POSVERDAD
En una cena
de amigos, Alfredo me preguntó si tenía algo escrito acerca de la posverdad.
Asumí el compromiso de enviarle algunas reflexiones sobre esta palabra que
parece estar hoy en boca de todos y que, sin embargo, pocas veces se examina
con la profundidad que merece. Al pensarlo mejor, me pareció interesante
retomar y expandir el aporte de Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones
para el siglo XXI, cruzándolo con lo que sabemos sobre el funcionamiento de
nuestra propia mente, tal como lo revelan la neurociencia, la psicología
evolutiva y la antropología.
Se nos
repite insistentemente que vivimos en una nueva era: la era de la posverdad.
Una época en la que los hechos objetivos habrían perdido peso frente a las
emociones, las creencias y las narrativas identitarias. El concepto de
"posverdad" suele presentarse como un fenómeno contemporáneo donde
los hechos objetivos son desplazados por las emociones y creencias. Sin
embargo, un análisis profundo basado en la neurociencia, la antropología y la
historia revela que la posverdad no es una anomalía de la era moderna, sino
una constante estructural de la especie humana.
Los
ejemplos abundan: noticias falsas, discursos políticos deliberadamente
engañosos, reescrituras interesadas del pasado, relatos épicos que justifican
acciones presentes en nombre de una “verdad superior”, ya sea la patria, la fe,
el progreso o una ideología. Pero frente a este diagnóstico aparece una
pregunta tan simple como inquietante: si esta es la era de la posverdad,
cuál fue entonces la era de la verdad.
Una mirada
rápida —aunque honesta— a la historia de la humanidad vuelve esa pregunta
profundamente problemática. No parece haber existido nunca una Edad de Oro en
la que las sociedades humanas se hayan regido mayoritariamente por la verdad
factual, desnuda y objetiva.
Más bien al
contrario: mitos fundacionales, genealogías inventadas, relatos heroicos,
dioses tutelares y enemigos demonizados acompañan a todas las civilizaciones
conocidas. Por eso no resulta descabellado sostener que no estamos entrando en
la posverdad, sino que hemos vivido siempre en ella. Desde este punto de
vista, la posverdad no sería una anomalía moderna, sino una constante
estructural de nuestra especie.
Las
evidencias de que somos, en sentido estricto, la especie de la posverdad
son biológicas y antropológicas. Nuestro cerebro no evolucionó para conocer la
verdad objetiva del mundo, sino para maximizar nuestras probabilidades de supervivencia
y de pertenencia a un grupo. Las neurociencias muestran con claridad
que percibimos, recordamos y razonamos de manera sesgada, filtrando la
información según nuestras expectativas, emociones y lealtades. No buscamos la
verdad; buscamos sentido, cohesión y seguridad.
La
capacidad de crear y sostener ficciones compartidas es, paradójicamente,
nuestro mayor logro evolutivo. Mientras un chimpancé jamás entregaría su
plátano a cambio de una promesa futura —un banquete en el “cielo de los
monos”—, los seres humanos construimos catedrales, imperios, Estados nacionales
y sistemas financieros basados casi exclusivamente en relatos. Creemos en cosas
que no podemos ver, tocar ni verificar empíricamente, y esa creencia nos
permite cooperar con millones de desconocidos. Esa es la verdadera
singularidad humana.
Somos la
única especie capaz de generar una realidad intersubjetiva: entidades
que no existen en el mundo físico, pero que existen en el entramado simbólico
que compartimos. El dinero no es más que papel o números digitales; los
derechos humanos no son objetos naturales; las corporaciones, las fronteras y
las naciones no existen fuera del lenguaje y del consenso. Sin embargo, estas
ficciones gobiernan nuestra vida cotidiana con una fuerza enorme. Mientras
creamos en ellas, obedeceremos las mismas leyes, aceptaremos las mismas
jerarquías y podremos cooperar de forma eficaz, eficiente y efectiva. Esta
cooperación masiva explica tanto nuestros mayores logros como nuestras peores
catástrofes.
No todas
las ficciones son iguales. Algunas son transitorias y se disuelven con el
tiempo; otras atraviesan siglos; algunas aspiran a la eternidad. Pero sería un
error confundir ficción con inutilidad o daño. Muchas de estas construcciones
simbólicas son necesarias, incluso bellas. Proporcionan sentido, identidad y
estabilidad frente a la brutal indiferencia del mundo natural. Sin ellas, la
sociedad correría el riesgo de desintegrarse bajo el peso del caos, la
incertidumbre y el miedo.
La verdad, entendida como ese espacio casi
ideal entre la realidad física y nuestra interpretación subjetiva, es
conceptualmente pensable, pero psicológicamente incómoda. Es compleja, ambigua,
muchas veces dolorosa y casi siempre desestabilizadora. Por eso no solemos
buscarla con entusiasmo, ni como individuos ni como sociedades.
Los humanos preferimos relatos simples,
emocionalmente satisfactorios y políticamente útiles. No es casual que los
estamentos de poder prioricen la estabilidad y la cohesión por sobre la
fidelidad estricta a los hechos. Pero la
búsqueda de la verdad, aunque no garantice la felicidad, es el único mecanismo
para evitar ser manipulable en un entorno saturado de relatos. En este
contexto, la verdad no se manifiesta con estridencia, sino como un "susurro"
que solo puede ser escuchado por quienes están dispuestos.
En este
punto, la advertencia de Harari resulta particularmente incisiva: quien
aspire a conocer la verdad del mundo deberá estar dispuesto a renunciar a las
mieles del poder. Y, a la inversa, quien aspire a ejercer poder sobre
grandes masas deberá aceptar la necesidad de difundir ficciones movilizadoras. El
poder rara vez se apoya en verdades incómodas; se sostiene sobre narrativas que
unifican, tranquilizan o exaltan.
Aun así,
existe una pequeña y persistente resistencia. La encarnan, sobre todo, los
científicos, que avanzan con paciencia y humildad en la búsqueda de esa verdad
siempre provisional, limpiando una y otra vez el lente con el que observamos el
universo. Tal vez también algunos políticos idealistas, conscientes de que sin
un mínimo compromiso con los hechos, la democracia se degrada en manipulación.
No
deberíamos, entonces, demonizar la palabra posverdad ni usarla como un insulto
moral automático. Como nos enseñó la semiótica, la capacidad de crear lo que no
existe es la base misma de nuestra inteligencia simbólica. El problema no es
la ficción, sino la falta de conciencia sobre su naturaleza y su uso. Cuando
olvidamos que vivimos en relatos, nos volvemos presa fácil de quienes los
manipulan.
Resulta pertinente la sentencia de Umberto Eco, tan
sencilla como profunda: “...si una cosa no puede usarse para mentir, tampoco
puede usarse para decir la verdad...”
Epílogo
La
posverdad no es el problema. El problema es la renuncia consciente para
distinguir entre ficción útil y engaño deliberado. No vivimos engañados por
error, sino —cada vez más— por comodidad. Elegimos relatos que nos abracen
antes que hechos que nos incomoden. Y en esa elección cotidiana, silenciosa, se
juega algo más que una opinión: se juega la posibilidad misma de una ciudadanía
libre.
Cuando
dejamos de exigir razones y pruebas, no desaparece el poder: cambia de forma.
Ya no manda mediante la fuerza ni la censura, sino mediante la inducción
emocional, la saturación narrativa y el diseño invisible de nuestras creencias.
No nos ordena qué pensar; nos sugiere qué sentir. Y lo hace tan bien que
confundimos obediencia con convicción.
La
posverdad triunfa cuando el individuo abdica de su responsabilidad epistémica.
Cuando deja de preguntarse ¿esto es cierto? y se conforma con ¿esto
me representa? En ese punto, la mentira deja de ser un problema moral y se
vuelve una herramienta política de altísima eficiencia. No necesita ser creída
por todos; alcanza con que sea emocionalmente funcional.
La ciencia,
con todas sus limitaciones, sigue siendo uno de los pocos espacios donde el
error no se oculta, sino que se declara. Donde rectificar no es una debilidad,
sino una virtud. Por eso incomoda. Por eso no moviliza multitudes. Y por eso,
paradójicamente, sigue siendo indispensable. No se trata de añorar un pasado
que nunca existió ni de soñar con una humanidad purificada de ficciones. Se
trata de saber que mentimos, de saber cuándo nos mienten y, sobre
todo, de saber por qué preferimos creer. La lucidez no nos hará más
felices, pero quizás nos haga menos manipulables. En un mundo saturado de
relatos, la verdad no grita: susurra. Y solo quien está dispuesto a
soportar el silencio incómodo que deja al descubierto, puede todavía
escucharla.
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