viernes, enero 23, 2026

 

Pasado, futuro y el universo dinámico:

                     Ciencia, superstición y el deseo de certidumbre

 



El deseo de saber qué vendrá: Todos quisiéramos conocer algo acerca del futuro. La incertidumbre inquieta, y frente a ella hemos construido narraciones, ritos, cálculos y promesas. No sorprende, entonces, que muchos amigos confíen en los vaticinios del horóscopo y organicen, siquiera parcialmente, sus agendas a partir de ellos. Dado lo frecuente del tema, resulta oportuno examinarlo sin prejuicios, pero con criterio.

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Como postulaba Peter Medawar, premio Nobel de Medicina:

“El gran mérito de la ciencia, más que habernos librado de las enfermedades, es habernos librado de la superstición y la ignorancia.”

Esta afirmación no niega el asombro ni la esperanza, pero sí establece un límite: no todo lo que tranquiliza explica, y no todo lo que explica consuela.

La Filosofía natural y una bifurcación histórica; en sus orígenes, la astronomía y la cosmología formaban una unidad con lo que los fundadores de la civilización occidental denominaron filosofía natural. Allí convivían la observación del cielo, la reflexión metafísica y las primeras conjeturas causales. Sin embargo, en ese mismo núcleo germinal se alojaba un intruso tan antiguo como persistente: la astrología.

Durante siglos, el “combo” astronomía–cosmología pareció sellado, pero el desarrollo del método científico introdujo una bifurcación decisiva. Mientras unas disciplinas avanzaron afinando la medición y la revisión crítica, la astrología permaneció aferrada a esquemas simbólicos inmunes al error.

Pero el escepticismo no es nuevo. Ya Cicerón (106–43 a.C.) advertía:

“¿Todos los que murieron en Cannas habían nacido bajo el mismo horóscopo? Sin embargo, todos tuvieron el mismo fin.”

La observación es devastadora: si el destino estuviera inscripto en los astros, la diversidad biográfica debería reflejarse en los cielos, y no al revés.

Diagrama

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

La astrología se basa , aunque la mayoría no lo sepa ni  le interese .en la premisa de un escenario estático, donde el cielo es un telón de fondo fijo. La ciencia, sin embargo, nos ha revelado una verdad más incómoda y fascinante: todo se mueve, todo cambia.

Primero, la Tierra no es estable. Existe la precesión de los equinoccios. Al igual que un trompo que pierde velocidad, el eje de nuestro planeta describe un lento círculo en el espacio, un "cabeceo" provocado por la gravedad.

Este movimiento hace que el "telón de fondo" en este caso el de las estrellas se desplace. Cuando un horóscopo dice que el Sol entra en Aries, astronómicamente es muy probable que esté entrando en Piscis. El mapa astrológico está congelado en el tiempo, ignorando la realidad física.

Pero el dinamismo no termina ahí. La Tierra también experimenta los Ciclos de Milankovitch: su órbita se estira y se encoge (excentricidad) y su inclinación varía a lo largo de milenios. Y para colmo, el propio Sol tampoco es una "lámpara eterna". Es una estrella activa que atraviesa ciclos magnéticos de 11 años y que, en una escala mayor, está evolucionando y envejeciendo, cambiando su luminosidad y tamaño.

Imagen de sun life cycle diagram

La conclusión es clara: querer predecir un destino humano basándose en un cielo "fijo" es como intentar navegar el océano actual usando un mapa de la Pangea. El territorio ha cambiado; el mapa de la creencia, no.

Ciencia, asombro y la trampa de la vaguedad Pese a esta evidencia abrumadora, la astrología persiste. Una portada del Daily Mail de 1997 lo ilustra: “El poderoso Neptuno está a punto de unir sus fuerzas con Urano… Esto tendrá consecuencias espectaculares.” La frase es vacía y, justamente por eso, irresistible. No especifica qué ocurrirá, pero promete sentido.

Es oportuno recordar la psicología del creer: nos revela que la respuesta no es astronómica, sino cognitiva. En primer lugar, opera el "Efecto Forer": nuestra tendencia a aceptar como descripciones profundas y personales afirmaciones tan vagas que podrían aplicar a cualquiera. En segundo lugar, como explicó el Nobel Daniel Kahneman, nuestra mente utiliza atajos. Aquí actúa el "sesgo de confirmación": nuestro cerebro (el intuitivo "Sistema 1") busca validar lo que ya desea creer. Retenemos los aciertos casuales del horóscopo ("¡hoy conocí a alguien importante!") y olvidamos sistemáticamente sus miles de fallos.

Adenda

El Efecto Barnum (bautizado así por la habilidad del showman para vender ilusiones masivas) utiliza descripciones vagas (Efecto Forer) que nuestro cerebro valida erróneamente filtrando la realidad (Sesgo de Confirmación), creando así la base fundamental de por qué creemos en sistemas como la Astrología que satisface la necesidad de una narrativa personal. La ciencia, en cambio, ofrece incertidumbre. No nos dice qué nos pasará mañana, sino por qué nadie puede decirlo con honestidad.

En el barrio :  "No que seas... pero sí..." es la llave maestra del efecto Forer porque: Niega el defecto (baja tus defensas). Ofrece una virtud camuflada (alimenta el ego). Es tan vago que cualquiera puede proyectarse en ello.

 

Epílogo

Yo no creo en el horóscopo: soy sagitariano. Aunque antes pertenecía a Capricornio, hasta que leí los nuevos cálculos. Naturalmente, este cambio modifica inexorablemente mi destino. A los creyentes, solo una recomendación: infórmense dónde quedó ubicado en la nueva rueda de los animales. El cielo cambió; las creencias, no siempre.

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