¿Depredador o presa? La visión como metáfora de la
condición humana
El 7 de noviembre de 2013, poco antes de la cena,
Miguel tomó un jarrón decorado con la imagen de una flor y un zapallo y lanzó
una pregunta aparentemente simple: “¿Cuál está adelante, la flor o el zapallo
La escena, cotidiana y casi
trivial, encierra sin embargo un interrogante profundo: ¿cómo construimos la
tridimensionalidad del mundo a partir de imágenes bidimensionales proyectadas
en nuestras retinas? Esta pregunta no
solo abre la puerta a la biología de la visión, sino también a una reflexión
más amplia sobre la naturaleza evolutiva de los seres vivos y, en última
instancia, sobre nosotros mismos. ¿Somos depredadores o presas?
La construcción biológica de la
profundidad
Desde el punto de vista
fisiológico, vemos en dos dimensiones.
La retina recibe una proyección
plana del entorno; sin embargo, el cerebro logra reconstruir la profundidad
mediante diversos mecanismos. Uno de los más importantes es la visión
binocular. Nuestros ojos, separados en promedio por 65 milímetros, captan imágenes
ligeramente distintas del mismo objeto. Esta pequeña diferencia, conocida como
disparidad binocular, es procesada en el cerebro —tras el cruce parcial de
fibras nerviosas en el quiasma óptico— para calcular distancias y relieves.
El cine en 3D aprovecha
precisamente este principio: ofrece a cada ojo una imagen diferente, simulando
la disparidad natural, y el cerebro hace el resto. Pero en la naturaleza esta
capacidad no es un simple recurso técnico, sino una ventaja adaptativa.
La mayor concentración de conos
en la fóvea permite una visión central nítida y detallada, mientras que los
bastones, más abundantes en la periferia, facilitan la detección de movimiento
y la visión en condiciones de baja luminosidad. La integración binocular
comienza a funcionar plenamente alrededor de los dos años de edad y alcanza
estabilidad cerca de los ocho, lo que indica que la percepción de profundidad
es también un proceso madurativo.
Ojos al frente, ojos a los lados
En el reino animal, la
disposición de los ojos no es azarosa. Los depredadores suelen tenerlos
orientados hacia adelante. Esto genera una amplia superposición de los campos
visuales y, por lo tanto, una visión estereoscópica más precisa. La
consecuencia es una mejor estimación de distancias, fundamental para calcular
el momento exacto del ataque. El costo de esta precisión es un campo visual más
reducido.
Las presas, en cambio, poseen
ojos ubicados lateralmente. Esta disposición minimiza la superposición binocular,
pero amplía el campo visual, permitiéndoles detectar amenazas desde múltiples
direcciones. Su prioridad no es calcular con exactitud milimétrica la distancia
a un objeto, sino advertir el peligro lo antes posible.
Así, la naturaleza plantea un intercambio:
precisión por amplitud, foco por panorama. Nadie obtiene todo; cada estrategia
implica una renuncia.
Más allá de la biología: una
metáfora humana
La dicotomía depredador/presa
puede trasladarse al ámbito humano como una metáfora de actitudes vitales. El
“depredador” simboliza la concentración, la estrategia, la planificación y la
determinación. Es quien fija un objetivo y reduce el mundo a aquello que debe
alcanzar. Su visión es profunda, enfocada, selectiva. La “presa”, en cambio,
representa la atención distribuida, la conciencia del entorno, la sensibilidad
al contexto y la anticipación del riesgo. No se concentra en un único punto,
sino que mantiene una vigilancia amplia y constante.
En la vida
social, profesional o afectiva, ambos modos de percepción resultan necesarios. El investigador que se concentra durante años en un problema
científico actúa como depredador cognitivo: focaliza su energía y reduce
distracciones. Pero el mismo investigador necesita, en otros momentos, ampliar
su campo perceptivo, captar nuevas tendencias, advertir riesgos o integrar
perspectivas diversas.
Equilibrio y adaptación
Desde una perspectiva evolutiva,
no hay superioridad moral ni funcional entre depredadores y presas. Ambos
cumplen roles esenciales en el equilibrio ecológico. La supervivencia no
depende únicamente de la fuerza o la precisión, sino también de la capacidad de
adaptación.
El ser humano, con sus ojos
frontales heredados de ancestros primates, posee una clara orientación
“depredadora” en términos visuales. Sin embargo, nuestra verdadera ventaja no
radica solo en la estereopsis,
sino en la flexibilidad cognitiva. Podemos alternar entre el enfoque y la
amplitud, entre la concentración y la vigilancia, entre la acción decidida y la
prudencia observadora.
Conclusión
La pregunta inicial sobre la
flor y el zapallo no se limita a un experimento visual. Nos invita a reconocer
que la realidad que percibimos es una construcción activa del cerebro y, al
mismo tiempo, que nuestra biología refleja antiguas estrategias de supervivencia.
¿Depredador o presa? La respuesta no es excluyente. Somos herederos de una
estructura visual que privilegia la profundidad y el cálculo preciso, pero
también somos capaces de ampliar nuestra mirada más allá del punto focal.
En última instancia, la condición humana no consiste en elegir entre una
u otra categoría, sino en comprender cuándo conviene enfocar y cuándo conviene
ampliar el horizonte. Tal vez la verdadera ventaja evolutiva no esté en la
posición de los ojos, sino en la conciencia de cómo miramos.
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