La historia no fracasa: la hacemos fracasar
La historia
es una de las materias más desprestigiadas del sistema educativo, casi tan mal
enseñada como las matemáticas o la física, aunque sea esta última la que
tradicionalmente ha generado mayor preocupación. Sin embargo, ese descrédito no
proviene de la historia en sí, sino del modo en que suele reducirse: a una
sucesión de datos, fechas y personajes, despojada de su verdadera dimensión.
Comprendida
en profundidad, la historia no es un archivo de acontecimientos más o menos
relevantes, sino un proceso totalizador: una expresión inseparable del ser
humano, de sus creaciones, de sus preguntas y de sus intentos por comprender el
mundo, siempre situados en un tiempo y un entorno determinados. No es
información; es sentido en movimiento.
Carl
Friedrich Gauss, uno de los grandes matemáticos de la historia, lo expresó con
admirable lucidez al afirmar: “Ahora que conozco la solución, me gustaría saber
cuál fue el proceso que me condujo hasta ella”. En esa frase se condensa una
pedagogía completa. Aprender no consiste en llegar a una respuesta, sino en
comprender el camino que hizo posible esa respuesta.
Aprender
desde la motivación, desde la historia que conduce a un descubrimiento —y no
desde el dato desnudo— es un recorrido fértil, lleno de sorpresas. Es una
lección que muchos han olvidado. Por eso, comenzar por nuestros antecedentes
históricos, entendidos como una red de relaciones desplegadas en el tiempo,
constituye una vía privilegiada para iniciar cualquier proceso genuino de
comprensión.
Si bien los
primeros pasos de lo que hoy llamamos civilización se dieron en Oriente —India,
China— muchos siglos antes de Cristo, las preguntas fundacionales de la
civilización occidental surgieron en Grecia. Y no fue casual. A una singular
disposición intelectual se sumó una situación geopolítica excepcional: Grecia
no era solo el territorio que hoy conocemos, sino un entramado de islas, el
Asia Menor y el sur de Italia, un paso obligado entre Oriente y Occidente, un
cruce de caminos, mercancías e ideas.
Resulta
notable comprobar que aquellas preguntas formuladas hacen más de dos mil años
conservan plena vigencia. Los grandes interrogantes sobre el universo, el ser
humano y lo divino siguen abiertos. Los griegos comprendieron, además, algo
fundamental para el pensamiento: la necesidad del ocio, entendido no como
pasividad, sino como tiempo liberado para pensar. Ese ocio estaba íntimamente
ligado a la libertad de expresión, favorecida por una concepción de lo
religioso en la que el culto tenía más peso que el dogma.
Esta
actitud evitó la sanción mística del pensamiento y abrió un espacio
privilegiado para la búsqueda de explicaciones racionales. Ese clima cultural
fue un verdadero caldo de cultivo para la creatividad y, con ella, para la
evolución de las ideas.
Definir qué
es la creatividad no es sencillo. El lenguaje suele quedarse corto frente a lo
que intuimos. Pero podemos aproximarnos mediante una analogía: cuando al
observar cómo el vapor levanta la tapa de una tetera somos capaces de intuir el
movimiento circular y, a partir de él, imaginar la rueda, estamos ejerciendo la
creatividad en una de sus formas más potentes.
Durante
siglos, la filosofía contuvo la totalidad del saber. No hay un momento preciso
en el que pueda afirmarse que comienza el pensamiento filosófico, pero sí es
posible señalar un límite difuso: el abandono progresivo del mito como
respuesta última, en favor del logos, del razonamiento.
Este
tránsito fue facilitado por la particular naturaleza de los dioses griegos,
profundamente humanizados, sometidos a pasiones, conflictos y desgracias. Eran
dioses domésticos, presentes en la vida cotidiana, lo que paradójicamente los
hacía menos intimidantes y más compatibles con la interrogación racional.
Sería un
error, sin embargo, despreciar la magia de aquella época. La magia sigue siendo
necesaria hoy, incluso en las ciencias llamadas “duras”, aunque muchas veces se
presente bajo el ropaje del formalismo. Sir Isaac Newton, considerado uno de
los mayores genios de la humanidad, no dudó en recurrir a una forma de magia
conceptual al introducir la “atracción a distancia”, un cierre necesario
—aunque incómodo— para su universo mecanicista.
También la
medicina, como señalara Jores, requiere de cierta magia para su ejercicio. No
como engaño, sino como reconocimiento de los límites del saber estrictamente
técnico.
En este
escenario emerge Sócrates como un punto de inflexión decisivo para Occidente.
Con él puede hablarse de un antes y un después. Los pensadores presocráticos se
habían ocupado fundamentalmente de la physis, de la naturaleza de las
cosas, preguntándose por su principio —el arché—, único o múltiple.
Para Tales
de Mileto, ese principio era el agua; para Anaximandro, lo indeterminado; para
Anaxímenes, el aire. Pitágoras desplazó radicalmente el eje al afirmar que el
fundamento de la realidad eran los números, introduciendo un principio formal.
Su legado atraviesa siglos, desde la matemática hasta la música, donde por
primera vez se estableció una relación precisa entre cantidad y cualidad.
Heráclito
introdujo la idea del devenir constante y de la unidad de los contrarios: todo
fluye. Parménides, en cambio, sostuvo la unicidad y permanencia del ser. Zenón,
su discípulo, elaboró las célebres aporías no para negar el movimiento, sino
para mostrar la dificultad de explicarlo racionalmente. Las paradojas de la
dicotomía, Aquiles y la tortuga o la flecha siguen recordándonos la importancia
de interrogar lo aparentemente obvio.
Mucho antes
de la física moderna, Demócrito imaginó un mundo compuesto por átomos y vacío.
Sin instrumentos, solo con pensamiento e imaginación, dio pasos decisivos hacia
una concepción que, con múltiples transformaciones, aún nos acompaña. Hoy
sabemos que el átomo no es indivisible, pero seguimos pensando la realidad en
términos de materia, vacío y movimiento.
Sin
embargo, es necesario introducir aquí una advertencia fundamental: gran parte
de lo que sabemos sobre estos pensadores no nos ha llegado de manera directa.
Accedemos a ellos a través de fragmentos, citas y reconstrucciones realizadas
por autores posteriores.
En este
punto resulta clave distinguir entre doxología, doxografía y
filosofía propiamente dicha.
La doxa,
la opinión, constituye el primer nivel del pensamiento. La doxología remite al
conjunto de opiniones sostenidas por un autor; la doxografía, en cambio, es la
tarea de recopilar, ordenar y transmitir esas opiniones. Aristóteles,
Teofrasto, Diógenes Laercio o Simplicio fueron, en gran medida, doxógrafos.
Gracias a ellos conocemos a los presocráticos, pero ese conocimiento está
mediado, filtrado, interpretado.
Esto no
invalida su legado, pero nos obliga a reconocer que la historia del pensamiento
es también una historia de pérdidas, selecciones y reconstrucciones. No
heredamos ideas puras, sino relatos sobre ideas. La historia, incluso cuando
pretende conservar, transforma.
Lejos de
ser una debilidad, esta condición refuerza su valor formativo. Comprender que
el pensamiento nos llega incompleto y mediado nos educa en la cautela crítica.
Nos enseña que no existen verdades sin contexto y que toda transmisión es, al
mismo tiempo, una recreación.
Desde
entonces hasta hoy, los modelos cambian vertiginosamente. Como suelen decir con
ironía los físicos teóricos, lo maravilloso es que lo que aprendimos ayer ya es
pasado. Cada vez resulta más plausible la idea de que el universo se asemeja
más a un gran pensamiento que a un conjunto de objetos materiales.
Estos
pensadores no nos legaron respuestas definitivas, sino algo más valioso: la
actitud de preguntar. Admirarlos no implica repetirlos, sino aprender de su
modo de pensar. Tal vez allí resida la verdadera función de la historia: no
conservar el pasado, sino mantener viva la capacidad humana de comprender.
Vivimos en
una época paradójica: nunca dispusimos de tantas respuestas y, sin embargo,
formulamos cada vez menos preguntas. La
información circula a una velocidad inédita, los datos se acumulan sin fricción
y los sistemas inteligentes prometen resolver problemas antes incluso de que
logremos comprenderlos. En este contexto, la historia corre el riesgo de quedar
relegada a un archivo decorativo, cuando en realidad es más necesaria que
nunca.
La
inteligencia artificial puede ofrecernos resultados, patrones y predicciones,
pero no puede reemplazar el proceso humano de comprensión: ese recorrido
incierto donde la pregunta precede a la respuesta y donde el error no es un
fallo, sino una condición del aprendizaje. Precisamente eso es lo que la
historia enseña cuando se la comprende en su sentido profundo: cómo pensaron
otros antes que nosotros, qué supuestos dieron por evidentes y qué rupturas
fueron necesarias para que surgieran nuevas ideas.
Reducida a fechas y nombres, la historia es irrelevante. Entendida como
reconstrucción de procesos, se convierte en una auténtica escuela de
pensamiento crítico. Nos muestra que todo saber es situado, provisional y
perfectible; que incluso las teorías más exitosas nacieron de intuiciones
frágiles, metáforas incompletas y, en no pocas ocasiones, de genuinos actos de
imaginación creadora.
En tiempos
de automatización del conocimiento, la historia cumple una función
insustituible: recordarnos que comprender no es acumular información, sino
aprender a orientarse en la incertidumbre. Allí donde la tecnología ofrece
certezas instantáneas, la historia devuelve contexto; donde los algoritmos
optimizan respuestas, ella preserva el sentido de la pregunta.
Conclusión:
aprender a pensar en el tiempo
Tal vez el
verdadero desprestigio de la historia no sea un problema curricular, sino un
síntoma cultural más profundo: la dificultad contemporánea para habitar el
tiempo, para aceptar que el pensamiento no progresa por saltos mecánicos, sino
a través de procesos lentos, conflictivos y creativos.
La historia
no enseña qué pensar, sino cómo se ha pensado. No impone verdades, sino que
ofrece perspectiva. Nos recuerda que toda idea tiene un origen, que toda teoría
nace de un problema y que todo conocimiento es respuesta a una pregunta
situada.
Recuperar
la historia como experiencia viva no es un gesto erudito ni un acto de
nostalgia. Es una forma de lucidez intelectual y una condición para la
creatividad futura. Porque solo quien comprende de dónde surgen las ideas está
realmente preparado para imaginar aquellas que aún no existen.