sábado, enero 10, 2026

 

¿Qué es la cultura?

Una mirada desde la evolución, la mente y el símbolo

Si buscamos un GPS  para orientarnos en el complejo océano de lo que llamamos cultura, la definición propuesta por Miguel se erige como un punto de partida particularmente fecundo: “Cultura es todo conocimiento útil que permite tomar decisiones inteligentes”.

Esta formulación, breve pero densa, tiene una virtud decisiva: despoja a la cultura de cualquier sesgo elitista. No la asocia a la mera acumulación de datos ni a la erudición enciclopédica, sino a su valor funcional. La cultura aparece, así como una herramienta cognitiva orientada a la acción. Es, en sentido estricto, eficacia adaptativa: el software que permite a la especie humana orientarse en el mundo cuando el instinto —el hardware biológico— resulta insuficiente.

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El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

El sustrato biológico: la lectura como reciclaje neuronal

Para comprender cómo este “software cultural” se instala en el ser humano, es necesario mirar al cerebro. El neurocientífico cognitivo Stanislas Dehaene ha señalado a la lectura como la joya más preciosa entre los objetos culturales. ¿Por qué este énfasis?

Porque la lectura constituye ¨un¨ ejemplo paradigmático de reciclaje neuronal. Áreas cerebrales originalmente seleccionadas para la visión —destinadas a reconocer formas naturales, presas o depredadores— son reutilizadas culturalmente para decodificar signos gráficos. Leer es, en este sentido, aprender a escuchar con los ojos.

La lectura no es solo una técnica instrumental: es un hito evolutivo dentro de lo que puede llamarse una segunda herencia, la herencia simbólica. Gracias a ella, el conocimiento útil no muere con el individuo, sino que se conserva, se acumula y se perfecciona a lo largo de generaciones. La cultura, así entendida, se emancipa de los límites biológicos del tiempo de vida.

El núcleo evolutivo: las siete edades de la cultura

Si la lectura es un mecanismo privilegiado de transmisión, la historia de la cultura puede entenderse como el proceso de creciente complejidad de esa herencia simbólica. En este punto resulta insoslayable la propuesta de Jorge Wagensberg, quien concibe la cultura como información transmitida por vías no genéticas, un logro evolutivo producto de la selección cultural. Wagensberg describe este proceso mediante siete edades progresivas y acumulativas, que permiten reconstruir una auténtica escalada de la mente humana.

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1. La edad de la Utilidad (Homo habilis): el nacimiento de la técnica: Hace más de dos millones de años surge el primer gran gesto cultural: la fabricación de herramientas. La piedra cortante no es solo un objeto, sino una extensión funcional del cuerpo. En ese acto técnico se consolida la comprensión de la relación causa–efecto y, simultáneamente, se estimula el desarrollo cerebral. La cultura nace aquí como prolongación directa de la biología, orientada a la supervivencia física.

2. La edad de la Estética (Homo erectus): la primera inutilidad necesaria: Hace unos cuatrocientos mil años aparece un salto cualitativo sorprendente. El Homo erectus talla bifaces buscando simetría. Esa simetría no mejora la eficacia del corte, pero introduce un nuevo valor: el valor estético. Es la señal de un excedente cognitivo. El ser humano ya no solo sobrevive: comienza a apreciar.

3. La edad de la Espiritualidad: el pensamiento trascendente:Hace aproximadamente treinta mil años emerge la necesidad de pensar lo inmaterial como influyente sobre lo material. Frente a la muerte y a las fuerzas naturales incomprensibles, el ser humano elabora símbolos, rituales y prácticas funerarias. La cultura empieza a ofrecer sentido y consuelo frente a la angustia existencial.

4. La edad de la Abstracción: el poder del concepto: Las grandes civilizaciones antiguas (Mesopotamia, Egipto, Grecia) introducen un logro decisivo: la abstracción. Pensar ya no implica solo referirse a objetos concretos, sino a conceptos universales como número, ley o justicia. La abstracción permite comparar ideas, formular teorías y establecer las bases de las matemáticas y la filosofía.

5. La edad de la Revelación: la verdad dogmática: Con las religiones del Libro, la cultura se organiza en torno a una verdad revelada, externa al ser humano y no sujeta a revisión. Este modelo ofrece una cohesión social poderosa y un código moral compartido, pero al mismo tiempo establece límites estrictos al cuestionamiento crítico.

6. La edad de la Ciencia: la objetividad dialéctica: La ciencia introduce una ruptura histórica profunda. La verdad ya no se recibe: se busca. Basada en la objetividad, la inteligibilidad y la dialéctica, la ciencia reemplaza la certeza dogmática por la duda metódica y la contrastación empírica. Este giro inaugura un nuevo modo de relación con el mundo y posibilita el dominio tecnológico del entorno.

7. La edad del Arte: la libertad relativa. Finalmente, el arte se emancipa progresivamente de funciones religiosas, políticas o utilitarias. Se convierte en un espacio de exploración simbólica con una libertad inédita, aunque nunca absoluta. En él, la cultura ya no está obligada a ser útil ni verdadera: puede simplemente jugar, sentir y explorar. El círculo se cierra, retomando aquella antigua simetría del Homo erectus, pero ahora con una complejidad prácticamente infinita.

Los pilares de la transmisión cultural: Mark Pagel

¿Cómo fue posible este tránsito entre edades? Mark Pagel aporta una clave fundamental al señalar dos capacidades cognitivas decisivas:

  • El aprendizaje social, que permite copiar soluciones exitosas sin exponerse al riesgo del ensayo y error individual.
  • La teoría de la mente, es decir, la capacidad de atribuir pensamientos, creencias e intenciones a otros.

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Gracias a esta última, los adultos pueden enseñar al comprender la ignorancia del niño, y los niños pueden aprender al reconocer la intención pedagógica del adulto. Además, esta capacidad permite al ser humano manipular sus propios estados mentales y generar soluciones inéditas. La cultura se vuelve así un fenómeno intrínsecamente social y reflexivo.

Una escena mínima, un gesto profundo

Todo este andamiaje teórico podría parecer abstracto si no se encarnara en la experiencia cotidiana. Consideremos una escena sencilla: Manuelita, mi nieta a los  cuatro años, pide a su maestra que apague el ventilador “para poder trabajar con figuritas”.

Un dibujo de una persona

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En ese gesto mínimo se despliega la cultura en acción. Manuelita anticipa un efecto futuro (el viento desordenará los papeles), comprende la causalidad (el ventilador es la causa) y pone en juego la teoría de la mente: sabe que la maestra puede entender su intención y actuar en consecuencia. Allí convergen biología, cognición, lenguaje y vida social, condensando millones de años de evolución cultural.

Epílogo: la cultura como sistema inteligente

La cultura no es una herencia pasiva ni un simple archivo . Es invención, interpretación y transmisión activa. Es el espacio donde el cuerpo, la mente y la comunidad se articulan para producir sentido.  Por eso, más que un conjunto de costumbres o producciones simbólicas, la cultura puede entenderse como un sistema inteligente de conocimientos orientados a la acción. Es aquello que permite, como en el caso de Manuelita, pedir que se detenga el viento para poder construir —con otros— un mundo habitable.

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