Del Homo
Sapiens al Homo Innovador:
Una
relectura de Bergson
La obra de Henri Bergson, La Evolución
Creadora, es de esos textos que, aunque no siempre complacen a todos por su
densidad, invitan a volver a ellos una y otra vez. Al releer sus capítulos, uno
encuentra una invitación fundamental: la de apropiarnos de aquello que resuena
con nuestra propia búsqueda.
Bergson nos plantea la vida no como un estado
estático, sino como el esfuerzo titánico de un organismo por arrancar
"ciertas cosas" a la materia bruta. Y es en ese forcejeo vital donde
emergen dos protagonistas que, aunque opuestos, comparten un origen común: la inteligencia
y el instinto.
A menudo tendemos a verlos como escalones de
una misma escalera, pero Bergson nos corrige con elegancia. No son grados de
una misma cosa, sino tendencias divergentes que se bifurcan desde un mismo
tronco vital. Como bien señala el filósofo:
“No hay inteligencia en la que no se descubran
trazas de instinto, ni instinto en que no se halle rodeado de un halo de
inteligencia. Solo se acompañan porque se complementan y solo se complementan
porque son diferentes, lo instintivo que hay en el instinto es de sentido
opuesto a lo que de inteligente hay en la inteligencia. El instinto y la
inteligencia no se prestan a definiciones, por no ser cosas hechas sino
tendencias.”
Es fascinante observar cómo esta dicotomía
define nuestra relación con el mundo. Para Bergson, el punto de partida de la
inteligencia no es la contemplación abstracta, sino la fabricación. La
inteligencia es la facultad de crear objetos artificiales, utensilios para
hacer otros utensilios y, lo más importante, de variar indefinidamente su
fabricación.
Esto nos lleva a cuestionar nuestra propia
autodefinición. Nos hemos llamado pomposamente Homo Sapiens, pero
Bergson sugiere que el nombre más adecuado sería Homo Faber (el
hombre que fabrica). Trayendo este concepto a nuestro siglo, donde la
tecnología y la adaptación son constantes, hoy bien podríamos rebautizarnos
como Homo Innovador.
El instrumento fabricado por la inteligencia
es imperfecto al nacer: requiere un esfuerzo intelectual, conlleva dificultad
para aprender a manejarlo y no cierra un ciclo de manera automática. Por cada
necesidad que satisface, crea una nueva. Sin embargo, su potencia radica en su
versatilidad: puede asumir cualquier forma y servir para cualquier uso. Es la
herramienta de las posibilidades ilimitadas.
Por el contrario, el instinto opera
bajo una lógica distinta. Es la facultad de utilizar e incluso construir
"instrumentos organizados". Aquí, el instrumento es parte del cuerpo,
una prolongación del trabajo de organización de la vida misma. El instinto nos
dota de una herramienta especializada que se repara a sí misma, de una infinita
complejidad en sus detalles, pero de una asombrosa simplicidad en su
funcionamiento. El instinto hace exactamente aquello para lo que está
"llamado" a hacer; no duda, ejecuta.
Me agrada particularmente la afirmación
bergsoniana de que "hay inteligencia dondequiera que haya
inferencia". Entendemos aquí la inferencia no solo como un silogismo
lógico, sino como una inflexión de la experiencia pasada sobre el presente.
Es el comienzo de toda invención, un proceso mental que solo se completa cuando
finalmente se materializa en un instrumento fabricado.
Es vital hacer una distinción final. En muchos
trabajos y discusiones, es común ver cómo se funde o confunde el instinto con
la intuición. Sin embargo, la intuición es un concepto de tal magnitud
en la filosofía de la vida que merece ser considerado separadamente, pues es
allí donde la conciencia intenta recuperar lo que ha perdido en su
especialización técnica.
Releer a Bergson es recordarnos que somos,
ante todo, seres constructores, innovadores por naturaleza, que navegamos la
existencia entre la certeza biológica del instinto y la aventura infinita —y a
veces agotadora— de nuestra inteligencia fabricadora.
Epílogo: La
herramienta y la vida
Volver a las páginas de La Evolución
Creadora no es siempre una tarea sencilla; es una obra que, admitámoslo, no
es del agrado de todos y cuya densidad a menudo exige pausas epistémicas. Sin
embargo, quienes regresamos a ella frecuentemente —a veces solo a releer unos
capítulos— lo hacemos porque Bergson toca una fibra esencial de nuestra
condición: la incomodidad de nuestra propia inteligencia.
Si aceptamos que somos Homo Innovador,
debemos aceptar también el precio de esa innovación. Nuestra inteligencia,
volcada hacia la materia inerte, hacia la fabricación de herramientas y
utensilios, nos ha dado un dominio incomparable sobre el mundo exterior.
Si la inteligencia es la herramienta para
manipular la materia y el instinto es la herramienta para preservar la vida
orgánica, nos queda lugar para profundizar esa otra facultad, a menudo
confundida con el instinto, pero radicalmente distinta en su alcance
filosófico: la intuición. Pero ese... ese es un concepto que merece ser incorporado y considerado con más
profundidad…
No hay comentarios:
Publicar un comentario