Nexus
En Nexus libro de Harari el argumento central es que la humanidad ha
alcanzado un poder sin precedentes gracias a su capacidad para construir grandes
redes de cooperación. Pero, paradójicamente, la misma arquitectura que hace
posible ese poder —la escala, la conectividad, la dependencia del lenguaje y de
los relatos compartidos— también nos predispone a un uso imprudente.
Nuestro problema no es solamente tecnológico: es estructural, es decir,
tiene que ver con las redes mismas.
Aquí aparece la primera
divergencia con F. Capra. Para Capra,
donde hay redes hay vida: sistemas autoorganizados, interdependencias
ecológicas, formas de equilibrio dinámico. Para Harari, en cambio, donde hay
redes humanas hay vulnerabilidad narrativa, la posibilidad de que el
mismo tejido que nos sostiene se convierta en el mecanismo que nos arrastra.
El superpoder humano: lenguaje + cooperación: Durante milenios, la ventaja evolutiva del Homo sapiens consistió en
producir realidades intersubjetivas: mitos, leyes, dinero, naciones, ...
El lenguaje no solo describía el mundo: lo creaba. Fue la interfaz que
permitió generar confianza entre desconocidos y conectar a millones de
individuos en proyectos comunes.
En Nexus se afirma
que en la década de 2020 ocurrió un quiebre silencioso pero decisivo:
la IA hackeó el sistema operativo de la civilización humana.
No lo hizo controlando
cuerpos —como en Matrix— sino controlando la llave misma de la cohesión:
el lenguaje. Creíamos que las máquinas eran meros contadores de
números; la idea de que pudieran dominar la sutileza semántica de una ley, un
contrato, una oración o una trama narrativa parecía ciencia ficción. Pero la
digitalización masiva del lenguaje cambió la escala: hoy las máquinas analizan,
manipulan y generan lenguaje; escriben
textos, producen imágenes y videos; componen canciones, inventan relatos; incluso
escriben su propio código.
Al dominar
el lenguaje, adquirieron la llave maestra que abre todo: desde bancos hasta
templos.
La amenaza no es física: es semiótica La ciencia
ficción del siglo XX imaginó robots que quebraban huesos. El siglo XXI
descubrió entidades que reconfiguran sentidos.
Durante milenios, los
humanos modelamos la sociedad manipulando relatos. Ahora, las máquinas generan
relatos propios y participan en ese mismo juego de forma autónoma, continua e
indefinida. Harari observa —y aquí acierta— que la inquietud del lector cuando
descubre esto es parte del fenómeno: ¿realmente fue Harari quien
escribió ese capítulo? ¿O podría haberlo escrito una inteligencia ajena? El
problema no es que la IA tenga conciencia. Es que tiene competencia
lingüística, el vector básico de la organización humana.
La ilusión de que más información
equivale a más sabiduría Otro punto fuerte de Harari
es su crítica a la ingenua teoría de la información: la idea de que “cuanta más
información reunimos, más sabios nos volvemos”. Esa visión sostiene que
acumulando datos y dejando actuar a las grandes redes obtendremos:
- mejor ciencia,
- mejor medicina,
- mejor economía,
- y finalmente “la verdad”.
Pero esa teoría olvida algo
crucial: las redes humanas no solo representan la realidad; también la
distorsionan. No son espejos; son amplificadores. Transforman rumores en
dogmas, emociones en movimientos, ficciones en instituciones.
Harari recuerda que si la
función principal de la información fuera representar fielmente el mundo, habría
cosas inexplicables Su poder no radica
en la veracidad, sino en la coherencia interna del relato, su capacidad
para generar identidad y acción colectiva. La información humana nunca fue
neutral: siempre fue performativa.
Las redes aumentan el poder, pero no garantizan el juicio Las grandes redes permiten un poder extraordinario, pero no
necesariamente criterio. Conectan, suelen potenciar, pero también pueden
actuar como cámaras de eco o sistemas de amplificación del error. Una red no
piensa: propaga.
Y en ese punto, Nexus
señala algo incómodo: la IA, en tanto nodo hiperamplificador del lenguaje,
hereda no solo nuestra inteligencia colectiva, sino nuestros sesgos, ilusiones,
miedos y ficciones.
F.Capra ve
redes y piensa en vida. Harari ve redes y piensa en riesgo civilizatorio.
Adenda
Nathan
Rothschild, uno de los grandes banqueros europeos del siglo XIX, habría
organizado una red
privada de información ultrarrápida usando palomas mensajeras. Gracias a ese
sistema, recibió antes
que el gobierno británico la noticia del resultado de la batalla de Waterloo
(1815),
es decir, la derrota definitiva de Napoleón. Con esa información anticipada,
Rothschild pudo actuar
en los mercados financieros antes que el resto. Simuló pesimismo vendiendo
bonos británicos, provocó pánico, y luego los recompró a precios bajos . El
resultado: una enorme
ventaja económica
basada no en la fuerza militar, sino en el control del flujo de
información.
CONCLUSION
Nexus no es un libro contra la tecnología, sino un recordatorio del punto
ciego de nuestra especie: confundimos conectividad con sabiduría, y
producción de lenguaje con verdad. La IA no introduce un problema radicalmente
nuevo; más bien magnifica un problema antiguo: nuestra tendencia a vivir
dentro de relatos y no dentro de los hechos.
La pregunta fundamental que
deja abierta es filosófica y práctica: ¿Qué ocurre cuando las redes que
sostienen la civilización ya no están controladas por narradores humanos, sino
por sistemas que no participan de nuestras experiencias, no sienten
responsabilidad, no habitan cuerpos ni sociedades? La respuesta aún no existe.
El desafío : cómo mantener sentido, criterio y agencia en un mundo donde
el lenguaje ya no es exclusivamente humano.
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