jueves, enero 01, 2026

 

Epistemología de la Asistencia y el Machete

Construcción colaborativa del conocimiento

 

Introducción: La paradoja de la asistencia

Diagrama, Texto

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Desde la escuela primaria nos habituamos a que el acto pedagógico tradicional comience con un ritual de vigilancia: la toma de asistencia. Un gesto administrativo destinado a verificar la presencia física de los cuerpos en el aula.

Nuestra propuesta, sin embargo, subvirtió deliberadamente ese momento burocrático para transformarlo en una instancia de aprendizaje radical. Al entregar un problema al llegar al aula  permitimos  que los alumnos consultaran con quien quisieran, la asistencia dejó de ser un acto de “estar” para convertirse en un acto de hacer.

Texto, Forma

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Esta fue nuestra manera de iniciar la tarea docente hace décadas. Complementariamente, solicitábamos a los estudiantes cartas con relatos y opiniones sobre la experiencia, con el objetivo explícito de revisar y mejorar continuamente nuestras propuestas.

En ese tiempo liberado de la mirada directa del docente se desactivaba el pánico escénico y se activaba la curiosidad científica. No se evaluaba la soledad del alumno, sino su capacidad de gestión en un entorno de incertidumbre.

De la inquisición del examen a la validación ecológica

En esta propuesta resultó imperativo distinguir, tanto semántica como filosóficamente, el examen de la evaluación, una confusión que aún hoy persiste. El examen —heredero de una tradición punitiva— busca medir la acumulación de datos en la memoria individual y sancionar el error. Se trata de un artificio aislado del mundo real.

Por el contrario, al permitir “consultar con quien se quiera”, la evaluación adquiere validez ecológica. En la práctica profesional concreta —ya sea en la clínica médica o en la investigación científica— nadie trabaja aislado ni en silencio. Frente a un problema complejo, el profesional consulta bibliografía, dialoga con colegas y contrasta evidencias. Al habilitar estas prácticas en el aula, la evaluación se transforma en un simulacro genuino de la vida real. La colaboración deja de ser “copia” para convertirse en interconsulta.

La muerte del machete clandestino y su renacimiento pedagógico

Siempre fuimos macheteros y no en pocas oportunidades pediamos que nos soplaran, éramos adelantados pedagógicos. Sin embargo, en ese contexto el machete fue históricamente perseguido y negado hoy  experimenta una metamorfosis conceptual. Tradicionalmente concebido como herramienta de fraude, el machete es, en su origen, un sofisticado ejercicio de síntesis. Para reducir un problema complejo a un papel minúsculo es necesario leer, jerarquizar, descartar lo accesorio y condensar lo esencial. Al “legalizar” el machete y permitir su uso visible , decretamos la muerte del machete como contrabando, pero reivindicamos su valor como herramienta cognitiva.

Desde la perspectiva de la mente extendida, el papel funciona como una memoria externa confiable. El mensaje  es claro: no utilices tu cerebro para almacenar datos que ya están disponibles; úsalo para procesarlos y resolver problemas. Saber no es recordar de memoria, sino saber dónde buscar y cómo utilizar lo encontrado.

La evolución inevitable: el machete digital

Si el machete de papel fue la herramienta de síntesis del siglo XX, la Inteligencia Artificial se presenta hoy como el machete digital del siglo XXI. Negar su ingreso al aula sería tan improcedente como haber negado, en su momento, los libros o las calculadoras. Lo cual implica el uso apropiado a las demandas cognitivas dentro y fuera del aula.

No obstante, el machete digital introduce un desafío de mayor complejidad. Mientras que el papel exigía capacidad de síntesis, la IA exige capacidad de interrogación. Aquí resulta ilustrativo hace años el caso de una alumna, Carla, quien expresaba con notable lucidez: “Mis dudas aparecen al formular las preguntas clínicas”. En un entorno mediado por IA, quien no sabe preguntar difícilmente obtenga respuestas válidas. La IA no resuelve problemas por sí sola. Requiere un operador racional capaz de orientarla, detectar sesgos y verificar sus posibles “alucinaciones”. El estudiante deja de ser un repetidor de textos para convertirse en un auditor epistemológico.

Su tarea consiste en utilizar el machete digital para explorar hipótesis, pero apoyándose en su propio criterio y en herramientas de validación —como la tabla de contingencia— para discriminar la verdad. Esta situación es frecuente: muchos  no utilizan el machete digital. No porque ignoren su funcionamiento, sino porque carecen de la ganzúa fundamental: la pregunta. La dificultad no es técnica, sino epistemológica.

Conclusión: el uso racional en la resolución de problemas

Esta propuesta pedagógica, nacida de una modificación aparentemente menor en la clásica toma de asistencia, dio lugar a una ética del conocimiento acorde a los desafíos contemporáneos. Ya sea en formato papel o digital, dentro o fuera del aula, las herramientas de soporte resultan indispensables. Sin embargo, su valor depende enteramente del uso racional que se haga de ellas.

En nuestra práctica docente, el objetivo final no era aprobar exámenes, sino aprender a resolver problemas. Al resignificar la evaluación y permitir el acceso a todas las herramientas disponibles, se enseña lo más importante: que la verdad no es un dogma que se posee, sino una construcción que se busca activamente, con rigor, con ayuda de otros y con la mejor tecnología disponible. Así, el aula —o incluso el café entre amigos— deja de ser un tribunal para convertirse en un auténtico laboratorio de pensamiento.

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