Estructuras
disipativas, cibernética y autopoiesis:
una ontología del orden lejos del
equilibrio
La concepción clásica de la
naturaleza, heredera de la termodinámica del equilibrio, tendió durante mucho
tiempo a asociar el orden con estados estáticos y a concebir la entropía como
una amenaza inexorable que conduciría, tarde o temprano, a la llamada “muerte
térmica del universo”. Sin embargo, los desarrollos de la termodinámica de no
equilibrio, particularmente a partir de los trabajos de Ilya Prigogine, han
permitido reformular radicalmente esta visión.
En este nuevo marco, los
sistemas vivos, sociales y cognitivos ya no aparecen como anomalías locales
frente a una tendencia universal al desorden, sino como estructuras
disipativas: sistemas abiertos que existen y se organizan lejos del
equilibrio, precisamente gracias a la disipación continua de energía.
La propuesta es explorar el
concepto de estructura disipativa y articularlo con la cibernética, la teoría
de la autopoiesis y una epistemología del observador, mostrando su carácter
transdisciplinario y su potencia explicativa para tratar de comprender la
organización de la vida, la cognición y la identidad.
Las
estructuras disipativas y el orden lejos del equilibrio
La nueva termodinámica no acepta sin más la
idea de la muerte térmica universal, sino que reconoce la existencia de
sistemas que, lejos del equilibrio, mantienen e incluso incrementan su grado de
organización interna. Prigogine describe estos sistemas como estructuras
disipativas, cuya estabilidad depende de un flujo continuo de energía y
materia.
Para que una estructura disipativa pueda
emerger y sostenerse, deben cumplirse ciertas condiciones fundamentales:
1.
Apertura del sistema: el
sistema debe intercambiar energía y materia con su entorno, captando energía
del exterior y disipándola en otras formas.
2.
Complejidad interna:
debe poseer una organización suficientemente rica que le permita mantenerse
estable en un amplio rango de condiciones externas.
3.
Procesos de retroalimentación:
mecanismos internos que regulen su dinámica y permitan tanto la estabilidad
como el cambio.
En estos sistemas, la disipación no es
sinónimo de pérdida o degradación, sino fuente de orden. El flujo de
energía que atraviesa al sistema le permite estabilizar sus parámetros con un
mayor nivel de energía libre y un menor nivel de entropía interna, a condición
de exportar entropía al entorno.
Como señala
Prigogine:
“La
termodinámica clásica conduce al concepto de estructuras en equilibrio, como
los cristales. Las células de Bénard son también estructuras, pero de muy
distinta índole. Esta es la razón por la que hemos introducido el concepto de
estructuras disipativas, para enfatizar
la íntima relación, al principio paradójica, entre estructura y orden por un
lado y disipación por otro. En los sistemas abiertos la disipación es una
fuente de orden.”
De este modo, las estructuras
disipativas solo existen mientras disipan energía. Su identidad no es
sustancial ni permanente, sino procesual y dependiente de flujos.
Disipación,
gradientes y vida
Esta concepción no se limita al
ámbito de la biología. De hecho, uno de los motivos por los que Prigogine
recibió el Premio Nobel fue el carácter explícitamente transdisciplinario de su
teoría. La vida aparece aquí como un caso particular —aunque privilegiado— de
sistemas complejos naturales que emergen para reducir gradientes energéticos.
En esta línea, Schneider y Sagan
afirman:
“La
aversión de la naturaleza por los gradientes es una ley natural: el flujo de
energía propicia una variedad de sistemas complejos naturales, incluida la
vida. La función original y básica de la vida, como la de otros sistemas
complejos, es reducir un gradiente medioambiental.”
Desde esta perspectiva, la vida
no viola la segunda ley de la termodinámica, sino que la realiza localmente
mediante organizaciones capaces de canalizar, transformar y disipar energía de
manera altamente estructurada.
Cibernética y retroalimentación: de la estabilidad
al cambio
El concepto de estructura
disipativa encuentra un complemento natural en la cibernética, entendida
como el estudio del control y la comunicación en sistemas complejos. La
cibernética es impensable sin la noción de sistema, así como la noción de
sistema resulta incompleta sin los mecanismos cibernéticos de
retroalimentación.
Siguiendo a Heinz von Foerster,
la cibernética puede pensarse en distintos niveles de complejidad:
a) Cibernética de orden cero
Se remonta a Herón de Alejandría
(siglo I d.C.), quien ideó mecanismos de retroalimentación negativa para
regular el flujo de líquidos, como el sistema que controlaba el llenado de un
vaso desde una jarra.
b) Cibernética de primer orden
Claude Bernard introduce el
concepto de medio interno; Walter Cannon desarrolla la noción de homeostasis
como equilibrio dinámico; y Norbert Wiener acuña el término cibernética
al definirla como el estudio del control y la comunicación en el animal y la
máquina.
c) Cibernética de segundo orden
Según Magoroh Maruyama, todo
sistema viviente depende de dos procesos fundamentales:
- Morfoestasis, vinculada al mantenimiento de la
constancia mediante retroalimentación negativa.
- Morfogénesis, asociada a la variabilidad y al cambio
mediante retroalimentación positiva.
Estos procesos expresan una causalidad
circular, característica de los sistemas complejos, en la que los efectos
retroactúan sobre las causas, permitiendo tanto la estabilidad como la
transformación.
El
observador y la epistemología de los sistemas vivientes
La cibernética de segundo orden
introduce una consecuencia epistemológica crucial: el observador forma parte
del sistema observado. Las observaciones no son neutrales ni
independientes, sino relativas a la organización del observador.
Von Foerster sostiene que la
pérdida de neutralidad y objetividad no es una debilidad, sino un requisito
fundamental para una epistemología adecuada a los sistemas vivientes. En este
sentido, propone reformular la célebre frase de Korzybski —“el mapa no es el
territorio”— afirmando provocativamente que, para el observador, el mapa es
el territorio.
Esto no implica negar la
existencia de una realidad externa, sino reconocer que el acceso a ella está
mediado por modelos, creencias y estructuras cognitivas. Cada individuo
construye su realidad de acuerdo con su sistema de creencias, y aquello que no
encaja en dicho sistema tiende a no ser percibido o a ser negado.
Autopoiesis,
borde e identidad
Para superar el encierro que
generan los paradigmas rígidos, resulta necesario recorrer senderos de
pensamiento alternativos. En este punto, la teoría de la autopoiesis,
desarrollada por Humberto Maturana y Francisco Varela, ofrece una contribución
decisiva.
Maturana señala: “Necesitaba
una palabra más evocadora de la organización de lo vivo que la expresión
‘organización circular’. Esa palabra fue autopoiesis.”
¨Un sistema vivo es aquel que produce y mantiene sus propios
componentes, estableciendo un borde o membrana que lo delimita del entorno. Este
borde no es un mero límite pasivo, sino una condición activa de identidad e
individualidad¨.
Como expresan Maturana y Varela:
“Por un lado, podemos ver una red de transformaciones dinámicas que produce
sus propios componentes, condición de posibilidad de un borde; y por otro, un
borde que es condición de posibilidad para el operar de la red que lo produjo
como unidad.” La identidad, entonces, emerge de una circularidad entre red
y límite, entre proceso y forma.
El mito del
¨individuo¨ y la salud como relación
Sin embargo, esta noción de
individualidad no debe confundirse con la idea de un organismo aislado e
independiente. Lynn Margulis, en Captando genomas, cuestiona el mito del
individuo autónomo al afirmar: “Somos montajes ambulantes, seres que han
integrado diversas clases de organismos extraños; cada uno de nosotros es una
especie de comité anárquico.” Somos ecosistemas con patas.
Desde esta perspectiva, la salud
y la enfermedad pueden pensarse menos como propiedades de un individuo aislado
y más como problemas relacionales, resultado del equilibrio —o
desequilibrio— entre los múltiples miembros que componen ese “comité”.
Surgen así preguntas
inevitables: ¿es un único organismo el que enferma, o se trata de un desajuste
entre las relaciones internas que lo constituyen? ¿No será la salud una
cuestión ecológica interna más que una simple resistencia a invasiones
externas?
Conclusión
La visión del ser humano como
estructura disipativa, sistema cibernético y entidad autopoietica conduce a una
ontología profundamente relacional y dinámica. Lejos de concebirnos como
sustancias estables, aparecemos como procesos organizados que existen
mientras disipan energía, regulándose mediante bucles de retroalimentación
y redefiniendo continuamente sus límites. Esta concepción no solo transforma
nuestra comprensión de la vida y la cognición, sino que invita a repensar
nociones como identidad, salud, conocimiento y responsabilidad en un mundo
caracterizado por la complejidad y el cambio permanente.
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