domingo, enero 04, 2026

 

Clasificar para comprender I

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No cabe duda de que las clasificaciones constituyen una herramienta central del pensamiento humano. Aun cuando su carácter sea convencional y, en cierto sentido, arbitrario, resulta difícil imaginar cualquier forma de conocimiento —científico o no— que prescinda de ellas. Clasificar no es un gesto accesorio: es una forma de comprender, una de las herramientas mas potentes para ordenar. nos pasamos clasificando.

La reflexión que sigue tuvo su origen en una conversación informal, con Oscar que defendía la posibilidad de clasificar libremente, sin atender a criterios compartidos. La afirmación —provocadora y deliberadamente exagerada— ponía en primer plano una tensión fundamental: la que existe entre la libertad intelectual individual y la necesidad social de sistemas de orden que hagan posible la comunicación y el entendimiento.

Este problema fue abordado con notable agudeza por Jorge Luis Borges en su ensayo El idioma analítico de John Wilkins, donde analiza los intentos de construir lenguajes y clasificaciones universales. Borges reproduce allí algunas categorías propuestas por Wilkins, cuya arbitrariedad roza lo absurdo, y las compara con una supuesta enciclopedia chinael Emporio celestial de conocimientos benévolos— en la que los animales se clasifican según criterios tan heterogéneos como “pertenecientes al Emperador”, “embalsamados”, “fabulosos” o “que de lejos parecen moscas”.

Estas clasificaciones, si bien lógicamente posibles, revelan con claridad que no toda forma de ordenar produce conocimiento. Su extravagancia no radica solo en la rareza de los criterios utilizados, sino en la imposibilidad práctica de establecer relaciones conceptuales estables entre los elementos clasificados. No es casual que esta enciclopedia haya servido a Michel Foucault como punto de partida para Las palabras y las cosas, donde se interroga precisamente por los límites históricos y culturales de los sistemas de orden.

El interés de Borges por este problema reaparece en Funes el memorioso. Allí, el protagonista es incapaz de abstraer: cada objeto, cada experiencia, exige un nombre propio. El resultado es un sistema imposible, en el que los números dejan de ser tales para convertirse en una rapsodia de referencias singulares. Borges señala con ironía que ese intento extremo de fidelidad a lo particular no solo no amplía el conocimiento, sino que lo paraliza. Sin abstracción, sin clasificación, no hay pensamiento operativo.

Todo indica que las clasificaciones surgieron de manera simultánea al lenguaje. No solo como medio de comunicación, sino como condición de comprensión mutua. Clasificar permitió, desde sus orígenes, establecer acuerdos mínimos sobre el mundo compartido: distinguir, comparar, repartir, evaluar. En este sentido, clasificar es una forma de condensar lo máximo compartido en la mínima expresión posible.

Para que esto fuera viable, fue necesario adoptar códigos comunes y un determinado orden conceptual que hiciera posibles las relaciones entre los conceptos. Estos sistemas, lejos de ser definitivos, debían —y deben— conservar la posibilidad de modificarse según las necesidades históricas y cognitivas.

Uno de los primeros modelos formales de organización del conocimiento fue el llamado Árbol de Porfirio, estructura jerárquica que ordena los conceptos desde lo más universal hasta lo más particular mediante dicotomías sucesivas. Este modelo, cuya influencia atraviesa siglos, se apoya en una metáfora profundamente arraigada en nuestra cultura: la vida como árbol. No es casual que en la tradición bíblica aparezcan el árbol del conocimiento del bien y del mal y el árbol de la vida como símbolos fundamentales.

A lo largo del tiempo, este esquema jerárquico dio lugar a diversas representaciones gráficas del conocimiento, como los mapas conceptuales, los árboles de decisión o de resolución. Frente a estos modelos, Gilles Deleuze y Félix Guattari propusieron el concepto de rizoma, una estructura no jerárquica, sin centro ni orden único, inspirada en ciertos vegetales de crecimiento horizontal, como el jengibre. El rizoma intenta dar cuenta de la complejidad, la multiplicidad y la no linealidad del pensamiento, aunque su alcance filosófico excede ampliamente la metáfora botánica.

En el ámbito científico, la necesidad de clasificar adquirió un carácter sistemático muy temprano. En medicina, Hipócrates inició una clasificación racional de las enfermedades, tarea que siglos más tarde continuó Thomas Sydenham. La nosología, entendida como el estudio y ordenamiento de las enfermedades, supone describir, diferenciar y agrupar entidades patológicas de acuerdo con el conocimiento disponible en un momento histórico determinado y con los supuestos teóricos sobre la naturaleza de los procesos que las originan.

Sin embargo, fue Carl Linneo quien estableció el primer sistema de clasificación científica verdaderamente universal. Su trabajo, desarrollado en el siglo XVIII, dio origen a la taxonomía moderna, basada en la identificación de similitudes y diferencias esenciales. Aún hoy, su sistema continúa siendo una referencia insoslayable, aunque en la práctica se utilicen versiones simplificadas.

En un sentido más general, los conceptos pueden entenderse como los rasgos comunes de los objetos, cualquiera sea su naturaleza. Los términos género y especie indican una relación entre extensión y comprensión: a mayor extensión, menor comprensión, y viceversa. Este ordenamiento conceptual puede realizarse mediante dos operaciones lógicas complementarias: la división (del género a la especie) y la clasificación (de los individuos al género). Aunque conceptualmente distintas, ambas cumplen funciones equivalentes en la práctica cognitiva.

Para que una clasificación sea eficaz, debe cumplir ciertas condiciones: ser lo más completa posible, basarse en semejanzas relevantes, apoyarse en datos positivos, expresar notas esenciales y permitir el establecimiento de relaciones nuevas. Lejos de ser un ejercicio estático, una buena clasificación funciona como un compendio dinámico del conocimiento de una disciplina.

Aceptar una clasificación puramente individual y arbitraria implica renunciar a la comunicación y, en última instancia, al conocimiento compartido. Las clasificaciones solo adquieren valor cuando son socialmente aceptadas, independientemente de que su carácter sea científico o convencional. Comparar es la condición para evaluar, y evaluar es condición para mejorar.

En este contexto resulta especialmente relevante la taxonomía propuesta por Benjamín Bloom y su equipo, orientada a facilitar la planificación y evaluación de los procesos de enseñanza y aprendizaje. Bloom distingue tres dominios: el cognitivo, el afectivo y el psicomotor, cada uno organizado en niveles jerárquicos que describen distintos grados de complejidad.

 

El dominio cognitivo se orienta al desarrollo del pensamiento y del conocimiento. En su versión clásica y revisada, comprende los niveles de recordar, comprender, aplicar, analizar, evaluar y crear, los cuales describen una progresión desde la recuperación de información hasta la producción de conocimiento original. Este dominio resulta central para la formación del pensamiento crítico y reflexivo, especialmente en el ámbito universitario.

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El dominio afectivo aborda la dimensión valorativa y actitudinal del aprendizaje. Sus niveles —recepción, respuesta, valoración, organización y caracterización— describen el proceso mediante el cual los valores son progresivamente internalizados y se manifiestan de manera consistente en la conducta del estudiante . Este dominio introduce una dimensión ética fundamental en la formación académica.

El dominio psicomotor o social se vincula con el desarrollo de habilidades prácticas y de desempeño. A través de niveles como imitación, manipulación, precisión, articulación y naturalización, este dominio describe la adquisición progresiva de competencias que permiten la transferencia del aprendizaje a contextos reales y profesionales .

Esta propuesta muestra con claridad que clasificar no es solo ordenar, sino también operar, planificar y transformar la práctica. Como señala Martin Gardner, una parte considerable del tiempo de funcionamiento de los ordenadores se dedica a resolver problemas de clasificación, lo que confirma su centralidad incluso en los sistemas más avanzados.

Pese a su relevancia teórica y operativa, la Taxonomía de Bloom continúa siendo insuficientemente comprendida y aplicada en numerosas áreas disciplinares, incluso en el ámbito universitario. Con frecuencia, su uso se reduce a listados de verbos o a esquemas formales desvinculados del diseño curricular y de la evaluación real del aprendizaje, ignorando la riqueza de los dominios afectivo y psicomotor. En el contexto contemporáneo, atravesado por la digitalización, la inteligencia artificial y los desafíos éticos globales, esta reducción resulta particularmente problemática.

La educación superior exige formar sujetos capaces de pensar críticamente, actuar con responsabilidad ética y transferir el conocimiento a situaciones complejas. En este sentido, la Taxonomía de Bloom requiere una adaptación crítica y contextualizada, no para ser reemplazada, sino para ser reapropiada en profundidad.

El desafío actual consiste en recuperar su densidad epistemológica y asumirla como un instrumento vivo para la formación integral, capaz de articular conocimiento riguroso, valores internalizados y acción transformadora.

En definitiva, las clasificaciones no son un lujo intelectual ni una imposición dogmática: son una condición de posibilidad del pensamiento, de la comunicación y de la acción. Lejos de limitar la libertad intelectual, la hacen operativa y compartible.

 

Epílogo

Toda clasificación es, en última instancia, un artificio. No refleja el mundo tal como es, sino el modo en que una comunidad decide hacerlo inteligible en un momento histórico determinado. Sin embargo, reconocer este carácter convencional no la vuelve prescindible. Por el contrario, pone de relieve su verdadera función: no decir qué son las cosas, sino permitirnos pensar, comparar y actuar sobre ellas.

La pretensión de una clasificación absolutamente libre, desligada de criterios compartidos, conduce a un callejón sin salida. No porque sea ilegítima, sino porque es estéril. Una clasificación que solo puede ser comprendida por quien la produce no amplía el conocimiento: lo aísla. Allí donde desaparece el acuerdo mínimo sobre los criterios, desaparece también la posibilidad de evaluación, de corrección y de progreso.

Las clasificaciones eficaces no son las más rígidas ni las más exhaustivas, sino aquellas que logran un delicado equilibrio entre estabilidad y revisión, entre tradición y cambio. Son estructuras abiertas, provisorias, siempre expuestas a la crítica y a la reformulación. Su fuerza no reside en su pretensión de verdad definitiva, sino en su capacidad para generar relaciones, revelar regularidades y hacer visibles nuevas preguntas.

Clasificar es, entonces, un acto profundamente social y ético. Supone asumir que el conocimiento no es un ejercicio solitario, sino una construcción colectiva, sujeta a reglas que no limitan la libertad intelectual, sino que la vuelven comunicable. En ese sentido, toda clasificación es también una forma de responsabilidad: frente a los otros, frente al saber heredado y frente a lo que todavía no sabemos.

Tal vez por eso seguimos clasificando, a pesar de sus fallas y de sus arbitrariedades. No porque creamos haber encontrado el orden último de las cosas, sino porque sin algún orden compartido el mundo deja de ser pensable. Y un mundo que no puede pensarse es, inevitablemente, un mundo en el que tampoco se puede intervenir.

 

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