martes, febrero 03, 2026

 

Nexus



En Nexus  libro de Harari  el argumento central es que la humanidad ha alcanzado un poder sin precedentes gracias a su capacidad para construir grandes redes de cooperación. Pero, paradójicamente, la misma arquitectura que hace posible ese poder —la escala, la conectividad, la dependencia del lenguaje y de los relatos compartidos— también nos predispone a un uso imprudente. Nuestro problema no es solamente tecnológico: es estructural, es decir, tiene que ver con las redes mismas.

Aquí aparece la primera divergencia con F.  Capra. Para Capra, donde hay redes hay vida: sistemas autoorganizados, interdependencias ecológicas, formas de equilibrio dinámico. Para Harari, en cambio, donde hay redes humanas hay vulnerabilidad narrativa, la posibilidad de que el mismo tejido que nos sostiene se convierta en el mecanismo que nos arrastra.

El superpoder humano: lenguaje + cooperación: Durante milenios, la ventaja evolutiva del Homo sapiens consistió en producir realidades intersubjetivas: mitos, leyes, dinero, naciones, ... El lenguaje no solo describía el mundo: lo creaba. Fue la interfaz que permitió generar confianza entre desconocidos y conectar a millones de individuos en proyectos comunes.

En Nexus se afirma que en la década de 2020 ocurrió un quiebre silencioso pero decisivo:
la IA hackeó el sistema operativo de la civilización humana.

No lo hizo controlando cuerpos —como en Matrix— sino controlando la llave misma de la cohesión: el lenguaje. Creíamos que las máquinas eran meros contadores de números; la idea de que pudieran dominar la sutileza semántica de una ley, un contrato, una oración o una trama narrativa parecía ciencia ficción. Pero la digitalización masiva del lenguaje cambió la escala: hoy las máquinas analizan, manipulan y generan lenguaje;  escriben textos, producen imágenes y videos; componen canciones, inventan relatos; incluso escriben su propio código.

Al dominar el lenguaje, adquirieron la llave maestra que abre todo: desde bancos hasta templos.

Diagrama

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

La amenaza no es física: es semiótica La ciencia ficción del siglo XX imaginó robots que quebraban huesos. El siglo XXI descubrió entidades que reconfiguran sentidos.

Durante milenios, los humanos modelamos la sociedad manipulando relatos. Ahora, las máquinas generan relatos propios y participan en ese mismo juego de forma autónoma, continua e indefinida. Harari observa —y aquí acierta— que la inquietud del lector cuando descubre esto es parte del fenómeno: ¿realmente fue Harari quien escribió ese capítulo? ¿O podría haberlo escrito una inteligencia ajena? El problema no es que la IA tenga conciencia. Es que tiene competencia lingüística, el vector básico de la organización humana.

 La ilusión de que más información equivale a más sabiduría Otro punto fuerte de Harari es su crítica a la ingenua teoría de la información: la idea de que “cuanta más información reunimos, más sabios nos volvemos”. Esa visión sostiene que acumulando datos y dejando actuar a las grandes redes obtendremos:

  • mejor ciencia,
  • mejor medicina,
  • mejor economía,
  • y finalmente “la verdad”.

Pero esa teoría olvida algo crucial: las redes humanas no solo representan la realidad; también la distorsionan. No son espejos; son amplificadores. Transforman rumores en dogmas, emociones en movimientos, ficciones en instituciones.

Harari recuerda que si la función principal de la información fuera representar fielmente el mundo, habría cosas  inexplicables Su poder no radica en la veracidad, sino en la coherencia interna del relato, su capacidad para generar identidad y acción colectiva. La información humana nunca fue neutral: siempre fue performativa.

Las redes aumentan el poder, pero no garantizan el juicio Las grandes redes permiten un poder extraordinario, pero no necesariamente criterio. Conectan, suelen potenciar, pero también pueden actuar como cámaras de eco o sistemas de amplificación del error. Una red no piensa: propaga.

Y en ese punto, Nexus señala algo incómodo: la IA, en tanto nodo hiperamplificador del lenguaje, hereda no solo nuestra inteligencia colectiva, sino nuestros sesgos, ilusiones, miedos y ficciones.

F.Capra ve redes y piensa en vida. Harari ve redes y piensa en riesgo civilizatorio.

Adenda

Nathan Rothschild, uno de los grandes banqueros europeos del siglo XIX, habría organizado una red privada de información ultrarrápida usando palomas mensajeras. Gracias a ese sistema, recibió antes que el gobierno británico la noticia del resultado de la batalla de Waterloo (1815), es decir, la derrota definitiva de Napoleón. Con esa información anticipada, Rothschild pudo actuar en los mercados financieros antes que el resto. Simuló pesimismo vendiendo bonos británicos, provocó pánico, y luego los recompró a precios bajos . El resultado: una enorme ventaja económica basada no en la fuerza militar, sino en el control del flujo de información.

 

 Escala de tiempo

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

CONCLUSION

Nexus no es un libro contra la tecnología, sino un recordatorio del punto ciego de nuestra especie: confundimos conectividad con sabiduría, y producción de lenguaje con verdad. La IA no introduce un problema radicalmente nuevo; más bien magnifica un problema antiguo: nuestra tendencia a vivir dentro de relatos y no dentro de los hechos.

La pregunta fundamental que deja abierta es filosófica y práctica: ¿Qué ocurre cuando las redes que sostienen la civilización ya no están controladas por narradores humanos, sino por sistemas que no participan de nuestras experiencias, no sienten responsabilidad, no habitan cuerpos ni sociedades? La respuesta aún no existe.

El desafío : cómo mantener sentido, criterio y agencia en un mundo donde el lenguaje ya no es exclusivamente humano.

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