Epistemología
de la Asistencia y el Machete
Construcción colaborativa del conocimiento
Introducción:
La paradoja de la asistencia
Desde la
escuela primaria nos habituamos a que el acto pedagógico tradicional comience
con un ritual de vigilancia: la toma de asistencia. Un gesto
administrativo destinado a verificar la presencia física de los cuerpos en el
aula.
Nuestra
propuesta, sin embargo, subvirtió deliberadamente ese momento burocrático para
transformarlo en una instancia de aprendizaje radical. Al entregar un problema
al llegar al aula permitimos que los alumnos consultaran con quien
quisieran, la asistencia dejó de ser un acto de “estar” para convertirse en
un acto de hacer.
Esta fue
nuestra manera de iniciar la tarea docente hace décadas. Complementariamente,
solicitábamos a los estudiantes cartas con relatos y opiniones sobre la
experiencia, con el objetivo explícito de revisar y mejorar continuamente
nuestras propuestas.
En ese
tiempo liberado de la mirada directa del docente se desactivaba el pánico
escénico y se activaba la curiosidad científica. No se evaluaba la soledad del
alumno, sino su capacidad de gestión en un entorno de incertidumbre.
De la
inquisición del examen a la validación ecológica
En esta
propuesta resultó imperativo distinguir, tanto semántica como filosóficamente,
el examen de la evaluación, una confusión que aún hoy persiste. El examen —heredero de una tradición punitiva— busca medir la
acumulación de datos en la memoria individual y sancionar el error. Se trata de
un artificio aislado del mundo real.
Por el
contrario, al permitir “consultar con quien se quiera”, la evaluación adquiere validez
ecológica. En la práctica profesional
concreta —ya sea en la clínica médica o en la investigación científica— nadie
trabaja aislado ni en silencio. Frente a un problema complejo, el profesional
consulta bibliografía, dialoga con colegas y contrasta evidencias. Al habilitar
estas prácticas en el aula, la evaluación se transforma en un simulacro genuino
de la vida real. La colaboración deja de ser “copia” para convertirse en interconsulta.
La muerte
del machete clandestino y su renacimiento pedagógico
Siempre
fuimos macheteros y no en pocas oportunidades pediamos que nos soplaran, éramos
adelantados pedagógicos. Sin embargo, en ese contexto el machete fue
históricamente perseguido y negado hoy experimenta una metamorfosis conceptual. Tradicionalmente
concebido como herramienta de fraude, el machete es, en su origen, un
sofisticado ejercicio de síntesis. Para reducir un problema complejo a un papel
minúsculo es necesario leer, jerarquizar, descartar lo accesorio y condensar lo
esencial. Al “legalizar” el machete y permitir su uso visible , decretamos la
muerte del machete como contrabando, pero reivindicamos su valor como
herramienta cognitiva.
Desde la
perspectiva de la mente extendida, el papel funciona como una memoria
externa confiable. El mensaje es claro: no
utilices tu cerebro para almacenar datos que ya están disponibles; úsalo para
procesarlos y resolver problemas. Saber no es recordar de memoria, sino
saber dónde buscar y cómo utilizar lo encontrado.
La
evolución inevitable: el machete digital
Si el
machete de papel fue la herramienta de síntesis del siglo XX, la Inteligencia
Artificial se presenta hoy como el machete digital del siglo XXI. Negar su
ingreso al aula sería tan improcedente como haber negado, en su momento, los
libros o las calculadoras. Lo cual implica el uso apropiado a las demandas
cognitivas dentro y fuera del aula.
No
obstante, el machete digital introduce un desafío de mayor complejidad.
Mientras que el papel exigía capacidad de síntesis, la IA exige capacidad de
interrogación. Aquí resulta ilustrativo hace años el caso de una alumna, Carla,
quien expresaba con notable lucidez: “Mis dudas aparecen al formular las
preguntas clínicas”. En un entorno mediado por IA, quien no sabe preguntar
difícilmente obtenga respuestas válidas. La IA no resuelve problemas por sí
sola. Requiere un operador racional capaz de orientarla, detectar sesgos y
verificar sus posibles “alucinaciones”. El estudiante deja de ser un repetidor
de textos para convertirse en un auditor epistemológico.
Su tarea
consiste en utilizar el machete digital para explorar hipótesis, pero
apoyándose en su propio criterio y en herramientas de validación —como la tabla
de contingencia— para discriminar la verdad. Esta situación es frecuente:
muchos no utilizan el machete digital.
No porque ignoren su funcionamiento, sino porque carecen de la ganzúa
fundamental: la pregunta. La dificultad no es técnica, sino
epistemológica.
Conclusión: el uso racional en la resolución de problemas
Esta
propuesta pedagógica, nacida de una modificación aparentemente menor en la
clásica toma de asistencia, dio lugar a una ética del conocimiento acorde a los
desafíos contemporáneos. Ya sea en formato papel o digital, dentro o fuera del
aula, las herramientas de soporte resultan indispensables. Sin embargo, su
valor depende enteramente del uso racional que se haga de ellas.
En nuestra
práctica docente, el objetivo final no era aprobar exámenes, sino aprender a
resolver problemas. Al resignificar la evaluación y permitir el acceso a todas
las herramientas disponibles, se enseña lo más importante: que la verdad no es
un dogma que se posee, sino una construcción que se busca activamente, con
rigor, con ayuda de otros y con la mejor tecnología disponible. Así, el aula —o
incluso el café entre amigos— deja de ser un tribunal para convertirse en un
auténtico laboratorio de pensamiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario