viernes, febrero 27, 2026

 

SENTIDOS ¿Cuáles y cuantos?



A través de las sensaciones accedemos al procesamiento de las percepciones y  luego al conocimiento de lo que nos rodea y de nuestro propio estado. ​Aunque tradicionalmente se habla de 5 sentidos , hoy los investigadores nos dicen que son más, basados en los aportes de las neurociencias, la psicología cognitiva y la filosofía de la percepción, pero no se ponen totalmente de acuerdo en cuanto a su número y clasificación.

Hagamos la prueba de preguntar a los amigos que sentido de los conocidos priorizaría, es posible que nos llevemos una sorpresa. En ecografías fetales es frecuente ver que los fetos se tocan y se chupan los dedos , salvo en aquellas regiones que incluso como adultos nos son más inaccesibles, es el primer sentido  que aparece.

Según algunos estudios a las 12 semanas de gestación  el tacto se completa por toda la superficie del cuerpo, excepto  en la espalda y en la mitad del embarazo toda la piel reacciona ante la estimulación táctil e incluso es capaz de percibir las sensaciones táctiles del exterior y responder a ellas. Los otros sentidos se van desarrollando progresivamente durante la vida fetal.  Recuerdo una experiencia con un nieto que le aconsejaron a mi Carolina como no se movía intrauterinamente le hiciera escuchar un ruido,se movió y hasta los 6 años se movía cada vez que escuchaba un ruido semejante.

Durante siglos nos enseñaron que conocemos el mundo a través de cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Es una idea clara, ordenada y fácil de recordar. Pero la ciencia actual nos muestra que esa imagen es, en el mejor de los casos, incompleta.

Percibir no es abrir cinco ventanas al exterior; es un proceso complejo donde el cuerpo y el cerebro trabajan juntos para construir la realidad que habitamos.

Y en ese proceso, el tacto —junto con otros sentidos “silenciosos”— ocupa un lugar mucho más profundo de lo que solemos imaginar.  El modelo clásico proviene de Aristóteles y todavía estructura nuestra forma de pensar la percepción. Sin embargo, hoy sabemos que el cuerpo posee otros sistemas sensoriales fundamentales:

Propiocepción: nos dice dónde están nuestras partes del cuerpo sin necesidad de mirarlas.

Interocepción: informa sobre el estado interno del organismo (latido, respiración, hambre, sed).

Sistema vestibular: regula el equilibrio y la orientación en el espacio.

Sin estos sentidos, el “yo” perdería su anclaje físico. No sabríamos si estamos de pie o sentados, si nuestro corazón se acelera o si una emoción nos recorre el pecho. Antes de pensar quiénes somos, el cuerpo ya está sintiendo que existe.

El tacto: es el primer lenguaje y sentido que se desarrolla en la vida fetal. Mucho antes de ver la luz, el organismo ya responde al contacto. La piel se convierte así en la primera frontera entre el adentro y el afuera. Pero el tacto no es solo biología: es vínculo.

El contacto piel con piel regula la temperatura, el ritmo cardíaco y el estrés en los recién nacidos. La caricia calma, organiza y da seguridad. En ese intercambio corporal temprano se forma algo más que una respuesta fisiológica: se empieza a construir el esquema corporal y la sensación básica de ser alguien en el mundo. Podríamos decir que el yo, antes de ser una historia, es una sensación de presencia corporal.

El cerebro  mezcla los sentidos los que  se integran constantemente. El cerebro es un órgano plástico que reorganiza sus funciones según la experiencia. En ciegas, por ejemplo, la corteza visual puede activarse durante la lectura en Braille. Es decir, “ver” puede convertirse en “tocar”. Esto muestra que la percepción es una red dinámica: los sentidos dialogan entre sí.

Por eso: un sonido puede hacernos “sentir” la amplitud de un espacio,  una imagen puede evocar una textura, una emoción puede manifestarse como una presión en el pecho. La experiencia es siempre multisensorial.

Muchas teorías contemporáneas distinguen entre distintos niveles del yo:

1.      Yo corporal: la sensación básica de estar en un cuerpo.

2.      Yo experiencial: la vivencia consciente del momento presente.

3.      Yo narrativo: la historia que contamos sobre nosotros mismos.

El tacto, la propiocepción y la interocepción participan sobre todo en el primer nivel. Sin ese suelo corporal, el yo narrativo no tendría dónde apoyarse. Esto se ve con claridad en ciertos trastornos donde la percepción interna se altera: la persona puede sentir que su cuerpo no le pertenece o que está desconectada de sí misma. El yo no desaparece como relato, pero pierde su base sensorial.

El filósofo Henri Bergson sostenía que percibir no es copiar la realidad, sino seleccionar de ella lo que es útil para la acción. Hoy la neurociencia coincide: el cerebro no recibe pasivamente información, sino que la interpreta según: la historia personal, la cultura, las expectativas, las necesidades del momento. No vemos el mundo tal como es, sino tal como nuestro cuerpo y nuestra mente pueden habitarlo.

Si algo nos enseña la ciencia contemporánea es que somos seres encarnados. Pensar, sentir y percibir no son actividades separadas del cuerpo: emergen de él. El tacto nos conecta con el otro, la interocepción nos conecta con nuestro interior, la propiocepción nos sitúa en el espacio. Entre esas tres dimensiones se construye una sensación básica de identidad. El yo no aparece de golpe ni reside en un punto del cerebro. Es un proceso continuo de integración sensorial, afectiva y cultural.

Epílogo:

Pasamos así de un modelo estático —cinco sentidos aislados— a uno dinámico: multisensorial, plástico, relacional y, sobre todo, encarnado. Esta transición no es solo un cambio de paradigma neurocientífico; es una invitación a redefinir nuestra propia humanidad. Si el yo se construye desde la piel hacia adentro, entonces la salud y el conocimiento no pueden ser procesos puramente abstractos o intelectuales.

La sinestesia surge como la manifestación más pura de la unidad sensorial, nos revela  una red de autopistas cruzadas donde un sonido puede tener color o una textura puede evocar una emoción. La sinestesia nos demuestra que la realidad no es un conjunto de datos fragmentados, sino una experiencia totalizadora y creativa.

Percibir es construir. Sentir es conocer. Y tocar —en el sentido más amplio— es el primer modo de estar en el mundo. Antes de abrir los ojos, ya estamos en contacto con algo. El yo corporal, el experiencial y el narrativo no son compartimentos estancos, sino estratos de una misma identidad que necesita del "suelo" sensorial para no desvanecerse. Aprender a escuchar la interocepción (ese diálogo con nuestras vísceras) y honrar la propiocepción (nuestro lugar en el espacio) es, en última instancia, un acto de presencia. En un mundo cada vez más volcado a la pantalla y a lo incorpóreo, es importante  recuperar la conciencia de nuestros sentidos "silenciosos".

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