Edgardo A Marecos

sábado, enero 24, 2026

 

POSVERDAD

En una cena de amigos, Alfredo me preguntó si tenía algo escrito acerca de la posverdad. Asumí el compromiso de enviarle algunas reflexiones sobre esta palabra que parece estar hoy en boca de todos y que, sin embargo, pocas veces se examina con la profundidad que merece. Al pensarlo mejor, me pareció interesante retomar y expandir el aporte de Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, cruzándolo con lo que sabemos sobre el funcionamiento de nuestra propia mente, tal como lo revelan la neurociencia, la psicología evolutiva y la antropología.

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Se nos repite insistentemente que vivimos en una nueva era: la era de la posverdad. Una época en la que los hechos objetivos habrían perdido peso frente a las emociones, las creencias y las narrativas identitarias. El concepto de "posverdad" suele presentarse como un fenómeno contemporáneo donde los hechos objetivos son desplazados por las emociones y creencias. Sin embargo, un análisis profundo basado en la neurociencia, la antropología y la historia revela que la posverdad no es una anomalía de la era moderna, sino una constante estructural de la especie humana.

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Los ejemplos abundan: noticias falsas, discursos políticos deliberadamente engañosos, reescrituras interesadas del pasado, relatos épicos que justifican acciones presentes en nombre de una “verdad superior”, ya sea la patria, la fe, el progreso o una ideología. Pero frente a este diagnóstico aparece una pregunta tan simple como inquietante: si esta es la era de la posverdad, cuál fue entonces la era de la verdad.

Una mirada rápida —aunque honesta— a la historia de la humanidad vuelve esa pregunta profundamente problemática. No parece haber existido nunca una Edad de Oro en la que las sociedades humanas se hayan regido mayoritariamente por la verdad factual, desnuda y objetiva.

Más bien al contrario: mitos fundacionales, genealogías inventadas, relatos heroicos, dioses tutelares y enemigos demonizados acompañan a todas las civilizaciones conocidas. Por eso no resulta descabellado sostener que no estamos entrando en la posverdad, sino que hemos vivido siempre en ella. Desde este punto de vista, la posverdad no sería una anomalía moderna, sino una constante estructural de nuestra especie.

Las evidencias de que somos, en sentido estricto, la especie de la posverdad son biológicas y antropológicas. Nuestro cerebro no evolucionó para conocer la verdad objetiva del mundo, sino para maximizar nuestras probabilidades de supervivencia y de pertenencia a un grupo. Las neurociencias muestran con claridad que percibimos, recordamos y razonamos de manera sesgada, filtrando la información según nuestras expectativas, emociones y lealtades. No buscamos la verdad; buscamos sentido, cohesión y seguridad.

Un dibujo de una persona

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La capacidad de crear y sostener ficciones compartidas es, paradójicamente, nuestro mayor logro evolutivo. Mientras un chimpancé jamás entregaría su plátano a cambio de una promesa futura —un banquete en el “cielo de los monos”—, los seres humanos construimos catedrales, imperios, Estados nacionales y sistemas financieros basados casi exclusivamente en relatos. Creemos en cosas que no podemos ver, tocar ni verificar empíricamente, y esa creencia nos permite cooperar con millones de desconocidos. Esa es la verdadera singularidad humana.

Somos la única especie capaz de generar una realidad intersubjetiva: entidades que no existen en el mundo físico, pero que existen en el entramado simbólico que compartimos. El dinero no es más que papel o números digitales; los derechos humanos no son objetos naturales; las corporaciones, las fronteras y las naciones no existen fuera del lenguaje y del consenso. Sin embargo, estas ficciones gobiernan nuestra vida cotidiana con una fuerza enorme. Mientras creamos en ellas, obedeceremos las mismas leyes, aceptaremos las mismas jerarquías y podremos cooperar de forma eficaz, eficiente y efectiva. Esta cooperación masiva explica tanto nuestros mayores logros como nuestras peores catástrofes.

No todas las ficciones son iguales. Algunas son transitorias y se disuelven con el tiempo; otras atraviesan siglos; algunas aspiran a la eternidad. Pero sería un error confundir ficción con inutilidad o daño. Muchas de estas construcciones simbólicas son necesarias, incluso bellas. Proporcionan sentido, identidad y estabilidad frente a la brutal indiferencia del mundo natural. Sin ellas, la sociedad correría el riesgo de desintegrarse bajo el peso del caos, la incertidumbre y el miedo.

La verdad, entendida como ese espacio casi ideal entre la realidad física y nuestra interpretación subjetiva, es conceptualmente pensable, pero psicológicamente incómoda. Es compleja, ambigua, muchas veces dolorosa y casi siempre desestabilizadora. Por eso no solemos buscarla con entusiasmo, ni como individuos ni como sociedades.

 

 

Los humanos preferimos relatos simples, emocionalmente satisfactorios y políticamente útiles. No es casual que los estamentos de poder prioricen la estabilidad y la cohesión por sobre la fidelidad estricta a los hechos. Pero la búsqueda de la verdad, aunque no garantice la felicidad, es el único mecanismo para evitar ser manipulable en un entorno saturado de relatos. En este contexto, la verdad no se manifiesta con estridencia, sino como un "susurro" que solo puede ser escuchado por quienes están dispuestos.

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En este punto, la advertencia de Harari resulta particularmente incisiva: quien aspire a conocer la verdad del mundo deberá estar dispuesto a renunciar a las mieles del poder. Y, a la inversa, quien aspire a ejercer poder sobre grandes masas deberá aceptar la necesidad de difundir ficciones movilizadoras. El poder rara vez se apoya en verdades incómodas; se sostiene sobre narrativas que unifican, tranquilizan o exaltan.

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Aun así, existe una pequeña y persistente resistencia. La encarnan, sobre todo, los científicos, que avanzan con paciencia y humildad en la búsqueda de esa verdad siempre provisional, limpiando una y otra vez el lente con el que observamos el universo. Tal vez también algunos políticos idealistas, conscientes de que sin un mínimo compromiso con los hechos, la democracia se degrada en manipulación.

No deberíamos, entonces, demonizar la palabra posverdad ni usarla como un insulto moral automático. Como nos enseñó la semiótica, la capacidad de crear lo que no existe es la base misma de nuestra inteligencia simbólica. El problema no es la ficción, sino la falta de conciencia sobre su naturaleza y su uso. Cuando olvidamos que vivimos en relatos, nos volvemos presa fácil de quienes los manipulan.

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Resulta  pertinente la sentencia de Umberto Eco, tan sencilla como profunda: “...si una cosa no puede usarse para mentir, tampoco puede usarse para decir la verdad...”

Epílogo

La posverdad no es el problema. El problema es la renuncia consciente para distinguir entre ficción útil y engaño deliberado. No vivimos engañados por error, sino —cada vez más— por comodidad. Elegimos relatos que nos abracen antes que hechos que nos incomoden. Y en esa elección cotidiana, silenciosa, se juega algo más que una opinión: se juega la posibilidad misma de una ciudadanía libre.

Cuando dejamos de exigir razones y pruebas, no desaparece el poder: cambia de forma. Ya no manda mediante la fuerza ni la censura, sino mediante la inducción emocional, la saturación narrativa y el diseño invisible de nuestras creencias. No nos ordena qué pensar; nos sugiere qué sentir. Y lo hace tan bien que confundimos obediencia con convicción.

La posverdad triunfa cuando el individuo abdica de su responsabilidad epistémica. Cuando deja de preguntarse ¿esto es cierto? y se conforma con ¿esto me representa? En ese punto, la mentira deja de ser un problema moral y se vuelve una herramienta política de altísima eficiencia. No necesita ser creída por todos; alcanza con que sea emocionalmente funcional.

La ciencia, con todas sus limitaciones, sigue siendo uno de los pocos espacios donde el error no se oculta, sino que se declara. Donde rectificar no es una debilidad, sino una virtud. Por eso incomoda. Por eso no moviliza multitudes. Y por eso, paradójicamente, sigue siendo indispensable. No se trata de añorar un pasado que nunca existió ni de soñar con una humanidad purificada de ficciones. Se trata de saber que mentimos, de saber cuándo nos mienten y, sobre todo, de saber por qué preferimos creer. La lucidez no nos hará más felices, pero quizás nos haga menos manipulables. En un mundo saturado de relatos, la verdad no grita: susurra. Y solo quien está dispuesto a soportar el silencio incómodo que deja al descubierto, puede todavía escucharla.

viernes, enero 23, 2026

 

Pasado, futuro y el universo dinámico:

                     Ciencia, superstición y el deseo de certidumbre

 



El deseo de saber qué vendrá: Todos quisiéramos conocer algo acerca del futuro. La incertidumbre inquieta, y frente a ella hemos construido narraciones, ritos, cálculos y promesas. No sorprende, entonces, que muchos amigos confíen en los vaticinios del horóscopo y organicen, siquiera parcialmente, sus agendas a partir de ellos. Dado lo frecuente del tema, resulta oportuno examinarlo sin prejuicios, pero con criterio.

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Como postulaba Peter Medawar, premio Nobel de Medicina:

“El gran mérito de la ciencia, más que habernos librado de las enfermedades, es habernos librado de la superstición y la ignorancia.”

Esta afirmación no niega el asombro ni la esperanza, pero sí establece un límite: no todo lo que tranquiliza explica, y no todo lo que explica consuela.

La Filosofía natural y una bifurcación histórica; en sus orígenes, la astronomía y la cosmología formaban una unidad con lo que los fundadores de la civilización occidental denominaron filosofía natural. Allí convivían la observación del cielo, la reflexión metafísica y las primeras conjeturas causales. Sin embargo, en ese mismo núcleo germinal se alojaba un intruso tan antiguo como persistente: la astrología.

Durante siglos, el “combo” astronomía–cosmología pareció sellado, pero el desarrollo del método científico introdujo una bifurcación decisiva. Mientras unas disciplinas avanzaron afinando la medición y la revisión crítica, la astrología permaneció aferrada a esquemas simbólicos inmunes al error.

Pero el escepticismo no es nuevo. Ya Cicerón (106–43 a.C.) advertía:

“¿Todos los que murieron en Cannas habían nacido bajo el mismo horóscopo? Sin embargo, todos tuvieron el mismo fin.”

La observación es devastadora: si el destino estuviera inscripto en los astros, la diversidad biográfica debería reflejarse en los cielos, y no al revés.

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La astrología se basa , aunque la mayoría no lo sepa ni  le interese .en la premisa de un escenario estático, donde el cielo es un telón de fondo fijo. La ciencia, sin embargo, nos ha revelado una verdad más incómoda y fascinante: todo se mueve, todo cambia.

Primero, la Tierra no es estable. Existe la precesión de los equinoccios. Al igual que un trompo que pierde velocidad, el eje de nuestro planeta describe un lento círculo en el espacio, un "cabeceo" provocado por la gravedad.

Este movimiento hace que el "telón de fondo" en este caso el de las estrellas se desplace. Cuando un horóscopo dice que el Sol entra en Aries, astronómicamente es muy probable que esté entrando en Piscis. El mapa astrológico está congelado en el tiempo, ignorando la realidad física.

Pero el dinamismo no termina ahí. La Tierra también experimenta los Ciclos de Milankovitch: su órbita se estira y se encoge (excentricidad) y su inclinación varía a lo largo de milenios. Y para colmo, el propio Sol tampoco es una "lámpara eterna". Es una estrella activa que atraviesa ciclos magnéticos de 11 años y que, en una escala mayor, está evolucionando y envejeciendo, cambiando su luminosidad y tamaño.

Imagen de sun life cycle diagram

La conclusión es clara: querer predecir un destino humano basándose en un cielo "fijo" es como intentar navegar el océano actual usando un mapa de la Pangea. El territorio ha cambiado; el mapa de la creencia, no.

Ciencia, asombro y la trampa de la vaguedad Pese a esta evidencia abrumadora, la astrología persiste. Una portada del Daily Mail de 1997 lo ilustra: “El poderoso Neptuno está a punto de unir sus fuerzas con Urano… Esto tendrá consecuencias espectaculares.” La frase es vacía y, justamente por eso, irresistible. No especifica qué ocurrirá, pero promete sentido.

Es oportuno recordar la psicología del creer: nos revela que la respuesta no es astronómica, sino cognitiva. En primer lugar, opera el "Efecto Forer": nuestra tendencia a aceptar como descripciones profundas y personales afirmaciones tan vagas que podrían aplicar a cualquiera. En segundo lugar, como explicó el Nobel Daniel Kahneman, nuestra mente utiliza atajos. Aquí actúa el "sesgo de confirmación": nuestro cerebro (el intuitivo "Sistema 1") busca validar lo que ya desea creer. Retenemos los aciertos casuales del horóscopo ("¡hoy conocí a alguien importante!") y olvidamos sistemáticamente sus miles de fallos.

Adenda

El Efecto Barnum (bautizado así por la habilidad del showman para vender ilusiones masivas) utiliza descripciones vagas (Efecto Forer) que nuestro cerebro valida erróneamente filtrando la realidad (Sesgo de Confirmación), creando así la base fundamental de por qué creemos en sistemas como la Astrología que satisface la necesidad de una narrativa personal. La ciencia, en cambio, ofrece incertidumbre. No nos dice qué nos pasará mañana, sino por qué nadie puede decirlo con honestidad.

En el barrio :  "No que seas... pero sí..." es la llave maestra del efecto Forer porque: Niega el defecto (baja tus defensas). Ofrece una virtud camuflada (alimenta el ego). Es tan vago que cualquiera puede proyectarse en ello.

 

Epílogo

Yo no creo en el horóscopo: soy sagitariano. Aunque antes pertenecía a Capricornio, hasta que leí los nuevos cálculos. Naturalmente, este cambio modifica inexorablemente mi destino. A los creyentes, solo una recomendación: infórmense dónde quedó ubicado en la nueva rueda de los animales. El cielo cambió; las creencias, no siempre.

jueves, enero 22, 2026

 

  

El Laberinto de Mnemosine:

La Arquitectura de Nuestra Identidad

 

Mnemósine Diosa de la memoria. | Wiki | Los Caballeros Del zodiaco. Amino

La memoria y creatividad  son el yin y el yang, la creatividad se nutre de la memoria y la memoria de la creatividad para enriquecer nuestro pensamiento. Nos habrá pasado que alguien diga;  sabe todo de memoria, pero nunca  escuche: ¿Qué tipo de memoria tiene este chico?  

De estudiantes de la secundaria la visión era finalista y casi peyorativa, la memoria no era objeto de estudio. Nuestra preocupación era la nemotecnia apropiada, avanzamos algo con los algoritmos y nos conmovió  saber  que la memoria es como un palimpsesto;¨los cambios  dinámicos moldean recuerdos , dejando huellas que se consolidan con nuevos datos o emociones¨. Es así como construimos nuestra identidad.  

 

cerebro y memoria

La tinta del palimpsesto: de Ebbinghaus a los engramas

Para comprender este palimpsesto debemos atender a la “tinta” con la que está escrito. La historia de la investigación sobre la memoria nos ofrece tres claves fundamentales.

1.      La fragilidad temporal (Ebbinghaus). La célebre curva del olvido mostró que la memoria tiende a desvanecerse si no se la reactiva. El recuerdo es un edificio que requiere mantenimiento continuo: sin refuerzos, la estructura se deteriora y colapsa.

2.      El cableado eléctrico (Hebb). Donald Hebb formuló una de las reglas más influyentes del aprendizaje: las neuronas que se activan juntas se conectan entre sí. La memoria no es un objeto almacenado, sino un proceso: una modificación funcional y duradera de las conexiones sinápticas.

3.      La huella material (Semon). Richard Semon, injustamente relegado durante gran parte del siglo XX, introdujo el concepto de engrama: la idea de que toda experiencia deja una huella fisicoquímica en el sistema nervioso. Hoy, técnicas como la optogenética han permitido identificar y manipular circuitos neuronales específicos asociados a recuerdos, confirmando de manera sorprendente aquella intuición temprana.

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La Arquitectura del Pensamiento: Teoría de Redes

Aquí es donde entra el desafío contemporáneo: ¿Cómo se organizan estos millones de engramas y sinapsis? La respuesta yace en la Teoría de Redes Complejas.

Nuestro cerebro no es un archivador ordenado alfabéticamente; funciona bajo la lógica de redes de "mundo pequeño" y "escala libre".

  • Mundo Pequeño: A pesar de tener miles de millones de neuronas, cualquier recuerdo está a solo unos pocos "pasos" o conexiones de distancia. Esto explica la velocidad del pensamiento: cómo un simple olor (input sensorial) puede detonar instantáneamente un recuerdo de la infancia (memoria episódica) sin tener que escanear todo el cerebro.
  • Escala Libre y Hubs: La red no es democrática. Existen nodos o "hubs" que concentran muchísimas conexiones. Estructuras como el hipocampo actúan como grandes aeropuertos internacionales, conectando diversas áreas corticales (visuales, auditivas, emocionales) para formar un todo coherente.

Cuando la Red se Rompe: Las Lecciones de H.M. y K.F.

La fragilidad de esta red se hace evidente cuando los "hubs" fallan. Los casos clínicos históricos funcionan como mapas de carreteras rotas que nos enseñan por dónde circulaba la información.

  • El Paciente H.M. (1953): Al removerle partes del lóbulo temporal medial (incluyendo los hipocampos), se eliminó el "centro de distribución" clave. H.M. quedó atrapado en un presente perpetuo (amnesia anterógrada). Su red podía procesar el "ahora" (memoria de trabajo intacta) y acceder a los archivos antiguos consolidados en la corteza, pero era incapaz de tejer nuevos enlaces a largo plazo. Su tragedia confirmó que el hipocampo es el bibliotecario que cataloga el libro, pero no la estantería donde se guarda.
  • El Paciente K.F.: Este caso presentó la imagen especular (doble disociación). Tras un daño parietal-occipital, su "mesa de trabajo" (memoria a corto plazo) quedó destrozada, especialmente para lo verbal. Sin embargo, podía consolidar recuerdos a largo plazo. Esto demostró que la memoria no es una línea de montaje única, sino un sistema de procesamiento paralelo y especializado.

Adenda: La Ficción como Espejo

La resonancia cultural de estos hallazgos es innegable. La película Memento (2000), basada en el cuento de Jonathan Nolan e inspirada indudablemente en casos como el de H.M., dramatiza la angustia de una identidad sin continuidad. Leonard, el protagonista, intenta suplir la falla de su hipocampo biológico con una "memoria externa" de tatuajes y polaroids.

Esta narrativa nos lleva a una pregunta inquietante: si Leonard manipula sus notas para darse un propósito, ¿cuánto manipulamos nosotros nuestros propios recuerdos al reconsolidarlos? La ficción expone la fragilidad ética de la memoria: somos narradores poco fiables de nuestras propias vidas.

Diferencias clave entre la memoria humana y la de una IA: La memoria humana es reconstructiva, mientras que la IA almacena datos de manera más literal. La IA no "olvida" de manera natural, lo que puede ser un problema cuando se requiere actualizar información (por ejemplo, el problema del "catastrophic forgetting" en redes neuronales). La memoria biológica está ligada a las emociones y la experiencia subjetiva, lo que la hace más flexible, pero también más propensa a errores.

Un tema es cómo la tecnología puede potenciar nuestra memoria. Los dispositivos digitales ya funcionan como una "extensión" de nuestra memoria (recordatorios, agendas, búsquedas instantáneas), pero en el futuro podríamos ver avances en neurotecnología como la optogenética o interfaces cerebro-computadora (BCI, Brain-Computer Interfaces). ¿Podremos implantar recuerdos artificiales o mejorar nuestra capacidad de retención con chips neuronales?

Estos dos temas están profundamente interconectados. La memoria es tanto una construcción filosófica como un proceso neurocientífico que ahora se replica en la IA.

Conclusión: el futuro de Mnemosine

La memoria ha dejado de ser un problema exclusivamente biológico. Se ha convertido en un territorio híbrido donde convergen neurociencia, tecnología, ética y filosofía. Vivimos en redes de mundo pequeño que ya no terminan en el cráneo, sino que se extienden hacia el entorno digital.

El desafío contemporáneo es el mismo que simbolizaba Mnemosine en la mitología: comprender cómo la materia se vuelve pensamiento y cómo ese pensamiento, siempre frágil y reescrito, sostiene el peso de lo que llamamos Yo.

 

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