lunes, febrero 16, 2026

 

La Prisión de los Círculos Perfectos:

                                              De Hipatia a Einstein




El Cine como Espejo de la Ciencia

A veces, el cine hace más que contar una historia; actúa como un disparador intelectual. Esto me ocurrió con Ágora (2009), de Alejandro Amenábar que fuimos a ver con mi esposa y nuestros amigos los Perrotti. Más allá del drama histórico y la intolerancia religiosa que destruyó la Biblioteca de Alejandría, la película esconde una joya para el pensamiento científico: nos muestra la fuerza —a veces devastadora— de los paradigmas.

Al ver a Rachel Weisz personificar a Hipatia, no solo vemos a una mártir del conocimiento, sino a una mente brillante atrapada en una "cárcel de oro": la creencia inquebrantable en la perfección del círculo.

El Consuelo del Geocentrismo

En una escena clave, Hipatia pregunta a sus discípulos por qué las estrellas no caen. La respuesta de la época era : porque se mueven en círculos, la forma perfecta. En la Tierra, el caos reina y las cosas caen en línea recta; en el Cielo, el círculo divino mantiene el orden.

Este geocentrismo no era solo una teoría astronómica; era una necesidad psicológica. Creer que la Tierra es el centro inmóvil del universo nos daba un propósito. Como bien se podría pensar, aceptar otra cosa nos convertiría en "okupas" cósmicos, seres periféricos en riesgo de desalojo. Hipatia, hija de su tiempo y del neoplatonismo, buscaba la verdad, pero la buscaba dentro de los límites de lo que su mente podía concebir como "bello" y "ordenado".

¿Por qué la humanidad tardó tanto en romper estas cadenas? Arthur Koestler, en su análisis de la historia de la ciencia, no duda en señalar a los culpables. Paradójicamente, los grandes "héroes" del pensamiento, Platón y Aristóteles, fueron también los grandes obstáculos.

Platón, con su obsesión metafísica, decretó que el universo debía ser esferas perfectas moviéndose a velocidades uniformes. Aristóteles convirtió esto en un dogma de fe. Según Koestler, esto fue una "maldición" que duró hasta el siglo XVII. El sistema ptolemaico, heredero de esta visión, se convirtió en un tapiz monstruoso de "orbes dentro de orbes", parches matemáticos creados por pedantes para salvar la teoría, no para explicar la realidad.

La física aristotélica, que nos decía que todo movimiento necesita un motor y que los objetos inanimados tienen "finalidad", actuó como un anestésico para la curiosidad científica durante 1500 años.

Tuvo que llegar una revolución intelectual para que entendiéramos que la naturaleza no tiene por qué obedecer nuestros ideales estéticos. Kepler rompió el hechizo al demostrar que los planetas se mueven en elipses, no en círculos perfectos. Galileo nos enseñó a mirar, no a suponer.

Aquí radica la gran diferencia entre el dogma y la ciencia. La fe religiosa, como la que condenó a Hipatia, exige certezas absolutas. La ciencia, en cambio, debe abrazar la provisoriedad. Como decía aquel físico notable del siglo XX:

"Algunos días soy newtoniano, otros relativista, y lo triste es que no sé cuándo soy qué".  Esa incertidumbre no es debilidad; es la esencia del avance.

El Nudo Gordiano de la Gravedad:  De Hipatia a Einstein

 Volvamos a la pregunta de Hipatia: "¿Qué nos sujeta al suelo?". Para ella, era nuestra posición privilegiada en el centro del cosmos. Para Newton, siglos después, fue una fuerza invisible llamada gravedad. Pero incluso la gravedad newtoniana terminó siendo un dogma insuficiente ante nuevas observaciones.

Diagrama

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Fue Albert Einstein quien, al estilo de Alejandro Magno, cortó el nudo gordiano. No buscó más epiciclos ni fuerzas misteriosas. Su solución fue geométrica, pero no la geometría euclidiana de Hipatia. Einstein nos dijo: la gravedad no existe como fuerza; es el espacio-tiempo el que se curva.

Adenda

Quien convirtió esa intuición filosófica en un modelo matemático formidable fue Claudio Ptolomeo. En el siglo II, su obra Almagesto construyó el sistema geocéntrico más sofisticado de la Antigüedad. Ptolomeo no era un dogmático ingenuo: era un matemático brillante que quería que el modelo coincidiera con las observaciones. Y lo logró… a su manera. Cuando los planetas no seguían círculos perfectos alrededor de la Tierra, añadió pequeños círculos sobre otros círculos, los famosos epiciclos. El sistema funcionaba: permitía predecir posiciones planetarias con bastante precisión. Pero tenía un precio. Cada nueva observación obligaba a agregar otro círculo. El modelo se volvía cada vez más complejo, como una máquina llena de engranajes diseñada para sostener una idea previa. Durante más de mil años, el universo de Ptolomeo fue el universo de la humanidad.

Cuando Cacho visito la biblioteca de Alejandria la guía no tenía idea de quien era Hipatia

Conclusión

Hoy, al igual que en la Alejandría del siglo IV, seguimos pegados al suelo. Pero la explicación ha cambiado drásticamente. Hemos pasado de sentirnos el centro estático de la creación a ser viajeros en un universo curvo y dinámico.

La lección de Hipatia y de Ágora sigue vigente: nuestros "círculos perfectos" de hoy —nuestras certezas inamovibles— pueden ser los errores que las generaciones futuras tendrán que desmantelar. La única herramienta válida es mantener el pensamiento crítico afilado, dispuesto siempre a sacrificar la belleza de un dogma por la áspera verdad de los hechos.

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