Niveles de
aprendizaje y cambio según G Bateson
Hace décadas entré al local de la “manzana” en
Lincoln Road con curiosidad porque había mucha gente, sobre todo jóvenes y lo
llamativo no era la cantidad sino el tipo de conversación: hablaban con los vendedores,
sí uno no prestaba atención a los detalles, era difícil distinguir quién vendía
y quién compraba. No había una voz autorizada que explicara y un grupo que
escuchara; había diálogo técnico horizontal.
En ese momento pensé en nuestros primeros años de
acceso a la red, cuando con Juan Fernando y Miguel intentábamos que los
estudiantes universitarios la usaran como herramienta de aprendizaje. Nos
encontrábamos con una resistencia silenciosa: ¨el peso del magister dixit¨.
El conocimiento seguía siendo algo que se recibía, no algo que se exploraba.
La escena de la tienda mostraba otra lógica. No era
solo tecnología; era otro modo de aprender. Y allí apareció, casi como una
lente interpretativa, la teoría de los niveles de aprendizaje de Gregory
Bateson.
Bateson distinguía que no todo aprendizaje es del
mismo tipo. Hay un aprendizaje que repite, otro que corrige, otro que modifica
las reglas de corrección, y otro que transforma la identidad misma del que
aprende. Esa jerarquía permite entender por qué la innovación tecnológica no
produce automáticamente innovación pedagógica.
Aprendizaje 0:
la inercia: El aprendizaje 0 es la repetición sin corrección. Es la conducta que se mantiene,
aunque el contexto cambie. En educación lo vemos cuando se memoriza para el
examen y se olvida después, o cuando el docente repite el mismo esquema año
tras año. No hay error porque no hay criterio de corrección. Cerebro en piloto
automático Hay hábito.
Aprendizaje I:
la adaptación técnica: El aprendizaje I introduce variación dentro de un
repertorio. Se incorporan técnicas, herramientas, procedimientos. Usar Internet
para buscar información, utilizar una plataforma virtual, pedirle a una IA que
resuma un texto: todo eso pertenece a este nivel. Es un cambio real, pero
limitado. Se aprende a hacer mejor lo mismo. Muchas innovaciones educativas se
quedan aquí. Se digitaliza la clase magistral, pero sigue siendo magistral.
Aprendizaje II:
aprender a aprender: El núcleo del pensamiento de Bateson está en el
aprendizaje II: el cambio en las reglas que organizan la conducta. No se trata de
elegir mejor dentro de las alternativas, sino de cambiar el modo en que se
construyen las alternativas. Aquí aparece la metacognición, la autonomía, la
pregunta por el sentido del aprendizaje. El estudiante deja de preguntar “¿qué
entra en el examen?” y comienza a preguntar “¿para qué sirve esto?” o “¿cómo sé
que lo entiendo?”. Es también el nivel en el que el docente deja de ser
transmisor para convertirse en tutor.
Aprendizaje
III: la transformación de la identidad: El aprendizaje III es raro y, a veces,
desestabilizador. Implica un cambio en la identidad d. Ya no se trata de
adquirir conocimientos sino de convertirse en otro tipo de aprendiz. El aprendiz
deja de verse como receptor y pasa a verse como productor de conocimiento. El
docente deja de ser fuente de verdad y se convierte en diseñador de
experiencias de aprendizaje. Este nivel explica por qué la resistencia al
cambio educativo es tan fuerte: no se trata de modificar una técnica sino de
redefinir quién soy en el aula.
Aprendizaje IV:
salir del sistema: Bateson mencionó un nivel IV de manera casi hipotética: el cambio de
sistema de sistemas. Hoy podríamos pensarlo como las ecologías de aprendizaje
en red, la inteligencia colectiva humano–máquina, la disolución de los límites
entre aprender, trabajar y producir conocimiento. No es simplemente usar
tecnología. Es habitar otro paradigma.
Dilts: un mapa
operativo
El modelo de niveles lógicos de Robert Dilts ofrece
una traducción pedagógica útil. Propone preguntas que van desde el entorno
hasta la identidad y lo transpersonal:
- ¿Dónde y cuándo aprendo? (entorno)
- ¿Qué hago? (conducta)
- ¿Cómo lo hago? (capacidades)
- ¿Por qué lo hago? (creencias y valores)
- ¿Quién soy al hacerlo? (identidad)
Estas preguntas no son meramente descriptivas; son
intervenciones posibles. Cambiar el entorno no cambia la identidad. Cambiar las
creencias puede cambiar las capacidades. Desde esta perspectiva, el lenguaje
cumple una doble función: organiza nuestra experiencia interna y regula nuestra
comunicación externa. Inspirado en la distinción entre estructura profunda y
superficial de Noam Chomsky.
Vuelvo a la
tienda de la “manzana”. Lo que allí ocurría no era solo consumo tecnológico.
Era aprendizaje distribuido, conversación entre pares, construcción colectiva
de conocimiento. Nadie pedía permiso para saber. Nadie esperaba la palabra
final de una autoridad. Ese escenario mostraba, en acto, un pasaje del
aprendizaje I al II. En contraste, nuestras aulas universitarias habían
tardado años en aceptar que Internet podía ser un instrumento de aprendizaje.
No por falta de acceso, sino por la persistencia de un modelo identitario: el
saber cómo transmisión.
Tecnología y
niveles de cambio: La incorporación de inteligencia artificial en educación reproduce este
mismo patrón:
- Copiar respuestas de la IA: aprendizaje 0
- Usarla como herramienta de apoyo: aprendizaje I
- Aprender a formular preguntas y evaluar respuestas: aprendizaje II
- Redefinir el rol del estudiante como coautor: aprendizaje III
- Construir conocimiento en red humano–IA: aprendizaje IV
El problema no es la tecnología. Es el nivel lógico
en el que la usamos.
Conclusión
Aceptamos con facilidad los cambios del entorno,
pero no siempre estamos dispuestos a cambiar nosotros. La diferencia entre
incorporar una herramienta y transformar un modo de aprender es la diferencia
entre aprendizaje I y aprendizaje II. La diferencia entre usar tecnología y
redefinir la identidad docente y estudiantil es la diferencia entre aprendizaje
I y aprendizaje III. La innovación educativa no depende de los dispositivos
sino de los marcos de sentido.
Tal vez por eso la escena de la tienda me resultaba
tan significativa: mostraba que el aprendizaje nivel de II diálogo, exploración y construcción
compartida. Mostraba que el saber puede circular sin jerarquías rígidas.
Mostraba, en definitiva, que cambiar la manera de aprender es más difícil que
cambiar de tecnología, pero también más decisivo. Y que, cuando ese cambio
ocurre, ya no es solo el conocimiento lo que se transforma: es el sujeto que
conoce.
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