lunes, enero 12, 2026

 

¿Algo nos hace diferentes?

Continuidad biológica, representación y cultura Introducción

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Durante la escolaridad primaria —en mi caso, casi exclusivamente salesiana— se enseñaba que existía una diferencia tajante entre humanos y animales. Esa frontera, sostenida tanto por convicciones religiosas como por supuestos filosóficos implícitos, parecía incuestionable. Sin embargo, en las últimas décadas, el respeto por la vida se ha extendido a casi todas las especies, y ese cambio se manifiesta de manera visible en las prácticas sociales contemporáneas.

Diagrama

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Lo paradójico es  que mientras se amplía la sensibilidad hacia los animales, muchos adultos mayores son institucionalizados o abandonados, al tiempo que se adquieren mascotas para paliar la soledad. Este desplazamiento afectivo sugiere que el problema no es meramente moral, sino conceptual: ¿Qué entendemos hoy por “lo humano” y en qué sentido se diferencia —si es que lo hace— del resto del reino animal?

 El fin del excepcionalismo humano

Una conversación con mi amigo el Dr. Leguizamón me llevó a leer un comentario de Franz de Waal, primatólogo holandés y heredero intelectual de Konrad Lorenz. De Waal relata haber atravesado una etapa que lo alejó del romanticismo animal: en los chimpancés observó dinámicas de poder, alianzas, traiciones y estrategias que evocan con inquietante precisión a Maquiavelo, Hobbes o Nietzsche.

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Desde esta perspectiva, la diferencia entre humanos y otros primates no sería cualitativa sino cuantitativa. A partir de allí, De Waal orientó sus investigaciones hacia la empatía y la cooperación en el reino animal, culminando en obras como El bonobo y los diez mandamientos. En ella analiza la peculiar moral de este primate hipersexuado, para el cual el conflicto se resuelve mediante juegos sexuales, sin restricciones de género ni posición, en una práctica que desconcierta más al observador humano que al propio animal.

Los bonobos —durante mucho tiempo llamados “chimpancés enanos”, aunque pertenecen a otra especie— con una genética más cercana a la humana, poseen además una capacidad que creíamos exclusivamente humana: el engaño. Este rasgo resulta central porque remite a otra facultad largamente considerada distintiva de nuestra especie: la teoría de la mente, es decir, la capacidad de pensar acerca de lo que piensan los otros, que compartimos con otros animales.

Interfaz de usuario gráfica, Texto, Aplicación

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Cognición compartida y niveles de análisis

El ¨engaño¨ implica anticipar estados mentales ajenos,  retomé trabajos como La mente: cómo se bajó de los árboles el Homo sapiens y por qué nadie lo imitó de V. Woods y R. Hare, así como algunos capítulos de J. J. Pozo (La adquisición del conocimiento; Humana mente).

Pozo propone una distinción analítica fundamental: conductas, información, representaciones y conocimiento no son lo mismo, y corresponden a diferentes niveles explicativos del aprendizaje. Resulta aceptable afirmar que compartimos con otras especies mecanismos cognitivos específicos y generales (homologías moleculares y psicológicas).

Sin embargo, la mayor parte de la comunicación animal es indexical: está atada al aquí y al ahora, señalando emociones o peligros presentes.

Un dibujo de un perro

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Es la diferencia decisiva que emerge con la representación simbólica: esta no se limita al procesamiento de información inmediata. El salto humano radica en la capacidad de desplazamiento, es decir, la facultad de referirse a objetos o sucesos que no están presentes en el espacio ni en el tiempo, convierten esas representaciones en conocimiento acumulativo desligado del entorno inmediato.

Representación, herramientas y mente extendida

La importancia de la representación se vuelve particularmente visible cuando se considera la codificación extracorporal. Un bifaz tallado por Homo heidelbergensis hace unos 400.000 años no es solo un objeto técnico: es una forma de memoria material, una representación solidificada que trasciende al individuo.

Pero si el bifaz extendió la mano, el lenguaje articulado extendió la mente. Las palabras funcionan como la "herramienta definitiva", actuando como un andamiaje cognitivo que nos permite manipular conceptos abstractos (como "causa", "justicia" o "mañana") que el cerebro biológico por sí solo no podría sostener. Gracias a las herramientas físicas y lingüísticas, la cognición deja de estar confinada al sistema nervioso y se distribuye en artefactos, prácticas y tradiciones.

En ese contexto, resulta plausible sostener que la mayor parte de los problemas cruciales para la supervivencia humana temprana no eran físicos, sino sociales. La inteligencia requerida consistía en interpretar relaciones y construir alianzas.

Aquí es donde el lenguaje habilita el llamado "efecto trinquete" (M.Tomasello): a diferencia de los bonobos, que pueden perder innovaciones de una generación a otra, el lenguaje permite la instrucción pedagógica explícita (cómo y por qué se hace algo), impidiendo el retroceso cultural. La supervivencia pasó a depender de la capacidad de operar mentalmente representaciones complejas para orientar la acción colectiva.

Adenda

El efecto trinquete designa el mecanismo por el cual  la cultura humana se vuelve acumulativa e irreversible en términos generales: las innovaciones útiles no se pierden, sino que se conservan, se transmiten y se perfeccionan de generación en generación, del mismo modo que un trinquete mecánico permite avanzar sin retroceder. En la mayoría de las especies,  pueden aparecer, pero desaparecen fácilmente. En los humanos, en cambio, el trinquete cultural opera gracias a tres condiciones combinadas:

1.         Representación simbólica Las prácticas se transmiten no  solo por imitación, sino como representaciones relatos, reglas, conceptos, técnicas verbalizadas. Esto permite conservar no solo el cómo, sino también el por qué.

2.         Lenguaje y enseñanza intencional El lenguaje habilita la instrucción pedagógica explícita se corrige, se explica, se evalúa.

3.         Normatividad social Las prácticas se estabilizan como “la forma correcta de hacer las cosas”. Esto introduce presión social contra el retroceso y favorece la mejora incremental.

 

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Conclusión

La evidencia contemporánea obliga a abandonar tanto el excepcionalismo humano ingenuo . Compartimos con otras especies mecanismos cognitivos centrales —empatía, cooperación, engaño, teoría de la mente—, pero no compartimos el mismo régimen de representación. La diferencia humana no reside solo en poseer moral o inteligencia, sino en haber construido un ecosistema cultural donde el lenguaje actúa como el sistema operativo que permite crear realidades institucionales y abstractas.

No somos los únicos animales que sienten o piensan; somos los únicos que externalizan sistemáticamente el pensamiento, lo heredan culturalmente mediante símbolos y convierten la cognición biológica en historia acumulativa.

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