miércoles, enero 21, 2026

 

Estructuras disipativas, cibernética y autopoiesis:

           una ontología del orden lejos del equilibrio

 

La concepción clásica de la naturaleza, heredera de la termodinámica del equilibrio, tendió durante mucho tiempo a asociar el orden con estados estáticos y a concebir la entropía como una amenaza inexorable que conduciría, tarde o temprano, a la llamada “muerte térmica del universo”. Sin embargo, los desarrollos de la termodinámica de no equilibrio, particularmente a partir de los trabajos de Ilya Prigogine, han permitido reformular radicalmente esta visión.

En este nuevo marco, los sistemas vivos, sociales y cognitivos ya no aparecen como anomalías locales frente a una tendencia universal al desorden, sino como estructuras disipativas: sistemas abiertos que existen y se organizan lejos del equilibrio, precisamente gracias a la disipación continua de energía.

La propuesta es explorar el concepto de estructura disipativa y articularlo con la cibernética, la teoría de la autopoiesis y una epistemología del observador, mostrando su carácter transdisciplinario y su potencia explicativa para tratar de comprender la organización de la vida, la cognición y la identidad.

Las estructuras disipativas y el orden lejos del equilibrio

La nueva termodinámica no acepta sin más la idea de la muerte térmica universal, sino que reconoce la existencia de sistemas que, lejos del equilibrio, mantienen e incluso incrementan su grado de organización interna. Prigogine describe estos sistemas como estructuras disipativas, cuya estabilidad depende de un flujo continuo de energía y materia.

Para que una estructura disipativa pueda emerger y sostenerse, deben cumplirse ciertas condiciones fundamentales:

1.         Apertura del sistema: el sistema debe intercambiar energía y materia con su entorno, captando energía del exterior y disipándola en otras formas.

2.         Complejidad interna: debe poseer una organización suficientemente rica que le permita mantenerse estable en un amplio rango de condiciones externas.

3.         Procesos de retroalimentación: mecanismos internos que regulen su dinámica y permitan tanto la estabilidad como el cambio.

En estos sistemas, la disipación no es sinónimo de pérdida o degradación, sino fuente de orden. El flujo de energía que atraviesa al sistema le permite estabilizar sus parámetros con un mayor nivel de energía libre y un menor nivel de entropía interna, a condición de exportar entropía al entorno.

Como señala Prigogine:

“La termodinámica clásica conduce al concepto de estructuras en equilibrio, como los cristales. Las células de Bénard son también estructuras, pero de muy distinta índole. Esta es la razón por la que hemos introducido el concepto de estructuras disipativas, para enfatizar la íntima relación, al principio paradójica, entre estructura y orden por un lado y disipación por otro. En los sistemas abiertos la disipación es una fuente de orden.”

De este modo, las estructuras disipativas solo existen mientras disipan energía. Su identidad no es sustancial ni permanente, sino procesual y dependiente de flujos.

Disipación, gradientes y vida

Esta concepción no se limita al ámbito de la biología. De hecho, uno de los motivos por los que Prigogine recibió el Premio Nobel fue el carácter explícitamente transdisciplinario de su teoría. La vida aparece aquí como un caso particular —aunque privilegiado— de sistemas complejos naturales que emergen para reducir gradientes energéticos.

En esta línea, Schneider y Sagan afirman:

“La aversión de la naturaleza por los gradientes es una ley natural: el flujo de energía propicia una variedad de sistemas complejos naturales, incluida la vida. La función original y básica de la vida, como la de otros sistemas complejos, es reducir un gradiente medioambiental.”

Desde esta perspectiva, la vida no viola la segunda ley de la termodinámica, sino que la realiza localmente mediante organizaciones capaces de canalizar, transformar y disipar energía de manera altamente estructurada.

Cibernética y retroalimentación: de la estabilidad al cambio

El concepto de estructura disipativa encuentra un complemento natural en la cibernética, entendida como el estudio del control y la comunicación en sistemas complejos. La cibernética es impensable sin la noción de sistema, así como la noción de sistema resulta incompleta sin los mecanismos cibernéticos de retroalimentación.

Siguiendo a Heinz von Foerster, la cibernética puede pensarse en distintos niveles de complejidad:

a) Cibernética de orden cero

Se remonta a Herón de Alejandría (siglo I d.C.), quien ideó mecanismos de retroalimentación negativa para regular el flujo de líquidos, como el sistema que controlaba el llenado de un vaso desde una jarra.

b) Cibernética de primer orden

Claude Bernard introduce el concepto de medio interno; Walter Cannon desarrolla la noción de homeostasis como equilibrio dinámico; y Norbert Wiener acuña el término cibernética al definirla como el estudio del control y la comunicación en el animal y la máquina.

c) Cibernética de segundo orden

Según Magoroh Maruyama, todo sistema viviente depende de dos procesos fundamentales:

  • Morfoestasis, vinculada al mantenimiento de la constancia mediante retroalimentación negativa.
  • Morfogénesis, asociada a la variabilidad y al cambio mediante retroalimentación positiva.

Estos procesos expresan una causalidad circular, característica de los sistemas complejos, en la que los efectos retroactúan sobre las causas, permitiendo tanto la estabilidad como la transformación.

Tabla

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El observador y la epistemología de los sistemas vivientes

La cibernética de segundo orden introduce una consecuencia epistemológica crucial: el observador forma parte del sistema observado. Las observaciones no son neutrales ni independientes, sino relativas a la organización del observador.

Von Foerster sostiene que la pérdida de neutralidad y objetividad no es una debilidad, sino un requisito fundamental para una epistemología adecuada a los sistemas vivientes. En este sentido, propone reformular la célebre frase de Korzybski —“el mapa no es el territorio”— afirmando provocativamente que, para el observador, el mapa es el territorio.

Esto no implica negar la existencia de una realidad externa, sino reconocer que el acceso a ella está mediado por modelos, creencias y estructuras cognitivas. Cada individuo construye su realidad de acuerdo con su sistema de creencias, y aquello que no encaja en dicho sistema tiende a no ser percibido o a ser negado.

Autopoiesis, borde e identidad

Para superar el encierro que generan los paradigmas rígidos, resulta necesario recorrer senderos de pensamiento alternativos. En este punto, la teoría de la autopoiesis, desarrollada por Humberto Maturana y Francisco Varela, ofrece una contribución decisiva.

Maturana señala: “Necesitaba una palabra más evocadora de la organización de lo vivo que la expresión ‘organización circular’. Esa palabra fue autopoiesis.”

¨Un sistema vivo es aquel que produce y mantiene sus propios componentes, estableciendo un borde o membrana que lo delimita del entorno. Este borde no es un mero límite pasivo, sino una condición activa de identidad e individualidad¨.

Como expresan Maturana y Varela: “Por un lado, podemos ver una red de transformaciones dinámicas que produce sus propios componentes, condición de posibilidad de un borde; y por otro, un borde que es condición de posibilidad para el operar de la red que lo produjo como unidad.” La identidad, entonces, emerge de una circularidad entre red y límite, entre proceso y forma.

 

El mito del ¨individuo¨ y la salud como relación

Sin embargo, esta noción de individualidad no debe confundirse con la idea de un organismo aislado e independiente. Lynn Margulis, en Captando genomas, cuestiona el mito del individuo autónomo al afirmar: “Somos montajes ambulantes, seres que han integrado diversas clases de organismos extraños; cada uno de nosotros es una especie de comité anárquico.” Somos ecosistemas con patas.

Desde esta perspectiva, la salud y la enfermedad pueden pensarse menos como propiedades de un individuo aislado y más como problemas relacionales, resultado del equilibrio —o desequilibrio— entre los múltiples miembros que componen ese “comité”.

Surgen así preguntas inevitables: ¿es un único organismo el que enferma, o se trata de un desajuste entre las relaciones internas que lo constituyen? ¿No será la salud una cuestión ecológica interna más que una simple resistencia a invasiones externas?

Conclusión

La visión del ser humano como estructura disipativa, sistema cibernético y entidad autopoietica conduce a una ontología profundamente relacional y dinámica. Lejos de concebirnos como sustancias estables, aparecemos como procesos organizados que existen mientras disipan energía, regulándose mediante bucles de retroalimentación y redefiniendo continuamente sus límites. Esta concepción no solo transforma nuestra comprensión de la vida y la cognición, sino que invita a repensar nociones como identidad, salud, conocimiento y responsabilidad en un mundo caracterizado por la complejidad y el cambio permanente.

 

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