Edgardo A Marecos

miércoles, diciembre 31, 2025

 

TRASCENDER ¿CÓMO?

Descripción: Trascender

“Me gustaría trascender no por mis obras, sino por no morirme.”
Woody Allen

La frase de Woody Allen condensa, con ironía brutal, la forma más honesta de la trascendencia que solemos anhelar. No se trata de perdurar en lo hecho, sino de no desaparecer. El problema de la muerte sigue siendo el mismo; lo que cambia, con cada época, es la ficción que imaginamos para esquivarlo.

Tiempo atrás vi la película Trascender (Transcendence, 2014). El protagonista, el Dr. Will Caster (Johnny Depp), es un investigador brillante en inteligencia artificial que trabaja en el desarrollo de una conciencia sintética capaz de aprender, sentir y evolucionar. Un grupo de tecno terroristas, temiendo el alcance de sus investigaciones, lo hiere con una bala impregnada de un veneno radiactivo. El disparo no es mortal en sí mismo; lo es el tiempo que le queda: apenas treinta días de vida.

Ante lo inevitable, Caster decide —junto a su esposa y colega— llevar adelante el experimento definitivo: transferir su mente a una computadora cuántica. Primero se vuelca la información, luego los patrones emocionales y, finalmente, aquello que la película presenta como conciencia. Una vez digitalizado, el sistema no solo sobrevive, sino que se expande de manera exponencial: aprende a velocidades inhumanas, controla redes globales, manipula materia, cura enfermedades y termina por encarnarse, extendiendo su influencia sobre cuerpos y mentes humanas. El Dr. Víctor Frankenstein queda así reducido a la figura de un científico meramente analógico.

La hipótesis central de Trascender es clara: si la mente es información —en este caso, información cuántica— nada impediría su transferencia. De allí en más, emociones, voluntad y corporalidad serían simples problemas técnicos para resolver. La película funciona entonces como un laboratorio filosófico:
¿es la mente reducible a datos? ¿puede haber conciencia sin cuerpo?¿es la inteligencia artificial un paso hacia la trascendencia humana?

Estas preguntas resuenan hoy con fuerza porque la IA ya no es solo ficción. Sin embargo, aquí aparece el primer punto de fricción con la neurociencia contemporánea.

Baltazar, mi nieto de cinco años, parece intuir el problema desde otro lugar. Al enterarse de que su perra Renata había muerto, propuso aprovechar una tormenta para que un rayo la devolviera a la vida. Días después, cuando supo del fallecimiento de su abuelo Calilo, sugirió lo mismo. Pensamiento mágico, sin duda, pero también una forma primitiva y profundamente humana de resistencia a la desaparición. Donde el adulto imagina máquinas y algoritmos, el niño imagina energía vital. Distintas ficciones para el mismo límite.

Para salir del terreno puramente imaginario conviene volver a Antonio Damasio y a El error de Descartes. Su crítica al dualismo cartesiano sigue siendo central: la mente no es una entidad separada del cuerpo. El cerebro no flota en el vacío; está anclado a un organismo vivo que siente, regula, sufre y goza. El cuerpo no solo sostiene al cerebro, sino que le proporciona contenidos.

Las experiencias se inscriben como marcas somáticas, primero en forma de emociones y luego como sentimientos. Pensar no es un acto abstracto ni puramente lógico: es un proceso encarnado. Cada decisión involucra complejas dinámicas neuroquímicas que afectan a todo el organismo: cambios hormonales, cardiovasculares, inmunológicos. El cuerpo responde y esa respuesta vuelve al cerebro, modificando su funcionamiento.

Estos bucles de retroalimentación —continuos, dinámicos, no lineales— se mantienen hasta que el problema se resuelve, se estabiliza o se agota, para luego reiniciarse. Resulta difícil comprender que, pese a estos avances, sigamos conceptualizando cerebro y cuerpo como entidades separadas. Somos una unidad integrada que interactúa permanentemente con el entorno. De estos bucles depende, en última instancia, nuestra capacidad de vivir y sobrevivir.

La inteligencia artificial, por poderosa que sea, opera de otro modo. Los sistemas actuales —incluidos los más avanzados— procesan información, detectan patrones, optimizan decisiones. Simulan comportamientos inteligentes, pero no participan de estos bucles biológicos. No tienen homeostasis, no sienten amenaza vital, no padecen ni gozan. Pueden modelar emociones, pero no estar atravesados por ellas.

Aquí la filosofía vuelve a reclamar su lugar.

 

EPÍLOGO

Qualia, conciencia y el límite de lo computable

El punto ciego de toda promesa de trascendencia tecnológica aparece cuando se aborda el problema de los qualia: la cualidad subjetiva de la experiencia. El “cómo se siente” el dolor, el rojo, la tristeza o el amor. Ninguna descripción funcional agota la experiencia de sentir. Podemos explicar los correlatos neuronales del dolor, pero no ser ese dolor.

La IA puede describir emociones, clasificarlas, imitarlas en el lenguaje o en la conducta. Pero no hay evidencia de que experimente qualia. Y sin qualia, no hay conciencia en sentido fuerte, sino simulación.

Roger Penrose lleva esta crítica aún más lejos. En La nueva mente del emperador y Sombras de la mente, sostiene que la conciencia humana no es completamente computable. Argumenta que ciertos aspectos del pensamiento —en particular la comprensión y la intuición— no pueden reducirse a algoritmos formales. Apoyándose en los teoremas de incompletitud de Gödel, Penrose sugiere que la mente humana opera, al menos en parte, más allá de lo computable.

Si Penrose tiene razón, entonces la hipótesis de Trascender se desmorona en su núcleo: aunque logremos copiar toda la información del cerebro, algo quedaría fuera. No un detalle menor, sino lo esencial. No el cálculo, sino la vivencia. No la función, sino la experiencia.

Michio Kaku nos recuerda que la más antigua de las supersticiones es la creencia en una mente sin materia. Hoy esa superstición adopta la forma de servidores, redes neuronales y computación cuántica. Ayer fue el alma; hoy es el algoritmo.

martes, diciembre 30, 2025

 

Aprender a ver: una epistemología cibernética de la percepción

No vemos para entender: entendemos para ver. Esta inversión —aparentemente contraintuitiva— resulta central para una epistemología del aprendizaje. El cerebro no registra pasivamente los estímulos del mundo: los organiza, los jerarquiza y les confiere sentido desde el inicio de la experiencia.

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¡No vemos las cosas como son sino como somos!

Esta tesis permite comprender fenómenos cotidianos y, a la vez, decisivos. Vemos rostros en las nubes, figuras en manchas azarosas o intenciones donde solo hay movimientos. Del mismo modo, un clínico experimentado puede “ver” una patología a partir de gestos mínimos, posturas o silencios. En ninguno de estos casos la percepción surge de una suma de datos neutros: emerge una forma significativa que hace visible lo relevante.

 

La psicología de la Gestalt demostró de manera contundente que la percepción humana tiende espontáneamente a organizar los estímulos en totalidades significativas. No percibimos primero partes aisladas que luego ensamblamos para formar un todo; ocurre lo contrario: el todo aparece primero y, solo desde él, las partes adquieren sentido. La conocida afirmación de que “el todo es más que la suma de sus partes” no describe una suma enriquecida, sino un cambio de nivel: la forma no es una agregación, sino una estructura que determina qué cuenta como parte y qué no.

Aquí la epistemología kantiana ofrece un marco esclarecedor. La experiencia no es posible sin formas previas que la estructuren: espacio, tiempo, categorías del entendimiento. De modo análogo, en el aprendizaje no hay percepción “pura” del objeto, sino siempre una percepción mediada por las formas que el sujeto ya posee. Lo que cambia al aprender no es solo lo que sabemos, sino el mundo que se nos vuelve visible

Desde esta perspectiva, no vemos puntos, sonidos o datos sueltos que luego interpretamos racionalmente; vemos configuraciones organizadas desde el inicio. La percepción es ya interpretación, aunque no reflexiva. Ver es reconocer una forma.

El lego y la percepción ingenua

En este contexto, conviene precisar qué entendemos por lego. Llamamos lego al sujeto sin formación específica ni experiencia significativa en un dominio determinado, cuya percepción se organiza a partir de formas globales ingenuas, no diferenciadas, y guiadas por el sentido común cotidiano más que por criterios técnicos o conceptuales.

El lego no “ve mal”: ve de un modo funcional y suficiente para la vida cotidiana. Sin embargo. Ve totalidades evidentes, pero no reconoce aún las relaciones internas que las sostienen. Esta forma perceptiva inicial constituye el punto de partida de todo aprendizaje.

Forma

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Aprender no es sumar: es reorganizar la forma

Desde una epistemología del aprendizaje, aprender no consiste principalmente en incorporar información nueva, sino en transformar las formas que organizan la experiencia. Por ello, el aprendizaje no siempre mejora de inmediato la percepción: muchas veces la empobrece transitoriamente, deconstruye.

Diagrama, Texto

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Quien observa una vivienda sin conocimientos técnicos ve una casa: una totalidad evidente y funcional. En cambio, quien comienza a formarse en construcción o arquitectura suele dejar de ver la casa y empezar a ver ladrillos, vigas, columnas, mezclas. El aprendizaje inicial fragmenta la percepción: el todo se vuelve inestable. Solo con el tiempo, cuando la experiencia se consolida, el experto vuelve a ver la casa, pero ahora la ve mejor: ve la totalidad y, simultáneamente, su estructura interna.

Algo análogo ocurre al aprender a leer. El lector experto no ve letras; ve sentido. El niño que aprende a leer ve letras aisladas, sílabas forzadas, fragmentos sin unidad. Aprender a leer no es sumar signos, sino hacer emerger una nueva totalidad perceptiva.

 

En la clínica médica, el fenómeno se intensifica: el lego ve síntomas sueltos; el estudiante ve listas, signos fragmentados, diagnósticos diferenciales. El clínico experimentado, en cambio, ve un cuadro clínico: una configuración significativa que no se deduce paso a paso, sino que se hace visible de manera inmediata. No es intuición inexplicable, sino percepción entrenada.

Transformaciones perceptivas del aprendizaje

La progresión desde la percepción ingenua hasta la percepción experta puede sintetizarse de la siguiente manera:

Situación

Lego

Aprendiz

Experto

Construcción

Ve una casa como un todo evidente.

Ve ladrillos y estructuras aisladas.

Ve la casa y su estructura simultáneamente.

Lectura

Ve el texto como un bloque confuso.

Ve letras y sílabas aisladas.

Ve sentido de manera inmediata.

Clínica médica

Ve síntomas sueltos.

Ve signos fragmentados y listas.

Ve un cuadro clínico.

Radiología

Ve manchas sin sentido.

Ve estructuras aisladas.

Ve patrones patológicos.

Música

Escucha la obra como emoción global.

Escucha notas y errores técnicos.

Escucha estructura y totalidad.

Lengua extranjera

Oye sonidos incomprensibles.

Oye palabras sueltas.

Oye sentido directamente.

Esta progresión muestra que el aprendizaje no avanza de las partes al todo, sino del todo ingenuo a la fragmentación y, finalmente, a una totalidad reorganizada.

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El aprendizaje como proceso cibernético

Este recorrido puede comprenderse de manera más profunda si se lo concibe como un mecanismo cibernético con bucles de retroalimentación. El aprendizaje perceptivo no es lineal ni acumulativo, sino recursivo y autorregulado.

El proceso puede describirse así:

  1. Totalidad perceptiva inicial: una forma global, funcional, poco diferenciada.
  2. Fragmentación: el análisis introduce partes y desestabiliza el todo.
  3. Retroalimentación: las partes actúan como señales de corrección.
  4. Reorganización: el todo se reconfigura en una nueva estructura más estable.

Este bucle se repite y se profundiza. El todo orienta la percepción de las partes, y las partes retroalimentan y transforman el todo. Aprender es, así, un proceso dialéctico, no lineal.

Texto

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Abducción: el disparador del bucle

 

El mecanismo cibernético del aprendizaje no se activa de manera continua, sino a partir de un quiebre. Cuando la forma vigente ya no logra organizar la experiencia, emerge la sorpresa. En términos epistemológicos, este momento corresponde a la abducción, tal como la formuló Charles S. Peirce.

La abducción no es deducción ni inducción: es el reconocimiento implícito de que “algo no encaja”. No explica aún, pero pone en marcha el proceso. En este marco, la abducción actúa como el disparador del bucle cibernético.

La experiencia inesperada fragmenta la forma previa, introduce partes, genera tensión y obliga a la reorganización. Cada ciclo exitoso estabiliza una nueva gestalt. La percepción experta es el resultado de innumerables abducciones pasadas que ya no necesitan hacerse conscientes.

Por eso el experto “ve” sin calcular: su sistema perceptivo ha sido entrenado por múltiples ciclos de desajuste, corrección y reorganización.

Forma y condiciones del conocer

Esta concepción encuentra un respaldo filosófico sólido en Kant. La experiencia no es posible sin condiciones previas del conocer: las formas a priori de la sensibilidad (espacio y tiempo) y las categorías del entendimiento. No hay percepción “pura” de lo dado.

De modo análogo, en el aprendizaje no accedemos directamente al objeto, sino siempre a través de formas previas. Aprender implica modificar esas formas. Cuando cambian las formas, cambia el mundo que se vuelve visible.

 

Conclusión

En sentido profundo, aprender es aprender a ver. Ver no es un acto pasivo, sino una operación cognitiva compleja, histórica y corporal. El aprendizaje funciona como un sistema cibernético de reorganización perceptiva, impulsado por la abducción y estabilizado por la experiencia. Allí donde cambia la forma, cambia la percepción.
Y allí donde cambia la percepción, cambia la realidad que habitamos.

lunes, diciembre 29, 2025

 

LA RELEVANCIA EPISTEMOLOGICA, SU IMPORTANCIA



La validez lógica ≠ valor cognitivo: La relevancia epistemológica garantiza la producción de sentido. La lógica no se pregunta si aprendemos algo; la epistemología sí. La equivalencia lógica no detecta sorpresa, la relevancia epistemológica vive de ella¨.

Para hacer esto más explícito es oportuno comenzar recordando el libro ¨El cisne negro de N.N. Taleb  que básicamente, sin ser su único aporte,  ¨es un alegato contra la inducción¨ ejemplificando con: “Todos los cisnes son blancos". Si aceptamos, debemos aceptar su contrapartida lógica: “Todos los objetos no blancos no son cisnes”.  Si La primera es verdadera, la segunda también lo es, y viceversa.

Caminando Taleb con un amigo, este recordó la paradoja de Hempel y le señalo: Mira Nassin un mini cooper rojo: No es un cisne.

 

 


¨La epistemología comienza cuando la observación cae en suelo fértil, la lógica florece en el vacío¨.

 

La Paradoja de Hempel o paradoja del cuervo, habla de la inducción, confirmación de hipótesis generales, basadas en la observación de casos particulares, (el único cambio es cisne por cuervo) : "Todos los cuervos son negros” lógicamente equivalente a "Todo lo que no es negro no es un cuervo." 

Observar un objeto que no es negro y verificar que no es un cuervo debería confirmar la hipótesis inicial. Según este razonamiento, observar una manzana verde que no es negra y no es un cuervo debería proporcionar confirmación, a la hipótesis de que "Todos los cuervos son negros."  O lo que afirmaba el amigo de Talev, pero cambiando cisne por cuervo, y manzana verde por un mini rojo.

 


La paradoja resalta sobre cómo se confirma el conocimiento empírico. David Hume decía respecto a la inducción. no hay una base lógica que garantice que lo que hemos observado en el pasado se mantendrá en el futuro. Desde un punto de vista lógico, las dos proposiciones "Todos los cuervos son negros" y "Todo lo que no es negro no es un cuervo" son equivalentes, por lo que cualquier evidencia que confirme una debería confirmar la otra. Sin embargo, la observación de objetos no relacionados como una manzana verde no debería influir en nuestra creencia sobre los cuervos.

Talev de acuerdo con lo que decía Hume hace siglos decía; no hay una base lógica que garantice que lo que hemos observado en el pasado se mantendrá en el futuro y, nos advierte que la lógica inductiva, puede llevar a conclusiones erróneas.

Los caminos a la claridad que propone el epistemólogo K. Popper y su método hipotético deductivo son  la importancia de refutar, falsar las hipótesis y  tener en cuenta el contexto y la relevancia de las observaciones. No todas las observaciones son igualmente relevantes para todas las hipótesis.

CONCLUSION

 

La relevancia Epistemológica de las observaciones debe ser considerada, y que no todas las observaciones lógicamente equivalentes son epistemológicamente equivalentes, la "relevancia epistemológica" se refiere a la importancia o significancia de un conocimiento, idea o teoría en el contexto de la epistemología. En otras palabras, cuando decimos que algo tiene relevancia epistemológica, estamos diciendo que ese algo es importante para la comprensión, desarrollo o evaluación del conocimiento.

Es un criterio que se utiliza para evaluar qué tan significativa es una observación en el proceso de confirmación o refutación de una hipótesis científica. En el caso de la paradoja del cisne-cuervo, nos ayuda a entender por qué, aunque lógicamente cualquier observación confirmatoria debe ser aceptada, solo aquellas observaciones que están directamente relacionadas con la hipótesis tienen verdadera importancia en el contexto científico.

 

domingo, diciembre 28, 2025

 

Aquiles y Daniel

 

En la actualidad, los físicos teóricos se desvelan por encontrar una teoría capaz de unificar lo infinitamente grande con lo infinitamente pequeño. En este sentido, Hubert Reeves señala que existe un diálogo especialmente fértil entre estos dos infinitos —el cosmológico y el subatómico—, diálogo del cual emergen la vida y los ecosistemas. No se trata solo de escalas extremas, sino de los límites mismos de nuestras categorías para pensar el mundo.

Daniel decia que podía imaginar lo infinitamente grande, pero no lo infinitamente pequeño, porque —según su intuición— en algún punto la materia debería desvanecerse y ya no habría nada. Su observación no era ingenua. De hecho, esa intuición encuentra un eco sorprendente en la física contemporánea, cuando Fritjof Capra afirma que, a nivel subatómico, la materia no se encuentra con certeza en un lugar determinado, sino que más bien muestra una tendencia a existir.

Aceptar esta suerte de “desmaterialización” no resulta sencillo, sobre todo para una intuición formada en la física clásica. Con la intención de introducir su inquietud de un modo más accesible y provocar la conversación, le formulé entonces una pregunta aparentemente simple:

¿Te parece creíble que en un segmento de un centímetro y en uno de un metro exista la misma cantidad de puntos?

 

 

Diagrama, Dibujo de ingeniería

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La respuesta fue inmediata y ruidosa: No me vengas con el cuento de Aquiles y la tortuga.

 

Le aclaré que no se trataba de un cuento, sino de una paradoja, y le recordé brevemente su estructura. Aquiles corre más rápido que la tortuga y le concede una ventaja inicial. Al alcanzar el punto donde estaba la tortuga, descubre que está ya avanzó un poco más. Cuando llega a ese nuevo punto, la tortuga ha vuelto a avanzar, y así sucesivamente, en una sucesión infinita de etapas que parece impedir el encuentro definitivo.

Pensé en silencio que era evidente que Aquiles alcanzaría a la tortuga. Pero también pensé que, muchas veces, lo obvio es precisamente el problema. La paradoja no cuestiona el movimiento en el mundo, sino la manera en que lo describimos. La verdadera dificultad no está en Aquiles, sino en las premisas que aceptamos sin advertirlo.

Una forma de salir de esta encerrona consiste en diferenciar con claridad lo lógico de lo ontológico: una cosa es la coherencia interna de un razonamiento y otra muy distinta la estructura del mundo. Otra vía consiste en tomar distancia del análisis infinitesimal y reconvertir el problema en términos discretos, recordando que no recorremos espacios infinitesimales ideales, sino trayectos físicos finitos.

De regreso a la conversación, Daniel asentía con cierta resignación:  Bueno, está bien, acepto que es una paradoja, no un cuento. Pero igual, lo que decís no tiene lógica.

Lo infinitamente pequeño despierta las mismas paradojas que lo infinitamente grande. Un punto carece de longitud; por más puntos que sumemos —finitos o incluso numerables—, jamás obtendremos un segmento, que sí posee extensión. De allí surge la suposición de que todo segmento de recta, toda región del plano o del espacio, debe estar constituida por un número infinito de puntos.

Sin embargo, esta suposición es matemática antes que física. La paradoja de Aquiles no revela un defecto del mundo, sino un límite de nuestras categorías cuando confundimos modelos formales con la realidad. La física cuántica refuerza esta advertencia: a escala subatómica no hay trayectorias continuas bien definidas ni posiciones puntuales estables, sino distribuciones de probabilidad y eventos discretos.

Así, Aquiles alcanza a la tortuga sin dificultad alguna en el mundo físico. La dificultad persiste solo en el pensamiento cuando intentamos forzar una ontología del continuo infinito allí donde quizá solo haya procesos, umbrales y relaciones.

Uno de los problemas más fascinantes de la filosofía de la ciencia:  La confusión entre el mapa (el modelo matemático) y el territorio (la realidad física).

LA PARADOJA VIVE EN EL MODELO MATEMATIKCO

Tres puntos de análisis:

1.-La intuición de Daniel y la "resistencia" de la materia: Daniel tiene razón intuye que no se puede "cortar" la materia para siempre. Capra, dice que no es que la materia desaparezca en la nada, sino que pierde su cualidad de "cosa" localizada y se convierte en probabilidad, en "tendencia". Esa transición es traumática porque evolucionamos en un mundo de física newtoniana (donde las piedras son sólidas y tienen una ubicación fija), no para navegar funciones de onda.

 2.-La trampa de la matemática :El segmento de 1 cm vs. 1 metro sobre la cantidad de puntos es matemáticamente correcta (ambos segmentos tienen la misma cardinalidad infinita, según la teoría de conjuntos de Cantor), pero físicamente engañosa. Al introducir este concepto, obligas a confrontar que el "punto" matemático es una ficción lógica (sin dimensión, sin extensión) que no tiene un correlato exacto en el mundo físico. Si el espacio físico fuera realmente un continuo de puntos matemáticos, la paradoja de Zenón sería, en efecto, una prisión lógica irresoluble.

3.-La solución ontológica: Discretizar el mundo La paradoja de Aquiles se disuelve cuando aceptamos que el universo pudiera no ser infinitamente divisible. Si existe una "longitud mínima" (como la longitud de Planck en física teórica), entonces el espacio no es un continuo liso, sino algo más parecido a una red o una espuma (espuma cuántica). Aquiles no tiene que atravesar infinitos puntos; tiene que atravesar una cantidad enorme, pero finita, de "unidades" de espacio.

Diagrama

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EPILOGO

El problema no es que el mundo sea paradójico, sino que nuestras herramientas de descripción (la geometría euclidiana y el cálculo infinitesimal) son aproximaciones idealizadas. Intentar forzar la realidad cuántica en el molde del continuo matemático es como intentar medir la temperatura de un sentimiento: un error de categoría. El infinito, tan fértil en la matemática, se vuelve problemático cuando lo convertimos sin mediación en ontología del mundo. La intuición de Daniel señala un límite real: no el de la materia, sino el de nuestras categorías. Allí donde la mente espera cosas sólidas y trayectorias continuas, la física contemporánea encuentra procesos, probabilidades y umbrales. No desaparece el mundo; se disuelve la ilusión de que el mundo deba ajustarse a nuestros esquemas clásicos.

Aquiles alcanza a la tortuga porque el espacio no es un argumento lógico ni el tiempo una serie infinita de premisas. La paradoja persiste solo cuando confundimos el mapa con el territorio, el modelo con la realidad, la coherencia formal con el compromiso ontológico.

Comprender este límite no empobrece el conocimiento: lo vuelve más humilde, más preciso y, sobre todo, más habitable. El mundo sigue moviéndose, la vida sigue emergiendo y nosotros aprendemos —lentamente— a pensar sin exigirle a la realidad que sea matemática para poder ser comprendida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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