¿Algo nos hace diferentes?
Continuidad
biológica, representación y cultura Introducción
Durante la escolaridad primaria
—en mi caso, casi exclusivamente salesiana— se enseñaba que existía una
diferencia tajante entre humanos y animales. Esa frontera, sostenida tanto por
convicciones religiosas como por supuestos filosóficos implícitos, parecía
incuestionable. Sin embargo, en las últimas décadas, el respeto por la vida se
ha extendido a casi todas las especies, y ese cambio se manifiesta de manera
visible en las prácticas sociales contemporáneas.
Lo paradójico es que mientras se amplía la sensibilidad hacia
los animales, muchos adultos mayores son institucionalizados o abandonados, al
tiempo que se adquieren mascotas para paliar la soledad. Este desplazamiento
afectivo sugiere que el problema no es meramente moral, sino conceptual: ¿Qué entendemos hoy por “lo humano” y en qué sentido se diferencia —si es que
lo hace— del resto del reino animal?
El fin del
excepcionalismo humano
Una conversación con mi amigo el
Dr. Leguizamón me llevó a leer un comentario de Franz de Waal, primatólogo
holandés y heredero intelectual de Konrad Lorenz. De Waal relata haber
atravesado una etapa que lo alejó del romanticismo animal: en los chimpancés
observó dinámicas de poder, alianzas, traiciones y estrategias que evocan con
inquietante precisión a Maquiavelo, Hobbes o Nietzsche.
Desde esta perspectiva, la
diferencia entre humanos y otros primates no sería cualitativa sino
cuantitativa. A partir de allí, De Waal orientó sus investigaciones hacia la
empatía y la cooperación en el reino animal, culminando en obras como El
bonobo y los diez mandamientos. En ella analiza la peculiar moral de
este primate hipersexuado, para el cual el conflicto se resuelve mediante
juegos sexuales, sin restricciones de género ni posición, en una práctica que
desconcierta más al observador humano que al propio animal.
Los bonobos —durante mucho
tiempo llamados “chimpancés enanos”, aunque pertenecen a otra especie— con una
genética más cercana a la humana, poseen además una capacidad que creíamos
exclusivamente humana: el engaño. Este rasgo resulta central porque remite a
otra facultad largamente considerada distintiva de nuestra especie: la
teoría de la mente, es decir, la capacidad de pensar acerca de lo que
piensan los otros, que compartimos con otros animales.
Cognición compartida y niveles
de análisis
El ¨engaño¨ implica anticipar
estados mentales ajenos, retomé trabajos
como La mente: cómo se bajó de los árboles el Homo sapiens y por qué nadie
lo imitó de V. Woods y R. Hare, así como algunos capítulos de J. J. Pozo (La
adquisición del conocimiento; Humana mente).
Pozo propone una distinción
analítica fundamental: conductas, información, representaciones y
conocimiento no son lo mismo, y corresponden a diferentes niveles explicativos
del aprendizaje. Resulta aceptable afirmar que compartimos con otras especies
mecanismos cognitivos específicos y generales (homologías moleculares y
psicológicas).
Sin embargo, la mayor parte de la comunicación animal es indexical: está
atada al aquí y al ahora, señalando emociones o peligros presentes.
Es la
diferencia decisiva que emerge con la representación simbólica: esta no se limita al procesamiento de información inmediata. El salto
humano radica en la capacidad de desplazamiento, es decir, la facultad
de referirse a objetos o sucesos que no están presentes en el espacio ni en el
tiempo, convierten esas representaciones en conocimiento acumulativo
desligado del entorno inmediato.
Representación, herramientas y
mente extendida
La importancia de la
representación se vuelve particularmente visible cuando se considera la
codificación extracorporal. Un bifaz tallado por Homo heidelbergensis
hace unos 400.000 años no es solo un objeto técnico: es una forma de memoria
material, una representación solidificada que trasciende al individuo.
Pero si el
bifaz extendió la mano, el lenguaje articulado extendió la mente. Las palabras funcionan como la "herramienta
definitiva", actuando como un andamiaje cognitivo que nos permite
manipular conceptos abstractos (como "causa", "justicia" o
"mañana") que el cerebro biológico por sí solo no podría sostener. Gracias
a las herramientas físicas y lingüísticas, la cognición deja de estar confinada
al sistema nervioso y se distribuye en artefactos, prácticas y tradiciones.
En ese contexto, resulta
plausible sostener que la mayor parte de los problemas cruciales para la
supervivencia humana temprana no eran físicos, sino sociales. La inteligencia
requerida consistía en interpretar relaciones y construir alianzas.
Aquí es donde el lenguaje
habilita el llamado "efecto trinquete" (M.Tomasello): a
diferencia de los bonobos, que pueden perder innovaciones de una generación a
otra, el lenguaje permite la instrucción pedagógica explícita (cómo y por
qué se hace algo), impidiendo el retroceso cultural. La supervivencia pasó
a depender de la capacidad de operar mentalmente representaciones complejas
para orientar la acción colectiva.
Adenda
El efecto
trinquete designa el mecanismo por el cual la cultura humana se vuelve acumulativa e
irreversible en términos generales: las
innovaciones útiles no se pierden, sino que se conservan, se transmiten
y se perfeccionan de generación en generación, del mismo modo que un trinquete
mecánico permite avanzar sin retroceder. En la mayoría de las especies, pueden aparecer, pero desaparecen
fácilmente. En los humanos, en cambio, el trinquete cultural opera gracias
a tres condiciones combinadas:
1.
Representación simbólica Las prácticas se transmiten no solo
por imitación, sino como representaciones relatos, reglas, conceptos,
técnicas verbalizadas. Esto permite conservar no solo el cómo, sino
también el por qué.
2.
Lenguaje y enseñanza intencional El lenguaje habilita la instrucción pedagógica explícita se
corrige, se explica, se evalúa.
3.
Normatividad social Las prácticas se estabilizan como “la forma correcta de hacer las
cosas”. Esto introduce presión social contra el retroceso y favorece la mejora
incremental.
Conclusión
La evidencia contemporánea
obliga a abandonar tanto el excepcionalismo humano ingenuo . Compartimos con
otras especies mecanismos cognitivos centrales —empatía, cooperación, engaño,
teoría de la mente—, pero no compartimos el mismo régimen de
representación. La diferencia humana no reside solo en poseer moral
o inteligencia, sino en haber construido un ecosistema cultural donde el lenguaje
actúa como el sistema operativo que permite crear realidades institucionales y
abstractas.
No somos
los únicos animales que sienten o piensan; somos los únicos que externalizan
sistemáticamente el pensamiento, lo heredan culturalmente mediante símbolos y
convierten la cognición biológica en historia acumulativa.
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