Edgardo A Marecos

jueves, enero 29, 2026

 

La felicidad es una visita ; siempre bien recibida








Hablar de la felicidad es entrar en un territorio engañosamente familiar. Todos creemos saber de qué se trata, pero rara vez estamos de acuerdo. Tal vez porque la felicidad no es un objeto bien delimitado, sino una constelación de experiencias, juicios, expectativas y relatos que cada época organiza a su manera.

Una noche, antes de la cena, el tema volvió a aparecer —como siempre— en una conversación entre amigos. No sorprendió a nadie: la felicidad es un universal recurrente. Lo que sí sorprende es la facilidad con la que la invocamos y la dificultad para decir con precisión de qué estamos hablando. Sabemos, eso sí, que guarda una relación estrecha con nociones como satisfacción, bienestar y sentido, aunque no se confunda plenamente con ninguna de ellas.

Miguel recordó entonces que, cuando la expectativa de vida apenas superaba los treinta años, ser feliz no era un objetivo. El problema central era sobrevivir, reproducirse, mantenerse con vida. La felicidad, tal como hoy la entendemos, parece ser un lujo histórico, una preocupación que emerge cuando las urgencias biológicas básicas han sido, al menos parcialmente, resueltas.

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Desde otro extremo, el caso de Matthieu Ricard —científico devenido monje budista— ilustra una tentación contemporánea: medir la felicidad. A través de resonancias magnéticas funcionales se observó en él una mayor activación de la corteza prefrontal izquierda, asociada a emociones positivas. ¿Conclusión? Uno de los hombres “más felices del mundo”. La historia fascina, pero también despierta sospechas. El correlato cerebral existe, sin duda, pero confundir correlato con esencia es un error recurrente del entusiasmo neurocientífico.

Steven Pinker introduce otra paradoja moderna: vivimos más, tenemos más educación, más tiempo libre y más recursos que hace medio siglo, y sin embargo nos lamentamos igual. Tal vez —dice— nos falte una pizca de “gratitud cósmica”. Pero incluso esa apelación resulta insuficiente si no se aclara qué tipo de felicidad estamos evaluando.

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Aquí resulta clave distinguir dos dimensiones. Por un lado, una felicidad experiencial o emocional, hecha de estados afectivos positivos y negativos, inevitablemente fluctuantes. Por otro, una felicidad evaluativa o narrativa, vinculada a cómo interpretamos nuestra vida, qué decisiones tomamos y qué sentido les atribuimos. Esta segunda dimensión explica por qué alguien puede declararse feliz aun en medio de dificultades, o profundamente infeliz pese a condiciones objetivamente favorables.

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Esto quedó claro la noche del 19 junio 2015,  durante el festejo anticipado del cumpleaños de Luis. Miguel le hizo dos preguntas: su color preferido —naranja— y si era feliz. Del color nadie se ocupó. Sobre la felicidad, Luis respondió que sí y dio razones: vínculos, elecciones, coherencia vital. Nada de meditaciones tibetanas ni estudios de neuroimagen. La felicidad apareció allí como un juicio reflexivo sobre la propia vida, no como un estado emocional permanente.

Aristóteles ya lo había intuido al vincular la buena vida con la eudaimonía: no un placer constante, sino una forma de vivir bien orientada. De hecho, felicidad y significado no coinciden necesariamente. Puede haber vidas felices sin especial profundidad, y vidas profundamente significativas atravesadas por el dolor. Confundir ambas cosas empobrece a las dos.

 

El placer, por su parte, es un actor ambiguo. Motor del deseo, estado transitorio, nunca puro ni definitivo. Como recordaba Leopardi, no existe el placer, sino este o aquel placer, siempre finito. La neurobiología lo confirma: los circuitos dopaminérgicos se activan más en la búsqueda que en la consumación. Punset lo ilustraba observando a su perra antes de comer: la expectativa encendía el sistema; el acto, no. La felicidad entendida como acumulación de placeres está condenada a la insatisfacción.

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En este punto, Ariel aportó un relato que funciona como una síntesis narrativa de todo lo anterior.

En El círculo del 99, un cuento anónimo, se describe la vida de un  Rey que, aun teniendo lo necesario, vive inquieto y frustrado. No sabe explicar su malestar: nada le falta, pero siente que algo siempre falta. Intrigado, el rey consulta a un sabio, quien le explica que el hombre ha entrado en el “círculo del 99”: una estructura mental en la que la satisfacción se posterga indefinidamente porque siempre falta una unidad más para completar el círculo.

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Para demostrarlo, el sabio deja una bolsa con 99 monedas frente a la casa del zapatero. Al contarlas, el hombre queda atrapado por la ausencia de la centésima. Desde ese momento su vida se reorganiza en torno a esa falta artificial: trabaja más, pierde el descanso, se vuelve irritable y deja de disfrutar lo que ya posee. Cuando el rey pregunta cómo salir del círculo, la respuesta es tan simple como perturbadora: no se sale, se evita entrar. El sabio nunca entró.

El cuento sugiere que gran parte de la infelicidad humana no proviene de carencias reales, sino de dispositivos simbólicos que fabrican una falta permanente. No estar en el círculo no garantiza la felicidad, pero evita una forma específica de infelicidad: la que nace de la comparación constante, la expectativa infinita y el deseo sin cierre.

En el plano social, la paradoja de Easterlin refuerza esta idea. Dentro de un país, mayores ingresos suelen correlacionar con mayor felicidad; entre países, esa relación se diluye. Más dinero mejora condiciones, pero no asegura bienestar subjetivo ni sentido vital. No es casual que los indicadores más fiables de malestar social sean el suicidio y el homicidio, y no el producto bruto interno.

Jung lo expresó con claridad: la felicidad continua es una ilusión peligrosa; sin tristeza, la palabra misma perdería sentido. La infelicidad aparece antes en quien pretende ser feliz todo el tiempo. Tal vez por eso la advertencia de Solón —solo puede llamarse feliz a quien ha completado su vida— sigue incomodando a la sensibilidad moderna.

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La ciencia no queda al margen: genética, neurotransmisores, psicofármacos y dispositivos terapéuticos representan intentos legítimos de aliviar el sufrimiento. Pero tratar el dolor no equivale a definir el buen vivir. La felicidad no se prescribe.

Epílogo

Tal vez el mayor equívoco contemporáneo no sea no ser felices, sino exigirle a la felicidad lo que no puede dar: permanencia, plenitud, garantía. Al convertirla en un objetivo explícito, medible y obligatorio, la vaciamos de sentido y la transformamos en fuente de frustración. La felicidad no responde bien a la lógica del control ni de la acumulación. Se deja ver, más bien, cuando la vida no está enteramente organizada alrededor de la falta, cuando el deseo no se convierte en tiranía y cuando el relato personal alcanza un mínimo de coherencia y aceptación de sus límites.

Quizás no se trate de aprender a ser felices, sino de desaprender ciertas promesas: la del goce continuo, la del éxito como salvación, la de la satisfacción final. En ese desaprendizaje hay menos euforia, pero más calma; menos promesa, pero más verdad. Si algo sugieren la filosofía, la experiencia cotidiana y hasta la neurociencia, es que una vida buena no es la que elimina el malestar, sino la que sabe convivir con él sin quedar atrapada en el círculo de la falta infinita. A veces, eso alcanza.

Y acaso, solo acaso, en esos intervalos sin exigencia, la felicidad aparece —no como meta— sino como visita.

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