La
Prisión de los Círculos Perfectos:
De
Hipatia a Einstein
El Cine como Espejo de la Ciencia
A veces, el
cine hace más que contar una historia; actúa como un disparador intelectual.
Esto me ocurrió con Ágora (2009), de Alejandro Amenábar que fuimos a ver
con mi esposa y nuestros amigos los Perrotti. Más allá del drama histórico y la
intolerancia religiosa que destruyó la Biblioteca de Alejandría, la película
esconde una joya para el pensamiento científico: nos muestra la fuerza —a veces
devastadora— de los paradigmas.
Al ver a
Rachel Weisz personificar a Hipatia, no solo vemos a una mártir del
conocimiento, sino a una mente brillante atrapada en una "cárcel de
oro": la creencia inquebrantable en la perfección del círculo.
El Consuelo
del Geocentrismo
En una
escena clave, Hipatia pregunta a sus discípulos por qué las estrellas no caen.
La respuesta de la época era : porque se mueven en círculos, la forma perfecta.
En la Tierra, el caos reina y las cosas caen en línea recta; en el Cielo, el
círculo divino mantiene el orden.
Este geocentrismo
no era solo una teoría astronómica; era una necesidad psicológica. Creer que la
Tierra es el centro inmóvil del universo nos daba un propósito. Como bien se
podría pensar, aceptar otra cosa nos convertiría en "okupas"
cósmicos, seres periféricos en riesgo de desalojo. Hipatia, hija de su tiempo y
del neoplatonismo, buscaba la verdad, pero la buscaba dentro de los límites de
lo que su mente podía concebir como "bello" y "ordenado".
¿Por qué la
humanidad tardó tanto en romper estas cadenas? Arthur Koestler, en su análisis
de la historia de la ciencia, no duda en señalar a los culpables.
Paradójicamente, los grandes "héroes" del pensamiento, Platón y
Aristóteles, fueron también los grandes obstáculos.
Platón, con
su obsesión metafísica, decretó que el universo debía ser esferas
perfectas moviéndose a velocidades uniformes. Aristóteles convirtió esto en un
dogma de fe. Según Koestler, esto fue una "maldición" que duró hasta
el siglo XVII. El sistema ptolemaico, heredero de esta visión, se convirtió en
un tapiz monstruoso de "orbes dentro de orbes", parches matemáticos
creados por pedantes para salvar la teoría, no para explicar la realidad.
La física
aristotélica, que nos decía que todo movimiento necesita un motor y que los
objetos inanimados tienen "finalidad", actuó como un anestésico para
la curiosidad científica durante 1500 años.
Tuvo que
llegar una revolución intelectual para que entendiéramos que la naturaleza no
tiene por qué obedecer nuestros ideales estéticos. Kepler rompió el hechizo al
demostrar que los planetas se mueven en elipses, no en círculos perfectos.
Galileo nos enseñó a mirar, no a suponer.
Aquí radica
la gran diferencia entre el dogma y la ciencia. La fe religiosa, como la que
condenó a Hipatia, exige certezas absolutas. La ciencia, en cambio, debe
abrazar la provisoriedad. Como decía aquel físico notable del siglo XX:
"Algunos
días soy newtoniano, otros relativista, y lo triste es que no sé cuándo soy
qué". Esa
incertidumbre no es debilidad; es la esencia del avance.
El Nudo
Gordiano de la Gravedad: De Hipatia a
Einstein
Volvamos a la pregunta de Hipatia: "¿Qué nos sujeta al
suelo?". Para ella, era nuestra posición privilegiada en el centro
del cosmos. Para Newton, siglos después, fue una fuerza invisible
llamada gravedad. Pero incluso la gravedad newtoniana terminó siendo un dogma
insuficiente ante nuevas observaciones.
Fue Albert
Einstein quien, al estilo de Alejandro Magno, cortó el nudo gordiano. No buscó
más epiciclos ni fuerzas misteriosas. Su solución fue geométrica, pero no la
geometría euclidiana de Hipatia. Einstein nos dijo: la gravedad no existe
como fuerza; es el espacio-tiempo el que se curva.
Adenda
Quien convirtió esa intuición
filosófica en un modelo matemático formidable fue Claudio Ptolomeo. En el siglo
II, su obra Almagesto construyó el sistema geocéntrico más sofisticado
de la Antigüedad. Ptolomeo no era un dogmático ingenuo: era un matemático
brillante que quería que el modelo coincidiera con las observaciones. Y lo
logró… a su manera. Cuando los planetas no seguían círculos perfectos alrededor
de la Tierra, añadió pequeños círculos sobre otros círculos, los famosos epiciclos.
El sistema funcionaba: permitía predecir posiciones planetarias con bastante
precisión. Pero tenía un precio. Cada nueva observación obligaba a agregar otro
círculo. El modelo se volvía cada vez más complejo, como una máquina llena de
engranajes diseñada para sostener una idea previa. Durante más de mil años, el
universo de Ptolomeo fue el universo de la humanidad.
Cuando
Cacho visito la biblioteca de Alejandria la guía no tenía idea de quien era
Hipatia
Conclusión
Hoy, al
igual que en la Alejandría del siglo IV, seguimos pegados al suelo. Pero la
explicación ha cambiado drásticamente. Hemos pasado de sentirnos el centro
estático de la creación a ser viajeros en un universo curvo y dinámico.
La lección
de Hipatia y de Ágora sigue vigente: nuestros "círculos
perfectos" de hoy —nuestras certezas inamovibles— pueden ser los errores
que las generaciones futuras tendrán que desmantelar. La única herramienta
válida es mantener el pensamiento crítico afilado, dispuesto siempre a
sacrificar la belleza de un dogma por la áspera verdad de los hechos.
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