Ver, entender y comprender:
un ensayo epistemológico
Planteo del problema
epistemológico
En el
lenguaje cotidiano solemos usar indistintamente verbos como ver, mirar,
observar y comprender, como si
nombraran variaciones menores de un mismo acto. Sin embargo, detrás de estas
palabras se esconden niveles conceptualmente distintos de relación con el
mundo. La confusión no es solo semántica: es epistemológica. De ella
depende cómo entendemos el conocimiento, la percepción y el juicio.
La tesis epistemológica que aquí
se defiende puede formularse de manera provocadora: para ver, primero hay
que entender. Esta afirmación no niega la existencia de estímulos
sensoriales previos, sino que redefine qué significa ver en sentido
pleno.
Registro sensorial y visión: una
distinción necesaria
El primer nivel de contacto con el mundo es el registro
sensorial. Los órganos de los sentidos reciben estímulos físicos:
longitudes de onda, intensidades luminosas, contrastes. Este proceso es
fisiológico y, en gran medida, automático. No requiere intención ni conciencia
reflexiva.
Pero este registro no equivale todavía a ver.
Es condición necesaria, pero no suficiente. Ver, en sentido fuerte, implica que
algo aparezca como algo para un sujeto. Allí donde solo hay estímulo,
todavía no hay fenómeno significativo.
Mirar y observar: la mediación
de la atención
Mirar introduce la intención: el sujeto orienta su atención hacia un sector
del campo perceptivo. Sin embargo, se puede mirar sin que nada relevante se
manifieste. La atención puede ser superficial, dispersa o guiada por hábitos
que automatizan la percepción.
Observar supone un paso adicional. Implica atención sostenida, comparación,
búsqueda de regularidades. El observador ya no es un receptor pasivo, sino un
agente que selecciona, organiza y discrimina. No obstante, incluso la
observación puede quedarse en el plano descriptivo.
Observar y comprender: separar y
comprimir
Siguiendo a Wagensberg, puede decirse
que observar es separar y comprender es comprimir. Observar
consiste en discriminar, distinguir, aislar variables y diferencias en el flujo
continuo de la experiencia. Es un acto analítico: separa lo relevante de lo
accesorio, lo constante de lo accidental.
Comprender, en cambio, no acumula detalles,
sino que los condensa. Comprender es reducir la complejidad sin perder
lo esencial; es encontrar una estructura simple capaz de explicar una
multiplicidad de fenómenos. En este sentido, comprender es una forma de
economía cognitiva: menos información, más sentido.
Esta distinción permite afinar el argumento
central del ensayo: se puede observar mucho y comprender poco. Y, sin embargo,
solo cuando la observación logra comprimirse en un esquema inteligible, el
fenómeno se vuelve verdaderamente visible.
Ver como
acto cognitivo
Aquí aparece el núcleo de la tesis. Ver no es
simplemente recibir ni siquiera observar: ver es reconocer. Reconocer algo
como algo exige marcos conceptuales, esquemas previos, expectativas. En este
sentido, ver es ya un acto cognitivo.
Esta idea encuentra una formulación clásica en
Kant: las intuiciones sin conceptos son ciegas. No porque no haya
estímulos, sino porque sin categorías no hay aparición significativa del
objeto. Lo que no puede ser entendido, literalmente, no puede ser visto.
Comprensión
previa y bucles de sentido
Decir que para ver primero hay que entender no
implica un círculo vicioso, sino una estructura recursiva. La
comprensión previa habilita qué puede ser visto; lo visto, a su vez, puede
modificar esa comprensión. El conocimiento avanza mediante bucles de
retroalimentación, no por una secuencia lineal.
Este enfoque dialoga tanto con la
epistemología kantiana como con perspectivas contemporáneas de la neurociencia,
que describen la percepción como un proceso predictivo: el cerebro no copia el
mundo, sino que lo infiere a partir de modelos.
Consecuencias
epistemológicas y educativas
Las implicancias de esta tesis no se agotan en la
teoría del conocimiento: son centrales para la educación. Si ver exige
entender, entonces enseñar no puede reducirse a mostrar, exponer o presentar
información. No alcanza con poner los datos "delante de los ojos" del
estudiante.
Desde una perspectiva epistemológica, educar es proporcionar
marcos de comprensión que permitan que algo sea visto. El error pedagógico
frecuente consiste en confundir exposición con aprendizaje, observación con
comprensión. El estudiante puede mirar el pizarrón, observar un experimento o
leer un texto sin que nada se vuelva verdaderamente visible para él.
Aprender implica, entonces, un doble movimiento:
primero separar (observar), luego comprimir (comprender). La tarea educativa
consiste en acompañar ese pasaje, ayudando a transformar la multiplicidad de
información en estructuras de sentido.
Educación,
desacuerdo y formación del juicio
Si ver exige entender, entonces: No hay percepción
neutral. Toda descripción está cargada de supuestos. El desacuerdo no siempre
es un problema de datos, sino de marcos.
En ética y política, esta tesis
es decisiva. El utilitarismo puede tender a mirar consecuencias; una
ética kantiana exige comprender principios. En ambos casos, lo que se
“ve” depende de lo que previamente se entiende como relevante.
Conclusión
Un ejemplo educativo puede
cerrar estas distinciones. En una clase de ciencias, todos los estudiantes
observan el mismo experimento. Ven los mismos instrumentos y resultados. Sin
embargo, solo algunos ven un fenómeno y comprenden una ley. La
diferencia no reside en la percepción, sino en los esquemas conceptuales
disponibles para comprimir la experiencia. Desde esta perspectiva, enseñar no
es transmitir respuestas, sino formar la capacidad de ver. Y formar esa
capacidad es, en última instancia, una tarea epistemológica: construir las
condiciones para que el mundo se vuelva inteligible.
No vemos primero para
entender después. Entendemos —al menos en parte— para poder ver. Lejos
de ser una limitación, esta dependencia del entender es la condición misma de
posibilidad del conocimiento y, por lo tanto, de toda educación significativa.
Un ejemplo cotidiano puede
cerrar estas distinciones. Dos personas miran el mismo gráfico estadístico.
Ambas lo observan: distinguen líneas, colores, valores. Sin embargo, solo una ve
una tendencia y comprende un proceso. La diferencia no está en los
datos, sino en la capacidad de comprimirlos en un modelo. Ver, entonces, no es
el punto de partida del conocimiento, sino uno de sus logros. Antes del ver hay
estímulos; antes de la comprensión plena hay observación. Pero solo cuando
la complejidad se comprime en sentido, el mundo se vuelve visible.
No vemos primero para
entender después. Entendemos —al menos en parte— para poder ver. Esta no es una
limitación de la razón humana, sino su condición de posibilidad. Ver no es el
punto de partida del conocimiento, sino uno de sus logros. Antes del ver hay
estímulos; antes de la comprensión plena hay observación. Pero solo cuando
el mundo es inteligible, se vuelve visible.
No vemos primero para
entender después. Entendemos —al menos en parte— para poder ver. Esta no es una
limitación de la razón humana, sino su condición de posibilidad.
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