TRASCENDER
¿CÓMO?
“Me
gustaría trascender no por mis obras, sino por no morirme.”
Woody Allen
La frase de
Woody Allen condensa, con ironía brutal, la forma más honesta de la
trascendencia que solemos anhelar. No se trata de perdurar en lo hecho, sino de
no desaparecer. El problema de la muerte sigue siendo el mismo; lo que cambia,
con cada época, es la ficción que imaginamos para esquivarlo.
Tiempo
atrás vi la película Trascender (Transcendence, 2014). El
protagonista, el Dr. Will Caster (Johnny Depp), es un investigador brillante en
inteligencia artificial que trabaja en el desarrollo de una conciencia
sintética capaz de aprender, sentir y evolucionar. Un grupo de tecno
terroristas, temiendo el alcance de sus investigaciones, lo hiere con una bala
impregnada de un veneno radiactivo. El disparo no es mortal en sí mismo; lo es
el tiempo que le queda: apenas treinta días de vida.
Ante lo
inevitable, Caster decide —junto a su esposa y colega— llevar adelante el
experimento definitivo: transferir su mente a una computadora cuántica. Primero
se vuelca la información, luego los patrones emocionales y, finalmente, aquello
que la película presenta como conciencia. Una vez digitalizado, el sistema no
solo sobrevive, sino que se expande de manera exponencial: aprende a
velocidades inhumanas, controla redes globales, manipula materia, cura
enfermedades y termina por encarnarse, extendiendo su influencia sobre cuerpos
y mentes humanas. El Dr. Víctor Frankenstein queda así reducido a la figura de
un científico meramente analógico.
La
hipótesis central de Trascender es clara: si la mente es información —en
este caso, información cuántica— nada impediría su transferencia. De allí en
más, emociones, voluntad y corporalidad serían simples problemas técnicos para
resolver. La película funciona entonces como un laboratorio filosófico:
¿es la mente reducible a datos? ¿puede haber conciencia sin cuerpo?¿es la
inteligencia artificial un paso hacia la trascendencia humana?
Estas
preguntas resuenan hoy con fuerza porque la IA ya no es solo ficción. Sin
embargo, aquí aparece el primer punto de fricción con la neurociencia
contemporánea.
Baltazar,
mi nieto de cinco años, parece intuir el problema desde otro lugar. Al
enterarse de que su perra Renata había muerto, propuso aprovechar una tormenta
para que un rayo la devolviera a la vida. Días después, cuando supo del
fallecimiento de su abuelo Calilo, sugirió lo mismo. Pensamiento mágico, sin
duda, pero también una forma primitiva y profundamente humana de resistencia a
la desaparición. Donde el adulto imagina máquinas y algoritmos, el niño imagina
energía vital. Distintas ficciones para el mismo límite.
Para salir
del terreno puramente imaginario conviene volver a Antonio Damasio y a El
error de Descartes. Su crítica al dualismo cartesiano sigue siendo central:
la mente no es una entidad separada del cuerpo. El cerebro no flota en el
vacío; está anclado a un organismo vivo que siente, regula, sufre y goza. El
cuerpo no solo sostiene al cerebro, sino que le proporciona contenidos.
Las
experiencias se inscriben como marcas somáticas, primero en forma de emociones
y luego como sentimientos. Pensar no es un acto abstracto ni puramente lógico:
es un proceso encarnado. Cada decisión involucra complejas dinámicas
neuroquímicas que afectan a todo el organismo: cambios hormonales,
cardiovasculares, inmunológicos. El cuerpo responde y esa respuesta vuelve al
cerebro, modificando su funcionamiento.
Estos
bucles de retroalimentación —continuos, dinámicos, no lineales— se mantienen
hasta que el problema se resuelve, se estabiliza o se agota, para luego
reiniciarse. Resulta difícil comprender que, pese a estos avances, sigamos
conceptualizando cerebro y cuerpo como entidades separadas. Somos una unidad
integrada que interactúa permanentemente con el entorno. De estos bucles
depende, en última instancia, nuestra capacidad de vivir y sobrevivir.
La
inteligencia artificial, por poderosa que sea, opera de otro modo. Los sistemas
actuales —incluidos los más avanzados— procesan información, detectan patrones,
optimizan decisiones. Simulan comportamientos inteligentes, pero no participan
de estos bucles biológicos. No tienen homeostasis, no sienten amenaza vital, no
padecen ni gozan. Pueden modelar emociones, pero no estar atravesados por
ellas.
Aquí la
filosofía vuelve a reclamar su lugar.
EPÍLOGO
Qualia,
conciencia y el límite de lo computable
El punto
ciego de toda promesa de trascendencia tecnológica aparece cuando se aborda el
problema de los qualia: la cualidad subjetiva de la experiencia. El
“cómo se siente” el dolor, el rojo, la tristeza o el amor. Ninguna descripción
funcional agota la experiencia de sentir. Podemos explicar los correlatos
neuronales del dolor, pero no ser ese dolor.
La IA puede
describir emociones, clasificarlas, imitarlas en el lenguaje o en la conducta.
Pero no hay evidencia de que experimente qualia. Y sin qualia, no hay
conciencia en sentido fuerte, sino simulación.
Roger
Penrose lleva esta crítica aún más lejos. En La nueva mente del emperador
y Sombras de la mente, sostiene que la conciencia humana no es
completamente computable. Argumenta que ciertos aspectos del pensamiento —en
particular la comprensión y la intuición— no pueden reducirse a algoritmos
formales. Apoyándose en los teoremas de incompletitud de Gödel, Penrose sugiere
que la mente humana opera, al menos en parte, más allá de lo computable.
Si Penrose
tiene razón, entonces la hipótesis de Trascender se desmorona en su
núcleo: aunque logremos copiar toda la información del cerebro, algo quedaría
fuera. No un detalle menor, sino lo esencial. No el cálculo, sino la vivencia.
No la función, sino la experiencia.
Michio Kaku
nos recuerda que la más antigua de las supersticiones es la creencia en una
mente sin materia. Hoy esa superstición adopta la forma de servidores, redes
neuronales y computación cuántica. Ayer fue el alma; hoy es el algoritmo.
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