viernes, noviembre 28, 2025

 

La emergencia desde la vida, la mente y la conciencia

LOS SISTEMAS Y SUS PROPIEDADES EMERGENTES - Mapa Mental | PDF

Autoorganización, complejidad y sentido

Somos una combinación precisa de los mismos elementos que conforman las estrellas, los metales de la corteza terrestre y el polvo cósmico. Nada en nuestra constitución material escapa a la tabla periódica de Mendeleiev. Desde este punto de vista, no existe un “ingrediente” que nos distinga esencialmente del resto de la materia inanimada del universo. Y, sin embargo, de esa misma materia emergen la vida, la mente, la conciencia y la espiritualidad: propiedades nuevas, inesperadas e irreductibles a los componentes que las originan.

¿Cómo es posible que combinaciones de carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y algunos minerales den lugar al fenómeno más asombroso conocido: la experiencia subjetiva del ser? ¿Qué leyes o principios gobiernan esta emergencia biológica y cognitiva? ¿Somos resultado del azar, de una necesidad sistémica o de un designio?

Estas preguntas, lejos de ser meramente especulativas, se inscriben en un campo donde convergen la termodinámica, la biología, la teoría de sistemas complejos, la filosofía de la mente y la espiritualidad humana.

La vida como fenómeno emergente

La noción de emergencia, central en el pensamiento contemporáneo, refiere a la aparición de propiedades que no se encuentran en las partes aisladas de un sistema, sino sólo en la organización de esas partes. Fritjof Capra ha descripto la vida como un patrón de autoorganización, caracterizado por redes no lineales, retroalimentación continua y comportamiento lejos del equilibrio termodinámico.

La vida no se explica por la suma de moléculas, sino por la dinámica relacional entre ellas.

Desde este enfoque, la tríada mente–conciencia–espíritu puede entenderse como un continuo emergente que surge cuando el sistema nervioso alcanza un grado suficiente de complejidad. La mente implica procesamiento simbólico; la conciencia, la integración experiencial; y el espíritu, la búsqueda de sentido y finalidad. No son tres entidades separadas, sino distintos niveles de organización dentro del mismo proceso biológico.

Esa profunda continuidad permite una lectura no reduccionista de lo humano sin recurrir necesariamente a explicaciones sobrenaturales. Pero al mismo tiempo deja abierto un espacio para las intuiciones metafísicas que han acompañado a la humanidad desde siempre: la sensación de propósito, de dirección, de estar “aquí por algo”.

 ¿Necesidad sistémica o designio? La pregunta por el significado

Esto abre una cuestión tan antigua como renovada:
¿es la vida una consecuencia inevitable de la complejidad de la materia o el reflejo de un propósito inscrito en el universo?

Algunos sostienen que la emergencia biológica obedece a leyes aún no del todo comprendidas: la tendencia del cosmos a generar orden local, estructuras disipativas y sistemas estables que retardan el incremento de entropía. Otros encuentran allí la huella de una inteligencia superior. Lo notable es que ambas lecturas buscan explicar la misma regularidad fenomenológica: el surgimiento del orden en un universo que, según la termodinámica, debería tender al desorden.

Julián Huxley sintetizó esta intuición en una frase célebre:

“A consecuencia de mil millones de años de evolución, el universo empieza a tener conciencia de sí mismo”.

La idea puede interpretarse metafóricamente, pero también literalmente: la conciencia humana, como forma de organización biológica, constituye un modo singular en el que el cosmos se vuelve capaz de observarse, narrarse y cuestionarse.

Orden, desorden, caos y no-orden

Un aporte interesante es la diferenciación entre cuatro conceptos que suelen confundirse:

  • Orden: estructura organizada, regularidad reconocible.
  • Desorden: pérdida de una organización previa.
  • No-orden: estado previo a cualquier estructura, potencialidad sin forma.
  • Azar: comportamiento aleatorio sin patrones previsibles.

El caos, desde la perspectiva científica, no es desorden, sino determinismo sensible a condiciones iniciales. Es decir, sistemas donde reglas simples producen comportamientos impredecibles. En ese sentido, el caos se ubica entre el orden y el azar, funcionando como cuna generativa de nuevas formas.

Los procesos prebióticos, la turbulencia atmosférica y ciertos procesos neurales operan dentro de esta frontera fecunda. Allí reside gran parte del poder creativo de la naturaleza.

Entropía, información y la condición antientrópica de la vida

La vida es, esencialmente, un fenómeno antientrópico: crea orden a partir de flujos constantes de energía e información. En términos de Schneider y Sagan, los organismos funcionan como combustiones controladas, disipando energía mientras generan estructuras cada vez más complejas.

La información —entendida como reducción de incertidumbre— actúa como un agente que guía la organización del sistema. Tal como señala Ben-Naim, puede comprenderse la entropía como información faltante. La pérdida de información, o su distorsión, incrementa la entropía.

Sin embargo, aquí aparece un matiz profundo que señalás con precisión:
la información, si supera un umbral crítico, puede transformarse en agente entrópico.
Lo vemos en sistemas sociales saturados, en redes colapsadas y en cerebros sobre exigidos. La vida, entonces, no sólo es lucha contra la entropía, sino también gestión equilibrada de la información.

Conversación, divergencias y creatividad emergente

Una frase de Karl Popper nos recuerda que nada es más fructífero que una discusión entre personas formadas en marcos conceptuales distintos. Ese principio —la fertilidad del desacuerdo— es otro fenómeno emergente. Así como las neuronas producen mente al interactuar, las mentes producen conocimiento al dialogar. Las conversaciones con amigos se transforman así en laboratorios epistemológicos donde la curiosidad y el humor provocan nuevas preguntas. La vida es flujo, un movimiento continuo de energía y significado. Pero ese flujo no es obvio ni evidente: requiere interpretación, sorpresa, ruptura de expectativas.

Conclusión:

La vida como pregunta abierta: La vida, la mente y la conciencia emergen de la materia, pero no se reducen a ella. Somos sistemas complejos, autoorganizados, antientrópicos, capaces de producir símbolos, metáforas, ciencia y sentido. La pregunta por el propósito —¿estamos aquí por algo?— no desaparece con la ciencia; simplemente adquiere nuevas formas y nuevos lenguajes.

Entre el orden y el caos, entre la información y la entropía, entre la materia y el espíritu, somos el punto donde el universo se interroga a sí mismo y surge la pregunta clave que los creyentes conocen muy bien: ¿El para qué?

 

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