Comienza el último mes de 2016
y, como ocurre tantas veces, una cena entre amigos se transforma en un espacio
de revelación. No fue una conversación trivial: el tema fue la soledad. No la
soledad declamada en redes sociales ni la romantizada por cierta literatura,
sino la soledad vivida, padecida, encarnada. Aquella que no se elige y que,
cuando irrumpe, altera algo esencial en la condición humana.
El relato de un amigo marcó el
tono. Tras la muerte de su esposa, la soledad se volvió tan intensa que llegó a
sospechar que padecía una enfermedad. Y no estaba equivocado. Hoy se lo ve
recuperado, vital, casi diría muy vivo. Había estado enfermo, sí, pero no de
una patología clásica: había estado enfermo de soledad. Una enfermedad
silenciosa, poco diagnosticada, pero profundamente devastadora.
Esto parte de esa escena para
desarrollar una idea central: La soledad no es un estado emocional pasajero ni
una mera circunstancia social; es una patología del lazo humano,
con efectos psicológicos, biológicos y éticos que comprometen nuestra humanidad
de manera integral.
Estar solo
no es estar en soledad
Cacho
introduce una distinción fundamental: a veces le gusta estar solo. Y tiene
razón. Estar solo puede ser un acto de libertad, de recogimiento, de creación.
La soledad, en cambio, es otra cosa. No es elección sino destino; no es pausa
sino ruptura.
Mientras el
estar solo preserva la posibilidad del vínculo, la soledad la suspende. Estar en soledad no es estar simplemente sin otros: es estar fuera del
circuito de pertenencia. Por eso la soledad no se limita a un malestar psíquico, sino que se manifiesta como una enfermedad que
atraviesa a la persona de punta a punta, desde las sinapsis neuronales hasta
los linfocitos, desde el lenguaje hasta el sistema inmune.
La confusión entre soledad y depresión es
frecuente. Muchas veces se las superpone, se las diagnostica como equivalentes.
Sin embargo, aunque puedan coexistir, no son lo mismo. La soledad suele ser el
disparador, el terreno fértil sobre el que luego germina la depresión. Sus
mecanismos son distintos y, por lo tanto, también deberían serlo sus abordajes.
El pánico
por no pertenecer
Eduardo Punset lo expresa con
una claridad casi brutal: “Detrás de todo lo que hacemos está el pánico a la
soledad”. No al silencio, no al aislamiento momentáneo, sino a la condena de no
pertenecer a nada ni a nadie. Intuitivamente sabemos que, sin esa
inscripción, estamos perdidos.
Dice; “hay vida antes de la
muerte” cobra aquí un sentido particular. Si existe alguna vida después, que no
sea en detrimento de la previa. La soledad, entonces, aparece como una de las
grandes bestias contemporáneas a abatir, tan importante o más que la depresión,
y claramente distinta de ella.
Este pánico no es cultural ni
aprendido: es filogenético. Somos una especie social, constituida en y por el
vínculo. La soledad radical no es solo dolorosa: es antinatural.
La soledad
como fenómeno contagioso
John Cacioppo, psicólogo social,
aporta una dimensión inquietante: la soledad puede ser contagiosa. Pasa de mano
en mano y deja, a su paso, manos vacías. En soledad, el individuo se vuelve
hipersensible a las amenazas sociales; interpreta gestos ambiguos como
rechazos, silencios como abandonos.
Los estudios con gemelos
muestran que la soledad es relativamente estable en el tiempo y parcialmente
hereditaria, con una proporción similar atribuible a la herencia y a los
factores ambientales compartidos en la adultez. No debería sorprendernos: si el
vínculo nos constituye, también nos vulnera. La soledad no solo se padece: se
transmite. Comunidades enteras pueden enfermar de ella, aun en contextos de
hiperconectividad.
Biología de
una ruptura
Quizás el aspecto más negado de
la soledad es su impacto biológico. Lejos de ser un sentimiento etéreo, la
soledad produce alteraciones vasculares y endocrinas, incremento de la
actividad del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HPA), disminución de la expresión
de genes antiinflamatorios regulados por glucocorticoides (GREs) y
sobreexpresión de genes proinflamatorios mediados por NF-κB/Rel.
A esto se suman el deterioro del
sueño, la inmunidad alterada, la pérdida de autonomía vital, el aumento del
consumo de alcohol, la progresión del Alzheimer, la obesidad y una salud física
globalmente deficiente. La soledad inflama, envejece y acorta la vida. Dicho
sin eufemismos: el cuerpo acusa recibo de la ausencia de lazo.
La soledad
como problema ético
Hay aquí una dimensión ética
ineludible. Si la soledad enferma, entonces no puede seguir siendo tratada como
un problema individual o una debilidad personal. Es también una falla social.
Una sociedad que produce soledad en masa es una sociedad que erosiona sus
propios fundamentos. Desde una perspectiva utilitarista, incluso, la soledad es
ineficiente: incrementa costos sanitarios, reduce la productividad y deteriora
el bienestar colectivo. Pero aún más allá de ese cálculo, hay algo más grave:
la soledad deshumaniza.
Salir de la
soledad: EASE
Salir de la soledad no es
automático ni sencillo. Requiere un movimiento activo, muchas veces
contraintuitivo. El esquema EASE ofrece una brújula posible:
E –
Extenderse: salir de uno mismo. Romper el
repliegue defensivo que la soledad impone.
A –
Aplicación: reconocer que se está enfermo
de soledad y que es necesario un plan de acción para recuperarse.
S –
Seleccionar: no cualquier vínculo sirve. Se
trata de elegir, entre las personas conocidas, aquellas relaciones que nutren,
que llenan, que devuelven humanidad.
E – Esperar
lo mejor: una llamada al optimismo informado. Comprender los
efectos dañinos de la soledad y, aun así, apostar a la posibilidad de
reparación.
No es una receta mágica, pero sí
un gesto fundamental: un fracaso social con social y lo más grave es que la ruptura del lazo social es que deshumaniza.
Conclusión
La soledad no es estar solo. Es
quedar fuera del mundo humano. No hay soledad no patológica: hay silencios
elegidos y retiros fecundos, pero la soledad verdadera es siempre una señal de
alarma. Reconocerla como enfermedad no es estigmatizarla, sino devolverle su
gravedad y, con ella, la urgencia de abordarla. Porque allí donde la soledad se
cronifica, la humanidad se deteriora. Hablar de la soledad, como en aquella
cena de amigos, no es un ejercicio intelectual: es un acto de resistencia ante
la deshumanización que genera. A diferencia de la
depresión, la soledad se define como la pérdida del vínculo de
pertenencia, un pánico instintivo a quedar fuera del tejido humano. Se
describe además como un fenómeno contagioso y hereditario que
requiere un abordaje ético por parte de la sociedad. Finalmente, se propone
el método EASE como una estrategia activa para reconectar con
los demás y recuperar la salud integral.
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