Probabilidad, origen de su
teoría
El
Caballero de Méré (Antoine Gombaud)
Existe una semejanza entre el aprendizaje de la probabilidad y el
aprendizaje de los idiomas. En ambos casos, si no incorporamos los fundamentos
en los primeros años, el costo cognitivo posterior aumenta y el dominio se
vuelve difícil. Sin embargo, esta limitación no debe desalentarnos: a cualquier
edad conviene incorporar, al menos, los conceptos básicos de probabilidad. Su
importancia atraviesa todos los órdenes de la vida, y —como veremos— se enlaza
íntimamente con la arquitectura profunda de nuestro modo de pensar.
La historia, como tantas
veces, nos ofrece episodios que permiten entreabrir una puerta hacia la
comprensión de distintas disciplinas. La probabilidad no es la excepción. Hace
milenios los egipcios jugaban con astrágalos de oveja —y pensar que creíamos
que era un invento criollo de nuestros gauchos—, y también es antiquísimo el
uso de los dados, cuya invención se atribuye a Palamedes durante el sitio de
Troya en el siglo X a. C., aunque algunos sostienen que surgieron incluso antes
en la India.
Con el tiempo, estos y otros
entretenimientos fueron agrupados bajo un nombre común: juegos de azar.
Una versión sostiene que el término proviene de que una de las caras del dado
original, el alea, llevaba grabada una flor de azahar. Más allá de la
exactitud de esta anécdota, lo cierto es que esos antecedentes lúdicos
brindaron un terreno fértil para el desarrollo del pensamiento probabilístico.
Paradójicamente, los dilemas sociales y morales asociados al azar retrasaron su
incorporación formal a la matemática.
Esto no impidió que los
jugadores más hábiles manejaran sus probabilidades de manera intuitiva. Cuando
los juegos se volvieron más complejos y empezaron a sospechar que existían
reglas ocultas que los regían, recurrieron a matemáticos amigo
Gerolamo
Cardano —médico, matemático, astrólogo e inventor—
nacido en 1501, sobreviviente de la peste bubónica, describió la fiebre
tifoidea, escribió el primer tratado sistemático sobre juegos de azar y diseñó
el mecanismo cardánico aún en uso. Vale recordar que en su época varios de los
signos matemáticos actuales no existían, lo que hacía más arduo el análisis de
los problemas.
Otro notable convocado fue Galileo
Galilei. Un amigo le planteó una duda sobre un juego llamado pasa-diez:
se lanzaban tres dados y se sumaban sus valores; ganaba quien obtuviera más de
10 puntos. Aunque el juego era considerado equitativo, los jugadores notaban
que el 11 aparecía con más frecuencia que el 12, y el 10 más que el 9. Galileo
explicó que el 9 podía formarse de 25 maneras distintas, mientras que el 10
tenía 27 combinaciones posibles. El resto del problema seguía el mismo
razonamiento.
Su relación con el pase
inglés y en casi cualquier decisión bajo incertidumbre, la intuición tiende a
fijarse en la superficie del fenómeno —en este caso la suma final—
mientras que la probabilidad real descansa no en qué obtenés, sino en cuántas
maneras hay de obtenerlo. Esto es exactamente lo que suele pasar con las
inferencias cotidianas: creemos que dos escenarios son equivalentes porque “se
ven” iguales, pero el yo bayesiano—o el cálculo racional de
probabilidades—mira otra cosa: la cantidad de mundos posibles que
sostienen una hipótesis versus los que sostienen otra. Es exactamente el
razonamiento del pasadiez
o el pase inglés , unas sumas son más “robustas” que otras porque se producen
por más caminos.
Cuando Galileo se sentó a
analizar aquel juego de dados que intrigaba a los jugadores venecianos, no
estaba resolviendo sólo un acertijo matemático: estaba inaugurando una forma de
mirar el mundo. Galileo entendió que la realidad no se expresa sólo en los
resultados visibles, sino en los caminos invisibles que conducen a
ellos. Esa mirada —casi un acto de rayos X sobre la estructura del azar—
inauguró una forma de razón que no se deja engañar por las apariencias.
“Estamos
ávidos de reglas porque necesitamos reducir la dimensión de las cosas para que
nos quepan en la cabeza. O, mejor dicho —y lamentablemente— para poder meterlas
a empujones en nuestra cabeza. Cuando más resumimos, más orden imponemos y
menos aleatorio parece el mundo. De aquí que la misma condición que nos hace
simplificar nos empuje a pensar que el mundo es menos aleatorio de lo que
realmente es.”
N.N.Talev
“Elegí opciones con más
caminos para que te vaya bien, y menos caminos para que te vaya mal”. Lo que
para Galileo eran combinaciones, para Taleb son mundos alternativos. El yo bayesiano entiende esto de inmediato. Para
Bayes, una hipótesis es fuerte no porque “suene bien”, sino porque puede
sostenerse en muchos estados posibles del mundo. La esencia de Bayes: crecer
en claridad a medida que aumenta la evidencia.
Episodios
aislados constituyeron el periodo preparatorio del cálculo de probabilidades, que culmina con el célebre intercambio entre Antoine Gombaud —el
caballero de Méré— y Blaise Pascal. La consulta del jugador despertó tal
interés en Pascal que pronto inició correspondencia con Fermat. La necesidad de resolver la interrupción
del juego planteada por el Caballero de Méré fue el motor que formalizó
la Teoría de la Probabilidad.
El problema
planteado por el caballero de Méré :
En una partida de dados,
Luis y Daniel apostaban cierta suma; ganaría quien obtuviera tres veces el
número tres —no necesariamente en lanzamientos consecutivos—. Si la partida
debía interrumpirse, el dinero se repartiría equitativamente. En el momento de
suspenderse, Luis llevaba dos aciertos y Daniel uno.
¿Cómo
repartir justamente el monto apostado? Una
solución intuitiva sería dividir en proporción 2 a 1. Pero esta solución no
considera que Luis tiene mayor probabilidad de ganar. Al continuar el
juego en forma hipotética y calcular las probabilidades, la proporción adecuada
resulta ser 3 a 1: un 75% para Luis y un 25% para Daniel. La mitad de las veces
Luis ganaría en el lanzamiento siguiente, y en la cuarta parte Daniel lo haría
tras dos lanzamientos.
A tener en
cuenta; cuando el juego se interrumpe no existe un ganador real. Lo que ya ocurrió —los
aciertos parciales— no basta para declarar vencedor a nadie. La partida quedó incompleta, y por eso: El reparto no puede
basarse en el resultado que fue, sino en el resultado
que podría
haber sido
si el juego continuaba. Esta es la clave del famoso problema de las
partidas interrumpidas: la interrupción transforma un hecho en una probabilidad.
En
un juego terminado
→ hablamos de realidad.
En
un juego interrumpido
→ solo podemos hablar de probabilidad.
No
repartimos lo que se “merecían”, porque no lo sabemos. Repartimos lo que
“probablemente habrían conseguido” si la partida no se hubiera detenido.
A partir de aquí se conformó
un movimiento intelectual interesado en comprender las leyes del azar. El primum
movens fueron las necesidades de los jugadores, que reconocieron que su
intuición era insuficiente. Nosotros no deberíamos ser menos: la intuición es
valiosa, pero no basta, y el pensamiento probabilístico no surge de manera
espontánea.
Otros pensadores de gran
jerarquía profundizaron estas ideas, ya no para satisfacer a aficionados de los
juegos de azar, sino para resolver problemas fundamentales de la física. Los
descubrimientos pusieron en cuestión los cimientos de la mecánica newtoniana.
La mecánica cuántica introdujo sin pudor la probabilidad y la estadística; a
partir de entonces el universo dejó de ser tan sólido y determinista como lo
imaginaban Newton y Laplace.
Laplace formuló el famoso demonio
laplaciano, una inteligencia capaz de conocer todas las fuerzas y
posiciones del universo y, por lo tanto, predecir pasado y futuro. Pero ni esa
inteligencia idealizada podía resolver ciertos fenómenos aleatorios que solo se
comprendieron en el siglo XX, cuando Norbert Wiener formalizó matemáticamente
el movimiento browniano, observado por primera vez en 1828 por el
botánico Robert Brown. Ni el determinismo ni la matemática clásica podían
explicar ese fenómeno sin recurrir a la probabilidad.
Prigogine
sintetizó la caída del determinismo:
“Pensar de manera determinista reduciría a Dios
al papel de un archivero que pasa las páginas de un libro ya escrito.”
El pensamiento
probabilístico se volvió también indispensable en biología, en economía, en
ciencias sociales y, más tarde, en la medicina, donde la incertidumbre es
inseparable de la práctica clínica. Nadie puede creer hoy que la probabilidad
sea una abstracción sin sentido práctico: es una herramienta decisiva para
tomar decisiones cuando se combinan información incierta y riesgos reales, algo
omnipresente en la vida profesional y personal.
La probabilidad siguió
creciendo hasta convertirse en un instrumento de análisis poderoso para todos
los fenómenos cuya causalidad es compleja , ocupando un lugar tan necesario como inevitable.
Conclusión
¨Quién no incorpora
pensamiento probabilístico queda atrapado en el nivel narrativo : ve
causalidades donde solo hay correlaciones, subestima riesgos, sobreestima
certezas, confunde azar con intención. Por eso, el cálculo de
probabilidades no es una abstracción matemática sino una herramienta
indispensable para navegar un mundo complejo, incierto y saturado de
información.
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