La llamada de lo inconcluso,
epistemología de la pausa:
Vivimos en la cultura del "check-list". Desde la
educación formal hasta la gestión del tiempo, se nos entrena para valorar el
cierre, la conclusión y la tarea finalizada. Existe una ansiedad latente por
llegar al punto final, cerrar el libro y archivarlo en la estantería (física o
mental) con la satisfacción del deber cumplido. Sin embargo, existe una
sabiduría contraintuitiva —una "epistemología de la pausa"—
que sugiere que el verdadero aprendizaje no vive en la clausura, sino en la
suspensión.
Durante años, he cultivado un hábito que a muchos parecería
una herejía contra la disciplina: detener la lectura deliberadamente en el
momento de mayor interés o comprensión. No al final del capítulo, sino en el
medio del nudo, en la cúspide de una idea. Lo que comenzó como una intuición
personal se transformó en una experiencia fenomenológica recurrente: el libro,
aunque no esté a la vista, comienza a "llamarme".
Por supuesto esta sensación de ser convocado por un objeto
ausente, la mayoría de las veces un libro, que exprofeso paro de leer cuando
más me interesaba , no tenía idea de lo que ausencia representaba ,menos aún su
fundamentación profundamente
neurobiológica. Años después me entere que,
sin saberlo, estaba ejecutando una aplicación práctica del Efecto
Zeigarnik.
La paradoja del camarero
En la década de 1920, la psicóloga soviética Bluma
Zeigarnik observó una curiosidad en un café de Berlín: los camareros
recordaban con una precisión asombrosa los pedidos complejos de las mesas que
aún no habían pagado. Sin embargo, apenas la cuenta se saldaba, el recuerdo se
esfumaba instantáneamente. Zeigarnik descubrió que la mente humana mantiene en
un estado de "tensión cognitiva" las tareas inconclusas, otorgándoles
un acceso privilegiado a la memoria de trabajo. El cierre, por el
contrario, es una señal de "archivo y olvido".
Al aplicar esto a la lectura, le indicamos al cerebro que
puede desechar esa información porque la "amenaza" de lo desconocido
ha desaparecido.
La presencia de la ausencia
Lo más fascinante de este fenómeno no es solo la retención de
datos, sino la experiencia subjetiva que genera. Mencionaba anteriormente que
siento el "llamado" del libro incluso sin verlo físicamente. Esto
eleva el Efecto Zeigarnik de un simple mecanismo de memoria a un estado de procesamiento
en segundo plano.
Adenda:
Esto es distinto al estudio del café Tortoni , donde el
estudio se hacía acerca de los pedidos a los mozos, quienes recordaban el
pedido exactamente, siempre que los que los que habían hecho no cambiaran de
lugar en la mesa. Da para más.
Cuando dejamos una idea en suspenso, hackeamos nuestra propia
neurobiología. El texto deja de ser un objeto externo de papel y tinta para
convertirse en un "objeto interno". La mente, que por
naturaleza (Gestalt) aborrece los patrones incompletos, sigue
trabajando en la idea mientras caminamos, conducimos o dormimos.
Esa "llamada" que percibimos no es externa; es el
eco de nuestra propia red neuronal intentando cerrar el círculo. El libro nos
persigue porque, cognitivamente, nos lo hemos llevado puesto.
Una ética de la conversación: Más allá de la neurociencia, hay una
dimensión filosófica en esta estrategia. Si consideramos la lectura no como un
consumo de información, sino como un diálogo con el autor, la interrupción
cobra un nuevo sentido ético. Cerrar el libro es despedirse; interrumpirlo es
mantener al interlocutor con la palabra en la boca, vivo y presente en nuestra
consciencia.
Conclusión
Ese "llamado invisible" es la prueba de que el
conocimiento se ha vuelto orgánico. Al resistir la tentación de la clausura se activa el Efecto
Zeigarnik, manteniendo la información viva en la memoria de trabajo.
Esta tensión cognitiva permite que el cerebro continúe
procesando las ideas de forma subconsciente, transformando un objeto externo en
un pensamiento orgánico que nos acompaña constantemente. Al
evitar la conclusión apresurada, entablamos
un diálogo dinámico con el autor que trasciende el simple
consumo de datos. En última instancia, se defiende la idea de que lo
inconcluso posee una vitalidad única que fomenta una verdadera maestría
intelectual.
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