Edgardo A Marecos

lunes, enero 26, 2026

 

La llamada de lo inconcluso, epistemología de la pausa:

Vivimos en la cultura del "check-list". Desde la educación formal hasta la gestión del tiempo, se nos entrena para valorar el cierre, la conclusión y la tarea finalizada. Existe una ansiedad latente por llegar al punto final, cerrar el libro y archivarlo en la estantería (física o mental) con la satisfacción del deber cumplido. Sin embargo, existe una sabiduría contraintuitiva —una "epistemología de la pausa"— que sugiere que el verdadero aprendizaje no vive en la clausura, sino en la suspensión.

Durante años, he cultivado un hábito que a muchos parecería una herejía contra la disciplina: detener la lectura deliberadamente en el momento de mayor interés o comprensión. No al final del capítulo, sino en el medio del nudo, en la cúspide de una idea. Lo que comenzó como una intuición personal se transformó en una experiencia fenomenológica recurrente: el libro, aunque no esté a la vista, comienza a "llamarme".

 

Por supuesto esta sensación de ser convocado por un objeto ausente, la mayoría de las veces un libro, que exprofeso paro de leer cuando más me interesaba , no tenía idea de lo que ausencia representaba ,menos aún su fundamentación  profundamente neurobiológica. Años después me entere que,  sin saberlo, estaba ejecutando una aplicación práctica del Efecto Zeigarnik.

 

La paradoja del camarero

En la década de 1920, la psicóloga soviética Bluma Zeigarnik observó una curiosidad en un café de Berlín: los camareros recordaban con una precisión asombrosa los pedidos complejos de las mesas que aún no habían pagado. Sin embargo, apenas la cuenta se saldaba, el recuerdo se esfumaba instantáneamente. Zeigarnik descubrió que la mente humana mantiene en un estado de "tensión cognitiva" las tareas inconclusas, otorgándoles un acceso privilegiado a la memoria de trabajo. El cierre, por el contrario, es una señal de "archivo y olvido".

Dibujo en blanco y negro de una pareja

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.Texto, Aplicación

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Al aplicar esto a la lectura, le indicamos al cerebro que puede desechar esa información porque la "amenaza" de lo desconocido ha desaparecido.

 

La presencia de la ausencia

Lo más fascinante de este fenómeno no es solo la retención de datos, sino la experiencia subjetiva que genera. Mencionaba anteriormente que siento el "llamado" del libro incluso sin verlo físicamente. Esto eleva el Efecto Zeigarnik de un simple mecanismo de memoria a un estado de procesamiento en segundo plano.

Escala de tiempo

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Adenda:

Esto es distinto al estudio del café Tortoni , donde el estudio se hacía acerca de los pedidos a los mozos, quienes recordaban el pedido exactamente, siempre que los que los que habían hecho no cambiaran de lugar en la mesa. Da para más.

Cuando dejamos una idea en suspenso, hackeamos nuestra propia neurobiología. El texto deja de ser un objeto externo de papel y tinta para convertirse en un "objeto interno". La mente, que por naturaleza (Gestalt) aborrece los patrones incompletos, sigue trabajando en la idea mientras caminamos, conducimos o dormimos.

Esa "llamada" que percibimos no es externa; es el eco de nuestra propia red neuronal intentando cerrar el círculo. El libro nos persigue porque, cognitivamente, nos lo hemos llevado puesto.

Una ética de la conversación: Más allá de la neurociencia, hay una dimensión filosófica en esta estrategia. Si consideramos la lectura no como un consumo de información, sino como un diálogo con el autor, la interrupción cobra un nuevo sentido ético. Cerrar el libro es despedirse; interrumpirlo es mantener al interlocutor con la palabra en la boca, vivo y presente en nuestra consciencia.

Conclusión

Ese "llamado invisible" es la prueba de que el conocimiento se ha vuelto orgánico. Al resistir la tentación de la clausura se activa el Efecto Zeigarnik, manteniendo la información viva en la memoria de trabajo. Esta tensión cognitiva permite que el cerebro continúe procesando las ideas de forma subconsciente, transformando un objeto externo en un pensamiento orgánico que nos acompaña constantemente. Al evitar la conclusión apresurada,  entablamos un diálogo dinámico con el autor que trasciende el simple consumo de datos. En última instancia, se defiende la idea de que lo inconcluso posee una vitalidad única que fomenta una verdadera maestría intelectual.

domingo, enero 25, 2026

 

Corrientes Pora y Eritropoyetina( EPO)

Días atrás un médico  amigo me menciono algo acerca de la eritropoyetina y se me hizo presente la idea de que la mayoría no saben acerca de su historia ,historia que yo tuve la oportunidad de conocer muy de cerca porque cuando vine a Corrientes en la década del 70 trabajando como instructor del internado rotatorio en la Catedra del Profesor de Clínica Médica Felipe Lanari Zubiaur, se estaban realizando los estudios pioneros sobre eritropoyetina desarrollados en Corrientes los cuales fueron posibles gracias a una colaboración ejemplar entre Clínica Médica, Fisiología y Bioquímica.

En la sala de clínica ingresaban pacientes con anemias muy importantes por parasitosis de regiones como San Cayetano ,que era una de las zonas que más pacientes aportaron, se recolectaba la orina y luego se las llevaba a la facultad donde se  la procesaba. 

La eritropoyetina (EPO) es una hormona glucoproteica fundamental en la fisiología humana, cuya función principal es estimular la producción de glóbulos rojos (eritropoyesis) en la médula ósea. Esta síntesis está regulada por la necesidad de oxígeno tisular: cuando los riñones detectan hipoxia, aumentan la producción de EPO y se estimula la medula para corregir la anemia y restaurar la capacidad de transporte de oxígeno de la sangre.

 

 

Aunque hoy se asocia principalmente con la biotecnología moderna, como vemos la historia de la EPO tiene etapas previas de gran relevancia. Antes de la era de los biorreactores y la tecnología de ADN recombinante, la investigación necesitaba fuentes naturales de la hormona para aislarla y estandarizarla.

En las décadas de 1960 y 1970, investigaciones pioneras en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) en Corrientes, Argentina, aprovecharon una circunstancia local: La prevalencia de casos de anquilostomiasis ,el nombre describe una característica anatómica clave del parásito: Posee un aparato bucal curvado, con dientes o placas cortantes Esta “boca en gancho” le permite después de un recorrido que comienza entrando habitualmente por los pies descalzos, migrar por la sangre pasar por los pulmones entrar al aparato digestivo , fijarse firmemente a la mucosa intestinal lacerar el tejido y   alimentarse de sangre.

Provocaba anemia crónica severa en pacientes. Esa anemia extrema inducía a los riñones a secretar niveles extraordinariamente altos de eritropoyetina, cuya presencia estable en la orina permitió usarla como materia prima para su estudio y estandarización.

Es una  obligación ética reconocer que estos materiales fueron procesados y enviados para colaborar en la elaboración de las primeras preparaciones de referencia internacional de EPO que permitieron calibrar ensayos en todo el mundo no hubiese sido posible sin la colaboración de los doctores a cargo de equipo  de trabajo liderados por el Dr. Abraham Gutnisky y el bioquímico Dr. Oscar Ramon Cañete un querido primo , los cuales fueron claves en este esfuerzo interdisciplinario.  Esto fue y es un hito poco conocido en la historia de la hematología argentina, donde una patología local contribuyó a un avance global de la biomedicina.

Desde una mirada epistemológica , este episodio muestra algo notable: la ciencia global apoyándose en una patología local, y el conocimiento universal emergiendo de condiciones sanitarias periféricas, algo que rara vez se reconoce en los relatos canónicos.

Aplicaciones Clínicas Actuales: La principal indicación terapéutica de la eritropoyetina recombinante es el tratamiento de la anemia asociada con enfermedad renal crónica (ERC). Cuando los riñones fallan, la producción endógena de EPO disminuye, lo que conduce a anemia y fatiga severa. El uso de EPO recombinante mejora los niveles de hemoglobina y reduce la necesidad de transfusiones sanguíneas.

Además de las enfermedades renales, la EPO se indica en: Anemia inducida por quimioterapia en pacientes oncológicos. Anemia asociada a condiciones crónicas de salud o tratamientos agresivos. Algunas situaciones perioperatorias para reducir la necesidad de transfusiones. Actualmente hay más investigaciones sobre aplicaciones neuroprotectoras y potenciales beneficios en lesiones neurológicas, aunque estos usos aún están en fase de estudio.

Texto

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El uso indebido de EPO también ha sido documentado, especialmente en dopaje deportivo, donde se administra para aumentar la masa de glóbulos rojos y mejorar el rendimiento. Este uso no clínico está prohibido y puede causar complicaciones cardiovasculares graves si eleva excesivamente la hemoglobina.

Producción y Formas de Obtención: Hoy en día, la obtención de eritropoyetina para uso clínico no se basa en fuentes humanas naturales, sino en biotecnología: La EPO terapéutica es producida por tecnologías de ADN recombinante en células de cultivo (por ejemplo, células CHO u otros sistemas celulares).Este proceso permite generar grandes cantidades de eritropoyetina humana recombinante (rhEPO) con estructura y función equivalentes a la hormona natural.

La eritropoyetina recombinante es uno de los fitofármacos más importantes del mundo en términos de ventas y uso clínico. en ventas anuales, situándola entre los líderes del mercado de biológicos.  Según múltiples informes de mercado recientes: El mercado global de medicamentos con eritropoyetina alcanzó aproximadamente USD 10.9–11.5 mil millones en 2024 y sigue creciendo.

La demanda es impulsada fundamentalmente por: El aumento de enfermedad renal crónica y población envejecida. La prevalencia de anemia relacionada con el tratamiento oncológico. La expansión de redes de diálisis y atención hospitalaria.

Conclusión

La eritropoyetina representa uno de los ejemplos más exitosos de cómo una molécula natural esencial puede ser transformada por la biotecnología en un medicamento de alto impacto médico y económico. Desde sus usos iniciales y fuentes naturales —incluyendo el histórico aporte de Corrientes— hasta la producción recombinante actual, EPO ilustra una trayectoria desde la investigación básica hasta la terapia global.

A nivel terapéutico, sigue siendo indispensable en la gestión de la anemia asociada a enfermedades crónicas, con un mercado consolidado y en expansión que refleja tanto las necesidades sanitarias actuales como los avances continuos en biotecnología médica. Por supuesto esta parasitosis hoy es muy infrecuente.

 

 

Los trabajos realizados en Corrientes (UNNE), con pacientes con anquilostomiasis severa, posibilitaron  disponer de eritropoyetina humana auténtica en cantidad suficiente, antes de eso, la eritropoyetina era: una entidad fisiológica inferida, con actividad biológica demostrable, pero prácticamente inaccesible como molécula aislada. La orina de pacientes correntinos con anemia extrema contenía concentraciones excepcionalmente altas y estables de eritropoyetina , algo que no se conseguía en otros contextos clínicos.

Esto permitió aislarla, concentrarla y conservarla. Estandarizar su actividad biológica. Con ese material se logró: Crear preparaciones de referencia internacional Definir qué significa “una unidad de eritropoyetina” Comparar resultados entre laboratorios del mundo

Esto es crucial: sin un estándar biológico, no hay bioquímica estructural confiable, la ciencia no puede describir una molécula si no sabe cuándo está realmente presente y activa. Confirmar que era una proteína hormonal específica. Fueron los preparados urinarios que permitieron demostrar que la EPO: era una glucoproteína, con peso molecular definido, con actividad altamente específica sobre la médula ósea. Esto descartó que fuera un “efecto inespecífico” o un simple metabolito

sábado, enero 24, 2026

 

POSVERDAD

En una cena de amigos, Alfredo me preguntó si tenía algo escrito acerca de la posverdad. Asumí el compromiso de enviarle algunas reflexiones sobre esta palabra que parece estar hoy en boca de todos y que, sin embargo, pocas veces se examina con la profundidad que merece. Al pensarlo mejor, me pareció interesante retomar y expandir el aporte de Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, cruzándolo con lo que sabemos sobre el funcionamiento de nuestra propia mente, tal como lo revelan la neurociencia, la psicología evolutiva y la antropología.

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Se nos repite insistentemente que vivimos en una nueva era: la era de la posverdad. Una época en la que los hechos objetivos habrían perdido peso frente a las emociones, las creencias y las narrativas identitarias. El concepto de "posverdad" suele presentarse como un fenómeno contemporáneo donde los hechos objetivos son desplazados por las emociones y creencias. Sin embargo, un análisis profundo basado en la neurociencia, la antropología y la historia revela que la posverdad no es una anomalía de la era moderna, sino una constante estructural de la especie humana.

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Los ejemplos abundan: noticias falsas, discursos políticos deliberadamente engañosos, reescrituras interesadas del pasado, relatos épicos que justifican acciones presentes en nombre de una “verdad superior”, ya sea la patria, la fe, el progreso o una ideología. Pero frente a este diagnóstico aparece una pregunta tan simple como inquietante: si esta es la era de la posverdad, cuál fue entonces la era de la verdad.

Una mirada rápida —aunque honesta— a la historia de la humanidad vuelve esa pregunta profundamente problemática. No parece haber existido nunca una Edad de Oro en la que las sociedades humanas se hayan regido mayoritariamente por la verdad factual, desnuda y objetiva.

Más bien al contrario: mitos fundacionales, genealogías inventadas, relatos heroicos, dioses tutelares y enemigos demonizados acompañan a todas las civilizaciones conocidas. Por eso no resulta descabellado sostener que no estamos entrando en la posverdad, sino que hemos vivido siempre en ella. Desde este punto de vista, la posverdad no sería una anomalía moderna, sino una constante estructural de nuestra especie.

Las evidencias de que somos, en sentido estricto, la especie de la posverdad son biológicas y antropológicas. Nuestro cerebro no evolucionó para conocer la verdad objetiva del mundo, sino para maximizar nuestras probabilidades de supervivencia y de pertenencia a un grupo. Las neurociencias muestran con claridad que percibimos, recordamos y razonamos de manera sesgada, filtrando la información según nuestras expectativas, emociones y lealtades. No buscamos la verdad; buscamos sentido, cohesión y seguridad.

Un dibujo de una persona

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La capacidad de crear y sostener ficciones compartidas es, paradójicamente, nuestro mayor logro evolutivo. Mientras un chimpancé jamás entregaría su plátano a cambio de una promesa futura —un banquete en el “cielo de los monos”—, los seres humanos construimos catedrales, imperios, Estados nacionales y sistemas financieros basados casi exclusivamente en relatos. Creemos en cosas que no podemos ver, tocar ni verificar empíricamente, y esa creencia nos permite cooperar con millones de desconocidos. Esa es la verdadera singularidad humana.

Somos la única especie capaz de generar una realidad intersubjetiva: entidades que no existen en el mundo físico, pero que existen en el entramado simbólico que compartimos. El dinero no es más que papel o números digitales; los derechos humanos no son objetos naturales; las corporaciones, las fronteras y las naciones no existen fuera del lenguaje y del consenso. Sin embargo, estas ficciones gobiernan nuestra vida cotidiana con una fuerza enorme. Mientras creamos en ellas, obedeceremos las mismas leyes, aceptaremos las mismas jerarquías y podremos cooperar de forma eficaz, eficiente y efectiva. Esta cooperación masiva explica tanto nuestros mayores logros como nuestras peores catástrofes.

No todas las ficciones son iguales. Algunas son transitorias y se disuelven con el tiempo; otras atraviesan siglos; algunas aspiran a la eternidad. Pero sería un error confundir ficción con inutilidad o daño. Muchas de estas construcciones simbólicas son necesarias, incluso bellas. Proporcionan sentido, identidad y estabilidad frente a la brutal indiferencia del mundo natural. Sin ellas, la sociedad correría el riesgo de desintegrarse bajo el peso del caos, la incertidumbre y el miedo.

La verdad, entendida como ese espacio casi ideal entre la realidad física y nuestra interpretación subjetiva, es conceptualmente pensable, pero psicológicamente incómoda. Es compleja, ambigua, muchas veces dolorosa y casi siempre desestabilizadora. Por eso no solemos buscarla con entusiasmo, ni como individuos ni como sociedades.

 

 

Los humanos preferimos relatos simples, emocionalmente satisfactorios y políticamente útiles. No es casual que los estamentos de poder prioricen la estabilidad y la cohesión por sobre la fidelidad estricta a los hechos. Pero la búsqueda de la verdad, aunque no garantice la felicidad, es el único mecanismo para evitar ser manipulable en un entorno saturado de relatos. En este contexto, la verdad no se manifiesta con estridencia, sino como un "susurro" que solo puede ser escuchado por quienes están dispuestos.

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En este punto, la advertencia de Harari resulta particularmente incisiva: quien aspire a conocer la verdad del mundo deberá estar dispuesto a renunciar a las mieles del poder. Y, a la inversa, quien aspire a ejercer poder sobre grandes masas deberá aceptar la necesidad de difundir ficciones movilizadoras. El poder rara vez se apoya en verdades incómodas; se sostiene sobre narrativas que unifican, tranquilizan o exaltan.

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Aun así, existe una pequeña y persistente resistencia. La encarnan, sobre todo, los científicos, que avanzan con paciencia y humildad en la búsqueda de esa verdad siempre provisional, limpiando una y otra vez el lente con el que observamos el universo. Tal vez también algunos políticos idealistas, conscientes de que sin un mínimo compromiso con los hechos, la democracia se degrada en manipulación.

No deberíamos, entonces, demonizar la palabra posverdad ni usarla como un insulto moral automático. Como nos enseñó la semiótica, la capacidad de crear lo que no existe es la base misma de nuestra inteligencia simbólica. El problema no es la ficción, sino la falta de conciencia sobre su naturaleza y su uso. Cuando olvidamos que vivimos en relatos, nos volvemos presa fácil de quienes los manipulan.

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Resulta  pertinente la sentencia de Umberto Eco, tan sencilla como profunda: “...si una cosa no puede usarse para mentir, tampoco puede usarse para decir la verdad...”

Epílogo

La posverdad no es el problema. El problema es la renuncia consciente para distinguir entre ficción útil y engaño deliberado. No vivimos engañados por error, sino —cada vez más— por comodidad. Elegimos relatos que nos abracen antes que hechos que nos incomoden. Y en esa elección cotidiana, silenciosa, se juega algo más que una opinión: se juega la posibilidad misma de una ciudadanía libre.

Cuando dejamos de exigir razones y pruebas, no desaparece el poder: cambia de forma. Ya no manda mediante la fuerza ni la censura, sino mediante la inducción emocional, la saturación narrativa y el diseño invisible de nuestras creencias. No nos ordena qué pensar; nos sugiere qué sentir. Y lo hace tan bien que confundimos obediencia con convicción.

La posverdad triunfa cuando el individuo abdica de su responsabilidad epistémica. Cuando deja de preguntarse ¿esto es cierto? y se conforma con ¿esto me representa? En ese punto, la mentira deja de ser un problema moral y se vuelve una herramienta política de altísima eficiencia. No necesita ser creída por todos; alcanza con que sea emocionalmente funcional.

La ciencia, con todas sus limitaciones, sigue siendo uno de los pocos espacios donde el error no se oculta, sino que se declara. Donde rectificar no es una debilidad, sino una virtud. Por eso incomoda. Por eso no moviliza multitudes. Y por eso, paradójicamente, sigue siendo indispensable. No se trata de añorar un pasado que nunca existió ni de soñar con una humanidad purificada de ficciones. Se trata de saber que mentimos, de saber cuándo nos mienten y, sobre todo, de saber por qué preferimos creer. La lucidez no nos hará más felices, pero quizás nos haga menos manipulables. En un mundo saturado de relatos, la verdad no grita: susurra. Y solo quien está dispuesto a soportar el silencio incómodo que deja al descubierto, puede todavía escucharla.

viernes, enero 23, 2026

 

Pasado, futuro y el universo dinámico:

                     Ciencia, superstición y el deseo de certidumbre

 



El deseo de saber qué vendrá: Todos quisiéramos conocer algo acerca del futuro. La incertidumbre inquieta, y frente a ella hemos construido narraciones, ritos, cálculos y promesas. No sorprende, entonces, que muchos amigos confíen en los vaticinios del horóscopo y organicen, siquiera parcialmente, sus agendas a partir de ellos. Dado lo frecuente del tema, resulta oportuno examinarlo sin prejuicios, pero con criterio.

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Como postulaba Peter Medawar, premio Nobel de Medicina:

“El gran mérito de la ciencia, más que habernos librado de las enfermedades, es habernos librado de la superstición y la ignorancia.”

Esta afirmación no niega el asombro ni la esperanza, pero sí establece un límite: no todo lo que tranquiliza explica, y no todo lo que explica consuela.

La Filosofía natural y una bifurcación histórica; en sus orígenes, la astronomía y la cosmología formaban una unidad con lo que los fundadores de la civilización occidental denominaron filosofía natural. Allí convivían la observación del cielo, la reflexión metafísica y las primeras conjeturas causales. Sin embargo, en ese mismo núcleo germinal se alojaba un intruso tan antiguo como persistente: la astrología.

Durante siglos, el “combo” astronomía–cosmología pareció sellado, pero el desarrollo del método científico introdujo una bifurcación decisiva. Mientras unas disciplinas avanzaron afinando la medición y la revisión crítica, la astrología permaneció aferrada a esquemas simbólicos inmunes al error.

Pero el escepticismo no es nuevo. Ya Cicerón (106–43 a.C.) advertía:

“¿Todos los que murieron en Cannas habían nacido bajo el mismo horóscopo? Sin embargo, todos tuvieron el mismo fin.”

La observación es devastadora: si el destino estuviera inscripto en los astros, la diversidad biográfica debería reflejarse en los cielos, y no al revés.

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La astrología se basa , aunque la mayoría no lo sepa ni  le interese .en la premisa de un escenario estático, donde el cielo es un telón de fondo fijo. La ciencia, sin embargo, nos ha revelado una verdad más incómoda y fascinante: todo se mueve, todo cambia.

Primero, la Tierra no es estable. Existe la precesión de los equinoccios. Al igual que un trompo que pierde velocidad, el eje de nuestro planeta describe un lento círculo en el espacio, un "cabeceo" provocado por la gravedad.

Este movimiento hace que el "telón de fondo" en este caso el de las estrellas se desplace. Cuando un horóscopo dice que el Sol entra en Aries, astronómicamente es muy probable que esté entrando en Piscis. El mapa astrológico está congelado en el tiempo, ignorando la realidad física.

Pero el dinamismo no termina ahí. La Tierra también experimenta los Ciclos de Milankovitch: su órbita se estira y se encoge (excentricidad) y su inclinación varía a lo largo de milenios. Y para colmo, el propio Sol tampoco es una "lámpara eterna". Es una estrella activa que atraviesa ciclos magnéticos de 11 años y que, en una escala mayor, está evolucionando y envejeciendo, cambiando su luminosidad y tamaño.

Imagen de sun life cycle diagram

La conclusión es clara: querer predecir un destino humano basándose en un cielo "fijo" es como intentar navegar el océano actual usando un mapa de la Pangea. El territorio ha cambiado; el mapa de la creencia, no.

Ciencia, asombro y la trampa de la vaguedad Pese a esta evidencia abrumadora, la astrología persiste. Una portada del Daily Mail de 1997 lo ilustra: “El poderoso Neptuno está a punto de unir sus fuerzas con Urano… Esto tendrá consecuencias espectaculares.” La frase es vacía y, justamente por eso, irresistible. No especifica qué ocurrirá, pero promete sentido.

Es oportuno recordar la psicología del creer: nos revela que la respuesta no es astronómica, sino cognitiva. En primer lugar, opera el "Efecto Forer": nuestra tendencia a aceptar como descripciones profundas y personales afirmaciones tan vagas que podrían aplicar a cualquiera. En segundo lugar, como explicó el Nobel Daniel Kahneman, nuestra mente utiliza atajos. Aquí actúa el "sesgo de confirmación": nuestro cerebro (el intuitivo "Sistema 1") busca validar lo que ya desea creer. Retenemos los aciertos casuales del horóscopo ("¡hoy conocí a alguien importante!") y olvidamos sistemáticamente sus miles de fallos.

Adenda

El Efecto Barnum (bautizado así por la habilidad del showman para vender ilusiones masivas) utiliza descripciones vagas (Efecto Forer) que nuestro cerebro valida erróneamente filtrando la realidad (Sesgo de Confirmación), creando así la base fundamental de por qué creemos en sistemas como la Astrología que satisface la necesidad de una narrativa personal. La ciencia, en cambio, ofrece incertidumbre. No nos dice qué nos pasará mañana, sino por qué nadie puede decirlo con honestidad.

En el barrio :  "No que seas... pero sí..." es la llave maestra del efecto Forer porque: Niega el defecto (baja tus defensas). Ofrece una virtud camuflada (alimenta el ego). Es tan vago que cualquiera puede proyectarse en ello.

 

Epílogo

Yo no creo en el horóscopo: soy sagitariano. Aunque antes pertenecía a Capricornio, hasta que leí los nuevos cálculos. Naturalmente, este cambio modifica inexorablemente mi destino. A los creyentes, solo una recomendación: infórmense dónde quedó ubicado en la nueva rueda de los animales. El cielo cambió; las creencias, no siempre.

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