Pasado, futuro y el universo dinámico:
Ciencia, superstición y el
deseo de certidumbre
El deseo de saber qué vendrá: Todos quisiéramos conocer algo acerca del futuro. La incertidumbre inquieta, y frente a ella hemos construido narraciones, ritos, cálculos y promesas. No sorprende, entonces, que muchos amigos confíen en los vaticinios del horóscopo y organicen, siquiera parcialmente, sus agendas a partir de ellos. Dado lo frecuente del tema, resulta oportuno examinarlo sin prejuicios, pero con criterio.
Como postulaba
Peter Medawar, premio Nobel de Medicina:
“El gran
mérito de la ciencia, más que habernos librado de las enfermedades, es habernos
librado de la superstición y la ignorancia.”
Esta
afirmación no niega el asombro ni la esperanza, pero sí establece un límite: no
todo lo que tranquiliza explica, y no todo lo que explica consuela.
La Filosofía
natural y una bifurcación histórica; en sus orígenes, la astronomía y la
cosmología formaban una unidad con lo que los fundadores de la civilización
occidental denominaron filosofía natural. Allí convivían la observación del
cielo, la reflexión metafísica y las primeras conjeturas causales. Sin embargo,
en ese mismo núcleo germinal se alojaba un intruso tan antiguo como
persistente: la astrología.
Durante
siglos, el “combo” astronomía–cosmología pareció sellado, pero el desarrollo
del método científico introdujo una bifurcación decisiva. Mientras unas
disciplinas avanzaron afinando la medición y la revisión crítica, la astrología
permaneció aferrada a esquemas simbólicos inmunes al error.
Pero el escepticismo no es nuevo. Ya Cicerón
(106–43 a.C.) advertía:
“¿Todos los que murieron en Cannas habían
nacido bajo el mismo horóscopo? Sin embargo, todos tuvieron el mismo fin.”
La observación es devastadora: si el destino
estuviera inscripto en los astros, la diversidad biográfica debería reflejarse
en los cielos, y no al revés.
La
astrología se basa , aunque la mayoría no lo sepa ni le interese .en la premisa de un escenario
estático, donde el cielo es un telón de fondo fijo. La ciencia,
sin embargo, nos ha revelado una verdad más incómoda y fascinante: todo
se mueve, todo cambia.
Primero, la Tierra no es estable. Existe la precesión
de los equinoccios. Al igual que un trompo que pierde velocidad, el eje de
nuestro planeta describe un lento círculo en el espacio, un "cabeceo"
provocado por la gravedad.
Este
movimiento hace que el "telón de fondo" en este caso el de las
estrellas se desplace. Cuando un horóscopo dice que el Sol entra en Aries,
astronómicamente es muy probable que esté entrando en Piscis. El mapa
astrológico está congelado en el tiempo, ignorando la realidad física.
Pero el
dinamismo no termina ahí. La Tierra también experimenta los Ciclos de
Milankovitch: su órbita se estira y se encoge (excentricidad) y su
inclinación varía a lo largo de milenios. Y para colmo, el propio Sol tampoco
es una "lámpara eterna". Es una estrella activa que atraviesa ciclos
magnéticos de 11 años y que, en una escala mayor, está evolucionando y
envejeciendo, cambiando su luminosidad y tamaño.
La conclusión es clara: querer predecir un
destino humano basándose en un cielo "fijo" es como intentar navegar
el océano actual usando un mapa de la Pangea. El territorio ha cambiado; el
mapa de la creencia, no.
Ciencia, asombro y la trampa de la vaguedad Pese a esta evidencia abrumadora, la astrología persiste. Una portada
del Daily Mail de 1997 lo ilustra: “El poderoso Neptuno está a punto
de unir sus fuerzas con Urano… Esto tendrá consecuencias espectaculares.”
La frase es vacía y, justamente por eso, irresistible. No especifica qué
ocurrirá, pero promete sentido.
Es oportuno
recordar la psicología del creer: nos revela
que la respuesta no es astronómica, sino cognitiva. En primer lugar, opera el "Efecto
Forer": nuestra tendencia a aceptar como descripciones profundas y
personales afirmaciones tan vagas que podrían aplicar a cualquiera. En segundo
lugar, como explicó el Nobel Daniel Kahneman, nuestra mente utiliza
atajos. Aquí actúa el "sesgo de confirmación": nuestro cerebro
(el intuitivo "Sistema 1") busca validar lo que ya desea creer.
Retenemos los aciertos casuales del horóscopo ("¡hoy conocí a alguien
importante!") y olvidamos sistemáticamente sus miles de fallos.
Adenda
El Efecto Barnum (bautizado así
por la habilidad del showman para vender ilusiones masivas) utiliza
descripciones vagas (Efecto Forer) que nuestro cerebro valida erróneamente
filtrando la realidad (Sesgo de Confirmación), creando así la base fundamental
de por qué creemos en sistemas como la Astrología que satisface la necesidad de una narrativa personal. La ciencia, en cambio,
ofrece incertidumbre. No nos dice qué nos pasará mañana, sino por qué nadie
puede decirlo con honestidad.
En el barrio : "No que seas... pero sí..."
es la llave maestra del efecto Forer porque: Niega el defecto (baja tus
defensas). Ofrece una virtud camuflada (alimenta el ego). Es tan vago que
cualquiera puede proyectarse en ello.
Epílogo
Yo no creo
en el horóscopo: soy sagitariano. Aunque antes pertenecía a Capricornio, hasta
que leí los nuevos cálculos. Naturalmente, este cambio modifica inexorablemente
mi destino. A los creyentes, solo una recomendación: infórmense dónde quedó
ubicado en la nueva rueda de los animales. El cielo cambió; las creencias, no
siempre.