Edgardo A Marecos

domingo, enero 04, 2026

 

Clasificar para comprender I

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No cabe duda de que las clasificaciones constituyen una herramienta central del pensamiento humano. Aun cuando su carácter sea convencional y, en cierto sentido, arbitrario, resulta difícil imaginar cualquier forma de conocimiento —científico o no— que prescinda de ellas. Clasificar no es un gesto accesorio: es una forma de comprender, una de las herramientas mas potentes para ordenar. nos pasamos clasificando.

La reflexión que sigue tuvo su origen en una conversación informal, con Oscar que defendía la posibilidad de clasificar libremente, sin atender a criterios compartidos. La afirmación —provocadora y deliberadamente exagerada— ponía en primer plano una tensión fundamental: la que existe entre la libertad intelectual individual y la necesidad social de sistemas de orden que hagan posible la comunicación y el entendimiento.

Este problema fue abordado con notable agudeza por Jorge Luis Borges en su ensayo El idioma analítico de John Wilkins, donde analiza los intentos de construir lenguajes y clasificaciones universales. Borges reproduce allí algunas categorías propuestas por Wilkins, cuya arbitrariedad roza lo absurdo, y las compara con una supuesta enciclopedia chinael Emporio celestial de conocimientos benévolos— en la que los animales se clasifican según criterios tan heterogéneos como “pertenecientes al Emperador”, “embalsamados”, “fabulosos” o “que de lejos parecen moscas”.

Estas clasificaciones, si bien lógicamente posibles, revelan con claridad que no toda forma de ordenar produce conocimiento. Su extravagancia no radica solo en la rareza de los criterios utilizados, sino en la imposibilidad práctica de establecer relaciones conceptuales estables entre los elementos clasificados. No es casual que esta enciclopedia haya servido a Michel Foucault como punto de partida para Las palabras y las cosas, donde se interroga precisamente por los límites históricos y culturales de los sistemas de orden.

El interés de Borges por este problema reaparece en Funes el memorioso. Allí, el protagonista es incapaz de abstraer: cada objeto, cada experiencia, exige un nombre propio. El resultado es un sistema imposible, en el que los números dejan de ser tales para convertirse en una rapsodia de referencias singulares. Borges señala con ironía que ese intento extremo de fidelidad a lo particular no solo no amplía el conocimiento, sino que lo paraliza. Sin abstracción, sin clasificación, no hay pensamiento operativo.

Todo indica que las clasificaciones surgieron de manera simultánea al lenguaje. No solo como medio de comunicación, sino como condición de comprensión mutua. Clasificar permitió, desde sus orígenes, establecer acuerdos mínimos sobre el mundo compartido: distinguir, comparar, repartir, evaluar. En este sentido, clasificar es una forma de condensar lo máximo compartido en la mínima expresión posible.

Para que esto fuera viable, fue necesario adoptar códigos comunes y un determinado orden conceptual que hiciera posibles las relaciones entre los conceptos. Estos sistemas, lejos de ser definitivos, debían —y deben— conservar la posibilidad de modificarse según las necesidades históricas y cognitivas.

Uno de los primeros modelos formales de organización del conocimiento fue el llamado Árbol de Porfirio, estructura jerárquica que ordena los conceptos desde lo más universal hasta lo más particular mediante dicotomías sucesivas. Este modelo, cuya influencia atraviesa siglos, se apoya en una metáfora profundamente arraigada en nuestra cultura: la vida como árbol. No es casual que en la tradición bíblica aparezcan el árbol del conocimiento del bien y del mal y el árbol de la vida como símbolos fundamentales.

A lo largo del tiempo, este esquema jerárquico dio lugar a diversas representaciones gráficas del conocimiento, como los mapas conceptuales, los árboles de decisión o de resolución. Frente a estos modelos, Gilles Deleuze y Félix Guattari propusieron el concepto de rizoma, una estructura no jerárquica, sin centro ni orden único, inspirada en ciertos vegetales de crecimiento horizontal, como el jengibre. El rizoma intenta dar cuenta de la complejidad, la multiplicidad y la no linealidad del pensamiento, aunque su alcance filosófico excede ampliamente la metáfora botánica.

En el ámbito científico, la necesidad de clasificar adquirió un carácter sistemático muy temprano. En medicina, Hipócrates inició una clasificación racional de las enfermedades, tarea que siglos más tarde continuó Thomas Sydenham. La nosología, entendida como el estudio y ordenamiento de las enfermedades, supone describir, diferenciar y agrupar entidades patológicas de acuerdo con el conocimiento disponible en un momento histórico determinado y con los supuestos teóricos sobre la naturaleza de los procesos que las originan.

Sin embargo, fue Carl Linneo quien estableció el primer sistema de clasificación científica verdaderamente universal. Su trabajo, desarrollado en el siglo XVIII, dio origen a la taxonomía moderna, basada en la identificación de similitudes y diferencias esenciales. Aún hoy, su sistema continúa siendo una referencia insoslayable, aunque en la práctica se utilicen versiones simplificadas.

En un sentido más general, los conceptos pueden entenderse como los rasgos comunes de los objetos, cualquiera sea su naturaleza. Los términos género y especie indican una relación entre extensión y comprensión: a mayor extensión, menor comprensión, y viceversa. Este ordenamiento conceptual puede realizarse mediante dos operaciones lógicas complementarias: la división (del género a la especie) y la clasificación (de los individuos al género). Aunque conceptualmente distintas, ambas cumplen funciones equivalentes en la práctica cognitiva.

Para que una clasificación sea eficaz, debe cumplir ciertas condiciones: ser lo más completa posible, basarse en semejanzas relevantes, apoyarse en datos positivos, expresar notas esenciales y permitir el establecimiento de relaciones nuevas. Lejos de ser un ejercicio estático, una buena clasificación funciona como un compendio dinámico del conocimiento de una disciplina.

Aceptar una clasificación puramente individual y arbitraria implica renunciar a la comunicación y, en última instancia, al conocimiento compartido. Las clasificaciones solo adquieren valor cuando son socialmente aceptadas, independientemente de que su carácter sea científico o convencional. Comparar es la condición para evaluar, y evaluar es condición para mejorar.

En este contexto resulta especialmente relevante la taxonomía propuesta por Benjamín Bloom y su equipo, orientada a facilitar la planificación y evaluación de los procesos de enseñanza y aprendizaje. Bloom distingue tres dominios: el cognitivo, el afectivo y el psicomotor, cada uno organizado en niveles jerárquicos que describen distintos grados de complejidad.

 

El dominio cognitivo se orienta al desarrollo del pensamiento y del conocimiento. En su versión clásica y revisada, comprende los niveles de recordar, comprender, aplicar, analizar, evaluar y crear, los cuales describen una progresión desde la recuperación de información hasta la producción de conocimiento original. Este dominio resulta central para la formación del pensamiento crítico y reflexivo, especialmente en el ámbito universitario.

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El dominio afectivo aborda la dimensión valorativa y actitudinal del aprendizaje. Sus niveles —recepción, respuesta, valoración, organización y caracterización— describen el proceso mediante el cual los valores son progresivamente internalizados y se manifiestan de manera consistente en la conducta del estudiante . Este dominio introduce una dimensión ética fundamental en la formación académica.

El dominio psicomotor o social se vincula con el desarrollo de habilidades prácticas y de desempeño. A través de niveles como imitación, manipulación, precisión, articulación y naturalización, este dominio describe la adquisición progresiva de competencias que permiten la transferencia del aprendizaje a contextos reales y profesionales .

Esta propuesta muestra con claridad que clasificar no es solo ordenar, sino también operar, planificar y transformar la práctica. Como señala Martin Gardner, una parte considerable del tiempo de funcionamiento de los ordenadores se dedica a resolver problemas de clasificación, lo que confirma su centralidad incluso en los sistemas más avanzados.

Pese a su relevancia teórica y operativa, la Taxonomía de Bloom continúa siendo insuficientemente comprendida y aplicada en numerosas áreas disciplinares, incluso en el ámbito universitario. Con frecuencia, su uso se reduce a listados de verbos o a esquemas formales desvinculados del diseño curricular y de la evaluación real del aprendizaje, ignorando la riqueza de los dominios afectivo y psicomotor. En el contexto contemporáneo, atravesado por la digitalización, la inteligencia artificial y los desafíos éticos globales, esta reducción resulta particularmente problemática.

La educación superior exige formar sujetos capaces de pensar críticamente, actuar con responsabilidad ética y transferir el conocimiento a situaciones complejas. En este sentido, la Taxonomía de Bloom requiere una adaptación crítica y contextualizada, no para ser reemplazada, sino para ser reapropiada en profundidad.

El desafío actual consiste en recuperar su densidad epistemológica y asumirla como un instrumento vivo para la formación integral, capaz de articular conocimiento riguroso, valores internalizados y acción transformadora.

En definitiva, las clasificaciones no son un lujo intelectual ni una imposición dogmática: son una condición de posibilidad del pensamiento, de la comunicación y de la acción. Lejos de limitar la libertad intelectual, la hacen operativa y compartible.

 

Epílogo

Toda clasificación es, en última instancia, un artificio. No refleja el mundo tal como es, sino el modo en que una comunidad decide hacerlo inteligible en un momento histórico determinado. Sin embargo, reconocer este carácter convencional no la vuelve prescindible. Por el contrario, pone de relieve su verdadera función: no decir qué son las cosas, sino permitirnos pensar, comparar y actuar sobre ellas.

La pretensión de una clasificación absolutamente libre, desligada de criterios compartidos, conduce a un callejón sin salida. No porque sea ilegítima, sino porque es estéril. Una clasificación que solo puede ser comprendida por quien la produce no amplía el conocimiento: lo aísla. Allí donde desaparece el acuerdo mínimo sobre los criterios, desaparece también la posibilidad de evaluación, de corrección y de progreso.

Las clasificaciones eficaces no son las más rígidas ni las más exhaustivas, sino aquellas que logran un delicado equilibrio entre estabilidad y revisión, entre tradición y cambio. Son estructuras abiertas, provisorias, siempre expuestas a la crítica y a la reformulación. Su fuerza no reside en su pretensión de verdad definitiva, sino en su capacidad para generar relaciones, revelar regularidades y hacer visibles nuevas preguntas.

Clasificar es, entonces, un acto profundamente social y ético. Supone asumir que el conocimiento no es un ejercicio solitario, sino una construcción colectiva, sujeta a reglas que no limitan la libertad intelectual, sino que la vuelven comunicable. En ese sentido, toda clasificación es también una forma de responsabilidad: frente a los otros, frente al saber heredado y frente a lo que todavía no sabemos.

Tal vez por eso seguimos clasificando, a pesar de sus fallas y de sus arbitrariedades. No porque creamos haber encontrado el orden último de las cosas, sino porque sin algún orden compartido el mundo deja de ser pensable. Y un mundo que no puede pensarse es, inevitablemente, un mundo en el que tampoco se puede intervenir.

 

sábado, enero 03, 2026

 

 

La Arquitectura Oculta de la Vida

 

Redes de Mundo Pequeño y Escala Libre como sistema operativo de la naturaleza

 

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Debajo de la inmensa diversidad de formas biológicas, sociales y tecnológicas subyace una arquitectura matemática común: una estructura que permite que la información circule con rapidez, que la energía se optimice y que los sistemas crezcan sin colapsar. Esta arquitectura es la combinación híbrida de redes de Mundo Pequeño y redes Libres de Escala, un patrón que aparece de manera recurrente en la biología, la naturaleza, la sociedad y la tecnología.

 

Esta hibridez funciona como el verdadero “sistema operativo” de la naturaleza. No se trata de un diseño arbitrario ni de una metáfora estética, sino del tipo de organización más robusto conocido bajo las restricciones impuestas por las leyes de la física. Es, hasta donde sabemos, la forma más eficiente de permitir la emergencia y persistencia de la complejidad viva.

 

El dilema termodinámico de la vida

La naturaleza es profundamente económica. Desde una perspectiva termodinámica, todo sistema vivo enfrenta un dilema central:

 

¿Cómo conectar millones de componentes gastando la mínima energía posible, sin sacrificar velocidad ni capacidad de adaptación?

 

Las soluciones extremas fracasan:

  • Conectar todo con todo es energéticamente inviable. Un cerebro así requeriría volúmenes y consumos imposibles.
  • Conectar solo vecinos cercanos es demasiado lento. La información tardaría tanto en propagarse que el organismo no podría responder al entorno.

Las redes de Mundo Pequeño resuelven este dilema al combinar dos principios:

  • conectividad local intensa (clusters altamente cohesionados),
  • y unos pocos atajos globales estratégicos.

El resultado es una red con distancias globales cortas y costos locales mínimos. No solo es eficiente: representa un óptimo físico plausible, el mejor compromiso conocido entre gasto energético, velocidad y robustez.

 

Crecer sin rediseñar: la propiedad de las redes Libres de Escala

 

La segunda gran exigencia de la vida es poder crecer sin necesidad de rediseñar todo el sistema en cada paso. Aquí emerge la importancia de las redes Libres de Escala.

Estas redes se caracterizan por:

  • una distribución altamente desigual de conexiones,
  • la existencia de hubs (nodos altamente conectados),
  • y una estructura autosimilar o invariante de escala.

Gracias a esta topología, nuevos nodos pueden incorporarse sin alterar la arquitectura global: simplemente se conectan preferentemente a los hubs existentes. Este mecanismo permite un crecimiento sostenido, incremental y flexible, sin colapso estructural.

Por ello, una proteína, una célula, un cerebro, una ciudad, un ecosistema o una red tecnológica pueden construirse siguiendo el mismo plano topológico, a escalas radicalmente distintas.

 

El borde del caos: orden suficiente, desorden suficiente

 

La vida no puede existir en los extremos:

  • Orden rígido: estabilidad sin creatividad (un cristal).
  • Caos total: dinamismo sin estructura (un gas).

Como señala la teoría de la complejidad, la vida habita “al borde del caos”. Las redes de Mundo Pequeño materializan exactamente esta condición: suficiente orden para preservar la identidad, suficiente aleatoriedad para permitir innovación y adaptación.

Este equilibrio explica por qué:

  • pequeños eventos pueden producir efectos desproporcionados,
  • los sistemas vivos son creativos sin desintegrarse,
  • la adaptación es posible sin pérdida de coherencia.

 

Convergencia evolutiva: cuando la forma revela la ley

 

Cuando sistemas radicalmente distintos convergen en la misma estructura matemática, no estamos ante una coincidencia, sino ante una ley organizacional profunda.

Ejemplos paradigmáticos incluyen:

  • la red metabólica de E. coli,
  • las conexiones neuronales de C. elegans,
  • la red de vuelos de una aerolínea,
  • las redes de citas académicas,
  • la Web e Internet.

Todas exhiben la misma topología híbrida. La explicación es directa: la evolución exploró innumerables configuraciones. Las ineficientes desaparecieron. Persistieron aquellas que adoptaron arquitecturas capaces de equilibrar costo, velocidad, crecimiento y resiliencia.

 

Redes, historia y abstracción

 

La teoría de redes tiene una raíz histórica precisa: el problema de los puentes de Königsberg, resuelto por Leonhard Euler en el siglo XVIII. A partir de ese problema aparentemente lúdico nacieron la teoría de grafos, la topología y una nueva manera de pensar las relaciones.

 

Aquí cabe una anécdota personal que ilustra hasta qué punto estas estructuras fundamentales suelen aparecer disfrazadas de juegos simples. Recuerdo una prueba de la primaria, traída por un compañero —José Viudes—, que consistía en un desafío aparentemente trivial: dibujar un sobre abierto sin levantar el lápiz ni pasar dos veces por la misma línea. Nadie nos explicó por qué era posible o imposible; solo había una regla y un intento.

 

Décadas más tarde comprendí que aquel ejercicio era exactamente el mismo problema que Euler había formalizado con los puentes de Königsberg: nodos y aristas sujetos a una condición topológica. El sobre no era un dibujo; era un grafo.

De forma esquemática, el desafío podía representarse así:

 

Cada vértice y cada línea imponían una restricción. La pregunta no era artística, sino matemática: ¿existe un recorrido que atraviese cada arista una sola vez? Euler mostró que la respuesta depende exclusivamente del número de nodos con grado impar, no de la forma concreta del dibujo.

Como recuerda Barabási, los grafos poseen propiedades ocultas que pueden limitar o multiplicar nuestras capacidades. Sin embargo, esta revolución conceptual aún no ha alcanzado la trascendencia cultural que merece.

Los grandes genios —Euler es un ejemplo paradigmático— son aquellos capaces de abstraer estructuras universales a partir de problemas concretos y luego diseminarlas a múltiples dominios del conocimiento.

 

Donde hay vida, hay redes

 

Fritjof Capra lo resume con claridad: “Donde hay vida, hay redes”. Redes neuronales, metabólicas, sociales, económicas, culturales y tecnológicas comparten una misma lógica organizacional. No solo transmiten información: se retroalimentan, crecen, se adaptan y se transforman.

 

Las redes Libres de Escala presentan, además, una paradoja central: son robustas frente a fallos aleatorios, pero vulnerables ante ataques dirigidos a los hubs. Este principio ayuda a comprender:

  • la resiliencia de Internet,
  • la fragilidad de sistemas financieros,
  • la lógica del crimen organizado,
  • y la dinámica estructural de la desigualdad social.

La ley de Pareto (80–20) o el efecto Mateo no son meras regularidades económicas: expresan propiedades profundas de las redes complejas.

 

Intimidad y unidad: la hibridez en acción

 

Esta arquitectura híbrida se manifiesta tanto en el interior del cuerpo como en la organización social.

A nivel biológico

  • Mundo Pequeño (estabilidad local): las células del hígado interactúan principalmente entre sí, formando módulos funcionales coherentes.
  • Libre de Escala (unidad global): los sistemas nervioso y circulatorio actúan como hubs que coordinan esos módulos y permiten respuestas integradas del organismo.

A nivel social

  • Mundo Pequeño (la tribu): familia y círculos cercanos generan confianza, identidad y apoyo emocional.
  • Libre de Escala (la civilización): instituciones, líderes y medios conectan tribus entre sí, permitiendo cooperación y difusión global de ideas.

Romper este equilibrio enferma al sistema:

  • solo Mundo Pequeño conduce a fragmentación y aislamiento,
  • solo Libre de Escala conduce a centralización extrema y fragilidad sistémica.

 

Síntesis:

 

A simple vista, no existe relación aparente entre la bacteria E. coli, el cerebro humano y la estructura de Internet. Sin embargo, cuando despojamos a estos sistemas de su biología o de sus cables y observamos solo su esqueleto matemático, emerge una verdad sorprendente: todos comparten la misma arquitectura. Estamos ante un caso de convergencia evolutiva en su máxima expresión, donde sistemas radicalmente distintos arriban a la misma solución geométrica. Esto sugiere que la organización de la complejidad no es aleatoria, sino que obedece a un "Plano Maestro".

Este plano no es rígido, sino una solución dinámica a una paradoja fundamental de la existencia: ¿Cómo puede un sistema crecer infinitamente sin volverse lento y torpe? ¿Cómo mantener la cohesión local sin sacrificar el alcance global?

La respuesta de la naturaleza es un modelo híbrido que fusiona dos topologías matemáticas:

  1. La Eficiencia del "Mundo Pequeño": Para garantizar la velocidad, el sistema se organiza en vecindarios densamente conectados donde "todo está cerca de todo". Esto asegura que la información, la energía o los metabolitos puedan cruzar toda la red en muy pocos pasos, minimizando el costo de transporte. Es la red de la comunicación y la economía.
  2. La Robustez de la "Escala Libre": Para garantizar la supervivencia ante el caos, el sistema adopta una estructura jerárquica dominada por unos pocos nodos hiperconectados (Hubs) y una inmensa mayoría de nodos periféricos. Esto permite que la red crezca indefinidamente (los nuevos se unen a los Hubs) y resista fallos aleatorios masivos. Es la red del crecimiento y la resiliencia.

La genialidad evolutiva reside en que estas dos redes no compiten, sino que se superponen. El Plano Maestro de la vida es, por definición, una red de Escala Libre con propiedades de Mundo Pequeño.

Los ejemplos canónicos —desde el mapa neuronal del gusano C. elegans hasta la red de vuelos globales— no son coincidencias; son los supervivientes de un proceso de selección brutal. La evolución exploró infinitas configuraciones: las redes demasiado regulares eran lentas; las redes puramente aleatorias eran frágiles. Solo persistieron aquellas que adoptaron esta arquitectura híbrida.

En conclusión, la forma revela la ley. La complejidad de la vida no es un milagro desordenado, sino el resultado inevitable de una optimización matemática: un equilibrio perfecto entre la necesidad de navegar rápido (Mundo Pequeño) y la capacidad de resistir y crecer (Escala Libre). Este es el diseño universal, el algoritmo oculto que permite que la materia se organice y perdure en el tiempo.

viernes, enero 02, 2026

 

La historia no fracasa: la hacemos fracasar

La historia es una de las materias más desprestigiadas del sistema educativo, casi tan mal enseñada como las matemáticas o la física, aunque sea esta última la que tradicionalmente ha generado mayor preocupación. Sin embargo, ese descrédito no proviene de la historia en sí, sino del modo en que suele reducirse: a una sucesión de datos, fechas y personajes, despojada de su verdadera dimensión.

Comprendida en profundidad, la historia no es un archivo de acontecimientos más o menos relevantes, sino un proceso totalizador: una expresión inseparable del ser humano, de sus creaciones, de sus preguntas y de sus intentos por comprender el mundo, siempre situados en un tiempo y un entorno determinados. No es información; es sentido en movimiento.

Carl Friedrich Gauss, uno de los grandes matemáticos de la historia, lo expresó con admirable lucidez al afirmar: “Ahora que conozco la solución, me gustaría saber cuál fue el proceso que me condujo hasta ella”. En esa frase se condensa una pedagogía completa. Aprender no consiste en llegar a una respuesta, sino en comprender el camino que hizo posible esa respuesta.

Aprender desde la motivación, desde la historia que conduce a un descubrimiento —y no desde el dato desnudo— es un recorrido fértil, lleno de sorpresas. Es una lección que muchos han olvidado. Por eso, comenzar por nuestros antecedentes históricos, entendidos como una red de relaciones desplegadas en el tiempo, constituye una vía privilegiada para iniciar cualquier proceso genuino de comprensión.

Si bien los primeros pasos de lo que hoy llamamos civilización se dieron en Oriente —India, China— muchos siglos antes de Cristo, las preguntas fundacionales de la civilización occidental surgieron en Grecia. Y no fue casual. A una singular disposición intelectual se sumó una situación geopolítica excepcional: Grecia no era solo el territorio que hoy conocemos, sino un entramado de islas, el Asia Menor y el sur de Italia, un paso obligado entre Oriente y Occidente, un cruce de caminos, mercancías e ideas.

Resulta notable comprobar que aquellas preguntas formuladas hacen más de dos mil años conservan plena vigencia. Los grandes interrogantes sobre el universo, el ser humano y lo divino siguen abiertos. Los griegos comprendieron, además, algo fundamental para el pensamiento: la necesidad del ocio, entendido no como pasividad, sino como tiempo liberado para pensar. Ese ocio estaba íntimamente ligado a la libertad de expresión, favorecida por una concepción de lo religioso en la que el culto tenía más peso que el dogma.

Esta actitud evitó la sanción mística del pensamiento y abrió un espacio privilegiado para la búsqueda de explicaciones racionales. Ese clima cultural fue un verdadero caldo de cultivo para la creatividad y, con ella, para la evolución de las ideas.

Definir qué es la creatividad no es sencillo. El lenguaje suele quedarse corto frente a lo que intuimos. Pero podemos aproximarnos mediante una analogía: cuando al observar cómo el vapor levanta la tapa de una tetera somos capaces de intuir el movimiento circular y, a partir de él, imaginar la rueda, estamos ejerciendo la creatividad en una de sus formas más potentes.

Durante siglos, la filosofía contuvo la totalidad del saber. No hay un momento preciso en el que pueda afirmarse que comienza el pensamiento filosófico, pero sí es posible señalar un límite difuso: el abandono progresivo del mito como respuesta última, en favor del logos, del razonamiento.

Este tránsito fue facilitado por la particular naturaleza de los dioses griegos, profundamente humanizados, sometidos a pasiones, conflictos y desgracias. Eran dioses domésticos, presentes en la vida cotidiana, lo que paradójicamente los hacía menos intimidantes y más compatibles con la interrogación racional.

Sería un error, sin embargo, despreciar la magia de aquella época. La magia sigue siendo necesaria hoy, incluso en las ciencias llamadas “duras”, aunque muchas veces se presente bajo el ropaje del formalismo. Sir Isaac Newton, considerado uno de los mayores genios de la humanidad, no dudó en recurrir a una forma de magia conceptual al introducir la “atracción a distancia”, un cierre necesario —aunque incómodo— para su universo mecanicista.

También la medicina, como señalara Jores, requiere de cierta magia para su ejercicio. No como engaño, sino como reconocimiento de los límites del saber estrictamente técnico.

En este escenario emerge Sócrates como un punto de inflexión decisivo para Occidente. Con él puede hablarse de un antes y un después. Los pensadores presocráticos se habían ocupado fundamentalmente de la physis, de la naturaleza de las cosas, preguntándose por su principio —el arché—, único o múltiple.

Para Tales de Mileto, ese principio era el agua; para Anaximandro, lo indeterminado; para Anaxímenes, el aire. Pitágoras desplazó radicalmente el eje al afirmar que el fundamento de la realidad eran los números, introduciendo un principio formal. Su legado atraviesa siglos, desde la matemática hasta la música, donde por primera vez se estableció una relación precisa entre cantidad y cualidad.

Heráclito introdujo la idea del devenir constante y de la unidad de los contrarios: todo fluye. Parménides, en cambio, sostuvo la unicidad y permanencia del ser. Zenón, su discípulo, elaboró las célebres aporías no para negar el movimiento, sino para mostrar la dificultad de explicarlo racionalmente. Las paradojas de la dicotomía, Aquiles y la tortuga o la flecha siguen recordándonos la importancia de interrogar lo aparentemente obvio.

Mucho antes de la física moderna, Demócrito imaginó un mundo compuesto por átomos y vacío. Sin instrumentos, solo con pensamiento e imaginación, dio pasos decisivos hacia una concepción que, con múltiples transformaciones, aún nos acompaña. Hoy sabemos que el átomo no es indivisible, pero seguimos pensando la realidad en términos de materia, vacío y movimiento.

Sin embargo, es necesario introducir aquí una advertencia fundamental: gran parte de lo que sabemos sobre estos pensadores no nos ha llegado de manera directa. Accedemos a ellos a través de fragmentos, citas y reconstrucciones realizadas por autores posteriores.

 

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En este punto resulta clave distinguir entre doxología, doxografía y filosofía propiamente dicha.

La doxa, la opinión, constituye el primer nivel del pensamiento. La doxología remite al conjunto de opiniones sostenidas por un autor; la doxografía, en cambio, es la tarea de recopilar, ordenar y transmitir esas opiniones. Aristóteles, Teofrasto, Diógenes Laercio o Simplicio fueron, en gran medida, doxógrafos. Gracias a ellos conocemos a los presocráticos, pero ese conocimiento está mediado, filtrado, interpretado.

Esto no invalida su legado, pero nos obliga a reconocer que la historia del pensamiento es también una historia de pérdidas, selecciones y reconstrucciones. No heredamos ideas puras, sino relatos sobre ideas. La historia, incluso cuando pretende conservar, transforma.

Lejos de ser una debilidad, esta condición refuerza su valor formativo. Comprender que el pensamiento nos llega incompleto y mediado nos educa en la cautela crítica. Nos enseña que no existen verdades sin contexto y que toda transmisión es, al mismo tiempo, una recreación.

Desde entonces hasta hoy, los modelos cambian vertiginosamente. Como suelen decir con ironía los físicos teóricos, lo maravilloso es que lo que aprendimos ayer ya es pasado. Cada vez resulta más plausible la idea de que el universo se asemeja más a un gran pensamiento que a un conjunto de objetos materiales.

Estos pensadores no nos legaron respuestas definitivas, sino algo más valioso: la actitud de preguntar. Admirarlos no implica repetirlos, sino aprender de su modo de pensar. Tal vez allí resida la verdadera función de la historia: no conservar el pasado, sino mantener viva la capacidad humana de comprender.

Vivimos en una época paradójica: nunca dispusimos de tantas respuestas y, sin embargo, formulamos cada vez menos preguntas. La información circula a una velocidad inédita, los datos se acumulan sin fricción y los sistemas inteligentes prometen resolver problemas antes incluso de que logremos comprenderlos. En este contexto, la historia corre el riesgo de quedar relegada a un archivo decorativo, cuando en realidad es más necesaria que nunca.

La inteligencia artificial puede ofrecernos resultados, patrones y predicciones, pero no puede reemplazar el proceso humano de comprensión: ese recorrido incierto donde la pregunta precede a la respuesta y donde el error no es un fallo, sino una condición del aprendizaje. Precisamente eso es lo que la historia enseña cuando se la comprende en su sentido profundo: cómo pensaron otros antes que nosotros, qué supuestos dieron por evidentes y qué rupturas fueron necesarias para que surgieran nuevas ideas.

Reducida a fechas y nombres, la historia es irrelevante. Entendida como reconstrucción de procesos, se convierte en una auténtica escuela de pensamiento crítico. Nos muestra que todo saber es situado, provisional y perfectible; que incluso las teorías más exitosas nacieron de intuiciones frágiles, metáforas incompletas y, en no pocas ocasiones, de genuinos actos de imaginación creadora.

En tiempos de automatización del conocimiento, la historia cumple una función insustituible: recordarnos que comprender no es acumular información, sino aprender a orientarse en la incertidumbre. Allí donde la tecnología ofrece certezas instantáneas, la historia devuelve contexto; donde los algoritmos optimizan respuestas, ella preserva el sentido de la pregunta.

Conclusión: aprender a pensar en el tiempo

Tal vez el verdadero desprestigio de la historia no sea un problema curricular, sino un síntoma cultural más profundo: la dificultad contemporánea para habitar el tiempo, para aceptar que el pensamiento no progresa por saltos mecánicos, sino a través de procesos lentos, conflictivos y creativos.

La historia no enseña qué pensar, sino cómo se ha pensado. No impone verdades, sino que ofrece perspectiva. Nos recuerda que toda idea tiene un origen, que toda teoría nace de un problema y que todo conocimiento es respuesta a una pregunta situada.

Recuperar la historia como experiencia viva no es un gesto erudito ni un acto de nostalgia. Es una forma de lucidez intelectual y una condición para la creatividad futura. Porque solo quien comprende de dónde surgen las ideas está realmente preparado para imaginar aquellas que aún no existen.