Edgardo A Marecos

jueves, febrero 05, 2026

 

Dios , Spinoza, Einstein y, nosotros:

Spinoza propone una idea de Dios a través de su célebre fórmula: Deus sive Natura. Esta concepción —tan radical como sobria— ha resonado con fuerza más allá del siglo XVII, llegando incluso a uno de los mayores científicos del siglo XX: Albert Einstein.

Einstein afirmó creer en “el Dios de Spinoza”: un Dios que se manifiesta en el orden y la armonía de las leyes universales, no en los destinos particulares de los seres humanos; un Dios cuyo intelecto infinito es parcialmente compartido por la mente humana.

Albert Einstein (1879–1955) es ampliamente considerado el científico más influyente y reconocido del siglo XX. Por eso, la pregunta acerca de si creía o no en Dios ha generado —y sigue generando— una fascinación persistente. No se trata de una curiosidad inocente: detrás de ella suele esconderse la búsqueda de legitimación. Si el científico más grande del siglo creía en Dios, ello parecería fortalecer las posiciones religiosas; si no lo hacía, confirmaría la visión atea o materialista dominante en la ciencia contemporánea.

Lo cierto es que la cuestión está mal planteada. Existe confusión, pero también una afirmación clara: Einstein dijo identificarse con el Dios de Spinoza. El problema es que la divinidad spinoziana ha sido interpretada de múltiples maneras, muchas de ellas reductivas.

A Spinoza se lo ha acusado de ateísmo bajo el argumento de que su panteísmo —la afirmación de la inmanencia de Dios— no sería más que un ateísmo encubierto: bastaría sustituir la palabra “Dios” por “Naturaleza”. Además, su concepción no parece exigir culto, adoración ni ritos, lo que refuerza esa sospecha.

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Antes de evaluar esa acusación, conviene revisar tanto las palabras de Einstein como la concepción de Dios elaborada por Spinoza.

 

Einstein y el Dios de Spinoza

Gerald Holton, profesor de la Universidad de Harvard y curador del archivo Einstein, sostuvo que el físico atravesó un período religioso y otro científico, y que finalmente logró conjugar ambos:

“Definitivamente sí [creía en Dios]. Pero debemos recordar que, así como inventó su física y su estilo de vida, también inventó su religión… Era el Dios de Spinoza, que introdujo la racionalidad en el mundo, de modo que la Naturaleza y Dios se identifican”.

En una entrevista de 1930, Einstein expresó con una metáfora memorable su actitud ante lo divino:

“La mente humana, por muy entrenada que esté, no puede abarcar el universo. Estamos como un niño pequeño que entra a una biblioteca inmensa llena de libros escritos en lenguas desconocidas. El niño sabe que alguien debió escribir esos libros, pero no sabe quién ni cómo. Percibe un orden, un plan misterioso que no comprende, pero que intuye”.

Ese orden —maravillosamente inteligible y, sin embargo, siempre excedente— es lo que despierta en Einstein una religiosidad no antropomórfica. No se trata de un Dios que interviene, castiga o premia, sino de una racionalidad profunda que se expresa en las leyes del cosmos.

En un famoso telegrama enviado al rabino Herbert S. Goldstein, Einstein fue aún más explícito:

“Creo en el Dios de Spinoza, que se revela a sí mismo en las armoniosas leyes del universo, no en un Dios que se ocupa del destino y el castigo de la humanidad”.

Spinoza contra el dualismo

En muchos sentidos, la filosofía de Spinoza constituye una ruptura decisiva con el cartesianismo. Frente al dualismo entre mente y cuerpo, Spinoza propone una ontología radicalmente monista. En su Ética, define la sustancia como aquello “que es en sí y se concibe por sí”. De ello se sigue que solo puede existir una sustancia verdaderamente autosuficiente: Dios. “Excepto Dios, no existe sustancia que pueda darse o concebirse”.

Esta sustancia es infinita e indivisible. No nace ni perece. En un sentido sugestivo, puede compararse con la energía de la física moderna: no se crea ni se destruye. Dios no es corpóreo, aunque todos los cuerpos existen en Dios. Tampoco es una mente finita, aunque el pensamiento sea uno de sus atributos. Spinoza define a Dios así:

“Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es, una sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita. Todo lo que ocurre se sigue necesariamente de esa esencia. No hay milagros ni excepciones. El universo no es el resultado de un acto de voluntad arbitraria, sino de una necesidad interna: Todas las cosas se siguen de la naturaleza de Dios con la misma necesidad con la que de la naturaleza del triángulo se sigue que la suma de sus ángulos es igual a dos rectos”.

Este determinismo ontológico resulta profundamente atractivo para la mente científica: el cosmos aparece como un edificio racional, gobernado por leyes eternas e inteligibles.

La famosa fórmula Deus sive Natura ha sido interpretada como una reducción de Dios a la naturaleza física. Sin embargo, esta lectura pasa por alto un punto decisivo: Spinoza no es materialista. La naturaleza de la que habla no es ciega ni inerte. Incluye tanto la extensión como el pensamiento. De hecho, la mente humana —en cuanto entiende— participa del intelecto infinito de Dios.

Spinoza afirma:

“La mente humana no puede ser absolutamente destruida con el cuerpo; algo de ella permanece, algo que es eterno”.

Este punto ha generado intensos debates. Algunos leen aquí una forma de inmortalidad individual; otros, una inmortalidad impersonal: no persiste el yo psicológico, sino el conocimiento adecuado. Acá seri importante integrar la propuesta de Penrose y Hameroff  de una protoconciencia universal…

En este sentido, Spinoza se aproxima sorprendentemente a la teoría de Penrose Hameroff y ciertas tradiciones orientales, como el budismo o el jñāna yoga: no es la identidad individual lo que perdura, sino la sabiduría. La ignorancia es perecedera; la comprensión, eterna.

 

¿Ateísmo o religiosidad radical?

¿Puede calificarse de atea la filosofía de Spinoza? Solo si se define a Dios exclusivamente como un ser personal, trascendente y voluntarista, propio de ciertas lecturas exotéricas del monoteísmo.

Pero esa no es la única definición posible. Max Müller señaló la profunda afinidad entre la sustancia de Spinoza y el Brahman de los Upanishads. Borges, en su célebre poema, habló del “infinito mapa de Aquel que es todas Sus estrellas”. Karl Jaspers, por su parte, subrayó que Dios posee infinitos atributos, mientras que los humanos solo conocemos dos: pensamiento y extensión. Así, Dios es a la vez inmanente y trascendente. No un ser separado del mundo, pero tampoco reducible a él.

 

Conocer y amar a Dios

Aunque Spinoza no prescribe ritos ni cultos, su filosofía es profundamente religiosa. El fin último de la vida humana es el conocimiento de Dios:

  • “El más alto bien de la mente es el conocimiento de Dios”.
  • “El amor intelectual de la mente hacia Dios es parte del amor infinito con el que Dios se ama a sí mismo”.
  • “El hombre sabio, consciente de sí mismo, de Dios y de las cosas, rara vez sufre conmociones del ánimo y posee el verdadero contento”.

No se trata de una religiosidad devocional, sino de una religiosidad cognitiva. No súplica, sino comprensión. Desde esta perspectiva, el ser humano es una forma en la que Dios se conoce a sí mismo.

 Carl Sagan reformuló esta intuición en clave secular al decir que somos la manera en que el universo se vuelve consciente de sí.

 

Einstein y la religiosidad cósmica

Einstein reconoció explícitamente este sentimiento:  “Lo más hermoso que podemos experimentar es lo misterioso. Es la fuente de todo arte y toda ciencia verdaderos”. No podía concebir un Dios que castiga o recompensa, pero sí una racionalidad profunda, eterna y bella, cuya contemplación otorga sentido. De allí su célebre frase:

“La ciencia sin religión está coja; la religión sin ciencia está ciega”.

No se trata de elegir entre una y otra, sino de comprender que ambas nacen del mismo asombro.

Epilogo

Los nombres —Dios, Naturaleza— son conceptos. La religiosidad, en cambio, es una actividad: una forma de estar en el mundo. En Spinoza en Einstein y Penrose Hameroff encontramos una religiosidad sin ilusiones, sin promesas ni castigos, pero también sin nihilismo. Un modo de pensar en el que comprender es ya una forma de amar, y conocer el orden del mundo es participar, aunque sea mínimamente, de la eternidad.