Clasificar para comprender I
No cabe
duda de que las clasificaciones constituyen una herramienta central del
pensamiento humano. Aun cuando su carácter sea convencional y, en cierto
sentido, arbitrario, resulta difícil imaginar cualquier forma de conocimiento
—científico o no— que prescinda de ellas. Clasificar no es un gesto accesorio:
es una forma de comprender, una de las herramientas mas potentes para ordenar.
nos pasamos clasificando.
La
reflexión que sigue tuvo su origen en una conversación informal, con Oscar que defendía
la posibilidad de clasificar libremente, sin atender a criterios compartidos.
La afirmación —provocadora y deliberadamente exagerada— ponía en primer plano
una tensión fundamental: la que existe entre la libertad intelectual individual
y la necesidad social de sistemas de orden que hagan posible la comunicación y
el entendimiento.
Este
problema fue abordado con notable agudeza por Jorge Luis Borges en su ensayo El
idioma analítico de John Wilkins, donde analiza los intentos de construir
lenguajes y clasificaciones universales. Borges reproduce allí algunas
categorías propuestas por Wilkins, cuya arbitrariedad roza lo absurdo, y las
compara con una supuesta enciclopedia china —el Emporio celestial de
conocimientos benévolos— en la que los animales se clasifican según
criterios tan heterogéneos como “pertenecientes al Emperador”, “embalsamados”,
“fabulosos” o “que de lejos parecen moscas”.
Estas
clasificaciones, si bien lógicamente posibles, revelan con claridad que no toda
forma de ordenar produce conocimiento. Su extravagancia no radica solo en la
rareza de los criterios utilizados, sino en la imposibilidad práctica de
establecer relaciones conceptuales estables entre los elementos clasificados.
No es casual que esta enciclopedia haya servido a Michel Foucault como punto de
partida para Las palabras y las cosas, donde se interroga precisamente
por los límites históricos y culturales de los sistemas de orden.
El interés
de Borges por este problema reaparece en Funes el memorioso. Allí, el
protagonista es incapaz de abstraer: cada objeto, cada experiencia, exige un
nombre propio. El resultado es un sistema imposible, en el que los números
dejan de ser tales para convertirse en una rapsodia de referencias singulares. Borges
señala con ironía que ese intento extremo de fidelidad a lo particular no solo
no amplía el conocimiento, sino que lo paraliza. Sin abstracción, sin
clasificación, no hay pensamiento operativo.
Todo indica
que las clasificaciones surgieron de manera simultánea al lenguaje. No solo
como medio de comunicación, sino como condición de comprensión mutua.
Clasificar permitió, desde sus orígenes, establecer acuerdos mínimos sobre el
mundo compartido: distinguir, comparar, repartir, evaluar. En este sentido,
clasificar es una forma de condensar lo máximo compartido en la mínima
expresión posible.
Para que
esto fuera viable, fue necesario adoptar códigos comunes y un determinado orden
conceptual que hiciera posibles las relaciones entre los conceptos. Estos
sistemas, lejos de ser definitivos, debían —y deben— conservar la posibilidad
de modificarse según las necesidades históricas y cognitivas.
Uno de los
primeros modelos formales de organización del conocimiento fue el llamado Árbol
de Porfirio, estructura jerárquica que ordena los conceptos desde lo más
universal hasta lo más particular mediante dicotomías sucesivas. Este modelo,
cuya influencia atraviesa siglos, se apoya en una metáfora profundamente
arraigada en nuestra cultura: la vida como árbol. No es casual que en la
tradición bíblica aparezcan el árbol del conocimiento del bien y del mal y el
árbol de la vida como símbolos fundamentales.
A lo largo
del tiempo, este esquema jerárquico dio lugar a diversas representaciones
gráficas del conocimiento, como los mapas conceptuales, los árboles de decisión
o de resolución. Frente a estos modelos, Gilles Deleuze y Félix Guattari
propusieron el concepto de rizoma, una estructura no jerárquica, sin centro ni
orden único, inspirada en ciertos vegetales de crecimiento horizontal, como el
jengibre. El rizoma intenta dar cuenta de la complejidad, la multiplicidad y la
no linealidad del pensamiento, aunque su alcance filosófico excede ampliamente
la metáfora botánica.
En el
ámbito científico, la necesidad de clasificar adquirió un carácter sistemático
muy temprano. En medicina, Hipócrates inició una clasificación racional de las
enfermedades, tarea que siglos más tarde continuó Thomas Sydenham. La
nosología, entendida como el estudio y ordenamiento de las enfermedades, supone
describir, diferenciar y agrupar entidades patológicas de acuerdo con el
conocimiento disponible en un momento histórico determinado y con los supuestos
teóricos sobre la naturaleza de los procesos que las originan.
Sin
embargo, fue Carl Linneo quien estableció el primer sistema de clasificación
científica verdaderamente universal. Su trabajo, desarrollado en el siglo
XVIII, dio origen a la taxonomía moderna, basada en la identificación de
similitudes y diferencias esenciales. Aún hoy, su sistema continúa siendo una
referencia insoslayable, aunque en la práctica se utilicen versiones
simplificadas.
En un
sentido más general, los conceptos pueden entenderse como los rasgos comunes de
los objetos, cualquiera sea su naturaleza. Los términos género y especie
indican una relación entre extensión y comprensión: a mayor extensión, menor
comprensión, y viceversa. Este ordenamiento conceptual puede realizarse
mediante dos operaciones lógicas complementarias: la división (del género a la
especie) y la clasificación (de los individuos al género). Aunque
conceptualmente distintas, ambas cumplen funciones equivalentes en la práctica
cognitiva.
Para que
una clasificación sea eficaz, debe cumplir ciertas condiciones: ser lo más
completa posible, basarse en semejanzas relevantes, apoyarse en datos
positivos, expresar notas esenciales y permitir el establecimiento de
relaciones nuevas. Lejos de ser un ejercicio estático, una buena clasificación
funciona como un compendio dinámico del conocimiento de una disciplina.
Aceptar una
clasificación puramente individual y arbitraria implica renunciar a la
comunicación y, en última instancia, al conocimiento compartido. Las
clasificaciones solo adquieren valor cuando son socialmente aceptadas,
independientemente de que su carácter sea científico o convencional. Comparar
es la condición para evaluar, y evaluar es condición para mejorar.
En este
contexto resulta especialmente relevante la taxonomía propuesta por Benjamín Bloom y su equipo, orientada a facilitar la
planificación y evaluación de los procesos de enseñanza y aprendizaje. Bloom
distingue tres dominios: el cognitivo, el afectivo y el psicomotor, cada uno
organizado en niveles jerárquicos que describen distintos grados de
complejidad.
El dominio
cognitivo se orienta al desarrollo del
pensamiento y del conocimiento. En su versión clásica y revisada, comprende los
niveles de recordar, comprender, aplicar, analizar, evaluar y crear, los cuales
describen una progresión desde la recuperación de información hasta la
producción de conocimiento original. Este dominio resulta central para la
formación del pensamiento crítico y reflexivo, especialmente en el ámbito
universitario.
El dominio
afectivo aborda la dimensión valorativa
y actitudinal del aprendizaje. Sus niveles —recepción, respuesta, valoración,
organización y caracterización— describen el proceso mediante el cual los
valores son progresivamente internalizados y se manifiestan de manera consistente
en la conducta del estudiante . Este dominio introduce una dimensión ética
fundamental en la formación académica.
El dominio
psicomotor o social se vincula con el desarrollo de
habilidades prácticas y de desempeño. A través de niveles como imitación,
manipulación, precisión, articulación y naturalización, este dominio describe
la adquisición progresiva de competencias que permiten la transferencia del
aprendizaje a contextos reales y profesionales .
Esta
propuesta muestra con claridad que clasificar no es solo ordenar, sino también operar,
planificar y transformar la práctica. Como señala Martin Gardner,
una parte considerable del tiempo de funcionamiento de los ordenadores se
dedica a resolver problemas de clasificación, lo que confirma su centralidad
incluso en los sistemas más avanzados.
Pese a su
relevancia teórica y operativa, la Taxonomía de Bloom continúa siendo
insuficientemente comprendida y aplicada en numerosas áreas disciplinares,
incluso en el ámbito universitario. Con frecuencia, su uso se reduce a listados
de verbos o a esquemas formales desvinculados del diseño curricular y de la
evaluación real del aprendizaje, ignorando la riqueza de los dominios afectivo
y psicomotor. En el contexto contemporáneo, atravesado por la digitalización,
la inteligencia artificial y los desafíos éticos globales, esta reducción
resulta particularmente problemática.
La
educación superior exige formar sujetos capaces de pensar críticamente, actuar
con responsabilidad ética y transferir el conocimiento a situaciones complejas.
En este sentido, la Taxonomía de Bloom requiere una adaptación crítica y
contextualizada, no para ser reemplazada, sino para ser reapropiada en
profundidad.
El desafío
actual consiste en recuperar su densidad epistemológica y asumirla como un
instrumento vivo para la formación integral, capaz de articular conocimiento
riguroso, valores internalizados y acción transformadora.
En
definitiva, las clasificaciones no son un lujo intelectual ni una imposición
dogmática: son una condición de posibilidad del pensamiento, de la comunicación
y de la acción. Lejos de limitar la libertad intelectual, la hacen operativa y
compartible.
Epílogo
Toda
clasificación es, en última instancia, un artificio. No refleja el mundo tal
como es, sino el modo en que una comunidad decide hacerlo inteligible en un
momento histórico determinado. Sin embargo, reconocer este carácter
convencional no la vuelve prescindible. Por el contrario, pone de relieve su
verdadera función: no decir qué son las cosas, sino permitirnos pensar,
comparar y actuar sobre ellas.
La
pretensión de una clasificación absolutamente libre, desligada de criterios
compartidos, conduce a un callejón sin salida. No porque sea ilegítima, sino
porque es estéril. Una clasificación que solo puede ser comprendida por quien
la produce no amplía el conocimiento: lo aísla. Allí donde desaparece el
acuerdo mínimo sobre los criterios, desaparece también la posibilidad de
evaluación, de corrección y de progreso.
Las
clasificaciones eficaces no son las más rígidas ni las más exhaustivas, sino
aquellas que logran un delicado equilibrio entre estabilidad y revisión, entre
tradición y cambio. Son estructuras abiertas, provisorias, siempre expuestas a
la crítica y a la reformulación. Su fuerza no reside en su pretensión de verdad
definitiva, sino en su capacidad para generar relaciones, revelar regularidades
y hacer visibles nuevas preguntas.
Clasificar
es, entonces, un acto profundamente social y ético. Supone asumir que el
conocimiento no es un ejercicio solitario, sino una construcción colectiva,
sujeta a reglas que no limitan la libertad intelectual, sino que la vuelven
comunicable. En ese sentido, toda clasificación es también una forma de
responsabilidad: frente a los otros, frente al saber heredado y frente a lo que
todavía no sabemos.
Tal vez por
eso seguimos clasificando, a pesar de sus fallas y de sus arbitrariedades. No
porque creamos haber encontrado el orden último de las cosas, sino porque sin
algún orden compartido el mundo deja de ser pensable. Y un mundo que no puede
pensarse es, inevitablemente, un mundo en el que tampoco se puede intervenir.