Retroceder para avanzar:
un método cartesiano para la
vida cotidiana
La incertidumbre como síntoma
Vivimos en
una época en la que la incertidumbre es un problema tanto de la física cuántica
como de la experiencia cotidiana . La
saturación informativa, la volatilidad de las agendas, la fragilidad de los
vínculos y la aceleración de los acontecimientos obligan a decidir de manera constante en un marco de
duda casi permanente.
En un entorno de saturación informativa y
aceleración constante, operamos muchas veces de forma automática y reactiva,
habiendo olvidado cómo pensar metódicamente. La solución propuesta es una
suerte de "vivir basado en la evidencia", análogo a la Medicina
Basada en la Evidencia, que no busca eliminar la incertidumbre, sino hacerla
habitable.
En este
contexto reaparece una pregunta elemental, tan antigua como vigente: ¿qué somos
cuando decidimos? La respuesta que René Descartes formula en 1637 conserva una
fuerza inesperada: somos una cosa que piensa. Y pensar —aclara— no es
solo razonar en abstracto, sino dudar, afirmar, negar, querer, imaginar. El
problema no es que hayamos dejado de pensar, sino que hemos olvidado cómo
hacerlo. Operamos en automático, reaccionamos antes de comprender.
Es aquí
donde el Discurso del método deja de ser un texto filosófico distante
para convertirse en una herramienta práctica. La medicina contemporánea, al
adoptar el rigor cartesiano bajo la forma de la Medicina Basada en la
Evidencia, ofrece ¨un¨ ejemplo particularmente visible —pero no exclusivo—
de cómo el método puede reducir errores en contextos de alta incertidumbre. A
partir de su aplicación y nominación hoy su análogo existencial: es vivir basado en la evidencia, orientado
no a eliminar la incertidumbre, sino a hacerla habitable.
I. La evidencia: el filtro contra el ruido
La primera
regla del método cartesiano es clara y exigente: no
aceptar nada como verdadero que no se presente de manera clara y distinta.
En el siglo XVII, esta regla operaba como una ruptura con la autoridad de la
tradición escolástica; en el siglo XXI, funciona como un antídoto frente a
la posverdad, la sobreinformación y la ansiedad cognitiva.
En la vida
cotidiana, la precipitación es nuestro método dominante. Un mensaje ambiguo, un
comentario fuera de contexto, un titular alarmista o un rumor laboral activan
respuestas emocionales inmediatas antes de que la razón intervenga. Aplicar
la primera regla no significa desconfiar de todo, sino suspender el juicio. Preguntarse:
¿qué evidencia tengo realmente?, ¿esto que doy por cierto está fundado o es una
inferencia dictada por mis temores?
Buscar lo
claro y distinto no es un ejercicio académico, sino una forma elemental de
higiene mental. En una cultura que premia la reacción rápida, detenerse a
evaluar la evidencia es, paradójicamente, un gesto de resistencia.
II.- Análisis: el arte de dividir
La segunda
regla cartesiana propone dividir cada dificultad en
tantas partes como sea posible. La experiencia cotidiana confirma la necesidad
de este principio: los problemas vitales suelen presentarse como totalidades
opacas —“mi vida”, “mi trabajo”, “mi situación económica”— que paralizan por su
magnitud.
Aquí cobra
sentido la consigna que da título al ensayo: retroceder para avanzar.
Analizar implica desandar el camino, ir de los efectos a las causas,
frenar la inercia de la huida hacia adelante. El análisis reduce el tamaño del
problema sin trivializarlo. El ¨monstruo¨, al ser fragmentado, pierde su aura
de invencibilidad. No desaparece, pero se vuelve tratable. Esta es una de las
enseñanzas más fértiles del método: lo que parece insoluble como totalidad
suele ser manejable como conjunto de partes.
III. y IV. - Síntesis y enumeración: la arquitectura del orden
El método
no se agota en la descomposición. A la fase analítica le sigue la
reconstrucción. La tercera regla —conducir ordenadamente los
pensamientos— Y la cuarta —realizar enumeraciones completas— constituyen
una respuesta directa al imperio del fragmento.
En la vida
cotidiana tendemos a absolutizar lo anecdótico. Un error puntual se transforma
en identidad; un fracaso aislado se vuelve diagnóstico definitivo. Frente a
esta distorsión, el método propone una operación que podríamos denominar la alquimia
del siglo XXI: el metaanálisis personal. La enumeración
obliga a revisar el panorama completo: los aciertos y los errores, las
continuidades y las rupturas. La síntesis integra esas experiencias en una
trayectoria, permitiendo distinguir tendencias de accidentes. Este movimiento
no elimina el error, pero impide que se convierta en condena total.
Conclusión. La pericia de vivir
Aplicar
evidencia, análisis, síntesis y revisión en la vida cotidiana no garantiza
decisiones infalibles, pero sí reduce el margen de error cognitivo y el costo
emocional de equivocarse. Retrocedemos hacia la razón para poder avanzar . En
un mundo saturado de respuestas rápidas y certezas frágiles, el gesto más prudente consiste en recuperar el
derecho a dudar metódicamente antes de dar el siguiente paso.
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