Enseñar para aprender:
La lección de Oscar y el
político
Con Oscar
teníamos frecuentes reuniones ,hace
años, me contó una escena que parece simple, pero encierra una idea
profunda. Un político amigo lo visitó y, en medio de la conversación, empezó a
hablar como si estuviera dando un discurso. Se paró, gesticuló, ensayó
argumentos. Por un momento olvidó que estaban solos.
Oscar, para
traerlo de nuevo a la realidad, le dijo algo así como: “Acordate de que
estoy yo solo”. Y el político respondió con una frase reveladora: estaba
practicando, porque quería aprender a hablar mejor. Detrás de ese gesto había
algo más que vanidad: estaba usando la explicación como método de
aprendizaje. Al ensayar en voz alta, al ordenar ideas como si tuviera
un público, estaba pensando.
Cuando
explicar nos obliga a entender
Todos
creemos entender algo hasta que intentamos explicarlo. En ese momento el conocimiento deja de ser una sensación vaga y se
convierte en una prueba. Si podemos decirlo con nuestras palabras, conectarlo
con ejemplos y responder preguntas imaginarias, entonces lo sabemos. Si no,
descubrimos los huecos.
Eso es lo
que le pasaba al político de la anécdota: necesitaba hablar para entender mejor
lo que quería decir. Sin saberlo, estaba usando una de las herramientas más
poderosas del aprendizaje, pero con el amigo.
Pensar
sobre lo que sabemos
El primer
efecto de enseñar es la metacognición: tomar
conciencia de lo que sabemos y de lo que no. Cuando estudiamos en silencio, el
texto nos guía y nos da la ilusión de comprensión. Pero al explicar sin apoyo,
nuestra mente tiene que reconstruir el conocimiento desde cero. Ahí aparecen
las dudas, y esas dudas son valiosas porque indican dónde aprender más. En este
sentido, enseñar funciona como un espejo intelectual.
Pensar en
el otro
La
enseñanza también nos obliga a imaginar la mente de quien escucha. ¿Qué sabe?
¿Qué ejemplo le serviría? ¿Cómo lo diría sin tecnicismos? Ese ejercicio de
ponerse en el lugar del otro no solo mejora la comunicación: profundiza nuestra
propia comprensión. Traducir una idea a un lenguaje más simple significa
entender su esencia. Por eso, cuando logramos explicar un concepto con un
ejemplo cotidiano, sabemos que lo dominamos. Lamentablemente no es lo que
ocurre frecuentemente
Cerrar la
brecha
Aprender y
enseñar es acortar una distancia entre dos conocimientos. Para lograrlo usamos palabras, comparaciones, gestos, dibujos... Cada
intento de explicación reorganiza la información en nuestra cabeza. No
repetimos: reconstruimos.
Esto
explica por qué estudiar en grupo, hacer tutorías entre compañeros o
simplemente “explicarle a alguien” un tema mejora tanto el rendimiento. El acto
de enseñar activa procesos mentales más profundos que la lectura pasiva. Es una
respuesta a la actividad profesores jubilados.
Un método
al alcance de cualquiera
No hace
falta ser docente para usar esta estrategia. Se puede estudiar explicando en
voz alta, grabándose, escribiendo como si fuera para otra persona o practicando
con un amigo. Lo importante es el intento de hacer comprensible el
conocimiento.
Como
mostraba la escena de Oscar, ni siquiera hace falta que haya público: el
político ensayaba solo con su amigo. El aprendizaje estaba en el acto de
explicar, no en la audiencia.
Aprender
dos veces
La vieja
idea de que “enseñar es aprender dos veces”, atribuida a Joseph Joubert, resume
todo este proceso. Cuando enseñamos: Detectamos lo que no sabemos. Organizamos
lo que sí sabemos. Traducimos ideas a ejemplos claros. Pensamos desde la
perspectiva del otro.
}
Conclusión
En un mundo
lleno de información, la verdadera comprensión no se mide por lo que podemos
repetir, sino por lo que podemos explicar. La
próxima vez que estudies, proba hacer lo que hizo aquel político con el querido
Oscar: habla en voz alta como si tuvieras público . Tal vez descubras que, en
ese ensayo aparentemente solitario, estás aprendiendo más que nunca.
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