SENTIDOS ¿Cuáles y cuantos?
Hagamos la prueba de preguntar
a los amigos que sentido de los conocidos priorizaría, es posible que nos
llevemos una sorpresa. En ecografías fetales es frecuente ver que los fetos se
tocan y se chupan los dedos , salvo en aquellas regiones que incluso como
adultos nos son más inaccesibles, es el primer sentido que aparece.
Según algunos estudios a las 12 semanas de
gestación el tacto se completa por toda
la superficie del cuerpo, excepto en la
espalda y en la mitad del embarazo toda la piel reacciona ante la estimulación
táctil e incluso es capaz de percibir las sensaciones táctiles del exterior y
responder a ellas. Los otros sentidos se van desarrollando progresivamente durante la vida fetal.
Recuerdo una experiencia con un nieto que le
aconsejaron a mi Carolina como no se movía intrauterinamente le hiciera
escuchar un ruido,se movió y hasta los 6 años se movía cada vez que escuchaba
un ruido semejante.
Durante siglos nos enseñaron que conocemos el mundo a través de cinco
sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Es una idea clara, ordenada y
fácil de recordar. Pero la ciencia actual nos muestra que esa imagen es, en el
mejor de los casos, incompleta.
Percibir no es abrir cinco ventanas al exterior; es un proceso complejo
donde el cuerpo y el cerebro trabajan juntos para construir la realidad que
habitamos.
Y en ese proceso, el tacto —junto con otros sentidos “silenciosos”—
ocupa un lugar mucho más profundo de lo que solemos imaginar. El modelo clásico proviene de Aristóteles y
todavía estructura nuestra forma de pensar la percepción. Sin embargo, hoy
sabemos que el cuerpo posee otros sistemas sensoriales fundamentales:
Propiocepción: nos dice dónde están nuestras
partes del cuerpo sin necesidad de mirarlas.
Interocepción: informa sobre el estado interno
del organismo (latido, respiración, hambre, sed).
Sistema
vestibular: regula
el equilibrio y la orientación en el espacio.
Sin estos sentidos, el “yo” perdería su anclaje físico. No sabríamos si
estamos de pie o sentados, si nuestro corazón se acelera o si una emoción nos
recorre el pecho. Antes de pensar quiénes somos, el cuerpo ya está sintiendo
que existe.
El tacto: es el primer lenguaje y sentido que se desarrolla en la
vida fetal. Mucho antes de ver la luz, el organismo ya responde al contacto. La
piel se convierte así en la primera frontera entre el adentro y el afuera. Pero
el tacto no es solo biología: es vínculo.
El contacto piel con piel regula la temperatura, el ritmo cardíaco y el
estrés en los recién nacidos. La caricia calma, organiza y da seguridad. En ese
intercambio corporal temprano se forma algo más que una respuesta fisiológica:
se empieza a construir el esquema corporal y la sensación básica de ser alguien
en el mundo. Podríamos decir que el yo, antes de ser una historia, es una sensación
de presencia corporal.
El cerebro mezcla los sentidos los que se integran constantemente. El cerebro es un
órgano plástico que reorganiza sus funciones según la experiencia. En
ciegas, por ejemplo, la corteza visual puede activarse durante la lectura en
Braille. Es decir, “ver” puede convertirse en “tocar”. Esto muestra que la
percepción es una red dinámica: los sentidos dialogan entre sí.
Por eso: un sonido puede hacernos “sentir” la amplitud de un espacio, una imagen puede evocar una textura, una
emoción puede manifestarse como una presión en el pecho. La experiencia es
siempre multisensorial.
Muchas
teorías contemporáneas distinguen entre distintos niveles del yo:
1.
Yo corporal: la
sensación básica de estar en un cuerpo.
2.
Yo experiencial: la
vivencia consciente del momento presente.
3.
Yo narrativo: la
historia que contamos sobre nosotros mismos.
El tacto, la propiocepción y la interocepción participan sobre todo en el
primer nivel. Sin ese suelo corporal, el yo narrativo no tendría dónde
apoyarse. Esto se ve con claridad en ciertos trastornos donde la percepción
interna se altera: la persona puede sentir que su cuerpo no le pertenece o que
está desconectada de sí misma. El yo no desaparece como relato, pero pierde su
base sensorial.
El filósofo Henri Bergson sostenía que percibir no es copiar la
realidad, sino seleccionar de ella lo que es útil para la acción. Hoy la
neurociencia coincide: el cerebro no recibe pasivamente información, sino que
la interpreta según: la historia personal, la cultura, las expectativas, las
necesidades del momento. No vemos el mundo tal como es, sino tal como nuestro
cuerpo y nuestra mente pueden habitarlo.
Si algo nos enseña la ciencia contemporánea es que
somos seres encarnados. Pensar, sentir y percibir no son actividades separadas del cuerpo:
emergen de él. El tacto nos conecta con el otro, la interocepción nos conecta
con nuestro interior, la propiocepción nos sitúa en el espacio. Entre esas tres
dimensiones se construye una sensación básica de identidad. El yo no aparece de
golpe ni reside en un punto del cerebro. Es un proceso continuo de integración
sensorial, afectiva y cultural.
Epílogo:
Pasamos
así de un modelo estático —cinco sentidos aislados— a uno dinámico:
multisensorial, plástico, relacional y, sobre todo, encarnado. Esta
transición no es solo un cambio de paradigma neurocientífico; es una invitación
a redefinir nuestra propia humanidad. Si el yo se construye desde la
piel hacia adentro, entonces la salud y el conocimiento no pueden ser procesos
puramente abstractos o intelectuales.
La
sinestesia surge como la manifestación más pura de la unidad sensorial,
nos revela una red de autopistas
cruzadas donde un sonido puede tener color o una textura puede evocar una
emoción. La sinestesia nos demuestra que la realidad no es un conjunto de datos
fragmentados, sino una experiencia totalizadora y creativa.
Percibir
es construir. Sentir es conocer. Y tocar —en el sentido más amplio— es el
primer modo de estar en el mundo. Antes de abrir los ojos, ya estamos en
contacto con algo. El yo corporal, el experiencial y el narrativo
no son compartimentos estancos, sino estratos de una misma identidad que
necesita del "suelo" sensorial para no desvanecerse. Aprender a
escuchar la interocepción (ese diálogo con nuestras vísceras) y honrar
la propiocepción (nuestro lugar en el espacio) es, en última instancia,
un acto de presencia. En un mundo cada vez más volcado a la pantalla y a lo
incorpóreo, es importante recuperar la
conciencia de nuestros sentidos "silenciosos".
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