EL
INFINITO ENTRE INTUICIÓN, RAZÓN Y SUBJETIVIDAD
Diálogo entre filosofía, topología, cognición y
psicoanálisis…
«El Aleph es el lugar donde están, sin
confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.»
J. L. Borges, El Aleph
La intuición originaria del
infinito
No sé con exactitud cuándo
comencé a hablar del infinito, pero recuerdo que ya en la niñez este problema
era motivo de discusión con mis amigos. Intuitivamente lo vinculábamos con
cuestiones cosmológicas: las distancias y tamaños de la Luna, el Sol, las estrellas,
los planetas o el propio cielo. Casi sin advertirlo, el infinito adquiría
también connotaciones teológicas, al ser pensado como una propiedad privativa
de Dios.
En aquella etapa nos guiaba
exclusivamente la intuición, lo cual no es poco. Con el paso del tiempo he
podido agregar algunos elementos conceptuales más, aunque, como contrapartida,
mis conversaciones actuales se realizan con absoluta impunidad intelectual. Lo
notable es que, días atrás, escuché a mi nieto Evaristo, mientras jugaba con mi
nieta Kiara, adjudicarse el infinito mayor y dejarle a ella el consuelo del
infinito menor. Esa terminología era la misma que yo utilizaba a su edad cuando
discutía posesiones con mis amigos.
Esta persistencia del infinito
—en la infancia, en la ciencia y en la literatura— sugiere que no se trata de
un mero problema técnico, sino de una inquietud estructural del pensamiento
humano. Desde una perspectiva pedagógica, este punto es decisivo: el
infinito no se introduce desde la abstracción formal, sino desde una
experiencia intuitiva temprana que nunca desaparece del todo.
El infinito entre intuición y
ciencia
Como señalan Reviel Netz y
William Noel en El código de Arquímedes, los griegos alcanzaron una
precisión matemática extraordinaria sin recurrir al infinito; la revolución
científica, en cambio, introdujo el infinito, pero a costa de la precisión; y
la ciencia moderna, a partir del siglo XIX, aspira a conjugar ambos: precisión
e infinito.
Hoy, los físicos teóricos buscan
una teoría que unifique lo infinitamente grande con lo infinitamente pequeño.
En este sentido, Hubert Reeves habla de un diálogo productivo entre estos dos
infinitos, de cuyas escalas emergen la vida y los ecosistemas.
Daniel, sin considerar estos
desarrollos, afirmaba que podía imaginar lo infinitamente grande, pero no lo
infinitamente pequeño, ya que en algún punto la materia debería desvanecerse.
Su intuición no era errada. Como señala Fritjof Capra, a nivel subatómico la
materia no se encuentra con seguridad en un lugar determinado, sino que más
bien muestra una tendencia a existir.Aquí aparece un límite conceptual
fundamental: nuestras categorías clásicas no desaparecen, pero dejan de ser
suficientes.
Paradojas del infinito: Zenón y el conflicto
cognitivo
Para reavivar la conversación,
le planteé a Daniel una pregunta aparentemente simple: ¿te parece creíble que
en un segmento de un centímetro y en uno de un metro exista la misma cantidad
de puntos? Su respuesta fue inmediata: «no me vengas con el cuento de Aquiles y
la tortuga».
Las paradojas de Zenón comparten
una misma estructura: el movimiento parece imposible cuando se lo analiza
mediante una división infinita del espacio y del tiempo. Sabemos que Aquiles
alcanzará a la tortuga, pero también que lo evidente se vuelve problemático
cuando se lo somete a un análisis extremo.
Estas paradojas no son errores
del pensamiento, sino dispositivos privilegiados de aprendizaje:
muestran que la razón, llevada a sus límites, tropieza consigo misma.
Números,
intuición y el infinito: Kahneman
Daniel Kahneman ha mostrado que
el pensamiento humano opera mediante dos sistemas. El Sistema 1 es rápido,
automático e intuitivo; el Sistema 2 es lento, deliberativo y analítico.
El infinito tensiona ambos
sistemas: el Sistema 1 maneja cantidades pequeñas y comparaciones vividas; el
Sistema 2 opera con entidades abstractas que no pueden imaginarse. Por eso,
para la intuición, un número muy grande y el infinito tienden a confundirse. El
conflicto que produce el infinito no es matemático: es cognitivo. Esta
resistencia no debe leerse como un déficit, sino como una condición estructural
del pensamiento humano.
Cantor y la
jerarquía de los infinitos
La matemática moderna, particularmente a partir de
Georg Cantor, introdujo una revolución conceptual decisiva: existen distintos
tamaños de infinitos, organizados en una jerarquía transfinita.
Esta afirmación es formalmente
coherente para el Sistema 2, pero profundamente contraintuitiva para el Sistema
1, que espera que el todo sea siempre mayor que la parte. Cantor distinguía
tres ámbitos del infinito: el infinito absoluto, el infinito contingente del
mundo físico y el infinito transfinito, propio de la matemática.
No deja de ser históricamente
significativo —aunque no causal— que Cantor haya terminado sus días en un
hospital psiquiátrico. Enfrentarse con el infinito ha sido, como advirtió Paul
Davies, una experiencia peligrosa para matemáticos, filósofos y teólogos.
Borges y
las metáforas del infinito
Borges comprendió que el
infinito no se deja capturar únicamente por fórmulas. El Aleph, la Biblioteca
de Babel o el Libro de Arena encarnan distintas paradojas del infinito: el todo
que no es mayor que la parte, el punto que contiene todos los puntos, el libro
sin principio ni fin. Estas ficciones no resuelven el problema del infinito,
pero lo vuelven habitable. Allí donde la lógica se quiebra, la
literatura ofrece una forma de comprensión no reductiva, capaz de convivir con
la paradoja sin anularla.
La cinta de
Moebius: el infinito finito
fácil de
hacer
La relación entre el infinito y la topología no es accidental. La cinta
de Moebius es una superficie con longitud y área finitas, pero con un recorrido
ilimitado. Su giro de 180° elimina la distinción entre interior y exterior.
Está figura representa un infinito contenido: una forma finita, mensurable y
regida por leyes precisas, que sin embargo simboliza continuidad, eternidad y
retorno con variación. Conceptualmente, expresa la conciliación entre lo
ilimitado como idea y lo limitado como forma racional.
Freud,
Lacan y la topología del sujeto
Tradicionalmente, el psiquismo ha sido pensado bajo
una geometría de tipo euclidiana. En Freud, el inconsciente aparece como una
instancia “profunda”, un interior reprimido que se opone a la conciencia, tal
como lo ilustra el modelo del iceberg. Bajo esta concepción, la patología se
comprende como un conflicto entre fuerzas internas y exigencias externas, y la
cura como un trabajo de elaboración de lo reprimido.Este modelo conserva una
lógica finita y direccional: hay un adentro que debe hacerse
consciente, un contenido oculto que debe ser traído a la superficie.
Jacques Lacan rompe con esta
geometría clásica al introducir la topología como herramienta conceptual. El
inconsciente ya no es un “debajo” ni un “adentro”, sino una estructura que se
manifiesta en la superficie misma del lenguaje. Está “estructurado como un
lenguaje”: no es un contenido, sino un modo de funcionamiento.
La cinta de Moebius se convierte
así en una figura privilegiada para pensar la subjetividad. En ella no hay
interior ni exterior, sino una única superficie continua en la que lo
consciente y lo inconsciente se transforman mutuamente. El lapsus, el chiste o
el sueño no son irrupciones externas, sino puntos de torsión donde la misma
superficie muestra su otra cara.
El sujeto lacaniano es un sujeto
barrado: constitutivamente dividido por su ingreso en el lenguaje. Esta
división no es patológica; es la condición misma de la experiencia humana. El
vacío que deja esta pérdida —el objeto a— no es una falla, sino la causa del
deseo y del movimiento subjetivo.
Acción,
salud mental y fallas del recorrido
Bajo esta lógica topológica, la
salud mental no consiste en eliminar la división subjetiva, sino en sostener
un recorrido fluido sobre la estructura. La acción no implica “salir” de la
mente, sino atravesar el punto de torsión donde el pensamiento se invierte en
acto.
La patología puede entenderse
como un fallo del recorrido: en la neurosis o la depresión, el sujeto queda
atrapado en un bucle infinito de reflexión sin acto; en la psicosis, intenta
cortar la cinta, acceder a una verdad absoluta sin mediación simbólica,
perdiendo la continuidad entre el yo y el mundo. En ambos casos, el problema no
es el infinito, sino la interrupción de su tránsito.
Conclusión
El infinito, lejos de ser un
simple problema matemático o físico, expone una fractura constitutiva del
pensamiento humano. Allí donde la intuición opera con soltura, la razón
analítica construye formalismos que exceden toda representación imaginable. El conflicto
no es un error: es una condición estructural del conocer.
La matemática moderna muestra
que no se puede medir el infinito si medir significa asignar una magnitud
finita; pero sí se puede operar con él, compararlo y ordenarlo mediante
relaciones formales rigurosas. El precio es renunciar a la evidencia intuitiva
y aceptar paradojas que la razón puede justificar, aunque no pueda imaginar.
La topología —en particular la
cinta de Moebius— ofrece una imagen precisa de esta tensión: una estructura
finita que contiene un recorrido ilimitado, donde interior y exterior,
pensamiento y acción, sujeto y mundo, no se oponen, sino que se continúan.
En este sentido, como mostró el
psicoanálisis, el límite no es un defecto del pensamiento, sino la condición
misma que hace posible el deseo, el lenguaje y la acción. Tal vez por eso el
infinito atraviesa la infancia, la ciencia, la paradoja filosófica y la
literatura. No para ser poseído ni resuelto definitivamente, sino para mantener
abierta la interrogación que hace posible el pensamiento. Como en el Aleph de
Borges, no se trata de dominar el todo, sino de sostener —sin confundirse— la
coexistencia de múltiples perspectivas en un mismo punto.
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