributos.
Spinoza define a Dios así:
“Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es, una sustancia
que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia
eterna e infinita. Todo lo que ocurre se sigue necesariamente de esa esencia.
No hay milagros ni excepciones. El universo no es el resultado de un acto de
voluntad arbitraria, sino de una necesidad interna: Todas las cosas se siguen
de la naturaleza de Dios con la misma necesidad con la que de la naturaleza del
triángulo se sigue que la suma de sus ángulos es igual a dos rectos”.
Este
determinismo ontológico resulta profundamente atractivo para la mente
científica: el cosmos aparece como un edificio racional, gobernado por leyes
eternas e inteligibles.
La famosa
fórmula Deus sive Natura ha sido interpretada como una reducción de Dios
a la naturaleza física. Sin embargo, esta lectura pasa por alto un punto
decisivo: Spinoza no es materialista. La naturaleza de la que habla no es ciega
ni inerte. Incluye tanto la extensión como el pensamiento. De hecho, la mente
humana —en cuanto entiende— participa del intelecto infinito de Dios.
Spinoza afirma:
“La mente humana no puede ser absolutamente
destruida con el cuerpo; algo de ella permanece, algo que es eterno”.
Este punto ha generado intensos debates. Algunos
leen aquí una forma de inmortalidad individual; otros, una inmortalidad
impersonal: no persiste el yo psicológico, sino el conocimiento adecuado. Acá
seri importante integrar la propuesta de Penrose y Hameroff de una protoconciencia universal…
En este
sentido, Spinoza se aproxima sorprendentemente a la teoría de Penrose Hameroff
y ciertas tradiciones orientales, como el budismo o el jñāna yoga: no es
la identidad individual lo que perdura, sino la sabiduría. La ignorancia es
perecedera; la comprensión, eterna.
¿Ateísmo o religiosidad radical?
¿Puede
calificarse de atea la filosofía de Spinoza? Solo si se define a Dios
exclusivamente como un ser personal, trascendente y voluntarista, propio de
ciertas lecturas exotéricas del monoteísmo.
Pero esa no
es la única definición posible. Max Müller señaló la profunda afinidad entre la
sustancia de Spinoza y el Brahman de los Upanishads. Borges, en su célebre
poema, habló del “infinito mapa de Aquel que es todas Sus estrellas”. Karl
Jaspers, por su parte, subrayó que Dios posee infinitos atributos, mientras que
los humanos solo conocemos dos: pensamiento y extensión. Así, Dios es a
la vez inmanente y trascendente. No un ser separado del mundo, pero tampoco
reducible a él.
Conocer y amar a Dios
Aunque Spinoza no prescribe ritos ni cultos, su
filosofía es profundamente religiosa. El fin último de la vida humana es el
conocimiento de Dios:
- “El más alto bien de la mente es el
conocimiento de Dios”.
- “El amor intelectual de la mente hacia
Dios es parte del amor infinito con el que Dios se ama a sí mismo”.
- “El hombre sabio, consciente de sí mismo,
de Dios y de las cosas, rara vez sufre conmociones del ánimo y posee el
verdadero contento”.
No se trata
de una religiosidad devocional, sino de una religiosidad cognitiva. No súplica, sino comprensión. Desde esta perspectiva, el ser humano es
una forma en la que Dios se conoce a sí mismo.
Carl Sagan reformuló esta intuición en
clave secular al decir que somos la manera en que el universo se vuelve
consciente de sí.
Einstein y la religiosidad
cósmica
Einstein
reconoció explícitamente este sentimiento:
“Lo más hermoso que podemos experimentar es lo misterioso. Es la fuente
de todo arte y toda ciencia verdaderos”. No podía concebir un Dios que castiga
o recompensa, pero sí una racionalidad profunda, eterna y bella, cuya
contemplación otorga sentido. De allí su célebre frase:
“La ciencia
sin religión está coja; la religión sin ciencia está ciega”.
No se trata de elegir entre una y otra, sino de
comprender que ambas nacen del mismo asombro.
Epilogo
Los nombres
—Dios, Naturaleza— son conceptos. La religiosidad, en cambio, es una actividad:
una forma de estar en el mundo. En Spinoza en Einstein y Penrose Hameroff
encontramos una religiosidad sin ilusiones, sin promesas ni castigos, pero
también sin nihilismo. Un modo de pensar en el que comprender es ya una forma
de amar, y conocer el orden del mundo es participar, aunque sea mínimamente, de
la eternidad.
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