La felicidad es una visita ; siempre bien recibida
Hablar de
la felicidad es entrar en un territorio engañosamente familiar. Todos creemos
saber de qué se trata, pero rara vez estamos de acuerdo. Tal vez porque la
felicidad no es un objeto bien delimitado, sino una constelación de
experiencias, juicios, expectativas y relatos que cada época organiza a su
manera.
Una noche,
antes de la cena, el tema volvió a aparecer —como siempre— en una conversación
entre amigos. No sorprendió a nadie: la felicidad es un universal recurrente.
Lo que sí sorprende es la facilidad con la que la invocamos y la dificultad
para decir con precisión de qué estamos hablando. Sabemos, eso sí, que guarda
una relación estrecha con nociones como satisfacción, bienestar y sentido,
aunque no se confunda plenamente con ninguna de ellas.
Miguel recordó entonces que, cuando la expectativa
de vida apenas superaba los treinta años, ser feliz no era un objetivo.
El problema central era sobrevivir, reproducirse, mantenerse con vida. La
felicidad, tal como hoy la entendemos, parece ser un lujo histórico, una
preocupación que emerge cuando las urgencias biológicas básicas han sido, al
menos parcialmente, resueltas.
Desde otro
extremo, el caso de Matthieu Ricard —científico devenido monje budista— ilustra
una tentación contemporánea: medir la felicidad. A través de resonancias
magnéticas funcionales se observó en él una mayor activación de la corteza
prefrontal izquierda, asociada a emociones positivas. ¿Conclusión? Uno de los
hombres “más felices del mundo”. La historia fascina, pero también despierta
sospechas. El correlato cerebral existe, sin duda, pero confundir
correlato con esencia es un error recurrente del entusiasmo neurocientífico.
Steven
Pinker introduce otra paradoja moderna: vivimos
más, tenemos más educación, más tiempo libre y más recursos que hace medio
siglo, y sin embargo nos lamentamos igual. Tal vez —dice— nos falte una
pizca de “gratitud cósmica”. Pero incluso esa apelación resulta insuficiente si
no se aclara qué tipo de felicidad estamos evaluando.
Aquí
resulta clave distinguir dos dimensiones. Por un lado, una felicidad experiencial
o emocional, hecha de estados afectivos positivos y negativos,
inevitablemente fluctuantes. Por otro, una felicidad evaluativa o narrativa,
vinculada a cómo interpretamos nuestra vida, qué decisiones tomamos y qué
sentido les atribuimos. Esta segunda dimensión explica por qué alguien puede
declararse feliz aun en medio de dificultades, o profundamente infeliz pese a
condiciones objetivamente favorables.
Esto quedó
claro la noche del 19 junio 2015, durante el festejo anticipado del cumpleaños
de Luis. Miguel le hizo dos preguntas: su color preferido —naranja— y si era
feliz. Del color nadie se ocupó. Sobre la felicidad, Luis respondió que sí y
dio razones: vínculos, elecciones, coherencia vital. Nada de meditaciones
tibetanas ni estudios de neuroimagen. La felicidad apareció allí como un
juicio reflexivo sobre la propia vida, no como un estado emocional
permanente.
Aristóteles
ya lo había intuido al vincular la buena vida con la eudaimonía: no un
placer constante, sino una forma de vivir bien orientada. De hecho, felicidad y
significado no coinciden necesariamente. Puede haber vidas felices sin especial
profundidad, y vidas profundamente significativas atravesadas por el dolor.
Confundir ambas cosas empobrece a las dos.
El placer,
por su parte, es un actor ambiguo. Motor del
deseo, estado transitorio, nunca puro ni definitivo. Como recordaba Leopardi,
no existe el placer, sino este o aquel placer, siempre finito. La
neurobiología lo confirma: los circuitos dopaminérgicos se activan más en la
búsqueda que en la consumación. Punset lo ilustraba observando a su perra antes
de comer: la expectativa encendía el sistema; el acto, no. La felicidad entendida
como acumulación de placeres está condenada a la insatisfacción.
En este
punto, Ariel aportó un relato que funciona como una síntesis narrativa de todo
lo anterior.
En El
círculo del 99, un cuento anónimo, se
describe la vida de un Rey que, aun
teniendo lo necesario, vive inquieto y frustrado. No sabe explicar su malestar:
nada le falta, pero siente que algo siempre falta. Intrigado, el rey consulta a
un sabio, quien le explica que el hombre ha entrado en el “círculo del 99”: una
estructura mental en la que la satisfacción se posterga indefinidamente porque
siempre falta una unidad más para completar el círculo.
Para
demostrarlo, el sabio deja una bolsa con 99 monedas frente a la casa del
zapatero. Al contarlas, el hombre queda atrapado por la ausencia de la
centésima. Desde ese momento su vida se reorganiza en torno a esa falta
artificial: trabaja más, pierde el descanso, se vuelve irritable y deja de
disfrutar lo que ya posee. Cuando el rey pregunta cómo salir del círculo, la
respuesta es tan simple como perturbadora: no se sale, se evita entrar. El
sabio nunca entró.
El cuento
sugiere que gran parte de la infelicidad humana no proviene de carencias
reales, sino de dispositivos simbólicos que fabrican una falta permanente.
No estar en el círculo no garantiza la felicidad, pero evita una forma
específica de infelicidad: la que nace de la comparación constante, la
expectativa infinita y el deseo sin cierre.
En el plano
social, la paradoja de Easterlin refuerza esta idea. Dentro de un país, mayores ingresos suelen correlacionar con mayor
felicidad; entre países, esa relación se diluye. Más dinero mejora condiciones,
pero no asegura bienestar subjetivo ni sentido vital. No es casual que
los indicadores más fiables de malestar social sean el suicidio y el homicidio,
y no el producto bruto interno.
Jung lo
expresó con claridad: la felicidad continua es una
ilusión peligrosa; sin tristeza, la palabra misma perdería sentido. La
infelicidad aparece antes en quien pretende ser feliz todo el tiempo. Tal vez
por eso la advertencia de Solón —solo puede llamarse feliz a quien ha completado
su vida— sigue incomodando a la sensibilidad moderna.
La ciencia
no queda al margen: genética, neurotransmisores, psicofármacos y dispositivos
terapéuticos representan intentos legítimos de aliviar el sufrimiento. Pero
tratar el dolor no equivale a definir el buen vivir. La felicidad no se
prescribe.
Epílogo
Tal vez el
mayor equívoco contemporáneo no sea no ser felices, sino exigirle a la
felicidad lo que no puede dar: permanencia, plenitud, garantía. Al
convertirla en un objetivo explícito, medible y obligatorio, la vaciamos de
sentido y la transformamos en fuente de frustración. La felicidad no responde
bien a la lógica del control ni de la acumulación. Se deja ver, más bien,
cuando la vida no está enteramente organizada alrededor de la falta, cuando el
deseo no se convierte en tiranía y cuando el relato personal alcanza un mínimo
de coherencia y aceptación de sus límites.
Quizás no
se trate de aprender a ser felices, sino de desaprender ciertas promesas:
la del goce continuo, la del éxito como salvación, la de la satisfacción final.
En ese desaprendizaje hay menos euforia, pero más calma; menos promesa, pero
más verdad. Si algo sugieren la filosofía, la experiencia cotidiana y hasta la
neurociencia, es que una vida buena no es la que elimina el malestar, sino la
que sabe convivir con él sin quedar atrapada en el círculo de la falta
infinita. A veces, eso alcanza.
Y acaso,
solo acaso, en esos intervalos sin exigencia, la felicidad aparece —no como
meta— sino como visita.