lunes, julio 28, 2025

Una noche de cine, con eco milenario

 

Una noche de cine, con eco milenario

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En el fresco de Rafael están  ´Platón apuntando hacia arriba y Aristóteles hacia abajo y en su mano la ética a Nicómaco, los que están son personajes conocidos, pero la única mujer es Hipatia, el que esta con botas es Miguel Ángel. Cuando estuvimos en el Vaticano la guía nos habló de Rafael y Miguel Ángel,  decía que Rafael lo pinto con botas porque nunca se las sacaba . El fresco merece mucho más.

El 19 de diciembre de 2010, mi amigo el Dr. Pedro P. Perrotti nos invitó a ir al cine. Vimos Ágora, una película dirigida por Alejandro Amenábar y protagonizada por Rachel Weisz, quien encarnó a Hipatia de Alejandría. Para mí, tuvo una impronta científica profunda, inquietante.

Aclaro que no es mi intención juzgar la veracidad histórica de la película ni posibles intenciones ideológicas del director. Ese es otro terreno, legítimo, pero ajeno a mis posibilidades. Lo que me impulsó a escribir fue otra cosa: la forma en que la película muestra cómo los paradigmas pueden encerrar, bloquear y hasta destruir. Y también, cómo ciertas ideas, cuando se vuelven dogmas, pueden condenar al pensamiento.

La historia se sitúa en Alejandría, en los últimos años del siglo III y los primeros del IV d.C., en plena decadencia del mundo grecorromano y con violentas tensiones entre paganos, cristianos y judíos. La Biblioteca de Alejandría representa la cultura, la ciencia y la filosofía. El Ágora, por su parte, es el espacio público de reunión, debate y disputa: una especie de foro donde se cruzan clases, creencias e ideas, aunque con una ausencia notable: los esclavos.

En ese contexto surge Hipatia, matemática, astrónoma y filósofa, perteneciente a la corriente neoplatónica, que concebía una trinidad metafísica: del Uno surge la Inteligencia, y de esta el Alma. Un esquema que, aunque abstracto, organizaba el pensamiento, la moral y el cosmos. Pero en un mundo donde la violencia se confundía con fe, eso no bastaba. Cacho en su visita a la biblioteca de Alejandría pregunto a la guía turística sobre Hipatia, respuesta: ¡No sé quién es!

La película muestra —con un dramatismo contenido— cómo la intolerancia y el fanatismo pueden aplastar el pensamiento, y cómo la ciencia, cuando incomoda al poder, es rápidamente deslegitimada. Según el relato, Hipatia fue asesinada por los seguidores de Cirilo de Alejandría, luego canonizado por la Iglesia. Más allá de los detalles históricos, lo cierto es que su muerte simboliza el precio que puede pagarse por pensar diferente. Su muerte en la película merece un análisis importante acerca de la ética.

Uno de los momentos más interesantes de la película ocurre en los diálogos entre Hipatia y sus discípulos. Allí se despliega un sistema de ideas que hoy podríamos llamar paradigma cosmológico: la Tierra en el centro, los astros girando en círculos perfectos, el universo ordenado y jerárquico. Esa visión no solo servía para “explicar” el cosmos, sino también para ubicarnos en él: en el centro, como los  elegidos.

Pensar lo contrario —que éramos apenas un punto más entre muchos— no solo era inconcebible, sino peligroso. Nadie quiere ser un ¨okupa cósmico¨. El dogma geocéntrico ofrecía orden, seguridad y sentido, pero al mismo tiempo, bloqueaba toda posibilidad de descubrimiento genuino.

Arthur Koestler, en Los sonámbulos:

“Los principales obstáculos que detuvieron el progreso de la humanidad durante tanto tiempo fueron cinco:

1.      la división del mundo en dos esferas (celestial y terrenal);

2.      el dogma geocéntrico;

3.      el movimiento uniforme en círculos perfectos;

4.      la separación entre ciencias y matemáticas;

5.      la idea de que todo cuerpo en movimiento necesita una causa externa.

La remoción permitió la revolución científica, impulsada por Copérnico, Kepler y Galileo, y culminó con la síntesis newtoniana.”

Y, sin embargo, esos errores no nacieron del capricho, sino del prestigio de Platón y Aristóteles. Como también recuerda Koestler, Platón razonó que, si el cosmos era obra de dioses perfectos, su forma debía ser la esfera y su movimiento el círculo. Aristóteles convirtió esa conjetura estética en dogma astronómico. Y durante siglos, nadie se atrevió a decir lo contrario.

Bertrand Russell tampoco escatimo elogios al referirse a Platón:

“La utopía de Platón es más aterradora que la de Orwell en 1984, porque Platón desea que ocurra lo que Orwell teme. Que La República haya sido admirada políticamente por personas honestas es quizá el mayor ejemplo de esnobismo literario de toda la historia.”

Koestler además no ahorra críticas para Aristóteles, a quien responsabiliza por errores cotidianos que aún hoy cometemos: creer que todo lo que se mueve necesita ser empujado, o atribuirle fines a lo inanimado.

Hoy sabemos que los dogmas pueden ser cómodos, útiles… y peligrosos. La ciencia, si quiere seguir siéndolo, debe renunciar a ellos. No se trata de negar todo, sino de aceptar la provisoriedad de las teorías, someterlas a prueba, cambiar cuando sea necesario.

Eso no siempre es fácil, porque incluso los físicos —como cualquier ser humano— se apegan a sus modelos mentales. Lo expresó con ironía uno de los grandes del siglo XX:

“Algunos días de la semana soy newtoniano, otros días relativista, otros cuántico. Lo más triste es que no sé exactamente en cuáles soy qué.”

La frase resume con humor lo que podríamos llamar la humildad epistemológica, tan rara y necesaria en estos tiempos.

Hipatia creía que estábamos en el centro del universo porque así lo indicaban los cielos. Hoy sabemos que no hay centro, y que lo que realmente nos mantiene pegados al suelo es la gravedad. O al menos, eso creíamos. Porque vino Einstein, y una vez más, nos cambió el libreto: la gravedad, dijo, no existe como fuerza en sí misma, lo que existe es la curvatura del espacio-tiempo.

¡Ah, bueno! Justo cuando creíamos entender un poco de gravedad, nos dicen que en realidad es otra cosa. Y, sin embargo, esa es la grandeza del pensamiento científico: nunca termina de cerrar la puerta, siempre queda una rendija abierta al asombro, a lo nuevo, a la refutación.

Epílogo

El Ágora era un espacio  público  conflictivo,  la Biblioteca un templo del conocimiento , ambos amenazados por la irrupción del dogma. Volví del cine con más preguntas  y eso sea lo mejor que puede darnos una buena película:  Hipatia pagó con su vida el atrevimiento de pensar diferente. Nosotros, afortunadamente, solo arriesgamos incomodidades. Pero el riesgo vale la pena. La película da para más.

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