Edgardo A Marecos

martes, enero 06, 2026

 

Impronta, empatía y emoción en la constitución de lo humano

Hace varios años tuve la oportunidad de leer los trabajos de Konrad Lorenz sobre la impronta o troquelado en aves, particularmente en gansos salvajes y grajos. Lorenz describió cómo estos animales interpretan como progenitor al primer objeto en movimiento que aparece en un determinado ángulo de su entorno inmediato. Este fenómeno, situado en una zona intermedia entre lo innato y lo aprendido, cuestiona la dicotomía clásica entre naturaleza y cultura y pone de relieve la existencia de aprendizajes tempranos con efectos duraderos e irreversibles.

Estos hallazgos, son fundamentales para el desarrollo de la etología y, contribuyeron a que Lorenz —médico devenido etólogo— recibiera el Premio Nobel  de Medicina, consolidando el estudio científico del comportamiento como un campo central para la comprensión de la vida relacional.

Es una aproximación sobre la constitución de la subjetividad humana,  que no emerge de una racionalidad autónoma ni de un individualismo puro, sino de un complejo entramado de vínculos, reflejos e identificaciones tempranas.  La impronta de Konrad Lorenz  es un muestra  de la existencia de aprendizajes tempranos, irreversibles y situados entre lo innato y lo adquirido, desafiando la dicotomía clásica entre naturaleza y cultura.

 

 

La primera mirada que representa la impronta y el descubrimiento de las neuronas espejo proporcionan una base neurobiológica a la comprensión del otro, revelando  una experiencia encarnada y no meramente cognitiva. Se establece además una distinción fundamental entre la empatía, función basal para la vida social de los vertebrados, y la compasión, una modalidad específicamente humana que implica la participación en las pasiones del otro y marca el tránsito del plano biológico al simbólico. La emoción no es un obstáculo para el conocimiento, sino una de sus condiciones de posibilidad, y que la humanidad se define no tanto por la capacidad de cálculo, sino por la de sentir y responder a la experiencia del otro. Esto confiere al conocimiento una responsabilidad ética ineludible: conocer es una forma de participación en un mundo compartido.

 

 

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La Impronta y los Fundamentos del Vínculo

La investigación etológica ha sido fundamental para cuestionar las fronteras tradicionales entre lo innato y lo aprendido. Los trabajos de Konrad Lorenz sobre la impronta (o troquelado) revelan un mecanismo de aprendizaje temprano con efectos duraderos e irreversibles que define las primeras relaciones de apego.

Imagen que contiene pájaro, tabla, pequeño, grupo

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El Fenómeno de la Impronta: 

Lorenz describió cómo aves como los gansos salvajes y los grajos identifican como progenitor al primer objeto en movimiento que perciben en su entorno inmediato. Este fenómeno se sitúa en una zona intermedia entre el instinto y el aprendizaje. Estos hallazgos no solo fueron cruciales para el desarrollo de la etología como disciplina científica, consolidando el estudio del comportamiento como un campo central para entender la vida relacional.

 

El Dispositivo Especular: Arte, Neurobiología e Identidad

El concepto del reflejo o del espejo opera como un principio organizador clave en la constitución del sujeto, manifestándose tanto en la producción cultural como en los fundamentos neurobiológicos de la cognición social.

 

 

 

 

De la Neurona a Velázquez : El espejo ha sido una fuente  cultural y un objeto de análisis filosófico. Las Meninas;   Michel Foucault, en Las palabras y las cosas, analiza esta  obra de Diego Velázquez como una figura del saber moderno. En el cuadro, el pintor se representa a sí mismo pintando, y el espectador queda incluido en la escena, siendo mirado por la obra. Esto problematiza la posición del sujeto y evidencia una representación que se vuelve autorreferencial.

 

Un dibujo de una persona

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El Fundamento Neurobiológico: Las Neuronas Espejo

El descubrimiento de las neuronas espejo introduce una dimensión especular en las bases de la vida psíquica y social.  Estos circuitos neuronales se activan tanto al ejecutar una acción como al observar a otro realizar la misma acción. La comprensión del otro deja de ser un proceso exclusivamente cognitivo o abstracto para convertirse en una experiencia encarnada, mediada por el cuerpo y la simulación interna de la acción observada.

 

La Identidad no es una entidad preexistente, sino que se construye a través de la interacción empática, el importante  aporte de Stanley Greenspan que afirma de manera contundente que “el desarrollo de la conciencia de la propia identidad depende por completo de la relación empática entre el niño y sus padres”. Esta idea subraya el carácter radicalmente relacional de la subjetividad desde sus orígenes. El análisis subvierte la jerarquía tradicional del pensamiento occidental que privilegia la razón sobre la emoción. Se argumenta que la capacidad de afectar y ser afectado es la base de todo conocimiento y vínculo social.

 

Adenda

 

Empatía y Compasión: De lo Biológico a lo Simbólico

J.-V. Didier propone una distinción crucial entre empatía y compasión, situando a esta última en el centro de lo propiamente humano. Didier sostiene que la compasión es la forma fundamental del conocimiento y que la experiencia primaria es el sentir (pathos), no la razón (logos). Se postula que "el tráfico de las pasiones precede al comercio de las ideas"  Marca una distinción Clave:

La empatía: considerada indispensable para la vida social de los vertebrados, es una función biológica Es automática, visceral, compartida con otros vertebrados. Es contagio emocional.

La  compasión: definida como la participación en las pasiones del otro, supone el paso del plano biológico al simbólico. Esta transición marca el tránsito del animal al hombre: del intercambio de emociones al de signos. ): Es propiamente humana porque implica una distancia simbólica. No es solo "sentir lo mismo" (lo cual puede ser abrumador o egocéntrico), sino "participar en la pasión del otro" reconociéndolo como un otro.

La Humanidad Definida por el Vínculo

La conjunción de genes, memes, impronta, neuronas espejo e imitación da lugar a un sujeto cuya esencia es relacional. La ficción y la experiencia cotidiana ofrecen ejemplos claros de esta interconexión. La constitución de lo humano es inseparable de un entramado de vínculos donde la alteridad es una condición originaria y no un añadido posterior.  Si el conocimiento se funda en la capacidad de ser afectado, entonces todo saber conlleva una responsabilidad ética. Conocer no es un acto neutral, sino una forma de implicación. En un contexto de vínculos crecientemente mediatizados por la tecnología, recuperar la centralidad de la relación empática y compasiva se convierte en una exigencia teórica y ética.

 

Síntesis

 

Se  trata de lograr una síntesis  humanista,  un hilo conductor coherente entre la biología pura (Lorenz), la neurociencia cognitiva células espejo (Rizzolatti), la filosofía del arte (Foucault) y la ética (Didier), que permita afirmar que la constitución de lo humano no puede pensarse como un fenómeno exclusivamente individual ni como el producto de una racionalidad autónoma.

El sujeto emerge siempre en un entramado de vínculos, reflejos e identificaciones tempranas, donde la alteridad no es un añadido posterior, sino una condición originaria. un manifiesto contra el solipsismo y el racionalismo desencarnado somos organismos vivos que se constituyen en y por la relación con el otro.

 

La empatía aparece como una función basal que posibilita la vida social; la compasión, en cambio, introduce una dimensión específicamente humana al inscribir la experiencia del otro en el orden simbólico. Si el conocimiento se funda en la capacidad de ser afectado, entonces toda forma de saber conlleva una responsabilidad ética. Conocer no es un acto neutral, sino una forma de participación. En un contexto histórico atravesado por tecnologías cada vez más sofisticadas y vínculos crecientemente mediatizados, recuperar la centralidad de la relación empática y compasiva se vuelve una exigencia teórica y ética.

“Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”, afirmaba Terencio. Tal vez sea esta apertura al otro —esta tensión constitutiva entre razón y emoción, individuo y vínculo, naturaleza y cultura— la que define nuestra condición. En esa tensión inestable pero fecunda se juega la posibilidad de errar, de reparar y de seguir construyendo, con otros, aquello que llamamos humanidad.