Nacimiento de la ciencia: un
enfoque histórico y epistemológico
Introducción
y objetivos
Determinar
el momento exacto del nacimiento de la ciencia resulta una tarea tan atractiva
como problemática. A diferencia de otros hitos históricos claramente fechables,
la ciencia no irrumpe de manera súbita, sino que emerge gradualmente como una
forma particular de relacionarse con el mundo. Este trabajo propone reflexionar
sobre ese proceso, entendiendo la ciencia no como un conjunto cerrado de
verdades, sino como una práctica humana histórica, perfectible y profundamente
ligada a su contexto cultural.
Los
objetivos son:
- analizar el surgimiento de la actitud
científica desde la antigüedad hasta la ciencia moderna;
- discutir el problema de la demarcación
entre lo científico y lo no científico;
- reflexionar sobre la diferencia entre
teorías antiguas y teorías obsoletas;
- presentar la clasificación de teorías
científicas propuesta por Roger Penrose como herramienta conceptual para
la divulgación.
Si se busca
un origen remoto de la ciencia, podría pensarse en actividades tan elementales
como el dominio del fuego, la agricultura, la invención de la rueda o la
elaboración de alimentos mediante procesos de fermentación. Estas prácticas no
constituían ciencia en el sentido moderno, pero implicaban observación,
repetición, aprendizaje y transmisión de conocimientos, rasgos fundamentales de
la actividad científica.
Sin
embargo, un cambio cualitativo se produce en la Grecia antigua, cuando algunos
pensadores comienzan a explicar los fenómenos naturales sin recurrir al mito.
Tales de Mileto, considerado por muchos como el primer sabio griego, inaugura
una tradición en la que la naturaleza pasa a ser objeto de explicación
racional. Junto a él, figuras como Anaxágoras, Pitágoras, Demócrito o
Hipócrates aportan modelos explicativos que, más allá de su validez actual,
establecen una nueva forma de preguntar por el mundo.
Este
impulso racional se ve interrumpido o diluido durante siglos, hasta que, a
partir del Renacimiento, la ciencia experimenta un nuevo florecimiento.
Personajes como Leonardo da Vinci, Copérnico, Tycho Brahe, Kepler, Bacon y
Galileo introducen elementos decisivos: la observación sistemática, la
matematización de la naturaleza y el experimento controlado. Este proceso
alcanza una síntesis extraordinaria en la obra de Isaac Newton, quien articula
en un marco coherente la dinámica, la gravitación y el cálculo matemático.
Newton no
solo produce resultados notables, sino que establece un modelo mecanicista del
mundo que sigue siendo plenamente válido para describir fenómenos cotidianos,
es decir, aquellos que no involucran velocidades cercanas a la de la luz ni
escalas microscópicas extremas.
Marco
epistemológico: el problema de la demarcación
Una de las
cuestiones centrales de la filosofía de la ciencia es determinar qué distingue
al conocimiento científico de otras formas de conocimiento. Este problema,
conocido como criterio de demarcación, no admite una respuesta única ni
definitiva.
Una primera
postura sostiene que una teoría es científica si puede ser confirmada por los
hechos. En la práctica cotidiana, este criterio resulta intuitivo y necesario:
observamos, comprobamos y reforzamos nuestras creencias a partir de la
experiencia. Sin embargo, la confirmación por sí sola resulta insuficiente
desde un punto de vista lógico, ya que ninguna cantidad finita de observaciones
garantiza la verdad universal de una teoría.
En
oposición parcial a esta postura, Karl Popper propone la falsación como
criterio de demarcación. Según esta concepción, una teoría es científica si
puede, al menos en principio, ser refutada por la experiencia. Las teorías no
se verifican, sino que sobreviven provisionalmente a intentos sistemáticos de
refutación. Este enfoque, aunque conceptualmente robusto, resulta incómodo en
la práctica, ya que implica trabajar activamente en contra de las propias
ideas.
La frase atribuida a W. Barrett, “sin una
teoría los hechos son una turba y no un ejército”, resume con claridad la
necesidad de marcos conceptuales que organicen la experiencia, aun sabiendo que
dichos marcos son siempre revisables.
Discusión: antiguo, obsoleto y la clasificación de Penrose
En el
discurso cotidiano, el calificativo “antiguo” suele emplearse como sinónimo de
“obsoleto”. Esta identificación es problemática, especialmente en ciencia. Una
teoría puede ser antigua y, sin embargo, conservar plena vigencia dentro de su
dominio de aplicación.
La
literatura ofrece ejemplos ilustrativos de esta confusión. Los cuentos de Hans
Christian Andersen, como El traje nuevo del emperador o El patito feo,
mantienen intacta su fuerza conceptual a pesar del paso del tiempo. De modo
análogo, Roger Penrose retoma esta metáfora en La nueva mente del emperador
para reflexionar sobre el estatus de las teorías científicas.
Penrose
propone una clasificación en tres categorías. Las teorías supremas son aquellas
que combinan gran exactitud con un amplio dominio de aplicación. En este grupo
incluye teorías de distinta antigüedad, como la geometría euclidiana, la
mecánica newtoniana, la teoría de la evolución de Darwin, el electromagnetismo
de Maxwell y las teorías de la relatividad especial y general, así como la
teoría cuántica de campos (exceptuando la gravedad).
Las teorías
útiles ocupan un nivel distinto. Son modelos poderosos, con gran capacidad
explicativa, pero cuyo estatus ontológico o fundamento último permanece
abierto. Ejemplos de este grupo son la teoría de los quarks y la teoría del Big
Bang, ampliamente difundida como explicación del origen del universo.
Finalmente,
Penrose menciona la existencia de teorías provisionales, carentes de sustento
experimental sólido. Estas no son enumeradas explícitamente, y el propio autor
admite, con ironía, que su silencio se debe al deseo de no quedarse sin amigos.
Conclusiones
La historia
de la ciencia muestra que el conocimiento no avanza mediante reemplazos
abruptos, sino a través de procesos de acumulación, ajuste y delimitación. Las
teorías más exitosas no son descartadas, sino restringidas a los dominios donde
continúan siendo válidas.
Comprender
la ciencia como una actividad humana, histórica y provisional permite evitar
dos errores frecuentes: el rechazo injustificado de teorías antiguas y la
aceptación acrítica de ideas novedosas. En este sentido, el verdadero progreso
científico no reside únicamente en producir nuevas teorías, sino en comprender
con mayor claridad el alcance y los límites de las que ya poseemos.