Edgardo A Marecos

miércoles, febrero 11, 2026

 

La mente como sistema emergente:

                                            más allá del cerebro aislado


Durante mucho tiempo, el pensamiento occidental quedó atrapado en una falsa alternativa: o la mente era una sustancia espiritual separada del cuerpo, o era simplemente el resultado de reacciones químicas en el cerebro.

La mente no es ni un alma inmaterial ni un simple mecanismo biológico:

Es un sistema emergente. Emergente —en el sentido de que surge de la organización del cerebro sin reducirse a sus componentes—, constituida culturalmente (Vygotsky) y físicamente posibilitada por la estructura fundamental del universo (Penrose), la mente humana es un proceso multinivel de la naturaleza.

Emergente, es decir, originada en la organización neurobiológica pero dotada de propiedades irreductibles a lo neuronal, constituida culturalmente (Vygotsky) y físicamente posibilitada por la estructura fundamental del universo (Penrose), la mente humana es un proceso multinivel de la realidad.

 

El avance de la neurociencia ha sido impresionante. Sabemos que ciertas lesiones afectan el lenguaje, que la dopamina influye en la motivación y que la plasticidad cerebral permite el aprendizaje. Sin embargo, de allí no se sigue que la mente pueda reducirse a actividad neuronal.

El reduccionismo sostiene que pensar es, en última instancia, disparo de neuronas. Pero esa explicación deja preguntas abiertas. Las neuronas son necesarias, pero no suficientes. Un cerebro aislado de toda cultura no desarrolla pensamiento matemático, ni filosofía, ni derecho. La biología nos da la posibilidad; la cultura nos da la forma.

Captura de pantalla de un celular con letras

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Aquí aparece el aporte decisivo de Vygotsky. Él mostró que las funciones mentales superiores —pensamiento abstracto, memoria voluntaria, autorregulación— no surgen por simple maduración biológica. Aparecen primero en el plano social y luego se internalizan.

Toda función superior surge dos veces: primero entre personas, luego dentro de la persona. Esto significa que el entorno no es un escenario pasivo donde el cerebro actúa. Es un componente constitutivo del desarrollo mental. El lenguaje, los símbolos, los sistemas numéricos y las herramientas culturales reorganizan físicamente la actividad cerebral. La escritura es tecnología de la mente”, porque permite guardar pensamientos fuera del cerebro, amplía nuestra memoria, ayuda a desarrollar el pensamiento complejo. En ese sentido, no es inteligencia artificial, pero sí fue una tecnología que amplió la inteligencia humana.

 

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Cuando un niño aprende a leer, su cerebro cambia estructuralmente. La cultura se vuelve biología a través de la experiencia.

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El concepto más revolucionario de Vygotsky es la Zona de Desarrollo Próximo (ZDP): la distancia entre lo que una persona puede hacer sola y lo que puede hacer con ayuda. Este concepto desafía directamente al reduccionismo. Si la capacidad dependiera únicamente del estado interno del cerebro, no podría existir esa “zona”.  La experiencia demuestra que, con mediación adecuada, emergen capacidades que antes no estaban plenamente actualizadas. La ZDP revela que la inteligencia es relacional. No está completamente dentro del individuo ni completamente fuera de él. Surge en la interacción.

Desde una perspectiva sistémica, esto es emergencia: nuevas propiedades aparecen cuando los componentes —cerebro, herramientas culturales y mediadores sociales— interactúan dinámicamente.

Mario Bunge ofrece el marco ontológico para comprender este fenómeno. Un sistema se define por su composición, su entorno y su estructura. En el caso de la mente: La composición es el cerebro biológico. La estructura es la organización mediada por herramientas culturales. El entorno es la red social e histórica donde ocurre la interacción. El pensamiento abstracto, la voluntad consciente y la capacidad ética no están en las neuronas aisladas, ni flotan en el aire cultural. Emergen del sistema dinámico cerebro–cultura. La emergencia no niega la biología; la integra en un nivel más complejo de organización.

Implicaciones éticas y educativas: Esta visión tiene consecuencias profundas. Si la mente es emergente y sistémica, entonces el fracaso escolar no puede atribuirse únicamente a una supuesta falta de capacidad individual. Tampoco los problemas psicológicos pueden reducirse simplemente a un “desbalance químico”. La calidad de la educación, el acceso a herramientas simbólicas, el acompañamiento social y las condiciones materiales influyen directamente en el desarrollo mental. No como factores externos decorativos, sino como elementos estructurales del sistema.

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Educar  es generar  estrategias para que emerjan nuevas capacidades.

¿Dónde termina el yo? Si aceptamos esta perspectiva, la frontera del yo no coincide estrictamente con la piel. El lenguaje, los libros, los dispositivos tecnológicos y las instituciones forman parte del entramado que hace posible el pensamiento. No somos cerebros aislados dentro de cráneos. Somos nodos en una red biológica y cultural en constante evolución.

Una visión integral del ser humano:

Superar el reduccionismo no significa abandonar la ciencia, sino profundizarla. Significa reconocer que en sistemas complejos la organización importa tanto como los componentes.

La mente es el resultado de una biosfera que se transformó en sociosfera. Nuestra genética nos da el punto de partida, pero es la cultura la que moldea las formas concretas de nuestra racionalidad.

Interfaz de usuario gráfica

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No somos máquinas químicas ni espíritus desencarnados. Somos sistemas vivos abiertos, en diálogo permanente entre biología e historia. La mente, en última instancia, es ese diálogo.

Conclusión

La mente es el resultado de la transformación de una biosfera en una sociosfera. Reconocer la mente como un sistema emergente implica aceptar que la organización de los componentes es tan vital como los componentes mismos. No somos máquinas químicas ni espíritus incorpóreos; somos el producto de un diálogo incesante entre la biología y la historia.

 

 

martes, febrero 10, 2026

 

Problemas, hipótesis, crítica y evolución del conocimiento científico





Una integración de Peirce, Popper, Lakatos y Delbrück

La epistemología contemporánea puede entenderse como un esfuerzo sistemático por explicar cómo progresa el conocimiento científico sin recurrir ni a verdades absolutas ni al relativismo. En este marco, los aportes de Charles S. Peirce, Karl Popper, Imre Lakatos y Max Delbrück permiten construir una concepción integrada del conocimiento como un proceso dinámico, falible, creativo y evolutivo, en el cual el error ocupa un lugar central y positivo.

Karl Popper sostiene que todo conocimiento comienza con un problema y no con la simple observación. Los sujetos cognoscentes no se enfrentan a un mundo neutro, sino que poseen expectativas previas respecto de regularidades. Cuando estas expectativas se ven perturbadas, surge una situación problemática que exige una explicación. A partir de allí se inicia una secuencia característica del avance del conocimiento: formulación de hipótesis, intentos de solución, eliminación crítica de los errores y surgimiento de nuevos problemas. Este proceso es indefinido y convierte al conocimiento científico en una empresa esencialmente abierta.

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El núcleo de la epistemología popperiana es el falsacionismo. Ninguna teoría puede ser verificada de manera definitiva, pero sí puede ser refutada por una sola observación contraria. Esta asimetría entre verdad y error transforma al error en el verdadero motor del progreso científico. La aceptación de una hipótesis es siempre provisoria y racionalmente justificada solo en función de su resistencia a intentos severos de refutación. De este modo, Popper propone una ética del conocimiento basada en la crítica permanente, la modestia intelectual y el rechazo del pensamiento dogmático.

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La teoría de los tres mundos refuerza esta posición. El mundo uno corresponde a los objetos físicos; el mundo dos, a los estados mentales y teorías subjetivas; y el mundo tres, a las teorías objetivadas y externalizadas mediante el lenguaje científico. Es en este tercer mundo donde las teorías pueden ser discutidas, evaluadas y refutadas sin que quienes las sostienen deban defenderlas con su propia integridad, lo que marca una diferencia fundamental entre el aprendizaje humano y el animal.

Sin embargo, Popper no desarrolla en profundidad el problema del origen de las hipótesis. Este vacío es abordado de manera decisiva por Charles S. Peirce. Para Peirce, el punto de partida del conocimiento no es la hipótesis, sino el hecho sorprendente: un acontecimiento que rompe un hábito de creencia y genera una duda genuina. Esa duda constituye el problema. La hipótesis surge posteriormente mediante un razonamiento abductivo, es decir, como una inferencia creativa que propone una posible explicación tal que, si fuera verdadera, haría comprensible el hecho inicialmente desconcertante.

La abducción no garantiza verdad ni certeza, sino plausibilidad. En este sentido, la hipótesis peirceana no inaugura el problema, sino que emerge como el primer intento racional de resolver una situación problemática previamente constituida. Así, Peirce complementa a Popper: mientras Popper se ocupa del control crítico de las conjeturas, Peirce explica el mecanismo creativo mediante el cual dichas conjeturas se generan.

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Asimismo, Peirce concibe la ciencia como una empresa comunitaria orientada al largo plazo, en la que la verdad funciona como un ideal regulativo. El conocimiento no es el producto de una mente aislada, sino de una práctica colectiva sostenida por hábitos, métodos y criterios compartidos. Esta dimensión social del conocimiento prepara el terreno para comprender el enfoque de Imre Lakatos.

Lakatos critica el falsacionismo ingenuo por no reflejar adecuadamente la práctica científica real. En lugar de analizar teorías aisladas, propone como unidad de análisis los programas de investigación científica. Cada programa se estructura en torno a un núcleo duro que la comunidad científica se compromete a proteger, un cinturón de hipótesis auxiliares que absorbe las anomalías, y una heurística positiva que orienta la formulación de nuevas hipótesis y predicciones. Las refutaciones no actúan de manera inmediata sobre el núcleo, sino que el cambio científico se produce cuando un programa rival demuestra ser más progresivo.

Forma

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Un programa de investigación es progresivo cuando amplía su poder explicativo y predictivo, y degenerativo cuando se limita a introducir ajustes ad hoc para defenderse de las anomalías. De este modo, Lakatos logra integrar la racionalidad crítica popperiana con una concepción histórica del desarrollo científico, mostrando que el progreso no es instantáneo ni puramente lógico, sino comparativo, gradual y situado.

Max Delbrück desde la biología molecular, concibe tanto la ciencia como la vida misma como procesos de variación, error y selección. La mutación introduce diversidad, el entorno elimina las configuraciones inviables y solo algunas estructuras persisten. Refuerza la idea popperiana de que el conocimiento es un fenómeno biológico y muestra que el error no es una falla accidental, sino una condición necesaria del avance.

Permite comprender que, especialmente en las ciencias de la vida, el progreso no siempre se produce mediante refutaciones claras y directas, sino a través de modelos provisorios y exploratorios, en consonancia con la noción lakatosiana de programas de investigación.

En conjunto, los aportes de Peirce, Popper, Lakatos y Delbrück convergen en una imagen integrada del conocimiento científico:

El conocimiento surge cuando una expectativa se ve perturbada y da lugar a un problema; la abducción propone hipótesis plausibles como respuestas iniciales; la crítica falsacionista regula su aceptación provisoria; los programas de investigación explican la estabilidad y el cambio histórico de las teorías; y la biología muestra que este proceso es coherente con la lógica evolutiva de la vida misma.

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Epílogo

La integración de estas perspectivas permite comprender el conocimiento científico no como un sistema de verdades definitivas, sino como una práctica racional, falible y en permanente transformación. Lejos de iniciarse en observaciones puras o certezas inmediatas, el conocimiento emerge de la ruptura de expectativas y de la formulación de problemas significativos. La creatividad abductiva, la crítica racional, la persistencia histórica de los marcos teóricos y la lógica evolutiva del error configuran, en conjunto, el modo en que la ciencia avanza. Conocer no es alcanzar una verdad final, sino aprender a formular mejores problemas, proponer hipótesis más fecundas y sostener una actitud de duda activa.

En esta perspectiva, el error deja de ser un límite del conocimiento para convertirse en su principal motor, y la racionalidad científica se define no por la certeza, sino por su apertura crítica al cambio y a la revisión constante. El conocimiento no es un lugar es un camino