¿Qué es
la cultura?
Una mirada desde la evolución,
la mente y el símbolo
Si buscamos un GPS para orientarnos en el complejo océano de lo
que llamamos cultura, la definición propuesta por Miguel se erige como
un punto de partida particularmente fecundo: “Cultura es todo conocimiento
útil que permite tomar decisiones inteligentes”.
Esta formulación, breve pero
densa, tiene una virtud decisiva: despoja a la cultura de cualquier sesgo
elitista. No la asocia a la mera acumulación de datos ni a la erudición
enciclopédica, sino a su valor funcional. La cultura aparece, así como
una herramienta cognitiva orientada a la acción. Es, en sentido estricto, eficacia
adaptativa: el software que permite a la especie humana orientarse en el
mundo cuando el instinto —el hardware biológico— resulta insuficiente.
El sustrato
biológico: la lectura como reciclaje neuronal
Para comprender cómo este “software cultural” se
instala en el ser humano, es necesario mirar al cerebro. El neurocientífico
cognitivo Stanislas Dehaene ha señalado a la lectura como la joya más preciosa
entre los objetos culturales. ¿Por qué este énfasis?
Porque la
lectura constituye ¨un¨ ejemplo paradigmático de reciclaje neuronal. Áreas
cerebrales originalmente seleccionadas para la visión —destinadas a reconocer
formas naturales, presas o depredadores— son reutilizadas culturalmente para
decodificar signos gráficos. Leer es, en este sentido, aprender a escuchar con
los ojos.
La lectura no es solo una
técnica instrumental: es un hito evolutivo dentro de lo que puede llamarse una segunda
herencia, la herencia simbólica. Gracias a ella, el conocimiento
útil no muere con el individuo, sino que se conserva, se acumula y se
perfecciona a lo largo de generaciones. La cultura, así entendida, se emancipa
de los límites biológicos del tiempo de vida.
El núcleo
evolutivo: las siete edades de la cultura
Si la lectura es un mecanismo
privilegiado de transmisión, la historia de la cultura puede entenderse como el
proceso de creciente complejidad de esa herencia simbólica. En este punto
resulta insoslayable la propuesta de Jorge Wagensberg, quien concibe la cultura
como información transmitida por vías no genéticas, un logro evolutivo
producto de la selección cultural. Wagensberg describe este proceso mediante
siete edades progresivas y acumulativas, que permiten reconstruir una auténtica
escalada de la mente humana.
1. La edad
de la Utilidad (Homo habilis): el nacimiento de la técnica: Hace más de dos millones de años surge el primer gran gesto cultural: la
fabricación de herramientas. La piedra cortante no es solo un objeto, sino una
extensión funcional del cuerpo. En ese acto técnico se consolida la comprensión
de la relación causa–efecto y, simultáneamente, se estimula el desarrollo
cerebral. La cultura nace aquí como prolongación directa de la biología,
orientada a la supervivencia física.
2. La edad
de la Estética (Homo erectus): la primera inutilidad necesaria: Hace unos cuatrocientos mil años aparece un salto cualitativo
sorprendente. El Homo erectus talla bifaces buscando simetría. Esa
simetría no mejora la eficacia del corte, pero introduce un nuevo valor: el
valor estético. Es la señal de un excedente cognitivo. El ser humano ya no solo
sobrevive: comienza a apreciar.
3. La edad
de la Espiritualidad: el pensamiento trascendente:Hace aproximadamente treinta mil años emerge la necesidad de pensar lo
inmaterial como influyente sobre lo material. Frente a la muerte y a las
fuerzas naturales incomprensibles, el ser humano elabora símbolos, rituales y
prácticas funerarias. La cultura empieza a ofrecer sentido y consuelo frente a
la angustia existencial.
4. La edad
de la Abstracción: el poder del concepto: Las grandes
civilizaciones antiguas (Mesopotamia, Egipto, Grecia) introducen un logro
decisivo: la abstracción. Pensar ya no implica solo referirse a objetos
concretos, sino a conceptos universales como número, ley o justicia. La
abstracción permite comparar ideas, formular teorías y establecer las bases de
las matemáticas y la filosofía.
5. La edad
de la Revelación: la verdad dogmática: Con las
religiones del Libro, la cultura se organiza en torno a una verdad revelada,
externa al ser humano y no sujeta a revisión. Este modelo ofrece una cohesión social poderosa y un código
moral compartido, pero al mismo tiempo establece límites estrictos al
cuestionamiento crítico.
6. La edad
de la Ciencia: la objetividad dialéctica: La ciencia
introduce una ruptura histórica profunda. La verdad ya no se recibe: se busca.
Basada en la objetividad, la inteligibilidad y la dialéctica, la ciencia
reemplaza la certeza dogmática por la duda metódica y la contrastación
empírica. Este giro inaugura un nuevo modo de relación con el mundo y
posibilita el dominio tecnológico del entorno.
7. La edad
del Arte: la libertad relativa. Finalmente,
el arte se emancipa progresivamente de funciones religiosas, políticas o
utilitarias. Se convierte en un espacio de exploración simbólica con una
libertad inédita, aunque nunca absoluta. En él, la cultura ya no está obligada
a ser útil ni verdadera: puede simplemente jugar, sentir y explorar. El
círculo se cierra, retomando aquella antigua simetría del Homo erectus,
pero ahora con una complejidad prácticamente infinita.
Los pilares
de la transmisión cultural: Mark Pagel
¿Cómo fue posible este tránsito entre edades? Mark
Pagel aporta una clave fundamental al señalar dos capacidades cognitivas
decisivas:
- El aprendizaje social, que permite copiar soluciones exitosas
sin exponerse al riesgo del ensayo y error individual.
- La teoría de la mente, es decir, la capacidad de atribuir
pensamientos, creencias e intenciones a otros.
Gracias a esta última, los
adultos pueden enseñar al comprender la ignorancia del niño, y los niños pueden
aprender al reconocer la intención pedagógica del adulto. Además, esta
capacidad permite al ser humano manipular sus propios estados mentales y generar
soluciones inéditas. La cultura se vuelve así un fenómeno intrínsecamente
social y reflexivo.
Una escena
mínima, un gesto profundo
Todo este andamiaje teórico podría parecer
abstracto si no se encarnara en la experiencia cotidiana. Consideremos una
escena sencilla: Manuelita, mi nieta a los cuatro años, pide a su maestra que apague el
ventilador “para poder trabajar con figuritas”.
En ese
gesto mínimo se despliega la cultura en acción. Manuelita anticipa un efecto
futuro (el viento desordenará los papeles), comprende la causalidad (el
ventilador es la causa) y pone en juego la teoría de la mente: sabe que la
maestra puede entender su intención y actuar en consecuencia. Allí convergen
biología, cognición, lenguaje y vida social, condensando millones de años de
evolución cultural.
Epílogo: la cultura como sistema
inteligente
La cultura no es una herencia
pasiva ni un simple archivo . Es invención, interpretación y transmisión
activa. Es el espacio donde el cuerpo, la mente y la comunidad se articulan
para producir sentido. Por eso, más que un conjunto de
costumbres o producciones simbólicas, la cultura puede entenderse como un
sistema inteligente de conocimientos orientados a la acción. Es aquello que
permite, como en el caso de Manuelita, pedir que se detenga el viento para
poder construir —con otros— un mundo habitable.
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